Ofelia

Lisa Klein · Capítulo 11 de 50

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Ofelia

Capítulo 10

 

L a idea para mi trama empezó con un relato obsceno que una vez le había leído a Gertrudis y que hablaba de un amor equivocado. Vi que, imitándolo, podía engañar a Cristiana y sembrar la discordia para confundir a todo el mundo.

Le conté mi plan a Hamlet disfrazando los motivos, ya que no quería que pensara que yo era demasiado cruel.

—Una trama excelente, digna de un dramaturgo. —Su elogio fue como la miel para la abeja, y yo lo sorbí.

—Así pondré a prueba la entereza de Cristiana y de sus dos pretendientes —dije.

—Demostrarás que es una entereza falsa, como la de las monedas malas —contestó Hamlet. Mientras que yo apuntaba al orgullo de Cristiana, a Hamlet le entusiasmaba la oportunidad de engañar a Rosencrantz y a Guildenstern—. Eso pinchará sus hinchadas ambiciones —dijo exultante.

—Pero nuestra autoría debe permanecer en secreto —advertí, y Hamlet estuvo de acuerdo.

Nuestro plan se desarrollaría en el banquete de celebración del vigésimo aniversario del reinado del rey Hamlet. La velada estaría llena de máscaras, bailes y festejos. Hombres y mujeres se ponían a punto intercambiándose las galas e ideando elaborados disfraces. Cristiana, emocionada, juntó plumas de todos los colores y las cosió a una máscara, ya que había encontrado esta nota en su bolsillo:

Con vuestra capa roja y vuestra cara emplumada, me demostráis que he ganado la carrera deseada. Tomaré el premio; libre es, pero también, mío. Me veréis bajo el sauce que se extiende sobre el río.

El verso estaba firmado con el nombre de Rosencrantz, perfectamente ejecutado por Hamlet. Mientras tanto, yo había imitado la letra de Cristiana para escribir la nota que Hamlet entregó al rival de Rosencrantz. Decía así:

Ya no puedo esconder cómo os deseo, dulce Guildenstern. Esta noche, el pájaro rojo se posará en el sauce y esperará a la corneja gris. Atrapadme y seré vuestra.

La noche del banquete, la luz del fuego refulgía en las paredes del gran salón, y las antorchas de junco emanaban su humo aceitoso. El vino especiado fluía a raudales de las espitas, desbordaba jarras y copas y se consumía como si fuera agua. Las mesas crujían bajo los pedazos de venado y cerdo, el pescado ahumado y las empanadas de carne. Bebí un poco de vino, aunque no tanto como para emborracharme, y me senté con las damas mientras chupaba ciruelas e higos dulces. Un juglar se abrió paso entre la multitud, manteniendo en el aire varias naranjas a la vez. Los bailarines llevaban cascabeles, daban pasos con las rodillas en alto y batían palmas al ritmo de los tamboriles y las flautas.

El rey Hamlet observaba la escena desde su trono, con su reina junto a él. En deferencia a aquella alegre ocasión, marcaba el ritmo del baile con el pie y había suavizado su habitual semblante severo. El viejo Yorick había muerto, y ahora un bufón más joven hacía reír al rey Hamlet, aunque no tan enérgicamente como antes.

En contraste, Claudio disfrutaba de una manera feroz, parrandeando copa en mano. Llevaba la máscara levantada para poder alimentarse mejor. Gotas de vino, de un rojo rubí, le salpicaban la túnica y el suelo. Les pellizcaba las curvas a muchas mujeres, sin preocuparse del vino derramado que manchaba sus disfraces. Hizo una reverencia exagerada ante el rey y casi se cayó de rodillas. Empezó un discurso, pero el rey cortó sus mal articuladas palabras. Así que Claudio cogió de la mano a Gertrudis y la instó a que se uniera a la fiesta. Con reticencia, ella se apartó del lado de su esposo para apaciguar a Claudio con un baile. La mirada del rey se oscureció.

Ese drama fue solo uno de los espectáculos de la noche. En aquel momento, mi propia trama me resultaba más interesante. Con mi capa azul marino y mi máscara sin adornos me movía por el salón y observaba a mis actores. Guildenstern llegó con una capa negra y una máscara con un pico. Cristiana revoloteaba con un vestido carmesí y una larga capa. Los músicos empezaron a tocar, y los bailarines nos emparejamos para danzar una majestuosa pavana. Me encontré frente a Hamlet, que llevaba una máscara ornamentada con dos caras.

—Buenas noches, lord Jano —dije, pensando de nuevo en la extraña miniatura que me había dado en el jardín.

—¿Bailaríais conmigo, escondidos a la vista de todos?

—Esa contradicción me deleita —contesté.

Le cogí la mano y sentí sus expectativas de placer, que coincidían con las mías. Entonces, entre el tumulto de bailarines, oí la risa tintineante de Cristiana.

—¿Creéis que el pájaro rojo se entregará a la corneja gris? —le pregunté en voz alta a Hamlet. Las máscaras nos permitían hablar sin llamar la atención de los demás.

—Si lo hace, sé que la corneja lo devorará —me dijo Hamlet en la oreja, provocándome un escalofrío que me bajó por la espalda.

Entonces cambiamos de pareja, y de pronto, me vi elevando las rodillas para bailar un bran con el nervioso Guildenstern, que casi se tropezó con su larga capa.

—Os he visto observar al pájaro rojo —le dije.

—Paréceme que se acicala las plumas solo para mí —alardeó él. El acento que puso casi me hizo reír.

—¿Quién debe de ser? —bromeé, ya que creía que ningún disfraz era suficiente para esconder las maneras de Cristiana. Pero Guildenstern pareció desconcertado.

