Ofelia
Capítulo 31
L uché contra la pesada carga del sueño y abrí los ojos. Vi tenuemente el fuego de una chimenea que proyectaba su débil luz sobre las desiguales paredes de yeso de una pequeña cabaña. Estaba tumbada en una cama dura. Intenté sentarme; los brazos y las piernas no me obedecieron. No sabía dónde estaba. Vi que del techo colgaban manojos de plantas secas, y sus olores se mezclaban en el aire tibio. No era la ermita en ruinas donde Hamlet y yo solíamos encontrarnos. Lentamente, tomé conciencia de que me encontraba en la cabaña de Mechtild.
No estaba sola. Había alguien tendido en un banco en un rincón oscuro. Mis esfuerzos por moverme hicieron que él se levantara. Aliviada, vi que se trataba de Horacio. Se me acercó y se arrodilló a mi lado; una fatigada ansiedad se reflejaba en cada línea de su rostro.
—Veo que aún estoy viva —dije. Mi voz sonó extraña y distante—. Pero ¿por qué estoy aquí? —Esperaba despertarme en la cabaña del bosque con todo preparado para mi viaje—. Horacio, ¿qué es lo que ha salido mal?
—No temáis, estáis a salvo. Cuando os liberé de la tierra, precisé de los conocimientos de Mechtild.
—¿Cómo supisteis de este lugar? Siempre escondí el camino que hacía para llegar hasta aquí.
Horacio sonrió.
—La mujer sabia y sus pociones de amor no son tan secretas como muchas damas creen. Los cortesanos también recurren a sus remedios y consejos.
Unos pies que se arrastraban anunciaron que se acercaba la anciana en persona, que entró en la habitación con el mastín blanco a su lado, como si fuera un centinela. Desde la profundidad de su rostro arrugado, unos ojos penetrantes pero amables me miraron.
—La mandrágora te indujo un sueño tan profundo que incluso dudé de que estuvieras viva —dijo—. Hace pocas horas que te he administrado un antídoto. No intentes levantarte aún.
Fue a remover una cacerola que estaba en el fuego. El perro, obedeciendo una orden que ella le hizo con la mano, se tumbó cerca de la puerta.
—Le dije que la desesperación os llevó a buscar la muerte. Dudo que me creyera. Sabe que robasteis la mandrágora, pero no os lo tiene en cuenta —susurró Horacio.
Estaba avergonzada de haberme portado mal con Mechtild, pero la curiosidad era mayor que la culpa. Como alguien que se ha quedado dormido durante un relato emocionante, deseaba saber el final de la historia.
—Contádmelo, Horacio, os lo ruego. Contadme todo lo que pasó, ya que la poción me ha borrado la memoria por completo.
Así que Horacio narró cómo me había seguido hasta el río, donde me había visto beberme la poción y trepar al sauce. Me dijo que se había alarmado al verme caer de la rama y que había corrido río abajo hasta meterse en el agua para interceptar mi cuerpo flotante.
—Estaba fría, y la corriente era muy rápida. Vuestra ropa empapada os envolvía y os arrastraba hacia abajo. Perdí mi punto de apoyo y estuve a punto de ahogarme yo también. Si no hubiera sido por el guardia que hizo caso de mis gritos, ambos estaríamos muertos. Él me prestó su fuerza para sacar vuestro cuerpo sin vida del arroyo y llevaros a la corte.
—¡Oh, Horacio! —exclamé levantándome con los codos—. Ese guardia se encontraba tan cerca porque iba a quitarme la vida. Por poco es él quien se lleva el premio. —Le expliqué que se trataba de Edmund, el torturador de mi infancia, y le describí sus actitudes amenazantes.
Horacio se quedó avergonzado al saber que lo habían seguido sin que se diera cuenta, y encima, un villano de tal calaña.
—No os preocupéis por eso —dije—. Pensad que si no hubierais estado cerca, seguro que él me habría matado. Proseguid con vuestra historia.
Horacio se situó en un taburete cerca de mi camastro, y con las piernas dobladas, apoyó los codos sobre los muslos.
—El entierro fue muy rápido, ya que muchos sospechaban que buscabais vuestra muerte y que, por consiguiente, vuestra alma estaba condenada.
—Una ceremonia rápida era mucho mejor. Una larga y formal no me habría ido bien, pues me habría despertado demasiado temprano —dije con una sonrisa—. Pero lo único que importa es que Claudio crea realmente que estoy muerta. ¿Lo cree?
Horacio levantó los hombros con incertidumbre.
—Ofelia, ya sabéis que en Elsinor nada es lo que parece. Gertrudis lloró mientras se leían los ritos, y creo que su pesar era verdadero, pero Claudio no mostró ni pena ni satisfacción. —Horacio pensó durante un momento y agitó la cabeza con firmeza—. No hay razón para que crea que estáis viva. Vio que vuestro cuerpo estaba blanco por el frío del agua y presenció vuestro entierro.
