Ofelia
Capítulo 5
P oco después de visitar a Mechtild, descubrí un libro que Elnora había dejado a un lado, ya que sus débiles ojos no le permitían leer. Se titulaba El herbario o Historia general de las plantas y era tan pesado como un cofrecito lleno de monedas. Para mí, era un tesoro mucho más valioso que el oro. Cuando me cansaba de la costura, que era a menudo, examinaba el libro con una fascinación cada vez mayor. Estudié sus precisos dibujos y guardé en mi memoria las virtudes y los usos de todas las plantas. Aprendí que tomar peonía con vino ayuda a mitigar las pesadillas o los sueños melancólicos. Cuando una madre da a luz a su hijo, las semillas de perejil ayudan a que la placenta se expulse limpiamente. El ruibarbo purga la locura y la histeria. El hinojo agudiza la vista y es un antídoto para algunos venenos. Me aprendí de memoria todo eso y mucho más. Pronto Elnora empezó a confiar en mí para crear nuevas mezclas y tónicos. Copié la cataplasma de comino de Mechtild, y a Elnora se le alivió el dolor del costado. Me reprendía menos por mi pereza y mi melancolía, y me dejaba más tiempo para estudiar y escribir.
Como Elnora me permitía estudiar el libro que tanto me había embelesado, intenté contentarla acompañándola a misa. Cuando el predicador clamaba contra el orgullo y la vanidad, ella me daba un codazo para que prestara atención. También leí los libros de conducta que me prescribió para aprender valores morales, aunque eran muy tediosos. En todos se decía que debía permanecer callada, casta y obediente porque de lo contrario, el mundo se pondría patas arriba por culpa de mi maldad. Me reí de eso porque sospechaba que el autor no sabía nada de mujeres y que, sobre todo, no les tenía ninguna estima. Otro manual me aconsejaba que guardara silencio, aunque no siempre, para poder cultivar el arte de conversar de manera ingeniosa pero modesta, que era lo que distinguía a una dama de la corte. Yo prefería este último libro.
Sin embargo, no tenía ocasión de conversar de manera ingeniosa, excepto conmigo misma. A veces, mientras trabajaba, me imaginaba las dos partes de una conversación entre una bella mujer y su noble pretendiente, o me enfrentaba en mi mente a los escritores ignorantes que condenaban a las mujeres por ser frágiles y no tener virtud. Esos ejercicios me ayudaban a distraerme de las tareas domésticas que recaían sobre mí por el hecho de ser la dama inferior de Gertrudis. Tenía que vaciar su orinal, tarea que antes desempeñaba Cristiana. También debía ir a buscar cántaros de agua para los baños de la reina y luego vaciar la tina hasta que me dolían los brazos y se me hinchaban los pies de tanto correr del pozo a las letrinas. Era desalentador que me hubieran elegido como si fuera una nueva baratija y que luego me olvidaran. Me habían tratado como un mero capricho. Gertrudis rara vez me hablaba, pero yo la observaba, y mis ojos bebían de su belleza. El pelo le brillaba como la madera de roble aceitada, y parecía que su alma se escondía tras esos ojos grises. Aún mantenía las curvas y no tenía ni una arruga en la cara. Sus damas siempre elogiaban su belleza, y a ella le encantaba que le dijeran que era demasiado joven para ser la madre de un príncipe casi adulto. Como ella, yo también me arreglaba el pelo con una larga trenza. A veces me la metía bajo una cofia que yo misma había bordado, más bien toscamente, con pensamientos. Anhelaba saber si ella aprobaba mi vestimenta y mis maneras. Me dolía pensar que no se daba cuenta de los esfuerzos que hacía para complacerla.
La humildad era una cualidad que me costaba mucho aprender, ya que no me gustaba ser siempre sumisa y estar con los ojos bajos. Aunque un día, al mirar hacia abajo, descubrí una cosa sorprendente: me habían aparecido curvas nuevas en el cuerpo. Dos pechos pequeños me redondeaban el corpiño de seda; empezaron a doler y a palpitar. Un día, mis flores iniciaron un flujo de sangre de un color vivo, y sentí un dolor agudo en el vientre. Corrí en busca de Elnora.