—Alguna bella dama recién llegada a la corte —dijo siguiendo con la mirada a la chica vestida de rojo.

Ella bailaba con muchos hombres, sin duda buscaba a Rosencrantz bajo cada disfraz. Pero Rosencrantz no estaba en el baile, ya que Hamlet lo había mandado a hacer algún recado sin importancia.

Estaba bailando con un caballero rollizo, pero de pies ágiles, cuando vi que Cristiana abandonaba el salón, con los pliegues de su capa roja ondeando detrás de ella. Hamlet me hizo señas para indicarme que Guildenstern la había seguido. Alegué que tenía las piernas cansadas y dejé a mi compañero. Me escabullí del salón lleno de humo y vapor. Con pasos ligeros, crucé el patio exterior y las puertas, bajé por el prado y me agaché entre los juncos del arroyo.

Hamlet, silencioso como la niebla, apareció a mi lado. La noche era húmeda y fría. Las nubes escondían la luna, y el sauce estaba cubierto de oscuridad. Pero veíamos a Cristiana, cuya capa envolvía a alguien más en un íntimo abrazo.

—¡Mirad cómo el pez primero mordisquea el cebo y después se lo traga! —susurró Hamlet con alegría.

—Sí, ambos están muy enganchados —admití.

Había imaginado que Cristiana y Guildenstern descubrirían pronto el juego. Esperaba que se reconocieran mutuamente y que se fueran riendo avergonzados. Pero mientras mirábamos, las figuras con capa descendieron hasta llegar al suelo sin dejar de agarrarse. Me venció la vergüenza.

—No deberíamos ver esta pasión privada —murmuré.

—Entonces bajemos el telón en esta escena —concedió Hamlet.

Nos retiramos y regresamos a Elsinor en silencio. Después de un casto beso, me aparté de los labios de Hamlet y nos separamos.

En lugar de volver al baile, fui a mi habitación, me desvestí y me preparé para ir a la cama. Mientras la noche avanzaba, oía los sonidos lejanos de la fiesta. Aunque todavía odiaba a Cristiana, no estaba orgullosa de mi ardid. Me revolvía en la cama incapaz de dormir. Unas horas más tarde, al oír unos pasos ligeros, fui hacia mi puerta justo a tiempo para ver pasar a Cristiana. Llevaba las plumas dobladas y la capa sucia. Tenía rubor en las mejillas e iba despeinada.

Al día siguiente, mientras yo estaba sentada en la galería de la reina junto a las otras damas, Rosencrantz vino a cortejar a Cristiana. Ella estaba sin aliento, esquiva y sonrojada en exceso. Rosencrantz estaba confundido, y cuando se fue, Cristiana se quejó de que el amor no afectara a los hombres. Poco después, Guildenstern la visitó. Llevaba una muestra de amor y le decía palabras melosas. Cristiana fue fría con él, pero Guildenstern creyó que estaba siendo discreta y se fue de buen humor.

Me hice muchas preguntas sobre lo que acababa de ver. Cristiana se comportaba como si la noche anterior hubiera hecho el amor con Rosencrantz. Pero parecía imposible que, pese a la oscuridad, pudiera haber confundido a Guildenstern con Rosencrantz. ¿Acaso Cristiana había reconocido a Guildenstern y había decidido obtener placer de todas formas? ¿Tenía remordimientos por haber sido infiel? ¿Estaba siendo falsa a conciencia, o realmente la habíamos engañado? Finalmente, abandoné mis especulaciones y concluí que en la vida, como en las historias, los amantes insensatos harán lo que sea y se engañarán a sí mismos en nombre del placer.

Más tarde, Hamlet me dijo que había estado bebiendo con los dos cortesanos, y que Guildenstern había alardeado de haber hecho el amor con Cristiana. Él y Rosencrantz habían llegado a las manos, y Hamlet se había levantado de un salto para separarlos.

—Les he dicho que era una libertina y que no se merecía su amor. Ambos han estado de acuerdo, se han dado la mano y ya son amigos de nuevo. —Hamlet rio y se frotó las manos con satisfacción.

Pero yo me puse furiosa al imaginarme a los tres hombres despreciando a Cristiana. No había sido mi intención que Rosencrantz y Guildenstern triunfaran a causa de mi ardid y que estuvieran tan satisfechos por los favores que le habían robado.

—¡Aunque Cristiana sea una necia, no se merece tal desdén! No son hombres de honor —dije.

Hamlet me miró sorprendido.

—¿Qué? ¿Ahora sientes lástima por tu antigua enemiga? —me preguntó —. Eres igual que una mujer voluble —me pinchó.

—No tengo ganas de escuchar tus burlas —dije—. No puedo quedarme callada cuando vosotros, los hombres, perjudicáis a una de las mías.

—No hemos perjudicado a esa ignorante, sino que la hemos ayudado a deshacerse de los falsos amores —dijo dulcemente. Luego su rostro se ensombreció, y sus rasgos, severos, se parecieron a los de su padre—. Seguro que hubiera acabado sufriendo aún más, ya que tanto Rosencrantz como Guildenstern son unos impostores. Son unos viles traidores solo leales a sí mismos.

Cristiana fue humillada durante algún tiempo. Rechazada por sus dos amantes, soportó en silencio los cotilleos sobre su reputación. Yo no temía que se vengara, ya que no creía que fuera tan lista para sospechar que yo había planeado los acontecimientos de aquella noche. Hamlet y yo éramos cómplices leales y nunca revelamos que fuimos los autores de aquella tragicomedia.

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