Ofelia
Capítulo 35
M i trayecto desde Dinamarca hasta el convento de Saint-Émilion en Francia podría haber sido el tema de un relato de aventuras como aquellos con los que Gertrudis y yo solíamos disfrutar. Contaba con una heroína disfrazada, un viaje peligroso en el mar, canallas, bandoleros y bosques profundos en los que perderse quizá para siempre. Sin embargo, vivir tales peligros resultó ser bastante diferente a leer sobre ellos. Lo cierto es que el trayecto no fue nada romántico, sino que más bien estuvo lleno de miseria. El Seahawk era un navío tan destartalado y agujereado que temía que nos hundiéramos bajo las olas en cualquier momento. Las descaradas ratas que corrían por todo el barco solían despertarme con chillidos y ruidos de arañazos. El Seahawk era un navío de carga, por eso transportaba a pocos pasajeros. Como temía que me reconocieran, me mantuve alejada de ellos y de la tripulación. Día y noche, el viento silbaba entre la jarcia, y los tristes gritos de las gaviotas daban voz a mi soledad.
Las constantes sacudidas del barco eran aún más insoportables, ya que me mareaba y tenía náuseas. Masqué las hojas que Mechtild me había dado para calmar el estómago, pero se me acabaron enseguida. Día tras día, el mar golpeaba el barco y mi frágil cuerpo con tal fuerza que parecía que quisiera destruirnos. Después se aplacaba durante un tiempo y nos impulsaba como la dulce mano de una madre meciendo una cuna. Entonces, exhausta, me dormía.
Cuando el mar estaba calmado, me aventuraba a salir a cubierta y miraba la expansión azul del cielo y el horizonte lejano, tras el cual me aguardaba mi futuro. Parecía que con un barco así podría ir a cualquier lugar del mundo. Con el dinero de Gertrudis, podría casarme con un noble o comprar la mercancía de un comerciante y montar mi propia tienda. Pero ya estaba casada, y mi marido aún vivía, aunque me hubiera abandonado y yo lo hubiera abandonado a él. Además, estaba embarazada, si los ojos de Mechtild no la habían engañado. Continuaría mi rumbo hasta Saint-Émilion tal como había planeado, ya que un convento era el único refugio posible para una mujer en mi estado.
Al atracar en Calais, caminé como un borracho con las piernas debilitadas, desacostumbradas a pisar tierra firme. Me quedé boquiabierta y abrí los ojos como platos al ver tantas cosas desconocidas al mismo tiempo. De entre todos mis libros sobre lugares extranjeros, en ninguno se describía una escena como la que tenía ante mí. Me abrumaron el estruendo de las carretas cargadas de jaulas chirriantes y de barriles llenos de mercancías, el olor a pescado y carne crudos y los gritos de los marineros y los comerciantes. No habría estado más asombrada si hubiese visto animales con varias cabezas, altos etíopes tan negros como la noche o sirenas arrojadas en la arena por la marea.
Me sentía segura entre la atropellada multitud, pero pronto regresaron mis miedos. Seguro que Claudio sabía que había escapado y lo tomaría como una prueba de que yo era culpable de algo. ¿Acaso el trabajador del muelle, a quien había pagado antes de zarpar para que le devolviera la yegua a Laertes, era un espía de Claudio? ¿Y si habían visto a Horacio conmigo y lo habían obligado a revelar mi paradero? ¿Y si se había negado y lo habían encarcelado en Elsinor o, peor aún, lo habían matado? ¿Y si Claudio había descubierto que faltaba oro? Si Elnora había visto que habían desaparecido mis pertenencias o Laertes informaba de que se habían llevado los bienes de nuestro padre, ¿se pondría en duda mi muerte y se descubriría mi plan? Temía que cada barco danés que entraba en el puerto transportara a los esbirros que me capturarían. Mis preocupaciones me atormentaban como si fueran pesadillas y hacían que mi vida en tierra fuera más peligrosa que en el mar.
Así que decidí no perder tiempo y abandonar la ciudad de inmediato. Y descubrí de nuevo que los preparativos de los viajeros son más sencillos de realizar en los libros que en la vida real. Deambulando por calles sinuosas, lamenté mi falta de experiencia y que las costumbres mantuvieran a las mujeres alejadas de todo lo relativo al comercio y a la vida pública. No tenía ni idea de cómo llevar a cabo ningún tipo de negocio. Me falló el valor al ver una contaduría o una tienda abarrotada de hombres que regateaban y que competían entre sí ruidosamente. Finalmente, llegué a una tienda casi desierta donde, a pesar de no saber qué decir al principio, conseguí empeñar una copa que pertenecía a mi padre. El propietario se dio cuenta de que yo era de Dinamarca, pero creo que como yo hablaba francés, su intención de estafarme no prosperó. Él mismo me dirigió a un comerciante que me vendió un caballo que no estaba mal. Pagué su precio demasiado rápido, pero es que estaba ansiosa por emprender mi camino.
