Ofelia
Capítulo 22
A lo largo del vasto salón de Elsinor, las antorchas ardían en sus candeleros. Al fondo, se había preparado como escenario una zona enmarcada por cortinas. Las damas con sus vestidos más elegantes y los cortesanos con copas rebosantes de vino buscaban los mejores asientos en bancos, sillas y cojines. Algunos ya iban muy borrachos, y los senos rosados de las mujeres atraían las miradas deseosas de sus amantes y, a veces, incluso alguna mano suelta. En el centro de la sala una tarima con sillas talladas esperaba a Gertrudis y a Claudio. Algunos ministros de Estado estaban de pie junto a ella, pero mi padre no se encontraba entre ellos. Los guardias, quietos como estatuas, mantenían sus posiciones, y los nobles con ricas vestiduras y sus damas se arremolinaban a su alrededor. Mientras observaba la estancia, vi que un guardia abandonaba su puesto y empujaba a una sirvienta hacia la oscuridad. Si ella opuso resistencia, el grito fue inaudible.
La escena que tenía ante mis ojos era una hueca pretensión de grandeza y alegría. Parecía que todo el amor no era más que lujuria, y toda verdad aparente, solo una máscara de mentiras. Pensé en el libro de anatomía de Hamlet, en el que había un esqueleto mostrando su interior, más allá de la piel. Se trataba de un crudo recordatorio de la muerte que nos aguardaba. Supe que nunca más me deleitaría con la gloria maquillada de Elsinor. Sin embargo, ¿qué otra cosa podía hacer, sino entrar en el juego y fingir que me divertía? Así que me moví entre la multitud, sonriendo con falsa modestia y asintiendo con la cabeza a diestro y siniestro. Topé con un cuerpo firme y me di la vuelta un poco molesta para pedirle perdón. Me llevé la mano a la garganta y ahogué un grito de alarma al encontrarme cara a cara con Edmund. Estaba de pie con las piernas separadas y los brazos en las caderas, lo que hacía que pareciera más corpulento. Mis ojos se fijaron en su cara, donde tenía una cicatriz terrible y en carne viva que le iba de la coronilla a la mandíbula. Apestaba a vino amargo, cebolla y sudor. Me alejé de él como si se tratara de una olla hirviendo, pero me había reconocido.
—Vaya, pero si es la putita del príncipe —dijo burlándose en voz baja.
Ni el miedo pudo aplacar la rabia que me provocaron esas palabras.
—¡Mientes, pedazo de carroña inmunda! —repliqué.
Como única respuesta, echó la cabeza hacia atrás y rio, haciendo que la cicatriz le brillara en un lado de la cara.
Me aparté de él rápidamente y me senté en un taburete pegado a la pared para intentar calmarme. El insulto de Edmund me repicaba en los oídos, que aún estaban rojos a causa de una vergüenza que no me merecía. Entonces me acordé de que él estaba presente cuando mi padre le contó a Claudio que Hamlet estaba loco de amor por mí. Decidí que ese estúpido tan solo estaba celoso, así que lo apartaría de mi mente.
Entonces me llegó la risa fuerte y ondulante de Cristiana. Me volví en dirección al sonido y vi que saludaba a Rosencrantz. Este le hizo una reverencia a la vez que se quitaba el sombrero, cuyas plumas le rozaron la mejilla y la hicieron sonreír. Vista desde aquella distancia, parecía justa e incluso digna. Sopesé sus palabras rencorosas sobre la amada de Hamlet. ¿Qué sabía ella de las acciones del príncipe?
Como si notara que la estaban observando, Cristiana levantó la vista, y nuestros ojos se encontraron. Frunció el ceño y miró hacia otro lado. Moví el taburete hacia las sombras para poder observar a los demás sin ser vista. Pero me sorprendí cuando Cristiana apareció a mi lado sigilosamente, como siempre. Habló en voz baja y con urgencia.
—Ofelia, si aprecias tu vida, escúchame. Ahora el rey favorece a Rosencrantz. Dice que Claudio teme que haya un complot contra él y que sospecha de Hamlet. Ni por todo el oro del mundo sería amiga del príncipe.