—¡Me he hecho daño! ¡No sé cómo! —lloré aterrorizada.
Ella me tranquilizó y me secó las lágrimas. Me trajo paños limpios y me explicó cómo se engendra a un hijo. Me fascinó que desde entonces mi cuerpo pudiera crear a un bebé, y me asusté al pensar en el dolor que me esperaba en el futuro. Verse empujada de golpe a la edad adulta suponía un giro inesperado de la fortuna.
Ahora que ya era una mujer joven, determiné enorgullecerme más de mis vestidos y mis ornamentos, aunque otras damas los hubieran llevado antes que yo. Me parecía que los puños de encaje intensificaban la blancura de mis manos. La gorguera rígida, que entonces estaba de moda, me enmarcaba la cara y causaba un buen efecto. No obstante, la primera vez que la llevé, Cristiana me insultó:
—¡Tienes el cuello demasiado corto, pareces un bulldog! —dijo con sorna.
—Y tú tienes manchas en la cara que has olvidado maquillar — repliqué, y eso hizo que se enojara en silencio.
Yo no necesitaba pintarme, ya que tenía un brillo natural en las mejillas y los labios, y mi piel estaba suave gracias al agua de fresa de Mechtild. Me sentí satisfecha y un poco orgullosa, pero pensé que como mujer de la corte, debía mesurar mi vanidad.
Ahora ya tenía trece años, una edad en la que muchas jóvenes empezaban a ser cortejadas y algunas ya estaban comprometidas. Observaba con curiosidad cómo los hombres y las mujeres actuaban unos en presencia de otras. Practiqué los movimientos de cabeza y hombros como había visto hacer a una de las damas de la reina que conversaba con un joven lord. Me pregunté si Hamlet lo consideraría un movimiento atractivo. Cuando veía mi reflejo en un cuenco de agua o en un espejo, pensaba que Hamlet se asombraría al ver cómo me había transformado de niña salvaje en una dama. Pero no nos habíamos vuelto a ver desde aquel día tan lejano en el arroyo. Hamlet se había ido a Alemania a estudiar en la Universidad de Wittenberg. Seguro que tenía la cabeza demasiado ocupada como para acordarse de mí, y yo tan solo tenía unos pocos minutos de ocio cada día para pensar en él.
Además, me recordaban diariamente que mi aceptación en la corte de Elsinor era improbable y precaria.
—Tu padre es un don nadie, y tú no eres nada, Ofelia —se burló de mí Cristiana—. No entiendo qué ve la reina en ti. ¡Ja! —rio levemente.
No dije nada para defenderme. Todavía estaba enfadada porque parecía que mi padre no se preocupaba por mí, y me avergonzaba de la pobreza de mi familia. ¿Por qué Gertrudis se habría de quedar conmigo?
La respuesta no tardó en llegar. Cuando la reina se enteró de que me habían educado en latín y en francés, me pidió que leyera en voz alta mientras ella y sus damas trabajaban en sus bordados. Uno de los libros favoritos de Gertrudis era Espejo del alma pecadora, escrito, según nos dijo, por Margarita, la reina de Navarra y Francia. Yo estaba contenta de leer en voz alta y traducir mientras leía, ya que ejercitaba de nuevo la mente y la lengua. Aunque siguiera llevando a cabo las tareas más humildes, me atreví a pensar que mi estatus en la corte estaba mejorando.
Gertrudis sabía que a las otras damas no les gustaban esos ejercicios moralizadores. Me miraban con el ceño fruncido porque les leía oraciones y meditaciones cuando ellas hubieran preferido chismorrear. Pero si era Gertrudis quien recitaba las plegarias, se inclinaban, se santiguaban y parecía que prestaban mucha atención.
