Ofelia

Lisa Klein · Capítulo 35 de 50

Páginas del PDF

Ofelia

Capítulo 34

 

 

H oracio me encontró aturdida, sopesando la bolsa de Gertrudis con la mano. Le conté que la reina me había prometido que mantendría mi huida en secreto. Contamos juntos el oro, que casi ascendía al valor de la dote de una princesa. Hubiera preferido tener el amor de una madre y la protección de una reina, pero Gertrudis no podía darme ninguna de esas dos cosas, así que con su oro tenía que bastar.

—Es una reina realmente noble —dijo Horacio con admiración.

—Sí —asentí atando la bolsa con firmeza—. Esta gran suma facilitará mi viaje. Ahora debo apresurarme, ya que retrasarlo más puede dar lugar a que me descubran.

—Todo está listo y guardado aquí desde ayer por la noche —dijo Horacio, arrastrando varios paquetes fuera del armario y de la caja de madera de Mechtild—. Aunque algunas de vuestras instrucciones me sorprendieron.

Dentro de los fardos encontré el libro de plegarias de Gertrudis y el retrato de mi madre, ambos envueltos en la capa de mi padre. Palpé la miniatura de Hamlet, el primer regalo que me hizo y que yo misma había cosido en un bolsillo interior. Horacio también se había hecho con algunos pequeños objetos de valor de mi padre. Había planeado venderlos para financiarme el viaje.

—Os lo agradezco, amable Horacio. Dejad que os recompense las molestias —dije mientras hurgaba dentro de la bolsa, pero él me detuvo la mano.

—No fue nada. Vuestra habitación no estaba vigilada ni los bienes de vuestro padre escondidos, pues se esperaba que Laertes volviera a reclamarlos. Solo la yegua de vuestro hermano, atada no muy lejos, corre el riesgo de desaparecer. Voy a ocuparme de ella de inmediato —dijo, hizo una educada reverencia y se fue.

Removí más y encontré lo que necesitaba primero: la daga y el espejo. Puse el espejo en un banco y me arrodillé para que la luz del sol que entraba por la pequeña ventana me iluminara la cabeza. Entonces, sin vacilar, me corté el pelo. Con pena, vi caer los largos y rubios rizos al suelo; al menos, la daga estaba afilada y era fácil de usar. Pronto, todo mi cabello tenía la longitud de un dedo. A continuación, me quité el vestido de damasco, agarré el pelo que me había cortado y mi ropa e hice con ellos un fardo para que Horacio lo destruyera. Rasgué un trozo de mortaja y me la enrollé alrededor del pecho para aplastarme los senos. Del saco de ropa que me había traído Horacio, saqué una camisa bordada que pertenecía a mi padre y un par de calzones raídos que eran lo suficientemente anchos para ocultar la redondez de mis caderas. Me puse un jubón de cuero y me lo abroché. Me até las medias y admiré los zapatos, que eran elegantes, de doble suela y con muy buena sujeción. También había una capa corta de tafetán, un poco desgastada, y un sombrero sencillo de copa plana.

Cuando me estaba poniendo el sombrero sobre el corto pelo, Mechtild entró de nuevo en la cabaña. Me invitó a que me acercara a la alacena, donde sus ágiles dedos se movieron con rapidez por los cajoncitos, vertieron polvos en papeles doblados y llenaron varios frasquitos con esencias y extractos. La observé maravillada, preguntándome cuál sería su propósito. Finalmente, habló para resumirme su trabajo:

—Té de manzanilla y jengibre para el dolor de estómago. Té de hoja de frambuesa y cola de león para tonificar y fortalecer el útero. Y para cuando llegue el momento de dar a luz…

—Esperad. ¿Cómo sabéis que necesito esas cosas? —le pregunté sorprendida—. Ni yo misma estoy segura. —Alisé la ropa de mis calzones encima de mi vientre, que seguía siendo tan plano como el de un chico.

