Ofelia

Lisa Klein · Capítulo 29 de 50

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Ofelia

Capítulo 28

 

L a certeza de que Edmund pretendía matarme y el temor de que Claudio estuviera detrás de todo me hizo estar continuamente alerta. No me quedé en mi habitación, sino que le dije a Elnora que unos sueños oscuros me alteraban y le supliqué que me dejara dormir con ella. Como era una mujer amable, accedió a compartir su cama conmigo. Aquella noche, vi lo dificultosos que se habían vuelto sus movimientos y le pregunté por sus dolores.

—Los recientes infortunios que han tenido lugar en Elsinor han dejado huella en mis agotados huesos. Me siento tan vieja como las montañas… — se lamentó tumbándose en la cama—. Y tú, Ofelia, tan solo me has causado pesar —me regañó, aunque con suavidad—. Rezo para que tus penas se calmen y vuelvas a ser tú misma.

Quería tranquilizarla, pero no me atrevía a revelarle mi plan. Así que le dije:

—No os preocupéis por mí, buena Elnora. Pronto terminarán mis problemas. —Me miró con tristeza, y temí que mis palabras solo hubieran hecho que se preocupara más—. Mañana me ocuparé de vuestros doloridos huesos. Tengo nociones de un nuevo medicamento que se hace con las raíces de la malva que crece en las ciénagas.

Satisfecha, Elnora se entregó al sueño con un suspiro. Mientras ella roncaba como un gigante, yo revisé todas sus llaves hasta que encontré la que abría la botica. Cubrí mi lámpara y me dirigí a oscuras hacia la pequeña habitación cercana a la cocina, donde se preparaban las medicinas. Aseguré la puerta detrás de mí y tapé el hueco de debajo con mi capa para que ningún rayo de luz me delatara.

Emocionada y atemorizada por igual, me encomendé a mi trabajo. Corté la raíz de mandrágora a trocitos y los puse en remojo en un frasco de vino dulce. ¿Cuánto jugo necesitaba para aparentar que estaba muerta? Un exceso de veneno podía resultar mortal, pero demasiado poco podía hacer fracasar mi plan. La incertidumbre me atormentaba. Hojeé el Herbario y mis otros libros, pero sus instrucciones eran generales, así que no tuve más remedio que guiarme por suposiciones. Trabajé en silencio, excepto por los chillidos de las lechuzas, los arañazos de los ratones y los golpes de mi corazón contra las costillas. Sentada con la espalda apoyada en la puerta, aproveché para dormir un poco mientras la mandrágora exudaba su esencia en el vino.

Cuando juzgué que ya habían pasado unas cuantas horas, pesqué los trocitos de mandrágora del frasco. Con dedos temblorosos, exprimí las últimas gotas del líquido de la raíz y las vertí en el vino. Añadí unas cuantas bayas machacadas por si acaso y calenté la mezcla a la llama de una vela hasta reducirla a un sirope espeso y apelmazado. Al despuntar el alba, vertí el hilo de líquido negro en una botellita y la tapé con una bola de cera. Cuando puse la llave de nuevo en su sitio, Elnora se movió, pero no se despertó.

Entonces salí del castillo con la intención de buscar una raíz de malva para la medicina que le había prometido a Elnora, pero en lugar de eso, encontré una buena oportunidad para llevar a cabo mi plan. Estaba en boca de todos que el príncipe Fortimbrás de Noruega marchaba hacia Dinamarca con la intención de vengar la derrota de su padre. Claudio mandaría aquella misma tarde a sus embajadores con un discurso público. En tales ocasiones, tenía por costumbre caminar entre la gente, con Gertrudis a su lado, para atraer las miradas o calmar sus miedos. En ese decorado me enfrentaría a ellos y representaría mi papel final en Elsinor con la ayuda de Horacio. Parecía que la fortuna me favorecía al brindarme una ocasión así.

Me invadió una emoción extraña. Me apresuré hacia mi habitación y me puse el vestido de demente pobre. Como toque final, me coloqué flores en el pelo enmarañado. Cuando llegué al patio, una multitud muy variada de señores, sirvientes y comerciantes ya estaba esperando al rey. Todos buscaban los trocitos de sol o se acurrucaban los unos con los otros, cubiertos con capas que los protegían del frío de principios de octubre. Deseé haberme puesto los zapatos, ya que el gélido suelo me había entumecido los pies. Me senté y me los froté con las manos.

Para los eventos del día se había erigido un escenario en el que colgaban los colores azules de Claudio. A pesar de los vistosos estandartes que ondeaban en la brisa, prevalecía una actitud sombría, ya que todos estaban al tanto de la desagradable perspectiva de guerra.

