Ofelia
Capítulo 36
C uando me desperté de la fiebre, llevaba puesto un atuendo limpio de lino y estaba tumbada en una cama dura y ancha que ocupaba la mayor parte de la diminuta celda, mucho más pequeña que mi habitación de Elsinor. A los pies de la cama, bajo el crucifijo, había un tosco reclinatorio, lo que me indicó que había llegado a mi destino. Sobre el reclinatorio estaba mi libro de horas, el regalo de Gertrudis. Sabía que debía levantarme y rezar para dar las gracias por mi salvación, pero me sentía demasiado débil para moverme.
Mi puerta se abrió con un chirrido y dejó ver a una monja joven de cara redonda y honesta.
—¡Philippe L’Oeil en persona! —dijo al ver que estaba despierta. Tenía una sonrisa juguetona, como la de las niñas. Empezó a hablar de golpe, sin esperar a que la invitara a hacerlo—. ¡Tu llegada ha causado un revuelo como no habíamos visto nunca!… ¡Jamás habíamos vivido algo así! ¡Un hombre joven, que parecía muerto, desplomado sobre su famélico caballo! Al principio, la hermana Margarita no quería abrir la puerta. Pero la madre Ermentrude, nuestra priora, insistió en que debíamos ayudar a ese pobre individuo. La hermana Angelina, que una vez tuvo marido, fue la encargada de desvestirlo y asearlo. Asearla. A ti, claro. —Rio—. Angelina gritó y casi se desmaya al descubrir tu verdadero sexo. Estábamos todas atónitas. —Se llevó las manos a la cara y levantó las cejas disfrutando de su relato—. Tu bolsa y la nota que había dentro nos generaron aún mayor interés. Todas hablamos de ello en la sala capitular, que es donde nos reunimos y estudiamos, y cada una de nosotras tenía una explicación diferente —dijo. Se sentó en el borde de mi cama y se inclinó hacia mí con los ojos brillantes de curiosidad—. ¿Quién eres y por qué has venido aquí?
Decidí decir poca cosa hasta que estuviera segura de que no corría peligro alguno.
—No lo he entendido todo y todavía no me encuentro bien —dije, y oí el contraste entre mi rudo acento extranjero y el suyo rítmico y nativo. Cerré los ojos para darle más fuerza a lo que acababa de decir.
Dio un brinco hacia atrás y empezó a disculparse.
—¡Lo siento! Estaba tan contenta de encontrarte despierta al fin… Me voy ahora mismo, pero debes beber esta agua y comer un poco de pan. ¿Quieres que te traiga carne? —Con un gesto me indicó la bandeja.
Asentí con la cabeza, ya que volvía a tener hambre. Sonrió y se dio la vuelta para irse, pero antes de desaparecer, soltó una risita, se señaló y dijo que era la hermana Isabel.
Isabel venía cada día con gran expectación. Aunque yo sonriera al verla y me comiera las raciones que me traía, no satisfacía su deseo de conversar, así que se iba pronto. Pasé días perdida en mis pensamientos. Apenas habían transcurrido tres meses desde que Hamlet y yo pronunciáramos nuestros votos en el bosque, pero sentía como si hubieran pasado años. En el exterior de la estrecha ventana de mi celda, las hojas de los tilos y de los robles se volvían doradas, marrones y rojas, y caían al suelo con cualquier ráfaga de viento. Pronto los árboles quedarían desnudos, y sus ramas se mostrarían como esqueletos puestos al descubierto contra el cielo.
Me sentía unida a aquellos árboles que cambiaban sus vestidos de hojas dependiendo de las estaciones. Me hice a mí misma la constante pregunta de Isabel: «¿Quién eres?». Había sido la hija revoltosa de mi padre, y después, la dama de compañía favorita de la reina. Más tarde, una pastora con un vestido humilde que tejía guirnaldas para su amado. Luego, una esposa secreta, y demasiado pronto, una esposa afligida que llevaba harapos como si estuviera loca. Durante un tiempo, un hombre joven caminando con calzones que viajaba solo. Solo eran papeles que había representado. ¿Quién era la verdadera Ofelia?
Había querido ser la autora de mi cuento, no simplemente una actriz en el drama de Hamlet o un peón en el juego mortal de Claudio. Pero ¿qué había ganado al idear mi muerte y escapar de Elsinor? Una vida desconocida, rodeada de secretos, con un futuro dudoso que solo contenía una verdad: me convertiría en madre, un papel para el cual no estaba preparada. ¿Qué sería de nosotros, de mi niño o niña y su ignorante madre? ¿Y si no quería a aquella criatura que me recordaría mi gran pesar: la pérdida del amor de su padre?
No quería pensar en esas preguntas que se abalanzaban sobre mí. En su lugar, me obcequé en los momentos más felices de mi pasado. Cuando oía pasos en el pasillo o alguien llamaba a mi puerta, me acordaba de cuando Hamlet venía a mi habitación, con los ojos azules brillando de ingenio, travesura o deseo. Cuando el sol entraba por mi ventana, su débil calidez me hacía pensar en los jardines soleados donde Hamlet y yo, escondidos tras las altas dedaleras, nos habíamos abrazado como enamorados, sin preocuparnos aún por la locura que nos había acabado separando.
Una tarde, mientras avivaba ese recuerdo como si fuera un fuego que combatía el frío de noviembre, llamaron a mi puerta. Abrí y recibí a Isabel. Le brillaban los ojos, y sus pasos eran rápidos y sigilosos. Llevaba una carta en la mano.
—Un hombre con el pelo canoso se ha acercado a la verja y ha mostrado esta carta que, según sus palabras, «es para el joven viajero que vino a buscar ayuda al convento». He sabido enseguida a quién se refería y he aceptado la carta en nombre de la madre superiora. Que los santos me perdonen, creo que lo harán —dijo santiguándose—, pues no se la he entregado a ella, sino que te la he traído directamente a ti. —Me tendió la carta como si me ofreciese una llave que pudiera abrir mi silencio—. El mensajero no se ha quedado a esperar una respuesta, sino que ha desaparecido en la noche —añadió.
Mi hábito de sospechar me hizo tener dudas. ¿Era una broma? ¿Un error? ¿Quién podría haberme escrito? El miedo me contrajo el corazón al considerar que Claudio había descubierto mi escondite y que jugaría conmigo como un gato con un ratón. Pero la esperanza y el coraje me impulsaron a coger la carta de la mano de Isabel. Le di la vuelta y vi que estaba escrito el nombre de Philippe L’Oeil. El sello permanecía intacto. ¡Tenía que ser de Horacio! El corazón me dio un vuelco porque de tanto anhelarlo, mi deseo se había cumplido con rapidez. Con manos impacientes y temblorosas, rompí el sello para devorar las buenas noticias que esperaba leer.
Por desgracia, la carta de Horacio me informaba de la muerte de Hamlet y de la ruina de toda Dinamarca. «Los frutos finales del mal vertieron sus mortales semillas… Ver agonizar a su madre fue lo que finalmente incentivó a Hamlet a vengarse… Laertes y el príncipe Hamlet se mataron el uno al otro con espadas envenenadas. He fracasado en la tarea que vos me encomendasteis. Perdonad a Hamlet, os amó profundamente.» Las palabras de Horacio me llenaron las venas de dolor y me llegaron al corazón tan deprisa como el veneno más rápido, sumiéndome en una oscuridad semejante al olvido de la muerte.
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