—Debemos observar en este espejo aquello que se nos asemeja y reflexionar sobre nuestros pecados —dijo tocando el libro con suavidad—. Me temo que estaría descuidando mi deber si no me ocupara de vuestro bienestar espiritual. —Sus palabras y su tono de voz transmitían casi una disculpa.
Pronto descubrí que la piedad de Gertrudis ocultaba un placer secreto. Una noche me llamó a su habitación. Llevaba el pelo suelto, y los rizos le brillaban a la luz de las velas. Vestía un camisón abrochado al corpiño con botones enjoyados. Se arrodilló como si fuera a rezar y despidió a Cristiana, que dejó el cuenco de agua perfumada que llevaba en las manos.
—Mis ojos cansados entorpecen mis devociones —dijo—. Ofelia me leerá las Sagradas Escrituras.
Cristiana me fulminó con la mirada, como el monstruo proverbial de ojos verdes. En aquel momento, por increíble que fuera, me dio la impresión de que estaba celosa. No obstante, no tuve tiempo de detenerme en el descubrimiento, ya que la reina exigía mi atención. Cristiana se retiró discretamente y cerró la puerta. Yo me quedé de pie esperando. Gertrudis se levantó para ir a buscar un pequeño libro del estante más elevado, volvió al diván con cojines y me hizo señas para que me sentara a sus pies. Me senté, tan silenciosa como un gato. El libro que me dio se parecía a sus otros libros religiosos. Se titulaba Heptamerón, y vi que también lo había escrito la piadosa reina Margarita.
Abrí el libro por la página en la que había una cinta. Empecé a leer en voz alta y me di cuenta, avergonzada, de que no se trataba de un libro de oraciones. Mientras leía una historia sobre una mujer noble que estaba casada con un ingenuo y que era seducida por un guapo truhan, me sonrojé, y mi voz se convirtió en apenas un murmullo. ¡Elnora me habría castigado por leer un libro así! ¡Incluso me habría prohibido que tocara su cierre! Pero, noche tras noche, Gertrudis y yo nos dedicábamos durante una hora o más a leer historias de amor y deseo. Después, la reina volvía a poner el libro en su sitio y me daba las buenas noches. Yo regresaba a mi habitación sintiéndome muy culpable, pero la curiosidad me consumía.
Una noche, cuando ya había terminado de leer, Gertrudis me dio algunos dijes: una peineta perlada para el pelo y un espejito con una grieta. Me arrodillé y se lo agradecí. Entonces, como esa muestra de amabilidad me había envalentonado, me atreví a preguntarle:
—Mi señora, vos sois la reina. ¿Por qué leéis ese libro en secreto?
Gertrudis suspiró.
—Mi buena Ofelia —dijo—, el rey es un hombre piadoso y decente. — Toqueteó el retrato en miniatura de él que llevaba en una cinta alrededor del cuello—. Se sentiría apenado si supiera que leo tales historias, ya que los hombres dicen que no son adecuadas para el oído de una dama.
—Y como yo no soy una dama, no me harán ningún daño —dije.
Gertrudis rio. Era un sonido musical, que me recordó a un carillón.
—Eres sabia e ingeniosa, Ofelia. No derrochas las palabras y sabes cuándo usarlas. Además, eres honesta. Sé que puedo confiar en que no cotillearás sobre mi inclinación por el romance.
—Yo también me he aficionado a esas historias —le confesé—. Me gusta leer cosas sobre mujeres inteligentes que encuentran el amor.
—Tienes el espíritu de una dama, Ofelia. Aunque no seas de alta cuna, alcanzarás la grandeza —dijo Gertrudis, y me besó suavemente en la frente.
Su caricia persistió como un recuerdo y casi me hizo llorar. ¿Eran tan suaves los labios de mi madre?
—¿Por qué me favorecéis tanto? —susurré.
