Ofelia
Segunda parte
Elsinor, Dinamarca
Mayo-noviembre de 1601
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Capítulo 12
C uando la tierra tiembla, las montañas caen y los ríos alteran su curso. De un modo parecido, la muerte del rey Hamlet sacudió los cimientos del Estado de Dinamarca, y el caos sustituyó al orden. La codicia, la sospecha y el miedo gobernaban los corazones. El padre de Edmund se apoderó del tesoro del rey, y los lores competían para obtener el control. Los obreros se negaban a trabajar, los comerciantes engañaban a sus clientes y los bandidos campaban a sus anchas. Nadie sabía cuál era su lugar en ese país desordenado y sin rey.
Gertrudis también abandonó su sillón de reina, y eso hacía que hubiera dos tronos vacantes. Vencida por la pena, se encerró como una monja y no recibió a nadie durante semanas. Se quedaba tumbada en la oscuridad de su dormitorio o se arrodillaba en su oratorio, donde rezaba hasta que se le agarrotaban las rodillas. Elnora y yo la atendíamos y le dábamos zumo de raíces amargas y flores machacadas para purgar sus malos humores y aliviarle los dolores de cabeza. Pero la reina permanecía tan apagada como una roca. Un día oí un estrépito en su habitación, así que entré y me la encontré delirando. En el suelo había un montón de libros, y uno a uno, los tiraba por la ventana abierta mientras lloraba histérica. Esa visión me horrorizó y corrí a cerrar la ventana.
—¡Por favor, mi señora, deteneos! —le rogué.
—¡Ay, se acabó! El amor no es más que una estupidez —gritó.
Cogí sus manos entre las mías y la llevé a la cama.
—No digáis esas cosas. Sé cuánto amabais al rey —murmuré intentando calmarla.
—¡Tan solo eres una niña! No sabes nada de los deseos de una reina — dijo con amargura empujándome a un lado.
Tuve en cuenta su dolor, así que no me ofendí y me quedé a su lado hasta que su delirio cesó y se quedó dormida. Entonces me llevé los volúmenes que quedaban a mi habitación. Al día siguiente, encontré el libro de sonetos en el jardín. Estaba desgarrado por la mitad, y sus húmedas páginas yacían esparcidas por los parterres de césped.
Mientras tanto, Dinamarca era como un barco sin timón. Los lores y los consejeros se reunían en las salas de Estado del rey hasta bien entrada la noche y discutían abiertamente en el gran salón. La cuestión más importante era quién debía suceder al rey Hamlet. En muchos países, el hijo del rey heredaba la corona, pero la ley en Dinamarca era distinta. Algunos pedían que se eligiera al príncipe Hamlet, aunque fuera muy joven. Otros argumentaban que Dinamarca necesitaba a un rey más bélico que desafiara a Noruega, a punto de atacar a nuestro país, que estaba sin jefe de Estado. A Gertrudis se le había secado toda la majestuosidad de las venas y no se preocupaba de esos asuntos. Rechazó todos los llamamientos, y como una profetisa con velo negro, declaró que Dinamarca había sido maldecida. Pero Claudio estaba en todos los sitios a la vez, con un semblante serio y apenado por su hermano. Ya no tenía los ojos nublados por la bebida, sino fijados en un claro objetivo: la capitanía de aquel barco tambaleante. Finalmente, los lores, aunque no muy convencidos, acordaron nombrar rey a Claudio.
Sepultaron el cuerpo del rey Hamlet bajo el suelo de la capilla de Elsinor, cerca de los huesos de su padre y de los del padre de su padre. En el funeral, Gertrudis, envuelta en velos negros, fue detrás del ataúd de su esposo. Caminaba sola, sin ningún hombre que guiara sus pasos. Elnora lloraba muy fuerte. Yo estaba triste por el fallecimiento del rey, pero todavía me sentía más apenada por Gertrudis, que se doblaba bajo el peso de su pérdida. Me preguntaba cómo tenía que ser perder a un marido después de tantos años.
Ni el nombramiento del nuevo rey ni el funeral pudieron retrasarse hasta que Hamlet volviera. Se perdieron muchas semanas para traerlo a Elsinor, ya que el mensajero enviado no lo encontró en Wittenberg, sino viajando en dirección a Italia. Hamlet llegó a mitad del verano, cuando los frutos jóvenes y duros colgaban de las ramas que se habían despojado de sus flores con la muerte del rey.