Al dejar Calais, me mantuve en los caminos transitados. Los mercaderes y artesanos que tenían negocios en París me adelantaban galopando en monturas más elegantes que la mía. A menudo me encontré entre peregrinos, hombres y mujeres, tanto ricos como pobres, que hablaban varias lenguas, como los que construyeron la torre de Babel. En su compañía, nadie se dio cuenta de mi extraño acento. Mi apariencia sencilla y masculina también me ayudó a pasar desapercibida. Me daba libertad para observar a los que estaban a mi alrededor, una libertad de la que no dispone una dama de la corte. En el camino y en las posadas me maravillaba de la diversidad humana, de las maneras extrañas y de la ropa extravagante de la gente, que era más variada que el despliegue de flores de todos los campos de Dinamarca juntos. Me sentía como una pequeña criatura en medio del vasto tapiz de la naturaleza. Pronto perdí el miedo a ser arrestada.
Recorrí mi trayecto sin que me molestaran, incluso en las posadas y en las tabernas, donde, gracias a mi disfraz, me escapé de las atenciones lascivas de los hombres. Aun así, como todos los viajeros, estaba atenta a los ladrones. Una noche, en una posada, sospeché que un hombre con un solo ojo que merodeaba por allí había fijado la atención en mi bolsa. No deseaba usar mi daga, así que me hice amiga de un alegre fraile que era lo suficientemente corpulento como para servirme de protección. Muchos viajeros tenían por costumbre juntarse bajo un mismo techo, pero cuando el fraile me ofreció compartir su cama con él, solté un grito horrorizado que casi me delata. Así que me pasé la noche en el suelo sin dormir, pensando que la velada me había proporcionado buena materia para el tipo de relatos verdes que le gustaban a Gertrudis.
Nunca había considerado que viajar acarrearía tantas incomodidades. Me dolían las piernas y la espalda, ya que no estaba acostumbrada a montar a caballo durante tanto tiempo. Los días y las noches se hacían cada vez más fríos, y por la mañana tenía escarcha en la ropa y los pies entumecidos. No sabía cómo encender un fuego sin carbones encendidos, así que dependía de los amables peregrinos que me dejaban calentarme en sus hogueras. Me empapaba con la lluvia y temblaba hasta que mi ropa se secaba. El barro salpicaba a mi caballo y me endurecía los zapatos. No podía desnudarme y bañarme en el río, ni siquiera lavar mi camisa, sin temer que alguien descubriera mi verdadero sexo. Una vez pagué mucho dinero en una posada por una tinaja de agua y una pequeña habitación individual para poder quitarme del cuerpo el polvo del camino.
A pesar de lo desesperada y sucia que estaba, la vaga promesa de felicidad brillaba ante mí como la luz del sol lo hace a través del techo del bosque. En el camino noté por primera vez que el bebé se movía. Mechtild no se había equivocado.
Se me avivó la esperanza, y creí que Horacio conseguiría apaciguar la demencia de Hamlet y hacer que él y mi hermano se reconciliaran. Hamlet entregaría a Claudio a la Justicia, ante un tribunal de lores. Entonces restauraría el virtuoso reinado de Dinamarca como rey legítimo y amado. Gertrudis se liberaría de su miedo a Claudio y se reconciliaría con su hijo.
Así que mientras pisaba el sucio camino, sola entre extraños, mis pensamientos seguían un sendero cubierto de rosas. Me imaginé que Hamlet, una vez recuperado, se enteraría por Horacio de que yo estaba viva. Me buscaría y me cortejaría de nuevo suplicándome mi amor. ¿Lo perdonaría? ¿Qué tarea le asignaría? Una vez demostrara su valía, le presentaría al niño y observaría su alegría. Regresaría a Dinamarca como reina, amada por Hamlet y por la gente.
A pesar de mi miseria y de la incertidumbre que me aguardaba, la esperanza construyó en mi pecho una vida tan heroica y feliz como las de los relatos que había leído en los libros.
Al pasar por Amiens, me desvié del camino principal y viajé sola durante dos días. ¿O fueron más? Una fiebre me poseyó de manera repentina, y sentí frío y calor al mismo tiempo. Se me aturdió la mente, y los sentidos se me debilitaron. Los pensamientos se me dispersaron como hojas secas. Mi caballo se alejó del camino, y no pude hacer que regresara. Entonces, al buscar el mapa, descubrí que lo había perdido. Grité desesperada, pero el sonido cayó sobre la tierra musgosa y nadie lo oyó. Hice una cama con hojas secas, donde me acurruqué y dormí hasta que unos sueños inquietos me despertaron. Monté en mi caballo, decidida a buscar el camino de nuevo. ¿Cómo había podido encontrar Laertes el convento? Parecía que había desaparecido en el bosque como por arte de magia. Cabalgué colina abajo, esperando llegar a un río que me condujera a algún pueblo donde poder preguntar por el camino. Pero el delirio volvió a invadirme. Al ver que fallaban tanto mi esperanza como mi salud, arranqué una página de mi libro de plegarias y escribí en francés con mano temblorosa: «Como sois buen cristiano, por favor ayudad a este abrumado viajero a llegar al refugio que tenía previsto, el convento de Saint-Émilion, y dejad que el contenido que hay aquí dentro sea la donación para pagar el hospedaje». Firmé la nota como Philippe L’Oeil y la metí dentro de la bolsa, rezando para que mis posibles futuros ladrones la descubrieran y les removiera la conciencia.
Aunque había perdido el camino que llevaba a Saint-Émilion y apenas estaba consciente, me aferré bien a mi caballo hasta que este encontró el convento y se detuvo ante su verja cobriza como un animal obediente guiado por un amo invisible.
OceanofPDF.com