—Hay signos en el cuerpo mucho antes de que el vientre crezca, créeme. —Puso las hierbas una a una en una bolsita de ropa—. La alholva, con las hojas en forma de trébol, la hierba de Santa María y la hidrastis facilitan el parto. El perejil y la raíz de falso unicornio expulsarán la placenta. Y el hinojo o el eneldo con manzanilla incrementarán la cantidad de leche.

No dudaba de la sabiduría de Mechtild, pero me esforcé en creerme lo que hasta entonces solo sospechaba. Entonces me invadió un miedo repentino.

—La mandrágora… —murmuré pensando en sus poderes mortales.

—No dormiste durante tanto tiempo. La criatura estará bien. Eres joven y fuerte.

Me alcanzó la bolsa y me dejó sola, mientras la sorpresa, el alivio y la consternación se mezclaban en mi interior como los ingredientes de un elixir extraño y desconcertante.

Aún estaba de pie, apretando la bolsa contra mi pecho, cuando Horacio regresó. Confundido, miró por todo el espacio de la pequeña cabaña, donde no había sitio para que una persona se escondiera.

—Sé que he dejado a una dama aquí. ¿Qué habéis hecho con ella, falso Jack?

Horacio bromeaba en tan contadas ocasiones que reí encantada.

—Venga, Horacio. ¡Es imposible que os pueda engañar!

—¡Ah, pero si vos sois Ofelia! —rio simulando estar sorprendido. Vi que se fijaba en mi pelo corto y que me observaba las piernas con calzones —. Parecéis un hombre por completo. Es un disfraz excelente.

—De hecho, me siento como una extraña criatura recién creada —dije, y di zancadas por toda la cabaña, asombrándome de lo fácil que me podía mover sin enaguas ni vestidos que se me pegaran a las piernas—. ¡Ser un hombre libre es maravilloso! —dije sacudiendo la cabeza, muy ligera sin su pesada corona de pelo—. ¡Por desgracia, sigo siendo una mujer en todos los aspectos! —exclamé afligida pensando en la vida que crecía dentro de mi cuerpo de mujer.

Horacio sonrió con timidez y levantó un espejo.

—Miraos —me instó.

Puse mis manos sobre las suyas para mantener firme el espejo y me miré detenidamente.

—¡Vaya! Me veo como un hermano mío y de Laertes —reflexioné admirada volviendo la cara de un lado a otro. Nunca me había dado cuenta de que nos parecíamos.

—Aquí tenéis la última pieza de vuestro nuevo yo —dijo Horacio, y me mostró un manojo de papeles, una pluma y un mapa.

Los estudié como si esos pergaminos revelaran mi futuro. Después de hacer unos pequeños cambios, mi pasaporte parecía auténtico.

—Ya no soy Ofelia. Soy Philippe L’Oeil y voy rumbo a Francia bajo la protección del rey Claudio —comenté con ironía.

—¿A qué parte de Francia os dirigís? Soy vuestro amigo, decídmelo, por favor —dijo Horacio con un tono amable y suplicante. Dudé, pues estaría mucho más segura si absolutamente nadie pudiera encontrarme—. Confiad en mí. ¿Acaso no he tratado vuestra vida como si fuera la más valiosa de todas? —La voz de Horacio contenía un ligero reproche.

Era cierto que lo había hecho. Sabía que Horacio era firme e incorruptible, el centro inamovible de un mundo que giraba de forma imprevisible. Así que cedí.

—El convento de Saint-Émilion es mi destino —dije— porque resulta práctico para un viajero que desembarque en Calais y, además, no está lejos de Amiens. Laertes me contó que una vez viajó cerca de allí y que intentó cazar, pero se lo denegaron. Así que es un buen lugar para lo que busco, ya que es remoto y en absoluto mundano.

Confesando eso, la naturaleza virgen que me tragaría para siempre dejaba de ser infranqueable. Me sentí menos sola, aunque me sirvió de poco consuelo, ya que aún tenía por delante un viaje desconocido y solitario.

—Juro guardar vuestro secreto con llave, Ofelia.

