Ofelia

Lisa Klein · Capítulo 27 de 50

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Ofelia

Capítulo 26

 

C uando abrí los ojos, vi que me encontraba en una habitación polvorienta y en desuso que resultó ser un gran guardarropa. Estaba sentada sobre un montón de ropa de cama vieja, y Horacio me sujetaba con el brazo. Su cara se inclinaba sobre la mía mientras me humedecía las mejillas y la frente con un trapo. Me senté y me aparté de él, consciente de repente de que llevaba el pelo sucio, las manos manchadas y la ropa rasgada.

—¿Qué me ha pasado? —le pregunté confundida.

—Perdonadme —me suplicó Horacio angustiado—. Siento haberos asustado. Necesitaba conteneros, ya que no me entusiasmaba iniciar una pelea. —Me sonrió, pero eso no hizo que desapareciera la preocupación que le surcaba la frente—. ¿Estáis herida?

Negué con la cabeza y sonreí para mostrarle que me sentía aliviada.

—Me alegra veros, Horacio. Creía que erais mi enemigo atacándome.

Horacio me miró interrogante, pero yo me sentía demasiado débil para empezar a explicarle el comportamiento amenazador de Edmund.

—Mi señora Ofelia, me duele veros tan cambiada. Si no hubiera estado fuera, buscando noticias de Hamlet, habría… —Sus palabras se fueron apagando.

—Mi buen Horacio —dije con rapidez—, no soy lo que parezco. Llevo adrede este disfraz de loca. Puedo ponérmelo y quitármelo cuando quiera.

—Eso mismo dijo Hamlet, pero sus acciones me hacen dudarlo. —Me miró con cautela—. ¿Cuál es la razón de vuestra locura?

—Ah, demuestro la típica creencia de que una mujer tiene la mente y el cuerpo más débiles que un hombre y que, por lo tanto, se vuelve loca con más facilidad cuando las penas la afligen.

—Vuestra mente es tan fuerte como la de un hombre. ¿Por qué queréis demostrar algo que no es cierto? —me preguntó Horacio.

—Es una mentira útil. Así la gente ve que yo, una pobre y simple criatura que ha perdido la razón, soy inofensiva, y por lo tanto, estoy a salvo de cualquier daño —le expliqué. A mí me parecía clarísimo, pero Horacio estaba dudoso.

—Por la escena que he presenciado, vuestra demencia hace que los poderes de Dinamarca os tengan miedo.

—¿Qué es lo que pueden temer de mí? —me encogí de hombros—. Dinamarca me rehuirá, y yo estaré sola, tal como deseo.

Horacio no estaba dispuesto a dejar que mi argumentación ganara.

—Aprended del ejemplo de Hamlet. ¡La locura, al igual que un imán, atrae el peligro por sí misma! —dijo lo más alto que se atrevió en nuestra habitación secreta—. Os estáis engañando. No estáis segura aquí.

Empecé a comprender que Horacio tenía razón e hice una pausa durante un momento.

—Entonces abandonaré Elsinor, con sus peligros y sus engaños, y llevaré una vida humilde —dije—. Encontraré algún pueblo desconocido o alguna cabaña en el bosque.

—Claudio no os dejará marchar —negó Horacio sacudiendo la cabeza —, ya que sois la esposa de Hamlet.

—Él no sabe que estamos casados, ¿o sí? —pregunté de repente temerosa.

—Yo no he dicho nada, pero parece ser que a Hamlet se le escapó antes de que lo mandaran lejos. Ya hemos visto lo indiscreto que lo vuelve su demencia. Además, Claudio tiene espías por todos lados.

—No hay pruebas de nuestro matrimonio, tan solo palabras, nada más. Las palabras se desvanecen en el aire —dije con amargura.

—Aun así sois una amenaza para él. Os encontrará.

—¡Bah! Hoy ha pasado a un tiro de piedra de mí y, sin embargo, no me ha reconocido. Ese tirano no debería darse tanta importancia al pensar que yo le quitaría la vida, pues no lo valoro en lo más mínimo. —Mis palabras estaban llenas de desdén.

—A mí tampoco me preocupa la vida de Claudio, pero temo por la vuestra —dijo Horacio.

—Miradme: yo no soy nada —repliqué desesperada de nuevo—. A la nada no se le puede arrebatar nada.

—Estáis equivocada, Ofelia, pero hoy no estoy de humor para un debate erudito.

—Mi padre fue asesinado como si fuera una rata. Mi vida tampoco vale más que la de una bestia.

—Dios sabe que es natural que lamentéis la muerte de vuestro padre, pero no dejéis que vuestra pena os destruya el juicio —suplicó Horacio cogiéndome la mano.

—Lo que más me duele no es la muerte de mi padre, sino la frialdad de mi esposo —grité, incapaz de detener mis lágrimas. Mi único consuelo era muy pequeño: la presión de la mano de Horacio sobre la mía.

—Nadie vio como yo el infierno personal que sufrió Hamlet al saber que había matado sin querer al padre de su reciente esposa —dijo Horacio, con sus intensos ojos marrones fijos en mí—. Sé que fue a suplicaros perdón.

