Ofelia

Lisa Klein · Capítulo 8 de 50

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Ofelia

Capítulo 7

 

M ientras que yo leía libros sobre amor confinada en el castillo de Elsinor, Hamlet tenía como escuela el mundo entero. Estudió en una excelente universidad de Alemania y se embarcó con Horacio hacia Inglaterra y Francia. Se pasaba meses seguidos lejos de Dinamarca, y en su ausencia, Gertrudis estaba siempre melancólica. Solo una carta anunciando su regreso la alegraba; entonces lo celebraba con todas las ceremonias propias de un día festivo o de un santo importante. Se distribuían grandes reservas de provisiones para los banquetes, se convocaba a los músicos, y los guardias y los soldados brillaban con sus nuevos uniformes. Que el príncipe volviera causaba un gran revuelo hasta en los rincones más recónditos de Elsinor.

Cuando Hamlet llegó un verano, con la piel morena debido a alguna aventura marítima, Gertrudis lo abrazó y lo acarició como si aún fuera un niño. Tal como ella me pidió, llevé vino y exquisiteces a su habitación. La reina estaba tan absorta en su hijo que ni me miró. Hamlet no me saludó, nuestros ojos tampoco se encontraron. Estaba decepcionada, pero también aliviada, ya que me habría sonrojado y habría tartamudeado si él me hubiera hablado. Pensé que quizá no me había reconocido. Yo había cambiado mucho en esos cuatro años. Hamlet, que ahora tenía veintidós, estaba igual de alto, aunque era más musculoso y parecía más serio que antes. La experiencia había tallado nuevas expresiones en sus rasgos y le había otorgado una actitud más cosmopolita.

Gertrudis celaba la compañía de su hijo y pasaba muchas horas con él. Reía con sus ingeniosas historias y escuchaba los relatos de sus viajes. A veces el rey se unía a ellos, y yo advertía que su semblante se oscurecía al ver la ligereza de ambos. Pero en presencia de sus súbditos, el rey Hamlet y la reina Gertrudis estaban unidos el uno al otro en el gobierno y en el amor, y otorgaban todo su orgullo a su hijo. El príncipe Hamlet brillaba con gloria propia, y los cortesanos se colocaban a su alrededor como si fueran lucecitas del cielo en torno a su sol. Suspiré y deseé que su luz cayera sobre mí.

Pronto mi deseo fue recompensado. Un día estaba sin hacer nada en la larga galería que llevaba a los aposentos privados de Gertrudis. Cristiana manejaba la aguja sentada bajo el sol, que traspasaba las altas ventanas, iluminaba oblicuamente el suelo y se derramaba a través de los arcos y dentro del gran salón. De las paredes que había entre los arcos, colgaban tapices tejidos con escenas de Las metamorfosis de Ovidio, relatos de dioses y humanos transformados por el amor.

Yo reflexionaba sobre el retrato de Diana la cazadora. Su arco descansaba en el suelo mientras ella se bañaba medio escondida en un estanque. Recordé aquel día tan lejano en el que yo estaba nadando en el arroyo, libre como un pez, y Hamlet me encontró. Examiné a la diosa del tapiz. Tenía la mirada baja, y el pelo, tejido con hilo de oro, le cubría los pechos, pero no la redondez de la cadera ni los muslos desnudos. El cazador Acteón la espiaba tras los arbustos, ignorando el nefasto destino que lo aguardaba.

Cristiana cogió mi labor, una prenda de lino que no me interesaba.

—Tus puntadas son demasiado largas. Mira que eres perezosa —dijo, y la tiró a un lado.

Me enfrenté a su crítica con duras palabras:

—Mis puntadas serían más finas si mi aguja fuera la mitad de afilada que tu nariz.

Elnora dormía en una silla con su labor en el regazo. Nuestras palabras ni siquiera la hicieron moverse. Cada vez dormía más y más, como un gato viejo; algunos días solo se despertaba para trasladarse a otra zona de sol y se dormía de nuevo. Me levanté para ir a buscar mi Herbario, ya que quería probar una nueva mezcla de hierbas para sus recientes dolores. Como siempre, Cristiana aprovechó la oportunidad para burlarse de mi costumbre de estudiar.

—Nunca tendrás a un hombre en tu regazo mientras sigas haciendo el amor con ese libraco polvoriento —dijo con desdén.

—Ocúpate de tus propios asuntos, no sea que te pinches de improviso —le espeté fríamente mientras ella apuñalaba su ropa con la aguja y me fulminaba con la mirada. Verla furiosa me divertía mucho.

La aparición repentina de Hamlet y Horacio puso fin a nuestra discusión. Estaban inmersos en una conversación, pero se detuvieron en cuanto nos vieron.

—Busco a mi madre pero hallo un entretenimiento más joven —dijo Hamlet—. ¿Qué te parece si jugamos con las damas?

Sin esperar a que Horacio le respondiera, Hamlet se inclinó y se llevó la mano de Cristiana a los labios. Ella empezó a agitarse como una polilla alrededor de la luz y derramó una risa melosa.

—¿Cómo está mi señora Ofelia? —dijo Horacio con una reverencia.

—Bien, os lo agradezco.

Me di cuenta de que ahora Horacio era más alto que el príncipe. El pelo, que aún era del color del atardecer bañando el trigo maduro, le caía sobre los hombros y ponía al descubierto una frente alta y ancha bajo la que había unos ojos marrones y sinceros. No tenía en absoluto la noble belleza de Hamlet, pero una mujer podía encontrarlo, en cierto modo, de hermoso semblante.