Antes de que pudiera mirarla a los ojos, Cristiana ya se había escabullido. Teniendo en cuenta de dónde venía esa información, no sabía si creérmela. ¿Acaso me estaba poniendo a prueba y buscaba alguna señal que confirmara que yo estaba aliada con Hamlet? Lo había estado hasta que él me había rechazado. «¡Idos a un convento! ¡Venga!» Su urgente petición me resonó otra vez en la cabeza. Dinamarca se había convertido en un lugar peligroso, donde la lujuria llevaba al asesinato y a la tiranía, y alimentaba nuevas venganzas. Quizá Hamlet quería que abandonara ese sitio malvado para que no me corrompiera. Pero ¿por qué tenía que encomendarme a una vida de castidad fría y forzada entre las paredes de un convento? ¡No pensaba acceder a ello!
Mientras pensaba en lo mal que se me daría ser monja, Hamlet entró en el salón. Llevaba unos calzones negros y un jubón de terciopelo a la última moda, también negro, que tenía unos cortes en el pecho y en las mangas y dejaba al descubierto la tela roja y brillante que había debajo. Agarró por el hombro a Horacio, que se detuvo a su lado. Habló atentamente con su amigo, rio y le dio un golpecito en la espalda mientras se separaban. Hamlet fue a deliberar con los actores, y Horacio se me acercó. No estaba tan bien escondida, después de todo.
—¿Cómo está mi señora Ofelia? Os he… os hemos echado de menos estas dos noches —saludó con una reverencia. Me habló como si no supiera nada de lo apenada y humillada que yo estaba.
Parpadeé para evitar que se me cayeran las lágrimas.
—Soy la esposa más infeliz del mundo, Horacio, ya que mi esposo no me ama —me atreví a decirle con honestidad a la única persona que sabía lo de nuestro matrimonio.
—¿Qué queréis decir? Sé que él os ama —dijo él cogido por sorpresa.
Miré a mi alrededor. A pesar de que hubiera tantísima gente, nadie nos prestaba atención. Vertí toda mi tristeza en Horacio como si arrojara olas contra un fuerte dique.
—En los diez días desde que se interrumpió nuestra noche de bodas, mis alegrías de casada se han convertido en tristeza. Hamlet tiene problemas con mi virtud sin motivo alguno.
Horacio se ruborizó, ya que se sentía cohibido de que le hablara sobre mis problemas matrimoniales. Pero yo estaba desesperada por entender el motivo de la frialdad de Hamlet, y su amigo parecía ser mi única esperanza.
—Sé que no hay ningún motivo —dijo.
Pensé que el modesto Horacio me aportaba un poco de consuelo.
—Horacio, vos sabéis qué es lo que piensa, si es que alguien lo sabe. ¿Qué es eso de un fantasma? ¿Vos lo creéis?
—Lo vi, pero no habló conmigo. Fue una visión horrible.
—Pero ¿era real? —insistí.
—No era algo corpóreo que se pudiera tocar como vos y como yo — respondió.
—Horacio, habláis como un filósofo que es ambiguo acerca de lo que es falso y lo que es verdadero —dije con impaciencia—. Os confieso que dudo de la existencia de ese fantasma, pero aquella visión enloqueció a Hamlet. Ya no lo conozco.
Horacio se detuvo luchando contra su habitual discreción. Finalmente respondió:
—Es cierto, no puede controlarse ni hace caso a mis consejos. Temo por él.
Un estallido de aplausos nos hizo mirar hacia el escenario. Aguanté la respiración al ver a uno de los actores haciendo malabarismos con unas naranjas mientras ejecutaba equilibrios sobre una silla volcada. Entonces sonó una repentina fanfarria de trompetas, y el actor saltó al suelo y se inclinó profundamente mientras Gertrudis y Claudio, cogidos del brazo, descendían las escaleras procesionales hasta el gran salón. Nos mantuvimos de pie hasta que el rey y la reina se sentaron en la tarima. Sonaron débiles aplausos y algunos vítores, pero Claudio frunció el ceño y no los tuvo en cuenta. Se sentó agarrándose a los reposabrazos de su gran silla. Consideré que la advertencia de Cristiana podría tener parte de verdad.