Recordé el relato de Elnora sobre el desesperado Hamlet en mi puerta.

—¿Vino tan solo a rogarme perdón o también mi amor? —le pregunté. Mi esperanza batallaba con mi miedo.

—¿Acaso le hubierais concedido los dos? —Horacio me miró directamente.

Yo sabía que le debía la verdad, aunque no quisiera afrontarla.

—Podría perdonar a un hombre que matara a mi padre por error, pero ¿amarlo como esposo? ¡Por Dios, Horacio, no lo sé! —grité levantando las manos—. Me iré y llevaré una vida solitaria. Desapareceré y no seré la esposa de Hamlet… ¡nunca más!

Estas palabras finales me salieron como un gemido, y me levanté para abandonar la escena. Horacio se interpuso en mi camino y no me dejó marchar.

—Ofelia, ese rumbo es inútil y peligroso. Claudio es más astuto de lo que creéis. Como prueba, tengo noticias importantes de Hamlet.

¡Noticias! Eso haría que me quedara. Horacio metió la mano en su jubón y sacó una carta. Habló con mucha urgencia.

—Leed aquí que Claudio mandó a Hamlet a Inglaterra no para protegerlo, ¡sino para matarlo! También envió a Rosencrantz y Guildenstern, que llevaban cartas para sellar su sentencia. Pero él escapó y desbarató sus malvados planes. Me escribe para que me una a él con tanta rapidez como huiría de la muerte.

No cabía duda de que se trataba de un giro inesperado de los acontecimientos. Ojeé la carta, escrita con la familiar letra de Hamlet. Me despertó como si un cubo de agua fría me hubiera salpicado la cara. El propósito de Claudio era más oscuro de lo que me imaginaba, ya que había ordenado la muerte de Hamlet, su sobrino e hijo. Sabía que había envenenado a un rey, quizá había hecho que mataran a mi padre. ¿Por qué me iba a perdonar a mí? Era una boba si creía que la locura me protegería. Solo me estaba convirtiendo en una presa más fácil para el lobo.

—Ofelia, teníamos razón al temer las consecuencias de la representación de Hamlet. Vos y yo estamos en peligro si nos quedamos en Elsinor. Escapad conmigo y nos reuniremos con Hamlet —me imploró Horacio.

—¿Cómo llegaréis hasta él? Está navegando con una tripulación de piratas en algún lugar del ancho mar —dije señalando la misiva.

—El mensajero que me dio la carta nos llevará hasta él.

—Hamlet rechazó mi amor y me odia —dije—. Esa es la pura verdad. —Levanté la mano para hacer callar a Horacio antes de que negara lo que le acababa de decir y leí la carta de nuevo—. No os pide que me ayudéis a escapar. ¿Por qué tendríais que arriesgaros?

Parecía que Horacio luchara contra sí mismo.

—Mi lealtad hacia Hamlet me obliga a protegeros, sois su esposa. Venid conmigo, y yo os llevaré hasta él —me urgió.

Yo no pensaba considerar tal proposición porque Hamlet no me mencionaba en su carta. Como si me apuñalaran los huesos, sentí el dolor de decidir romper con mi esposo.

—No puedo ser una esposa tan solícita como lo sois vos como amigo. No iré con Hamlet.

Horacio se quedó estupefacto. Pasó un momento largo e intenso antes de que hablara de nuevo:

—No podéis quedaros aquí —insistió—. Es peligroso que sepáis tantas cosas. Es solo cuestión de tiempo que Claudio ponga vuestra vida en su punto de mira.

—Tenéis razón, Horacio. Pero ¿cómo puedo irme? ¿Cómo podéis iros? Los espías de Claudio nos perseguirán.

Horacio suspiró y se pasó las manos por sus rojizos rizos.

—Yo he apostado por mi amigo y ya encontraré alguna manera de llegar hasta él. Pero ahora lo que nos incumbe es vuestra seguridad. —Sus ojos eran como abalorios oscuros casi escondidos bajo su ceño fruncido.

Mis dedos jugaban con las plantas que había en mi cesta: romero, ruda, la raíz de un jengibre salvaje y romero trepador. Su mezcla de aromas flotaba en el aire, despertando mis sentidos y agudizando mi mente. La razón me dijo que no podía seguir por mucho tiempo con mi estratagema de hacerme pasar por loca. Decidí tomar un rumbo diferente.

—Me iré de Elsinor, Horacio. —Él suspiró aliviado—. Pero tomaré mi propio camino, sola.

—¿Cómo? —me preguntó dudoso.

—Haciéndome pasar por muerta. Con la cantidad exacta de veneno, mi intención…

Horacio me interrumpió.

—¡No, Ofelia! ¡No debéis desesperaros ni haceros daño!

—Mi buen Horacio, escuchadme. Pretendo escaparme con vida, aunque todos pensarán que estoy muerta. Tengo un plan, pero necesito que me ayudéis.

—No lo entiendo, aunque me pongo a vuestro servicio. Os prometo por mi vida que os protegeré de cualquier daño —me dijo con el fervor propio de un caballero recién nombrado al que envían a una misión.

—Os lo agradezco, amable Horacio. Confío en vos, ya que si no lo hago, seguro que moriré.

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