Gertrudis solo se destapó la cara cuando su hijo regresó. Estaba más delgada, tenía la piel pálida, casi igual que sus ojos grises, y el pelo se le había vuelto más plateado que dorado. Se aferró a Hamlet como la enredadera al roble. El príncipe llevaba un traje negro como muestra de tristeza. Su habitual rostro sensible era ahora imposible de descifrar, como si llevara una máscara.
Yo anhelaba ver a Hamlet, aunque temía acercarme a él. Esperaba que me buscara, pero no lo hizo. Así que fui al gran salón para localizar a Horacio. La estancia estaba desnuda, despojada de los colores y los estandartes del rey Hamlet. La basura se encontraba esparcida por todas partes, y los perros la revolvían en busca de huesos con carne. Los cortesanos que querían un trabajo esperaban para reunirse con Claudio. Entre ellos reconocí a Edmund, el matón de mi juventud, ahora gordo y casi calvo. Estaba jugando a los dados con algunos compañeros de aspecto rudo. También vi a mi hermano, que había venido a Elsinor para la coronación de Claudio. Estaba con Rosencrantz y Guildenstern, a los que yo despreciaba, así que no me acerqué a él. En lugar de eso, le hice señas para que se acercara a hablar conmigo, pero simplemente se inclinó, como si yo fuera una extraña y no su hermana.
Entonces Claudio entró en el salón. Mi padre se apresuraba detrás de él con los brazos desbordantes de rollos de documentos de vitela. No había perdido el tiempo en ganarse el favor del nuevo rey. Me vio, meneó la cabeza y siguió su camino.
Desdeñada por mi familia, olvidada por Hamlet e ignorada por la reina, me sentía más sola que un leproso. Por eso me puse muy contenta cuando al fin vi a Horacio. Vestía de una manera muy sencilla y se lo veía incómodo en medio de los cortesanos que esperaban captar la atención del rey con sus elegantes ropas.
—No esperaba encontraros entre esta ansiosa multitud, Horacio. ¿Vos también venís a pedirle favores al nuevo rey? —dije con suavidad.
—Ni hablar —me respondió un poco indignado—. No deseo el poder, ni me gusta la política ni domino los halagos vulgares.
Vi que lo había ofendido e intenté remediarlo, pero tan solo lo empeoré más.
—Un rey necesita a hombres como vos, Horacio, alguien humilde y sincero. Pero no os penséis que pretendo halagaros. Mi propósito es preguntaros cómo está lord Hamlet. Parece muy apenado.
—Sin duda, la pena por la muerte de su padre le aflige el alma y hace que esté muy melancólico —me confirmó Horacio.
—Así que las pasiones de la reina y de su hijo son muy parecidas —dije —, ya que la aflicción de Gertrudis excede todos los límites. Temo que su salud esté en peligro. —Me confortaba hablar de mis preocupaciones con Horacio.
—Es cierto que nunca antes había visto a Hamlet tan sombrío. Tiene unos pensamientos funestos, y requiero de todo mi ingenio para razonar con él.
—¿Está enfadado por la decisión de los lores? A veces lo oía hablar de cuando él fuera rey —quise saber.
—No estima a su tío, eso ya lo sabéis. No os puedo decir más, ya que debo guardar silencio —me contestó Horacio, que era siempre discreto.
—Por favor, decidle que anhelo hablar con él… No, decidle que Ofelia comparte su dolor.
—Rehúye la compañía de todos y no verá a nadie —dijo Horacio mirándome con pesar.
—Excepto a vos —dije corrigiéndolo—. Como un verdadero amigo, vos protegéis a Hamlet de los bruscos golpes del mundo.
Horacio hizo una reverencia y se despidió de mí. Me dijo que saludaría a Hamlet de mi parte.
Pronto descubrí que estaba muy equivocada al pensar que las pasiones de Hamlet y de su madre eran muy parecidas. Cuando habían pasado tan solo tres semanas desde el entierro del rey Hamlet y las flores de verano estaban en su máximo esplendor, la noticia voló por todo Elsinor como un viento helado. Aquellos que lo oyeron primero se quedaron paralizados de incredulidad. Algunos estaban convencidos de que se trataba de un malvado rumor y tenían miedo de repetirlo. Otros declararon abiertamente que era un insulto para el príncipe y para la memoria del rey Hamlet. Pero todos acabaron corroborando la terrible verdad de aquella noticia cuando el rey en persona se jactó de ello.
Gertrudis se casaría con el rey Claudio.
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