Ofelia

Lisa Klein · Capítulo 9 de 50

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Ofelia

Capítulo 8

 

 

N o tuve que esperar demasiado. Aquella noche, Gertrudis me mandó al jardín a coger hierbas frescas. Estaba contenta de escaparme de las críticas y las amenazas de Cristiana. Bajé corriendo por las escaleras de la torre, que giraban en espiral, y emergí mareada a la oscuridad. Sobre mí, las luces tenues titilaban en los aposentos de Gertrudis. Aunque el jardín estuviera cubierto de niebla, me sabía de memoria la localización de cada parterre y de cada emparrado, así que podía guiarme en la oscuridad. Caminaba segura y sin miedo, sabiendo que los confines del jardín estaban delimitados por muros. Recogí ramitos de romero y noté que su resina pegajosa me cubría las manos. Lo destilaría, pondría clavo y otras especias en remojo y haría un brebaje para endulzar el aliento.

Detecté el perfume de la lavanda y me arrodillé para dejar que su dulce aroma me hiciera cosquillas en la nariz y la garganta. Mientras estaba agachada en la hierba, vi que una sombra silenciosa se me acercaba. Más que asustarme, me desconcertó ver que la figura que emergía de la neblina tomaba la forma de Hamlet.

—¿Cómo estáis, Ofelia? —dijo con suavidad de pie ante mí.

Al principio no contesté, ya que la sorpresa me había dejado sin palabras. Hamlet me dio la mano y me levanté.

—Buenas noches, mi señor —conseguí decir—. ¿Cómo me habéis visto en la oscuridad?

—Vuestra virtud os hace brillar, y la luz me ha atraído como una llama a una polilla —contestó. Una sonrisa jugaba en su boca, y como si fuera contagiosa, también me hizo distender los labios.

—Me halagáis con elogios de poeta —dije mirándolo de soslayo para ocultar mi rostro—. Pero el símil no nos conviene, ya que vos no sois una polilla ni yo soy una llama.

—¿Qué debería decir? Creo que cuestionaríais todas mis palabras —me reprendió con delicadeza.

—Decid que deseabais volver a verme y que me buscabais, si esa es la verdad —dije deprisa. Mi atrevido discurso me sorprendió. Aparté mi mano de la suya y la sujeté con mi otra mano para contenerme.

—Es cierto. —Hizo una pausa, y hubo un largo silencio hasta que habló de nuevo—: Habéis cambiado mucho, Ofelia. No sois como os recordaba.

Me emocionó oír que había pensado en mí mientras estaba fuera.

—Temía que los cuervos y los arrendajos que sirven a mi madre os hubieran arrojado del nido hace tiempo, pero ya veo que el plumaje os ha crecido a salvo —dijo de forma provocativa.

—Aun así, bato las alas contra las paredes de mi jaula —dije tristemente —. A veces, Elsinor me parece una prisión. —Me arrepentí de inmediato de mis palabras, ya que no quería parecer una desagradecida—. Solo desearía poder ir y venir en libertad…

Me interrumpí porque Hamlet me había sorprendido rozándome la mejilla con el dorso de la mano.

—¿Estará el pájaro quieto si entro en su jaula? ¿Estará contento de quedarse? —preguntó. El tono tierno de su voz me apretó la garganta.

¿Qué podía contestar a lo que me preguntaba? No era capaz de hablar, así que simplemente asentí con la cabeza. Hamlet me volvió a agarrar la mano y la puso en sus labios. No pude evitar mirarlo a la cara. Cuando nuestros ojos se encontraron de nuevo, sentí que lo que decían los filósofos era verdad, que el amor entra por los ojos y golpea el alma. La flecha de Cupido me había alcanzado y había prendido una llama en mi corazón y en todo mi cuerpo.

—Deseaba que vinierais —susurré.

—Quería veros —confesó.

De repente, tuve miedo de aquel fuego que me quemaba y que producía un calor que se me expandía por el rostro.

