Ofelia
Capítulo 32
L as palabras de Horacio casi me hicieron perder el equilibrio. Mi mente se esforzó en entenderlo.
—¿Qué queréis decir? —susurré.
—Cuando estaba en el cementerio, mirando a los sacristanes cavar vuestra tumba, apareció Hamlet. Es evidente que me sorprendí muchísimo.
—¿Visteis su fantasma?
—No, era Hamlet en carne y hueso —dijo Horacio retando a mi incredulidad—. Nos abrazamos y conversamos. No era un fantasma.
Me pregunté qué razones tendría Hamlet para volver a Dinamarca y ponerse al alcance de Claudio, un asesino. Si pretendía desafiar a aquel usurpador, era una gran insensatez que hubiera vuelto sin ningún ejército.
—Su regreso solo puede significar una cosa —dije—. ¡Pretende matar a Claudio! ¿Creéis que lo hará esta vez? ¿Cómo lo visteis?
Horacio consideró mi pregunta antes de responder.
—Estaba alegre y serio a la vez. Sus pensamientos se centraban en el tema de la muerte. Cogió una calavera que los enterradores habían tirado y dijo que era la del bufón de su padre, el viejo Yorick. Se burló de que los poderosos no fueran nada más que polvo. Pero no parecía desesperado, solo algo melancólico.
—¡Eso no me lo esperaba! ¿Qué ocurrió luego?
—Mientras Hamlet y yo hablábamos, pasó por nuestro lado vuestra procesión funeraria, con Claudio y algunos lores amigos de vuestro padre. Gertrudis esparcía flores. Laertes lloraba con fuerza sobre vuestro cuerpo envuelto y reprendía al sacerdote por sus míseras oraciones.
—¿Cuándo se enteró Hamlet de mi muerte… cómo…? —No pude terminar la pregunta.
Horacio sacudió la cabeza, y los ojos se le llenaron de angustia. Me preparé para oír que Hamlet se había burlado de mi muerte o que no le había importado en absoluto.
—No escatiméis la verdad, Horacio. Aunque sea dolorosa, no os culparé de ello —dije.
Escuché, horrorizada, que Hamlet había perdido la compostura y había saltado a mi sepultura para desafiar a mi hermano, que sostenía mi cuerpo sin vida. Entonces, como si fueran enemigos, pelearon lanzándose al cuello del otro.
—Se volvió loco. Tuve que separarlos y me costó tranquilizar de nuevo a Hamlet —dijo Horacio, y suspiró con fuerza.
—¡Hamlet y mi hermano, que solían pelear como compañeros de juego! ¿Intercambiaron golpes mortales sobre un cuerpo sin vida? —La incredulidad y la rabia luchaban en mi interior—. Deberían haberse comportado como hermanos, ambos huérfanos de padre, y haber compartido sus penas. ¿Por qué tenían que enfurecerse los dos como si estuvieran locos? ¡No tiene sentido!
—Tengo un consuelo que ofreceros, mi señora —dijo Horacio—. Todos los presentes oyeron exclamar a Hamlet que os amaba.
—Pero ¿declaró que yo era su esposa? —le pregunté.
—No, no con esas palabras. Pero dijo que su amor era más fuerte que el de cuarenta mil hermanos.
—¡Eso no me consuela! —exclamé con amargura—. Medir su afecto en números. ¡Lo que él llama amor no merece tal nombre! —Me enfurecí, pero por dentro esperaba que Hamlet lo hubiera dicho de verdad y deseé haberlo oído. Mi ira menguó, y entonces pregunté—: ¿Sabe Hamlet que estoy viva?
—No, no lo sabe —admitió Horacio—. Al verlo tan desmedido, supe que vos no querríais que se lo dijera. No quería romper la promesa que os hice.
—¿Así que engañasteis a vuestro amigo por mi bien?
—Ese es un peso que recae sobre mí —se limitó a decir.
—Hicisteis lo correcto —dije—. Hamlet no quiere una esposa, puesto que yo tan solo entorpezco sus planes de venganza. —Esa verdad flotó en el aire, y Horacio no me contradijo—. He deseado que Hamlet regresara, pero lo ha hecho demasiado tarde —añadí con tristeza—. Ya he abandonado el escenario. Ahora debéis darle una información. Decidle que yo sabía algo que podría haberlo ayudado a vengarse si hubiera aparecido antes en escena.
—¿A qué os referís? —preguntó Horacio perplejo.
—La fortuna ha sido una amiga caprichosa, Horacio. La noche en la que Hamlet mató a mi padre, ella me mostró una prueba que confirmaba la culpabilidad de Claudio…
—¿Qué era? —Se puso de pie—. ¿Dónde está?
—… pero no dejó que me la quedara. —Retuve a Horacio con la mano —. Mechtild, ¿os robaron un frasco de veneno en abril, antes de la muerte del rey Hamlet?
Mechtild, que seguía nuestra conversación con mucho interés, asintió con la cabeza.
—¿Qué sustancia era? —le pregunté.
