Ofelia

Lisa Klein · Capítulo 50 de 50

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Ofelia

Epílogo

 

Saint-Émilion, Francia

Mayo de 1605

 

El pequeño Hamlet es un niño vivaz con el pelo oscuro de su padre y los ojos grises de Gertrudis. Le encanta cavar en la tierra y coger flores silvestres, y yo ayudo a sus regordetes dedos a entrelazarlas. Con tres años, parlotea como lo hacía mi padre, aunque escucho cada una de las palabras ceceantes que dice. Le busco en el rostro alguna señal de mí misma, pero no tiene ninguno de mis rasgos. Le he dado todo mi afecto, que brota de mí como el agua de una fuente.

Mi Hamlet es un principito en este reino de mujeres. Las monjas ancianas ríen, y los ojos les bailan al inclinarse para recibir una guirnalda de margaritas o de prímulas de la mano de mi hijo. Isabel quiere al niño casi tanto como yo, y él nos toma por hermanas. Como no hay otros niños con los que jugar, se hace amigo de los conejos salvajes, a los que ofrece comida y acaricia el pelaje hasta que puede tocarles la movediza nariz.

Desde que Hamlet nació, hemos vivido en una cabaña de piedra cercana a la reja del convento. Me encargo de las tareas del administrador, que fue despedido después de la muerte del conde Durufle. Se descubrió que el puritano conde tenía sífilis desde hacía tiempo. Después de su muerte, el hermano de la madre Ermentrude, un noble virtuoso, consiguió el favor del obispo Garamond. Ahora, Saint-Émilion es un lugar seguro bajo su mecenazgo, y el convento prospera gracias a mis negocios con los comerciantes locales y los granjeros, así que la madre Ermentrude y el obispo están contentos. Cuando la madre Ermentrude intentó devolverme el dinero de Gertrudis, hice que se lo quedara como pago por haberme salvado, ya que fue ella quien mantuvo unidos mi cuerpo y mi alma. A cambio, la Madre montó la botica que ahora uso y la equipó con todos los instrumentos propios de la ciencia que se conoce a día de hoy en Francia. Saco un poco de provecho de mi trabajo y ahorro esas nuevas riquezas para cuando llegue el día en que quizá tenga que abandonar Saint-Émilion y buscar otro camino.

Recordar a Thérèse hace que no sea demasiado vanidosa respecto a mis habilidades, aunque mi reputación como sanadora va creciendo. No solo me ocupo de las enfermedades de las monjas, sino que los campesinos y la gente del pueblo pagan por mis servicios, y los pobres los obtienen de forma gratuita. Pronto necesitaré un aprendiz y también un jardinero, ya que mi huerto florece como el Edén. Es un jardín digno de Mechtild, repleto de hierbas comunes y de plantas exóticas, y sus dimensiones crecen cada año.

Visito a menudo la parcela de Thérèse en el cementerio de la capilla. Es un santuario para la gente del pueblo y está siempre fragante debido a sus ofrendas. Añado ramos de aguileñas, hinojo y margaritas de mi jardín. He plantado un arbusto de romero en su tumba, y resulta ser tan duradero como un árbol de hoja perenne.

A pesar de estudiar filosofía y medicina durante tres años, no he descubierto una causa natural que explique por qué a Thérèse le sangraron las manos cuando murió. Es uno de los muchos misterios del cuerpo que los estudios de anatomía buscan despejar. Espero escribir un día un compendio de todas mis curas, incluidas las que me enseñó Elnora. Incluirá un ensayo sobre cómo la mente puede ayudar —o resistirse— a que el cuerpo esté sano. La madre Ermentrude es una patrona generosa y me ha abierto el acceso a todos los libros de la biblioteca del convento. Algunos días comparto escritorio con Margarita, que trabaja devotamente en un libro al que llama Vidas verdaderas de mujeres devotas. Le digo que si no incluye la historia de su propia vida, seré yo quien la escriba en su lugar. Yo compruebo que su libro progresa, y Margarita, a su vez, se asegura de que mi fe infantil también prospere. Le digo que profeso la bondad y la compasión de Dios, pero que, por encima de todo, amo su maravillosa creación: mi hijo. Ella ha hecho las paces con su pasado, y yo también estoy en paz con el mío.

