Ofelia
Capítulo 40
D iciembre nos mantiene en su servidumbre; ni siquiera los fuegos de la cocina y de las chimeneas pueden debilitar su abrazo helado. Me froto las manos para calentarme un poco cuando paso por la puerta del refectorio, donde las monjas comen en silencio, formando una hilera con las cabezas inclinadas sobre la comida. Las cucharas raspan lentamente los platos de madera. Sale vapor de una cacerola de sopa. La voz de la madre Ermentrude se eleva y cae mientras lee en alto:
—Agradezcamos y compartamos con templanza y sobria piedad solo la comida digna y nutritiva. Recordemos que el cuerpo de Cristo se rompió, y que aquí tenemos el pan y el agua también rotos para ser llevados a nuestros cuerpos. Así, el cuerpo de Cristo nos alimenta en la eucaristía.
Me pregunto lo que Hamlet, filósofo y hombre de razón, hubiera hecho con esa fe simple de las monjas que creen que consumen el verdadero cuerpo de Cristo. Para mí, el pan servido en las comidas y el ofrecido en misa tienen el mismo aspecto e idéntico sabor. Considero que es extraño que las hermanas coman en silencio y que acaten unas normas tan estrictas. Pienso en los banquetes de Elsinor, tan ruidosos, llenos de risas, chasquidos de huesos y sorbos para ingerir el tuétano, con perros gruñendo y peleándose por la comida que caía al suelo. El vino brotaba de las cubas como si fuera el agua de una fuente, y en cada comida se servía pescado, aves y carne de res.
Al pensar en tanta abundancia, se me abre el apetito. El bebé que llevo dentro me hace anhelar la sidra y los dulces, la carne asada, la rica leche y los albaricoques. Pero las monjas están en ayuno y solo comen pan con sal y agua. Así que como en la cocina con la doncella y el administrador para poder comer carne y fruta. Están callados en mi presencia, ya que en Saint-Émilion aún me consideran un misterio. Un granjero que cultiva el campo de las monjas, sus tres criaturas ojerosas y un invitado, un erudito ambulante, completan la compañía.
Thérèse, que es una sirvienta, también debe comer en la cocina. Pero no se presenta a las comidas. Cuando pregunto por ella, el administrador, con la boca llena de pan, se encoge de hombros.
—En realidad, señora, ella no come, que yo sepa —comenta la doncella.
—¿Quién no come cuando el hambre se lo ordena? —pregunto—. Le llevaré este trozo de carne y algunos pastelitos.
—Ya le digo que no se lo comerá. Jamás la he visto tocar la carne.
Haciendo caso omiso a su advertencia, llevo la comida a la habitación de Thérèse, una celda húmeda, incluso más estrecha que la mía. La puerta se abre sin oponer resistencia, y lo primero que veo es una pared cubierta de crucifijos. Cuento como mínimo una docena. Todos son toscos y están pintados con la imagen del Señor agonizando. En medio de las cruces, Thérèse está arrodillada en el duro suelo, meciéndose hacia delante y hacia atrás. No se percata de mi presencia; de hecho, parece que no me ve ni me oye. Tiene los ojos alzados, fijos en el aire. Avergonzada por haberme entrometido en un rincón secreto de su alma, dejo la comida encima de la cama y me voy en silencio. Pero la imagen de la lavandera, aturdida por la oración, no me abandona. Más tarde, regreso para ver si ha comido. El plato de pan está afuera, en el suelo, delante de la puerta. Está intacto, excepto por el ratón que mordisquea el pan y se escapa con rapidez cuando yo me acerco.
Me pregunto por qué Thérèse se abstiene de comer si no está ligada a los votos monásticos. Decido observarla más de cerca. Como una espía, finjo que leo un libro mientras ando por el corredor cercano a la cocina. Thérèse lleva un velo enrollado alrededor de la cabeza cuando trabaja, lo que la hace parecer turca. Va arremangada hasta los hombros, y veo que la piel apenas le cubre los huesos. Se mueve con lentitud y se detiene con frecuencia mientras lleva un balde de agua caliente.