—Esto es demasiado peligroso —dije, aunque me iba acercando más a él—. Sabéis que nada permanece oculto. ¿Estoy oyendo unos pasos? Debo irme. —Las palabras salieron rápidas de mi boca.

—No, quedaos —rogó cuando yo ya me estaba apartando de él—. No hay nada que temer.

Cedí y dejé que me cogiera el brazo, deleitándome con la presión de su mano.

—Venid bajo la luz de la luna, ya que solo deseo contemplar vuestra belleza. Además, vuestro ingenio, el cual poseéis en abundancia, hace que se me detenga el corazón.

—¡Estáis bromeando de nuevo! —reí—. Vuestro corazón no se ha detenido; de otro modo, estaríais muerto.

—Ofelia, ¡sois una filósofa nata! Si admito que mi corazón aún late, ¿me permitiréis admirar vuestra belleza?

—Conozco lo que pensáis sobre la belleza. Debo proteger mi honor — dije. Sin embargo, hablé con suavidad y dejé que siguiera sujetándome la mano.

—Ofelia, aún no me conocéis. No penséis que he defendido lo que realmente creo. Frente al mundo llevo una máscara que oculta mi verdadero yo, que es el que veis ahora.

Intenté interpretar su expresión, pero no conseguí hacerlo.

—Con esta oscuridad, no veo nada. ¡Ay, lord Hamlet! Apenas os conozco ni me conozco a mí misma. Buenas noches. —Me di la vuelta y me alejé rápidamente de él. Un conejo se asustó y huyó delante de mí, como mi corazón, que daba brincos.

Aquella noche no dormí, pero tumbada en la oscuridad me reprendí a mí misma por haber salido corriendo asustada. Repetía cada una de las palabras que habíamos intercambiado e intentaba encontrar su significado real; sin embargo, todo era incierto. ¿De verdad había visto el yo real de Hamlet o llevaba una máscara? ¿Realmente creía que era hermosa?

Por la mañana, me levanté de la cama con la intención de repasar la escena de nuestro encuentro. Estuve todo el día ociosa y distraída, así que me ofrecí a recoger lavanda fresca para esparcirla por el dormitorio de Gertrudis. Aquella noche volví a arrodillarme en el suelo y cogí con los brazos las frondas moradas y plateadas de la lavanda. Aspiraba su perfume para apaciguar mis agitados pensamientos, incluso mientras rezaba para que Hamlet apareciera. Y apareció: la presencia inconsistente surgió otra vez de entre la niebla y se convirtió en la sólida figura del príncipe.

—Volvemos a encontrarnos, Ofelia —dijo tocándome la mano.

—Deseaba que vinierais —contesté.

—El pensamiento es el que decide. Aquí me tenéis.

Mientras hablaba, me llevó al refugio de los altos setos que bordeaban el laberinto del jardín que tantas veces había visto desde mi ventana. Era un lugar secreto, y nunca me había atrevido a entrar porque temía perderme. Ahora un impulso repentino me embargó.

—¡Seguidme si podéis! —susurré; entonces di media vuelta y desaparecí en el laberinto.

Me moví a tientas, dejando caer la lavanda mientras corría. Giré a la izquierda, luego a la derecha, una y otra vez. Llegué al centro del laberinto, sin otro lugar para correr. Dando bocanadas de aire, oí cómo la sangre me corría por los oídos. Cuando Hamlet apareció llevando las hierbas que yo había lanzado, solté un pequeño grito, como una niña contenta de ser encontrada.

—¿Por qué huis de mí otra vez? —preguntó.

—No lo sé. Cuando era pequeña corría por simple placer.

Hamlet asintió con la cabeza como si lo recordara. Con los dedos frotó un tallo de lavanda, que liberó un dulce aroma, y con él trazó el contorno de mi frente y mi nariz. Le respondí con una sonrisa.

—Me dejáis aturdido, Ofelia —dijo.