Cuando Hamlet nació, y yo revelé el nombre de su padre, el obispo Garamond creyó mi afirmación de que había huido de Dinamarca para protegernos a mi hijo y a mí. Poco después de la tragedia ocurrida en Elsinor, las noticias llegaron a Francia, acompañadas del rumor de que había un heredero de la realeza escondido. El obispo no se lo creyó, ya que tales historias siempre van unidas a la caída de un reino. Pero Margarita respondió por mí, Isabel ofreció su testimonio, y yo mostré la carta de Horacio. El obispo me reconoció como viuda y me permitió quedarme en el convento. Ahora se ha convertido en el protector del joven Hamlet y ha prometido darle una buena educación. Margarita me advierte de que algún día, Garamond usará a mi hijo para satisfacer sus planes políticos, ya que todos los eclesiásticos anhelan tener un imperio. Le contesto que por ahora confiaré en su amabilidad, ya que debo vivir en el presente, donde Hamlet juega con toda la inocencia de la infancia. Algún día de un futuro lejano, mi hijo se enterará de los nefastos crímenes ocurridos en Dinamarca, de la venganza que se desató y de su trágico final. Cuando le cuente que su padre acabó loco, que su madre sufrió y que ambos vivieron un amor desafortunado, ¿qué hará con ese relato increíble pero verdadero?

Estoy contenta de que mi historia termine aquí. Pero, mientras vivamos, no hay finales.

Ahora estamos en el mes mayo, que marca el fin de la primavera y promete un verano abundante y fructífero. Estoy trabajando en el jardín después de la lluvia, moviendo plantones tiernos. Agradezco que las nubes impidan al sol marchitar sus hojas antes de que arraiguen y continúen creciendo. Me he atado la falda entre las piernas como si fuera un pantalón para evitar arrastrarla por el suelo. Disfruto del tacto de la tierra suave y húmeda bajo los pies descalzos. Llevo el pelo, largo de nuevo, cubierto descuidadamente con una toca.

Hamlet está durmiendo la siesta en la cabaña. Me detengo un momento y me apoyo en la pala, imaginándome su cara dormida, esas pestañas que le rozan los mofletes y esa boca roja que se arquea como el arco de Cupido. Entonces, un movimiento repentino me llama la atención y me saca de mi ensoñación. Veo a Isabel alejándose con pasos rápidos del lado más alejado de mi jardín. Es muy raro que no se detenga para saludarme y pasar un tiempo hablando. No es propio de ella ser furtiva. Se lo preguntaré más tarde y le sonsacaré la causa de su actitud.

Entonces veo una figura que me resulta familiar apoyada en un árbol cercano al lugar donde las amapolas muestran sus caras resplandecientes. No se trata de una hermana ataviada con el hábito del convento. ¿Qué hace un hombre entre estas paredes? Es alto y un poco encorvado. Cuando sale de las sombras a la luz, vislumbro el pelo rojo. Dejo caer la pala y grito:

—¿Horacio?

Jamás me he sentido tan feliz de ver a un hombre o a una mujer. Me olvido del decoro, salto por el suelo húmedo sin pensar en los plantones que hay bajo mis pies y me pongo de puntillas para abrazarlo. Noto sus brazos a mi alrededor y disfruto de su fuerza durante un momento antes de apartarme.

Veo que tiene lágrimas en los ojos, pero sus palabras son desenfadadas:

—Cuando me despedí de vos, Ofelia, también ibais vestida como un chico —dice señalando mi pantalón improvisado.

Avergonzada por mi aspecto, me desanudo la falda para que sus pliegues me cubran las piernas y me escondan los embarrados pies. Me quito la cofia llena de manchas de suciedad y dejo que el pelo me caiga sobre la espalda.

—Ahora parecéis un ángel vestido de blanco, pero por mi alma os digo que estoy feliz de contemplaros con vida.

Veo que sigue teniendo una actitud sincera, y eso me hace sonreír.

—Querido Horacio, vos mismo sois una aparición que me llena de alegría —respondo con suavidad—. Pero ¿por qué habéis venido?

—No ha habido ni un día en el que pudiera olvidaros y hacer como si hubierais muerto.

Su franqueza me sorprende. Habla como si no hubiera tiempo ni necesidad de utilizar palabras que no fueran directas ni verdaderas. Aunque no puedo corresponderle diciéndole que yo también he pensado en él cada día, su presencia ahora me llena de un placer insólito.

—Veros de nuevo es… algo inesperado, sin duda. Es como recibir un regalo sin haberlo pedido. Pero ¿cómo habéis llegado hasta aquí? ¿Quién os ha dejado entrar? Soy yo quien suele abrir la puerta a las visitas. —Estoy confundida, pero empiezo a sospechar que Isabel tiene algo que ver con todo esto.

—Le escribí a vuestra priora, que me ha recibido en persona a mi llegada. Le he preguntado si necesitabais alguna cosa. Ella no ha hablado demasiado, pero ha llamado a otra hermana, la de ojos marrones y cara redonda, que le ha asegurado que vos me recibiríais. Me acaba de acompañar hasta este jardín y me ha dejado aquí. Os protegen mucho.

