Ofelia
Capítulo 30
S alí del enorme y sombrío salón de Elsinor por última vez. Aunque el peligro me pisaba los talones y me urgía a correr, una profunda tristeza moderaba mis pasos. En el soleado patio, la gente hablaba en grupos dispersos; quizá estaban sopesando los movimientos que Fortimbrás llevaría a cabo contra las defensas del rey. El repentino tumulto producido por la sublevación había pasado como una tormenta de verano. Pero esa tormenta aún bramaba dentro de las paredes de Elsinor, mientras la ardiente ira de Laertes se enfrentaba al frío poder de Claudio. Las lágrimas me anegaban los ojos, y lo mismo que la lluvia, hacían borroso el mundo a mi alrededor.
Mi tristeza dio paso a un miedo glacial. ¿Acaso mi representación, al igual que la de Hamlet sobre el asesinato del rey, había sido una locura peligrosa? Era posible, pero la escena me había servido como un pequeño acto de venganza. Aunque no pudiera hacer justicia por los crímenes de Claudio ni retraer a Gertrudis que fuera tan voluble y desleal, sí había removido sus conciencias. Había representado mi demencia hasta el final; así, mi aparente muerte no despertaría dudas.
Crucé el ajetreado patio en dirección a las puertas abiertas de Elsinor. Nadie me miró al partir, aunque yo sentía que alguien me seguía. ¿Era Edmund? No me atreví a darme la vuelta, pero esperé a que Horacio anduviera cerca. Recé para que la muerte no dejara a mi amigo atrás.
Seguí adelante, salí del castillo y desemboqué en el camino. Un chico que perseguía a una gallina de Guinea que se había escapado chocó conmigo, pero no se disculpó. Una carreta cargada de grano circulaba en medio del camino, y yo salté a un lado para evitar que me atropellara. No miré atrás, hacia el castillo adonde me habían llevado para que fuera una dama favorecida por una reina, cortejada por un príncipe y traicionada por él. Cuando sentí el sol en la espalda, supe que había dejado atrás la fría sombra de los muros de Elsinor.
Al llegar a la cima de la colina, dejé el camino y descendí campo a través en dirección al río. Unas pequeñas criaturas huían y volaban a mi paso. Pensé que nunca más volvería a recorrer aquel camino con la expectativa de deleitarme con la compañía de Hamlet. Con las manos separaba la hierba susurrante y sostenía con suavidad las flores mustias, diciendo adiós a todo lo que tocaba.
Bordeé la curva de la orilla donde Hamlet me había visto nadar cuando yo aún era una niña. Llegué al sauce, que era la imagen misma de la naturaleza llorando. Sus ramas ascendían y fluían hacia el suelo formando un elegante arco, cuyos extremos flotaban sobre el agua. Miré las hojas caídas rozando la superficie acuosa, que borboteaba como si cayera sobre rocas. El río había crecido mucho con las últimas lluvias; sabía que el agua estaría fría. Los patos se mecían entre los juncos de los márgenes, y un martín pescador escondido en los arbustos repiqueteaba su llamada.
Mi soledad parecía completa, y ver aquella naturaleza que me era tan familiar me trajo paz. Cogí las guirnaldas que había hecho y me las puse alrededor del cuello mientras disfrutaba de sus dulces perfumes ya debilitados. Aunque sabía que mi enemigo me seguía de cerca y que estaba preparado para atacarme, confié en que Horacio me protegería. Yo no llevaba ni la daga, ya que temía perderla en el agua. Quería tumbarme un rato en la orilla, cálida por el sol, y revivir algunos recuerdos dulces antes de emprender el viaje hacia mi desconocido futuro, pero la prudencia me advirtió que no malgastara tiempo y que no pensara demasiado, ya que, de lo contrario, mi resolución podría verse debilitada. Así que metí la mano en el bolsillo y saqué el frasquito. Los dedos me temblaban mientras lo abría y vertía su contenido en mi boca. El sirope oscuro de la mandrágora, dulce y fuerte, me bajó hasta el vientre. Lamí las últimas gotas que quedaban en la boca del frasco y lo lancé al agua, donde se sumergió y desapareció.
Tan solo disponía de unos minutos, quizá menos. No sabía lo rápido que la mandrágora haría efecto. Esperé en completa quietud e intenté sentir si la poción funcionaba. Todavía no pasaba nada. Busqué alguna sensación agradable, algún recuerdo reconfortante, pero solo sentía que mi pánico aumentaba. De repente, tuve miedo del olvido que estaba por venir, y el deseo de permanecer despierta se apoderó de mí. ¿Y si esos momentos eran realmente los últimos de mi vida? ¿Debía confesar mis pecados y rezar por si acaso la poción resultaba ser demasiado fuerte? Mientras el terror me invadía, me quedé sin aliento. Intenté mantenerme en pie, oponiendo resistencia contra el suelo, y me encontré con los dedos enredados en las hojas frías y cerosas de la planta de malva que colgaba sobre los márgenes pantanosos del río. Me acordé de la promesa que había roto, y con dedos desesperados, arranqué las raíces de la tierra y llené mi cesta, esperando que Elnora las encontrara allí de alguna manera. El esfuerzo me debilitó, y me sentí cada vez más mareada. Dejé la cesta a los pies del sauce y trepé a una fuerte rama que crecía oblicuamente sobre el río. El agua oscura y profunda fluía debajo de mí, y su sonido apresurado me llenaba los oídos. La cabeza me empezó a dar vueltas, y comencé a ver unas manchitas oscuras, como si fueran cenizas que se iban dispersando. Entonces fue como si el mundo se hubiera puesto patas arriba, y el cielo y el agua hubiesen invertido sus posiciones una y otra vez. Me aferré a la rama del sauce, pero la mandrágora que ahora me corría por las venas me había robado toda la fuerza. Mis ojos se cerraron, y sentí que el sueño se apoderaba de mí. A pesar de que yo deseaba vivir, mis miembros anhelaban el olvido.
La rama se dobló bajo mi peso como si me entregara a las profundidades, y murmuré:
—Vengo a vosotras, aguas de la vida y de la muerte. Alejadme de este mundo de locura y conflicto.
Oí una voz que gritaba «¡Ofelia!» justo cuando mis paralizadas extremidades se soltaban de su punto de agarre. Caí al agua y me hundí en la oscuridad.
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