—¿Cómo se tomó Elnora la noticia? —pregunté. Era la única persona a la que lamentaba haber engañado simulando mi muerte.
—La mujer estaba desconsolada. Os ungió y os envolvió mientras lloraba a lágrima viva. No sospechó que estabais simplemente dormida.
A medida que la poción dejó de adormecerme los sentidos, también liberó mis emociones. Pensar en Elnora llorando mi muerte dio paso a las lágrimas. Sabía que me había lavado el pelo con romero porque aún estaba impregnado de su olor. Me había puesto mi vestido de damasco amarillo sobre una enagua bordada por ella misma, su último cariñoso regalo para mí. ¡Cómo le habrán dolido los huesos con tal esfuerzo! Mientras lloraba, Horacio se levantó, se alejó de mí y se quedó de pie al lado del fuego.
—¿Le devolvisteis mi cesta? —le pregunté—. La dejé bajo el sauce.
—No, no la vi. ¿Me lo habíais dicho?
Negué con la cabeza, pues no lo había hecho.
—No, es culpa mía. Simplemente lo pensé, Horacio.
—Desear vivir no es un pecado ni debe causar lágrimas.
—Es un sentimiento muy extraño. Estoy viva, aunque todos los que me conocían piensan que estoy muerta, excepto vos, Horacio —dije sintiendo que la soledad me invadía.
Intenté sentarme de nuevo y lo conseguí. Determinada a liberarme de los pensamientos funestos, me sequé las lágrimas con la punta de la sucia sábana que se adhería a mí. Había sido mi mortaja. Rasgué un trozo para llevármelo conmigo, ya que pensé que sería una buena tela para pañales de bebé.
Mechtild me trajo un cuenco de caldo humeante y se quedó a mi lado mientras yo lo bebía.
—Esto te despertará las extremidades —me prometió—. Está mezclado con azafrán, que quita el letargo de encima y aviva los sentidos. —Mientras hablaba, noté que una fuerza nueva me recorría las piernas y los pies—. Me encargaré de los dolores de Elnora. Horacio le llevará hoy algunas medicinas —añadió.
Me maravilló su sabiduría. ¿Cómo me había leído la mente y sabía que me sentía culpable? Le di las gracias y sostuve el cálido cuenco en las manos.
—Proseguid, Horacio —le dije, asintiendo con la cabeza para que continuara su relato. Teníamos que confiar en Mechtild, ya que era inútil intentar ocultarle nada.
—Os enterraron al atardecer, y yo volví tan pronto como la noche cayó para cavar en la tierra, que aún estaba suelta. Temía que los ladrones de tumbas llegaran antes, ya que no respetan a los que se han suicidado.
Ahogué un grito porque no había considerado la posibilidad de que unos ladrones me robaran de la tierra y me abrieran el cuerpo. Crucé los brazos y temblé al recordar el libro de Hamlet y aquellos dibujos de un cuerpo abierto, con las partes vitales al descubierto como si se tratara del botín de un pirata en un saco roto.
—Por suerte —prosiguió Horacio—, no había nadie. Pero no pude despertaros de vuestro sueño mortal. Temí que hubierais fallecido. —La voz le flaqueó, e inspiró profundamente antes de volver a hablar—. Os traje con rapidez a la cabaña de Mechtild. Con la ayuda de un espejo, vimos que aún respirabais.
La garganta se me cerró al oír que casi había muerto de verdad. ¡Ay, valiente Horacio, que corristeis tantos riesgos para salvarme del agua y de la tierra! ¿Cómo podré agradeceros jamás vuestra devoción?
—¿Os vio alguien en el cementerio? —fue todo lo que dije.
—No puedo saberlo con certeza. —Se frotó consternado las sienes—. Quizá había ladrones esperando o un guardia me vio llevándome vuestro cuerpo. No fui precavido porque estaba muy preocupado por vuestra vida. Lo siento.
—No lo sintáis —dije—. Soy yo quien siente haberos implicado a vos, un hombre honesto, en tal engaño.
—¿Está mal un engaño si preserva lo que es virtuoso? —preguntó Horacio.
—¡No estoy de humor para filosofar y estoy harta de razonar! —grité, cada vez más disgustada—. He traicionado la amistad de Elnora. He sido injusta con vos y con Mechtild. Debo irme antes de que os descubran y os hagan daño por mi culpa. —Me levanté y vi que mis débiles piernas me sostenían lo suficiente—. No creo que mi vida merezca tanto la pena como para que hayáis corrido tantos riesgos, Horacio. Dejadme y escondeos hasta que consideréis que estáis a salvo.
Horacio me puso una mano en el hombro para detenerme.
—No, esperad —dijo—. Debo contaros algo más. Hamlet ha regresado a Elsinor.
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