Vi que Gertrudis localizaba a su hijo y le hacía señas para que fuera a sentarse a su lado. Él la miró por un momento, sacudió la cabeza y se alejó. Mirando a su madre por encima del hombro, cruzó la sala con pasos deliberados y llegó al lugar en el que yo me encontraba. Vi como su sonrisa se desvanecía, y yo respiré hondo a causa de su falta de amabilidad.
Cuando Hamlet llegó a mi lado, Horacio se despidió diciéndome:
—En la fe, Ofelia, sigo siendo vuestro sirviente.
La bondad de sus ojos me consoló brevemente.
Hamlet se arrodilló ante mí como si se tratara de un muelle apretado con energía. Las luces se reflejaban en sus ojos brillantes, y se le sonrojaron las mejillas. Me agarró la mano, cosa que me encendió una chispa por todo el cuerpo, provocando que el deseo que sentía por él me hiciera sentir débil. Pero estaba determinada a permanecer distante hasta saber qué era lo que él sentía por mí. Y sobre todo, quería que se disculpara por haber sido tan cruel.
—Señora, ¿podría recostarme en vuestro regazo? —Levantó las cejas para enfatizar la pregunta.
Una petición tan grosera no era un saludo apropiado.
—No, mi señor, no es lugar para eso —repliqué con un reproche en mi voz.
—Me refiero a que si puedo, simplemente, descansar la cabeza en vuestro regazo —me pidió fingiendo una inocencia infantil. ¿Acaso Hamlet pretendía entretenerse con nuestro juego? ¿Cómo podía saber yo lo que le pasaba por esa cabeza tan cambiante?
—Sí, mi señor —dije, ya que parecía que interpretaba su papel de enamorado suplicante.
Dejé que se apoyara en mí, convencida de que a continuación se disculparía dulcemente. Pero, en cambio, hizo una broma indecente sobre los leales pensamientos que residen entre las piernas de una doncella. Sus ojos apuntaron a la parte de la que estaba hablando, y yo le aparté la cabeza de mi regazo y miré hacia otro lado.
—Soy leal y honesta. Ya no soy una doncella, sino vuestra honorable mujer —le espeté.
Mis indignadas palabras no obtuvieron respuesta, sino que fueron ahogadas por los aplausos que recibían a los actores cuando estos salían de detrás de las cortinas. La obra de Hamlet estaba a punto de empezar. Habían cubierto las antorchas, salvo las más cercanas al escenario, y el salón se había quedado a oscuras. Esperaba que la obra me ayudara a no pensar en el extraño comportamiento de mi esposo, pero no tenía nada de divertida ni de agradable: los diálogos eran largos y formales, y me distraía constantemente.
«La representación es el lazo», había dicho Hamlet, así que me esforcé en prestar atención a los tediosos diálogos. El actor que hacía de rey lamentaba su muerte inminente. La reina, representada por un joven que hablaba con voz aguda, le prometía que no se casaría de nuevo, pero el rey dudaba de su decisión. La acción de la obra se parecía bastante a los recientes acontecimientos que habían tenido lugar en Elsinor, aunque yo no discernía cuál era el propósito. ¿Por qué iba a montar Hamlet unas escenas que removieran el recuerdo aún reciente de la muerte de su padre y del nuevo matrimonio de su madre? Miré fugazmente hacia las figuras que había en la tarima, pero con aquella luz tan tenue no pude ver las expresiones de Claudio ni de Gertrudis.
Hamlet, como si fuera un plebeyo irrespetuoso mirando a unos actores en la plaza de un pueblo, se pasó la obra haciendo comentarios en voz alta.
—Tenéis una lengua que corta —le aseguré, y levanté la mano para hacer que callara.
Como respuesta, tomó mi mano y se la llevó al regazo.
—Entonces ¿le quitaréis el filo? —susurró.