Pensar en la madre e Isabel analizando y juzgando a Horacio me hace reír. Extiendo el pañuelo del pelo sobre un tronco caído y le hago señas para que se siente a mi lado.

Nos quedamos en silencio durante mucho tiempo. Me pregunto por dónde empezamos para retomar el hilo roto de nuestra historia de hace tanto tiempo.

Le cuento mi viaje hasta Saint-Émilion. Le explico que la llegada de su carta arruinó rápidamente mis esperanzas y me llevó a la desesperación. Le digo que al perder la carta, me pregunté si simplemente había soñado tales horrores.

—Por desgracia, era la absoluta y terrible verdad —me asegura Horacio, y en sus ojos veo que sus antiguas penas no han muerto, que solo han disminuido.

Miro hacia abajo y veo que a mis pies crecen pensamientos silvestres y pequeñas violetas moradas y blancas. Cojo un puñado y le abro la palma de la mano.

—Pensées. Son buenos para el recuerdo —le susurro. ¿Acaso se acuerda de ese gesto de hace tanto tiempo y de cómo él me consoló cuando Hamlet desdeñó mi regalo? Horacio sujeta entre sus manos las flores de delgados tallos y habla con dificultad.

—Sostuve a Hamlet en su último aliento. Él y vuestro hermano se perdonaron el uno al otro por sus errores. Eso es todo lo que conseguí.

—Gracias —murmuro.

—Hamlet lamentaba dejar su nombre tan maltrecho y me pidió que contara su historia, que es lo que todavía hago.

—Horacio, siento que llevéis tales cargas con vos. Deberíais dejarlas aquí durante un rato, en este tranquilo lugar. O mejor aún, compartidlas conmigo.

—Lo haré, pero primero terminad vuestra historia.

Así que le cuento cómo es mi vida en el convento, sus sencillas rutinas y sus placeres. Le digo lo mucho que quiero a Isabel y a Margarita, las hermanas que se hicieron amigas mías cuando más lo necesitaba. Le explico cómo descubrí que mi propósito era ser doctora y cómo me gané a una madre: la priora Ermentrude. Le revelo cómo intenté salvar a Thérèse y cómo con su muerte se me perdonaron las faltas que había cometido.

—Ahora debéis satisfacer mi curiosidad. ¿Tenéis noticias de mi querida Elnora? ¿Se casó Cristiana con su Rosencrantz?

—Rosencrantz y Guildenstern están muertos, que es lo justo por haber sido unos traidores. Hamlet se enteró de que el papel de ambos en el complot de Claudio consistía en matarlo, así que él selló su destino primero.

—Pobre Cristiana, que perdió a su amor, aunque él fuera indigno — digo, sorprendida por sentir compasión de mi antigua enemiga.

—El pesar de Cristiana duró poco una vez descubrió la vileza de su amigo —dice Horacio—. Ahora asciende, tan ágilmente como siempre, la escalera de favores en la corte de Fortimbrás, que debe casarse pronto.

Deseo poder informar de algún modo a Cristiana sobre las granujadas del nuevo rey.

—¿Y Elnora? ¿Aún vive? —Temo que Horacio me esté ocultando más noticias tristes.

—Sí, aunque tanto vuestra pérdida como la de su reina la dejaron durante un tiempo a las puertas de la muerte. Lord Valdemar dejó su puesto en la corte porque dijo que no serviría a un rey extranjero. Se instalaron en una cabaña humilde del pueblo, donde Elnora, con la atención de Mechtild, ha recuperado en parte sus antiguas fuerzas.

Aunque ahora me siento aliviada, Horacio está angustiado. Con el ceño fruncido, describe la peligrosa situación de Dinamarca y relata cómo Fortimbrás tomó el control después del asesinato de Claudio.

—Con voz agonizante, Hamlet dijo que favorecía al príncipe noruego. Al oírlo, Fortimbrás reivindicó con más audacia su posición. Se vengó de Dinamarca por haberse apoderado de las tierras de su padre, y pronto notamos el fuerte brazo de su opresión. Entonces, entre la gente se extendió el rumor de que el rey Hamlet tenía otro heredero, que su hijo Hamlet tenía un primo, o incluso un heredero a su vez. —Agita la cabeza—. Pero resultó ser una esperanza sin fundamento. —Examino el rostro de Horacio, pero, como siempre, no hay rastro de ninguna estratagema. No sospecha cuál es la verdad. ¿Cómo decírselo?—. Ahora los daneses quieren derrocar a Fortimbrás. Algunos ponen sus esperanzas en mí, un simple amigo del príncipe que debería haber sido su rey —dice un poco consternado.