—Es cierto que os he conducido a este laberinto, y ahora estoy perdida en su interior.

De Hamlet solo veía el ribete de su pelo, iluminado por la luna. Aunque el resto de su rostro estaba oscuro, sus dientes brillaron en una sonrisa.

—No, soy yo el que está perdido, a vos os he encontrado. Porque en el centro de este sendero tortuoso, os he descubierto… a vos. —Empezó a titubear—. A vos, Ofelia, a quien yo amaría si vos… pudierais amarme a mí.

Creí en las palabras de Hamlet porque estas no salieron de su boca como si las hubiera ensayado. Quería que fueran ciertas. Le respondí con la verdad absoluta:

—Nunca antes he amado —confesé—. Temo perder lo poco que poseo.

Él comprendió que me refería a mi virtud, mi única riqueza, así que contestó:

—Ofelia, sé que sois muy honesta y virtuosa. Prometo serviros con honor y sinceridad.

Levanté la barbilla para verle mejor la cara, y sus labios se encontraron con los míos. Fue un beso breve, pero su boca, aunque suave, pareció llevarse todas mis fuerzas y me dejó débil. Me puso los brazos alrededor de la cintura y me levantó en el aire. Me ofreció un segundo beso, y yo le robé un tercero. Quería aún más, ya que el roce de sus labios con los míos era una pura delicia, pero no quería parecer codiciosa o desvergonzada, así que volví la cara. Entonces Hamlet me besó la oreja, y su aliento me hizo cosquillas por todo el cuerpo.

—Debo irme —susurré—, aunque me gustaría quedarme.

A pesar de ser reacio, Hamlet aflojó los brazos y me guio hasta el lugar donde el laberinto se abría al jardín. Entonces se sacó del bolsillo algo envuelto en papel y lo presionó contra mi mano. Después de concederle un último beso, corrí de vuelta al castillo por la hierba cubierta de rocío. Había olvidado por completo la lavanda que había cogido para Gertrudis.

Sola en mi habitación, temblaba de emoción. ¿Cómo podía ser que yo, que nunca antes había besado, hubiera besado al príncipe de Dinamarca en persona, no una, sino varias veces? ¿Realmente me había hablado de amor? Era inimaginable que el príncipe Hamlet me cortejara a mí, a la humilde Ofelia. Entonces recordé el regalo que me había metido en el bolsillo mientras corría. Lo saqué, lo desenvolví y me encontré con una miniatura enmarcada que colgaba de una cadena. La pintura representaba al dios Jano con dos caras: en una estaba enmascarado como un actor cómico, y en la otra, con una mirada trágica. Le di vueltas a su significado. ¿Simbolizaban las máscaras los disfraces que Hamlet me había dicho que llevaba? ¿Prometía ese regalo un nuevo comienzo de amor, al igual que el mes de enero proclama el inicio de un año nuevo?

El sueño me esquivaba mientras yo daba vueltas a esas preguntas. Al final, me levanté en las horas más oscuras de la noche con la intención de mezclar un trago de agua de cebada con semillas de amapola para calmar el torbellino de mis pensamientos. Sorprendida, vi que Cristiana todavía estaba merodeando por allí. Se me acercó furtivamente, y olí a lavanda. Señaló un ramo fresco que llevaba en la cintura.

—Has decepcionado a la reina porque no has vuelto con las flores. Ahora me tiene a mí para agradecerme que su habitación tenga esa fragancia. —A la luz de la luna que iluminaba sesgadamente el oscuro pasillo, vi que entrecerraba los ojos—. Tumbarse en una cama mullida con lavanda es perfecto para el amor, ¿verdad?

La agarré por la falda y vi que el dobladillo estaba sucio y húmedo.

—¿De quién eres la espía? —murmuré.

El desdén apenas ocultaba mi miedo. ¿Me había seguido hasta el jardín como una serpiente maliciosa? ¿Simplemente sospechaba que me había encontrado con alguien, o es que nos había visto a pesar de la oscuridad?

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