—Jugo de beleño negro, oscuro y mortal —dijo—. Hace que la sangre se cuaje en las venas.
Horacio abrió los ojos como platos y declaró:
—¡Beleño negro! ¡Hamlet me dijo que el fantasma de su padre había mencionado que le habían vertido un veneno mortal en el oído!
—Las palabras de Mechtild confirman lo que dijo el fantasma, sin duda —respondí con certeza—. Escuchad, Horacio. Después de la representación de Hamlet, seguí a mi padre hasta el dormitorio de Claudio, donde encontré el frasco de veneno escondido. Lo sujeté con la mano y vi que aún quedaban algunas gotas de jugo negro. ¡Seguro que fue el veneno que mató al rey! Nos lo disputamos, y el frasco me salió disparado de la mano. Unas horas más tarde, mi padre estaba muerto, y sus secretos, sellados para siempre. Ninguna divinidad benevolente supervisó los oscuros acontecimientos de aquella noche —dije con amargura.
—No pudisteis contarle a Hamlet lo que habíais descubierto porque lo mandaron fuera de inmediato —dijo Horacio, que lo había entendido todo al momento—. Si lo hubiera sabido, habría podido forjar una venganza rápida y justa. ¡Ay, es cierto que la fortuna es traicionera! —Pensó por un momento, y añadió—: Pero ¿por qué estaba vuestro padre en la habitación de Claudio?
—Dijo que él lo había enviado. Seguro que sabía que Claudio había envenenado al rey Hamlet. Así que para evitar que mi padre lo delatara, lo condujo hacia su muerte a manos de Hamlet. Eso es algo que no puedo demostrar, aunque estoy convencida de ello, porque la muerte de mi padre le dio una razón al rey para mandar lejos a Hamlet… hacia su propia muerte.
Horacio se sujetó la cabeza con las manos, haciendo que sus rojos rizos se volvieran salvajes e ingobernables.
—¡Ay, el mal camina por un sendero denso y enredado, lleno de giros inesperados! Pero lo que vos contáis es muy probable que sea así. Vuestro padre entró en un juego peligroso y apostó su propia vida. Claudio es un tirano cuyos crímenes lo obligan a cometer el siguiente, hasta que acaba bañándose y alimentándose con la sangre de los demás.
—Así pues, ¿estáis de acuerdo en que esos acontecimientos están ligados unos con otros? —quise saber, aliviada de que Horacio no me considerara una loca.
—Como los eslabones de una cadena de hierro —dijo sombrío—. ¡Si pudiéramos atrapar a Claudio con eso!… Entretanto, Ofelia, estáis en un peligro mayor de lo que me imaginaba.
—Sí, y como no tengo poder para conseguir que se haga justicia, lo único que puedo hacer es huir de Elsinor.
—Tened coraje, valiente Ofelia, ya que tanto vos como Hamlet podéis presumir de haber engañado a Claudio sobre vuestras muertes —me animó Horacio.
—Pero en este juego no tenemos ventaja —repliqué—. Mi hermano todavía juega y es incauto con su enemigo. Laertes es vengativo y rebelde. Lo visteis desafiar al rey. Temo que se convierta en su siguiente víctima.
Me había obcecado tanto en la maldad de Claudio que creía saber cuál iba a ser su próximo paso. Agarré a Horacio por los hombros y le hablé en voz baja e intensa.
—¡Escuchad, Horacio! Hamlet se escapó de la primera trampa que le tendió Claudio, pero este ya le ha preparado otra. Vi al rey intentando ganarse a mi hermano para persuadirlo de que Hamlet era el culpable de la muerte de mi padre. Ya visteis a Hamlet y a Laertes luchando en mi tumba. —Cada vez estaba más agitada—. Claudio está incitando a mi hermano para que vaya contra Hamlet y lo provoque. Atiza el fuego de su rivalidad, puesto que ambos son una amenaza para su reinado y para su vida. Con tal de no mancharse las manos, ¡hará que Hamlet y Laertes se destruyan el uno al otro! Solo vos, Horacio, podéis detenerlos.
Horacio abrió los ojos de par en par al comprender lo que pasaba y arrugó la frente con decisión.
—Proteger a Hamlet y a vuestro hermano será mi deber —prometió—. Pero decidme, Ofelia, ¿cómo puede ser que alguien como vos, una dama tan virtuosa, entienda el malvado corazón de Claudio?
—No lo sé. Quizá porque he leído mucho acerca de la ambición y la pasión —dije, pensando en las historias y relatos que había disfrutado sin creer que tanta crueldad fuera posible.
En aquel momento, el mastín de la anciana se despertó y gruñó, emitiendo un sonido que retumbó como un trueno. La puerta de la cabaña se abrió hacia dentro, y las bisagras chirriaron. Un rayo de sol se extendió por la tenue habitación, y la brisa fría de la mañana hizo revivir las motas de polvo.
De pie, recortada contra la brillante luz del día, se alzaba la silueta de Gertrudis.
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