—Si Hamlet se hubiera convertido en el rey de Dinamarca, vos habríais sido su consejero más leal.

—No soy un guerrero —dice sacudiendo la cabeza—. Aunque diré siempre la verdad a los poderosos, yo no ansío el poder. Sin embargo, hay algunos nobles en Francia que quizá ayuden a la causa de Dinamarca.

—¿Por eso habéis venido? ¿Para buscar su apoyo?

—No, he venido a buscaros a vos —dice, y su franca respuesta me sorprende.

—Horacio, ahora estoy en paz, aunque el pasado permanece siempre conmigo.

Desvío la mirada y la dirijo hacia la cabaña donde Hamlet duerme.

—No miréis atrás —dice Horacio. Levanta la mano, me la pone en la mejilla y me hace volver la cara hacia él. Los pensamientos se nos esparcen sobre el regazo. Veo que sus ojos, marrones como la tierra mojada por la lluvia, son dulces, sabios y tristes. Su esbelta figura se inclina hacia mí.

—Horacio, que hayáis venido me hace latir el corazón de alegría. Hasta ahora no me había dado cuenta de lo mucho que os necesito. —Las palabras se me desbordan y las lágrimas me brotan espontáneamente—. Estoy en deuda con vos, y como no poseo nada, os pago con esta muestra de amor.

Tomo su hermoso rostro entre las manos, sin importar que estén llenas de suciedad, y lo beso en los labios, inhalando por un momento su perfume, que es nuevo para mí porque nunca lo había tocado tan de cerca.

A su vez, él enreda las manos en mi pelo y me devuelve el beso como si fuera un niño hambriento. Entonces, de repente, se aparta.

—¡No! No debería haberos tocado ni besado. Que Dios me perdone — murmura poniéndose rojo.

Un trueno que suena en la distancia anuncia que habrá más lluvia. Unos gorriones saltan por el suelo, a nuestros pies. Estoy confundida y dolida por su súbito arrepentimiento.

—¿Por qué? ¿Estáis casado? —le pregunto.

—No, por mi honor, si fuera así, no os habría besado.

—Y yo soy viuda. No hacemos nada malo.

Ahora me mira con auténtica consternación y empieza a tartamudear.

—Aun así, sería… No debo… deshonraros. —Me señala el hábito de lino y se queda callado.

De repente me doy cuenta del motivo de su reticencia, y río con un placer que pronto se funde en lágrimas de compasión.

—La madre Ermentrude y mi amiga Isabel no hicieron bien al no contaros más sobre mí, Horacio. Pero yo no seré tan cruel ni jugaré con vos como si aún estuviéramos en la corte.

—Entonces, Ofelia, decidme ahora lo que debo saber —dice Horacio, todavía manteniéndose a distancia.

—Vivo como una monja y parezco una de ellas, pero no estoy atada a ningún voto. Soy libre, Horacio.

Su cara refleja alivio y alegría.

—En tal caso, querida Ofelia, ¿puedo besaros de nuevo?

—Os doy permiso, amable Horacio —digo inclinándome hacia él.

Horacio me coge las manos, y su aliento en mi mejilla me hace estremecer.

—¡Mamá! ¿Dónde estás, mamá? —El grito infantil llega a nosotros, y yo me pongo de pie.

—¡Aquí estoy, cariño! ¡En el jardín!

El pequeño Hamlet, con el pulgar entre los labios, se tambalea desde la cabaña. Tiene las mejillas rosadas y el pelo enmarañado de dormir. Sus piernas regordetas y sus pies descalzos le asoman por debajo de la arrugada camisa. Tiendo los brazos, y él corre hacia mí, se me agarra a las faldas y desde detrás de ellas, mira fijamente al extraño.

Horacio, con los ojos fijos en el niño, se levanta como si fuera un hombre hechizado por un fantasma o por una criatura mágica. Al principio, la sorpresa no lo deja hablar, y nos mira a mí y a mi hijo hasta que lo comprende todo.

—¡No estoy soñando! En este joven veo el rostro de lord Hamlet cubierto por la belleza y la verdad de Ofelia —dice asombrado. Se acerca y me coge la mano. Sin soltarla, se arrodilla, se pone a la altura de los ojos del joven Hamlet y se inclina para ofrecerle lealtad.

Mi confiado niño sonríe y alarga el brazo para tocar los rojos rizos de Horacio.

Las nubes desafían a la amenazante tormenta y abren su cortina para dejar pasar el sol. Nosotros tres, supervivientes de una tragedia antigua, estamos juntos en silencio, contemplándonos bajo la luz del sol.

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