Aparté la mano. La ofensa y la rabia me invadieron. ¿Es que me tomaba a la ligera como a una ramera a la que podía hablarle de un modo tan grosero? Un pensamiento repentino me golpeó el estómago como una patada y me dejó sin aire.
¿Acaso Hamlet me era infiel?
Unas dudas terribles me oprimieron, pero la valentía pesaba más. No podía dejar que Hamlet me echara encima la culpa de su pecado. Me enfrentaría a él con su propia pregunta: «¿Sois honesto?», y observaría su reacción.
Esperé mi oportunidad para hablar mientras veía la obra. Hamlet se emocionó aún más cuando el villano vestido de negro se deslizó desde detrás de las cortinas, sujetando un frasco y elogiando su contenido pestilente y venenoso. El villano vertió la poción en la oreja del actor que interpretaba al rey dormido, y oí que la gente a mi alrededor ahogaba un grito.
—¡Mirad! Ahora veréis que el asesino consigue el amor de la esposa del rey —dijo Hamlet con rencor.
Entonces me di cuenta de que él creía que el destino de un hombre era que su amada lo engañara. Yo haría que se diera cuenta de que lo que pensaba era injusto y, además, descubriría si me había traicionado. Le agarré el brazo, y cuando él me miró interrogante, le dije con firme intención:
—Hamlet, esposo mío, debo preguntaros algo. ¿Sois honesto?
En aquel instante, Claudio se levantó como un resorte de la silla y gritó con la voz ahogada por el miedo:
—¡Encended las luces! ¡Fuera!
Mi pregunta no obtuvo respuesta, ya que Hamlet me apartó la mano con brusquedad y se levantó de un salto. Los guardias blandieron sus espadas y rodearon al rey. Sus asistentes llegaron corriendo con antorchas flameantes. Las damas y los cortesanos se apartaron cuando el rey salió volando del salón con Gertrudis a su lado. Los actores se refugiaron tras las cortinas. Sabían que el desagrado de un rey podía significar su muerte.
Supongo que yo también estaba pálida, ya que encontré a Horacio a mi lado sosteniéndome el brazo.
—¿Lo has visto, Horacio? —exclamó Hamlet con alegría—. Ahora está claro que mi tío es culpable. ¡El fantasma es honesto!
—Me he dado cuenta —dijo Horacio—. Sé más discreto.
Lo sujetó por el jubón, pero Hamlet lo apartó, aplaudió y ordenó a los músicos que tocaran. Estos cogieron sus instrumentos con dificultad e iniciaron una melodía temblorosa mientras Hamlet salía disparado hacia la multitud e intentaba, como un maníaco, que la gente recuperara el ambiente festivo.
—Ha perdido la razón y está poseído por el demonio de su padre — afirmé asombrada.
—Él dice que hay un motivo para su demencia —dijo Horacio, pero con voz dudosa.
—Ha sido una completa locura hacer que los actores representaran el asesinato de su padre en presencia del mismísimo Claudio. ¿Cómo puede considerarse eso una venganza? —susurré, incapaz de ocultar mi profunda consternación.
—La violencia va contra su naturaleza, que es gentil y propensa a la reflexión —me dijo Horacio cerca del oído—. Busca la venganza, pero aun así la evita.
Mientras Horacio y yo hablábamos como si fuéramos íntimos, un nuevo pensamiento se apoderó de mi mente. Aquella noche, Hamlet había demostrado con la obra que conocía el crimen que había cometido Claudio. Cristiana me había advertido de la ira y del recelo del rey. Claudio se había comportado como un hombre temeroso por su vida. Él sabía que yo me había unido a Hamlet. ¿Qué pasaría si empezaba a sospechar que su sobrino nos había revelado su crimen a Horacio y a mí?
Mis ojos se encontraron con los de Horacio, y vi que sus pensamientos iban en la misma dirección que los míos. Se apartó de mí de inmediato y alargó el brazo para evitar que yo hablara.
—La obra de Hamlet nos pone en peligro de muerte —declaró—. No debería parecer que somos amigos. Es más, debéis ser una extraña, así que marchaos.
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