—No os olvidéis de vuestra promesa de evitar que Hamlet y mi hermano se destruyan el uno al otro.

—Trabajaré sin descanso para que vuelvan a ser amigos.

—Horacio, recordad que estoy muerta. Jamás habléis de mí como si estuviera viva. —Esa despedida definitiva hizo que se me quebrara la voz.

—Os doy mi palabra. —La voz de Horacio también era un leve susurro.

—Si rompéis vuestra promesa, os perseguiré de la manera más terrible, aunque ya sea un fantasma —dije forzando una sonrisa.

El pensamiento de Hamlet, desesperado a causa del fantasma de su padre, sobrevoló nuestras cabezas al igual que la sombra del halcón vuela oscuramente sobre un campo abierto.

—Entonces ¿no hay esperanza para Hamlet? —preguntó Horacio desesperado.

Esa pregunta de doble significado me hizo reflexionar.

—¿Puede Hamlet desear que me reúna con él algún día? ¿Podemos nosotros esperar que vuelva a ser él mismo? —Sacudí la cabeza—. Intenté cambiar su rumbo maldito y fracasé. No habrá paz ni bienestar mientras esté unida a un marido decidido a vengarse. Por lo tanto, me voy.

Salí a la brillante luz del día y me até bien la bolsa de Gertrudis en la cintura, de tal manera que me quedaba oculta bajo el jubón. Metí la bolsa de hierbas de Mechtild en mi fardo, sujeto tras la montura de la yegua. Con la ayuda de Horacio, monté a horcajadas sobre el caballo, y no de lado como una mujer. Me agarré con las piernas a sus costados, y la yegua se sobresaltó un poco. Un impulso repentino me agitó a mí también, alargué el brazo hacia atrás y saqué la capa de mi padre del fardo. Busqué en su interior hasta que rasgué y abrí el bolsillo secreto. Cogí la miniatura de las caras del dios Jano, la contemplé por última vez y se la entregué a Horacio.

—Devolvedle este regalo a Hamlet. Decidle que lo encontrasteis en mi cuerpo.

Horacio miró la imagen pintada.

—¡Qué parecidas son estas caras a los estados de ánimo de mi señor, una que ríe y otra que llora! —meditó—. ¡Qué parecidas a su vida! ¿Por qué no la conserváis?

—Me tentaría a mirar hacia atrás —dije luchando contra mis lágrimas.

—Entonces marchaos… No, quedaos —me suplicó.

—Debo irme. Vos, Horacio, sois ahora la única esperanza de Hamlet. Id con él. Puede que aún os preste atención, ya que confía más en vos que en cualquier otro ser viviente. —Horacio agarró las bridas para detener a mi inquieto caballo—. Ya conocéis el dicho, Horacio: «En la necesidad se conoce la amistad». Sed el amigo de Hamlet y recelad de Claudio. Vuestro gran corazón es solo un débil escudo contra su enorme maldad. —Entonces me reí de mí misma—. Ya me callo porque empiezo a sonar como mi padre.

Una breve sonrisa movió los rasgos de Horacio. La lustrosa yegua marrón agitó la crin y resopló, golpeando los cascos en el suelo como si estuviera impaciente por irse. Horacio todavía la sujetaba.

—¿Puedo irme? —dije con suavidad.

—¿Qué pasa si os perdéis? —me preguntó.

—Encontraré el camino porque tengo un mapa.

—Dejad que os acompañe y os proteja. —Horacio estiró el brazo y me cogió la mano.

Como respuesta, le apreté la suya y después liberé mis dedos. Volví con las riendas la cabeza de mi montura en dirección al camino arbolado.

—No, querido amigo, este viaje me pertenece a mí. Aquel que muere debe cruzar el río Lete solo. Aunque todavía esté viva, de este mundo debo irme.

Con esas pesadas palabras, me despedí de Horacio y del país que me había visto nacer, y que, más tarde, había sido el lugar para el amor y para su compañera, la pérdida.

OceanofPDF.com