—Porque Elnora es una puritana y Cristiana es egoísta y necia — respondió malinterpretándome. Lo que yo apreciaba era el beso más que el hecho de leer—. Tú, Ofelia, eres sensible, pero no estás instruida en los asuntos del amor y la pasión. Es necesario que aprendas cómo funciona el mundo de los hombres y sus artimañas, así podrás resistirte a ellos. Lee sin reservas, querida.
Me sorprendió que Gertrudis, que parecía no haberse fijado en mí en absoluto, en realidad me comprendiera tan bien. Así que, tal como me mandó, leí mucho, aunque en secreto. Esas historias completaban mi formación cortesana. De los libros de conducta de Elnora aprendí la importancia de la virtud, mientras que las novelas de Gertrudis me ofrecían las delicias del amor y los medios para conseguirlas. Imaginé y anhelé el tiempo en el que sería lo suficientemente mayor para disfrutar de tales placeres.
A veces, sin embargo, dudaba sobre el propósito de alguna que otra historia. Una noche le leí a Gertrudis un relato sobre un oficial celoso que había envenenado a su mujer con una ensalada porque ella tenía un joven amante. La historia hizo feliz a Gertrudis, pero yo no compartía su alegría.
—¿Qué pasa? ¿Eres tan puritana que no vas a reír? —me amonestó.
—No, pero me perturba pensar que el pecado de la mujer lleve al hombre a matarla. Ella es más débil que malvada —contesté.
—Es ficción, Ofelia, no una historia real. A veces nos gusta leer sobre actos y deseos que jamás nos atreveríamos a llevar a cabo. Es el placer que nos proporcionan estos relatos.
—Pero no me puedo creer que los hombres y las mujeres hagan esas cosas tan perversas en nombre del amor —dije.
—Ay, las hacen y las harán —contestó sabiamente, y así finalizó nuestra conversación.
El saber de Gertrudis me había abierto los ojos, y mi oído empezó a prestar más atención a los cotilleos de Cristiana y las otras damas. Vi que era cierto que la vida en Elsinor se parecía mucho a las historias que Gertrudis y yo compartíamos. Tanto los hombres como las mujeres buscaban tener placeres abundantes y pocas penas. Pero las damas deseaban satisfacerse en el amor, mientras que a los hombres les tentaba el poder.
Me di cuenta de que mi padre se encontraba entre esos hombres. Lo que él buscaba era información, algún secreto que pudiera utilizar en su propio beneficio. Empecé a ser precavida cuando me visitaba. Mientras iba acompañado, llevaba la máscara de padre cariñoso, pero en el momento en que me llevaba a un lado, sus preguntas eran intencionadas:
—Mi niña, ¿qué noticias tienes de los aposentos de la reina?
—Ninguna, mi señor —dije, ya que la discreción me ataba la lengua.
—¿Prefieren a lord Valdemar a mí? ¡Habla! —me exigió.
—No sabría decíroslo, mi señor. —Era cierto, no sabía casi nada del marido de Elnora.
—¿No lo sabes? —me dijo con sorna—. Más bien deberías decirme todo lo que sepas. Es tu deber como hija.
Me quedé callada. No me atrevía a recordarle que su deber como padre era amarme y protegerme. Pero no pude ocultar mi resentimiento.
—Empiezo a darme cuenta de que me pusisteis al servicio de la reina no por mi propio beneficio —dije—, sino para que fuera vuestra espía.
—¡Desagradecida! —balbuceó, y por un momento pensé que iba a pegarme—. En la posición en la que estás, puedes ver a lo largo y a lo ancho. Si eres lista —dijo dándose golpecitos en la cabeza con el dedo—, conseguirás progresar enormemente. Así que no seas tonta y respóndeme. ¿Qué hace la reina en su tiempo privado?
Decidí exponerme a su ira. No le conté nada sobre las historias que leíamos, sino que me di la vuelta y me alejé de él.
—¡Vuelve, Ofelia! —me ordenó, y noté la furia en su voz.
Pero no obedecí ni miré hacia atrás. Me di cuenta de que quería a Gertrudis y de que siempre guardaría sus secretos.
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