No soporto verla esforzarse tanto para hacer tareas sencillas, así que dejo mi libro a un lado y le ofrezco ayuda. Para mi asombro, la acepta con una mirada de gratitud. Me había imaginado que se sentía orgullosa de vivir aislada de las hermanas, pero parece contenta de estar en mi compañía. Ahora, Thérèse mete la ropa sucia en agua jabonosa con sus dedos largos y huesudos como los de una dama, pero rojos y ásperos como los de una sirvienta. Con unas paletas de madera le doy golpes a la ropa y la remuevo. Me sorprende que la tarea requiera hacer tanta fuerza, y pronto tengo la cara mojada y sudada, a pesar del frío.
—Veo que Dios te ha concedido de nuevo la salud. Estamos felices de que estés bien —dice Thérèse. Sus palabras me sorprenden ya que creía que no se había percatado de mi presencia y que no sabía nada de mi malestar.
—No puedo regocijarme de mi fuerza mientras tú estés débil —le contesto.
—El Señor sostiene a los débiles —responde con rapidez, como si estuviera acostumbrada a defenderse.
—Tienes un espíritu fuerte, sin duda, pero tu cuerpo se consume. ¿Por qué no comes?
—Solo necesito al Señor, que me alimenta el alma con el pan de la eucaristía —me dice. Le brillan los ojos, aunque las mejillas hundidas hacen que ya no parezca joven.
—Él también nos da pan cada día para que alimentemos nuestro cuerpo y tengamos fuerzas para trabajar en el mundo —digo sintiendo que crece en mí un espíritu contencioso.
—El mundo no me importa nada, ya que no me ha hecho ningún favor —contesta con voz tranquila y sin rastro de amargura—. Siempre me han rehuido por mi pierna torcida, y mis padres se avergonzaban de mí. Mi único deseo era convertirme en monja. Pero el obispo le dijo a la madre Ermentrude que mis visiones eran indecentes y prohibió que me admitieran como postulante. Así que encuentro mi propio camino para llegar a Dios.
—¿Dios te pide que sufras por Él?
Thérèse se aparta de mí como si hubiera herido su dignidad.
—Me pide que lo alabe cada día, y eso es lo que hago.
Desesperada por que entienda mis buenas intenciones, le pongo la mano en el brazo y se lo sostengo en el agua. Su antebrazo, como el de una niña pequeña, me cabe en el círculo que formo con el pulgar y el índice.
—¡Thérèse, tienes que comer; si no, morirás!
Mis palabras no consiguen inmutarla. Me doy cuenta de que quizá morir es lo que quiere.
—Cuando no como, el niño Jesús en persona viene a mí y se alimenta de mi pecho, que entonces está hinchado con abundante leche —dice en perfecta calma—. Mi boca saborea miel y dulzura. Ninguna madre mortal siente tanta felicidad.
¿Se trata de la convicción de la fe o de una demencia evidente? Pienso en las visiones fantasmales que llevaron a Hamlet a querer vengarse, mientras que las de Thérèse la llenan de alegría. Ambas se encuentran más allá de la razón. ¿Quién puede juzgar si son ciertas o no?
Le cojo las manos. Tiene las palmas y las muñecas llenas de cicatrices.
—A veces me sangran las manos, de la misma manera que sangraron las heridas de Cristo —me dice con expresión de gozo.
—No me extraña, tienes la piel muy seca. Deja que te prepare una loción que te las suavizará y te aliviará el dolor. —Sé que puedo ayudarla a superar este sufrimiento que no se merece.
Thérèse agita la cabeza con vigor y aparta las manos como si me hubiera ofrecido a quitarle un precioso regalo. Me da la espalda y no vuelve a hablarme.
Temo que la mente de Thérèse se haya debilitado a causa del sufrimiento. No quiero que se muera porque ya he visto demasiada locura y muerte.
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