Yo llevaba la cesta cargada de guirnaldas y de plantas que había escogido cuidadosamente para el rey y la reina. Como había vuelto al castillo con prisas, había abandonado la búsqueda de la raíz de malva, y ahora intentaba ignorar los remordimientos que sentía y confiaba en que Elnora me perdonaría por haber roto mi promesa. Temblando, sujeté con más firmeza el manto que llevaba alrededor de los hombros. De vez en cuando, me metía la mano en el bolsillo de la falda y palpaba la botellita con la poción.

Analizaba el patio con miradas rápidas y nerviosas. Suspiré aliviada cuando vi a Horacio, pero agité la cabeza cuando empezó a acercarse a mí. Aun así, se abrió paso a empujones entre la multitud hasta llegar a mi lado.

—Si os vais ahora, quizá podáis escabulliros sin que os vean —me susurró con urgencia.

—No, no puedo irme hasta que haya representado mi escena. ¿No os acordáis de nuestro plan y de vuestro papel en él?

—Sí, pero no creo que funcione. Llamaréis la atención, y eso incrementará el peligro.

Me molestó que Horacio protestara y hablé con aspereza:

—Me escudaré en la multitud. Debo seguir adelante. ¡Confiad en mí y haced vuestra parte!

Cedió con un suspiro.

—Mantendré mi promesa. Que Dios sea con vos —dijo, y se fue con paso renuente.

Mi adiós, que fue más amable que mi reprimenda, se perdió en la ruidosa fanfarria que anunciaba la llegada del rey. Los cortesanos y los políticos empezaron su procesión desde el castillo, seguidos por los guardias que rodeaban al rey y la reina. Claudio y Gertrudis asentían con la cabeza para saludar a sus súbditos, aunque fueron recibidos con pocos vítores y con menos sonrisas aún.

Cuando estaban próximos al escenario, una repentina conmoción tuvo lugar cerca de la puerta del patio. Se oyeron aullidos y fuertes gritos, y la multitud apartó la mirada del escenario y se dirigió en tropel hacia la puerta. Subí a una caja de madera, el asiento abandonado de alguien, y vi cuál era el origen del tumulto. Era Laertes, que llegaba a Elsinor.

Me invadió una ola de felicidad. La esperanza, durante tanto tiempo magullada, me llenó el pecho. Mi hermano había vuelto y me protegería.

Desde mi posición elevada grité: «¡Laertes! ¡Laertes!», pero mis palabras eran como agua lanzada contra el viento. Entonces los gritos murieron en mi boca, pues vi que mi hermano blandía una espada. Detrás de él venía una variada muchedumbre de unos treinta hombres armados con palos y piedras.

—¡Laertes será rey! —gritaban, y exclamaban que Claudio era un tirano y un cerdo.

Los soldados del rey cayeron de inmediato sobre ellos, y sus espadas destrozaron los bastones de madera como si fueran ramitas. Entre la multitud, había gente que animaba, mientras que otros se refugiaban por miedo a que también los golpearan.

—¿Quién asesinó a mi padre, Claudio? ¡Decídmelo! Juro que vengaré su muerte —aulló Laertes.

Tres guardias agarraron a mi hermano, que se retorció, echó maldiciones y escupió sobre ellos. Sus heterogéneos seguidores se dispersaron como semillas en el viento.

Me di cuenta con tristeza de que Laertes también estaba loco, enfermo de venganza contagiosa. No tenía más remedio que seguir adelante con mi plan y enfrentarme a peligros desconocidos.

Vi que Claudio y Gertrudis llegaban al escenario. De inmediato, los guardias los rodearon y los arrastraron hacia la seguridad del castillo. ¡Pronto perdería mi oportunidad! Bajé a trompicones de la caja y me abrí paso a empujones entre la multitud con todas mis fuerzas.

—¡Apartaos! ¡Fuera! ¡Dejadme pasar! —grité en mi carrera para alcanzar al rey y la reina, a quienes los guardias seguían, a la vez que custodiaban a Laertes.

Los ministros del rey, confundidos y con miradas de compasión, me dejaron pasar. Los guardias tampoco me pusieron trabas cuando llegué hasta ellos. Me lancé contra la puerta y me escurrí adentro antes de que esta se cerrara.

Sobresaltada por el estruendo que el pesado cerrojo de madera hizo detrás de mí, me di la vuelta. El guardia que había cerrado la puerta llevaba un casco que le ensombrecía los ojos. Una cicatriz se le agarraba a un lado de la cara como si fuera un gusano gigante, y una sonrisa cruel torció su boca. Me sentí como un ciervo que acaba de entrar en la trampa bien preparada de un cazador.

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