Entonces Hamlet se volvió para saludarme, aunque no intentó cogerme la mano.

—La cervatilla salvaje se ha convertido en una cierva dócil —dijo demostrando que se había dado cuenta de mi transformación.

Me atreví a mirarlo.

—De hecho, mi señor, este collar y esta cadena me retienen con fuerza —dije tocando mi gorguera y las cadenitas del colgante que tenía en la cintura, donde estaban enganchados mis utensilios de costura—. Me temo que me han domesticado contra mi voluntad.

—¡Ha anotado un punto, un punto notable! —gritó él, y se tambaleó como si lo hubieran atravesado con una espada—. El ingenio de esta dama es afilado como un florete.

Su arrebato juguetón me hizo reír, reconocí en Hamlet al niño vivaz que una vez había sido. Cristiana nos miraba a ambos con un destello de sospecha en los ojos.

—Pidamos a las damas que se unan a nuestro debate —dijo Horacio, y se sentó en una banqueta con las piernas estiradas a ambos lados—. ¿Qué deben apreciar más los verdaderos amantes: la belleza del cuerpo o la de la mente?

Reflexioné sinceramente sobre la pregunta de Horacio, ya que era mi oportunidad para hablar del amor como las nobles damas de El cortesano de Castiglione.

—Yo sostengo —dijo Horacio— que la belleza de una mujer conduce al alma de su amante a una bondad superior.

Mientras consideraba cómo responder a esa sublime idea, Hamlet le contestó a Horacio:

—Amigo mío, ya sabes que la belleza hechiza las almas de los hombres y les hace codiciar el placer. Mira a Diana, cuyos encantos distrajeron de su caza a Acteón. —Gesticuló en dirección al tapiz de Arras.

Cristiana fruncía el ceño y miraba a Hamlet y a Horacio. Parecía confundida.

Las manos me temblaban, y las junté con fuerza porque estaba a punto de contradecir al príncipe.

—Mi señor, Acteón violó con la mirada a la diosa. Que ella lo convirtiera en un ciervo y que sus propios perros se lo comieran fue un castigo adecuado —dije.

—Cierto; aunque estuviera desnuda, la virtuosa Diana no hizo nada malo —coincidió Horacio.

—Sí, y ahora me diréis que el deseo convierte a los hombres en bestias —dijo Hamlet con desdén—. No lo acepto.

—Para volver a la pregunta de Horacio —dije en un tono racional—, creo que una mente virtuosa sobrevive a la belleza fugaz de la juventud, así que la primera es más virtuosa.

—Bien dicho —dijo Horacio asintiendo con la cabeza.

—Si no fuéramos bellas, ¿quién nos querría? —se quejó Cristiana, satisfecha de haber dicho algo importante. Luego echó los hombros hacia atrás para que sus pechos aumentaran, y mirando a Hamlet y a Horacio, suspiró.

Lady Elnora resoplaba y se revolvía en su sueño, y la cofia le cayó sobre los ojos.

—Quizá un hombre ciego podría amar a una mujer fea —aventuró Horacio mirando a Elnora.

Cristiana rio. Con el ceño fruncido, me estiré y enderecé la cofia de Elnora para que no pareciera tan ridícula.

—En ese caso, el hombre ciego habría sido embaucado, ¡y la mujer sería una hechicera! —dijo Hamlet, y se golpeó los muslos con énfasis—. Ahí lo tienes de nuevo: las mujeres son seductoras porque hacen que los hombres tengan sed de ellas.

Hamlet se rio de su propia broma, pero Horacio tuvo la elegancia de mostrarse incómodo. La conclusión de Hamlet me pareció injusta, así que me abstuve de mis modestos modales y hablé con osadía:

—Lord Hamlet, parece que veis a todas las mujeres como embusteras, ya sean hermosas o feas. ¡Quizá la culpa resida en el hombre que solo se fía de su vista y que es esclavo de sus deseos más vulgares!

Mis palabras fueron recibidas con silencio. Hamlet levantó las cejas sorprendido. El corazón me latía tan fuerte que parecía que pudieran oírlo. Al cabo de un momento, Hamlet habló:

—Me rindo. Horacio, esta dama es una justa rival para mí, y la sabiduría con la que habla aumenta su belleza.

Los ojos de Hamlet, azules como el cielo del ocaso, se encontraron con los míos. Me sentí como un marinero que ha localizado la Estrella Polar y dirige su curso hacia ese punto brillante. Hasta que él no se levantó e hizo una reverencia, no dejamos de mirarnos.

Una vez que Hamlet y Horacio se hubieron ido, Cristiana se volvió hacia mí.

—¿Qué sandeces son esas acerca de mentes bellas y caras bonitas? ¿Y quién es esa dama, Diana? —me preguntó como si hubiéramos estado hablando de alguien de Elsinor.

—¿Cómo puedes ser tan ignorante? —le dije atónita—. ¿En serio nunca has oído hablar del mito de Ovidio?

—¿Cómo puedes ser tan desvergonzada delante del príncípe? —me acusó.

—No es vergonzoso hablar de manera razonada, pero sí que lo es hacer ostentación de tus senos como una fulana en una taberna —repliqué, cada vez más airada.

Un destello de malicia brilló en los ojos verdes de Cristiana.

—¿Crees que ser ingeniosa hará que el príncipe de Dinamarca, o cualquier otro hombre, se quiera casar contigo?

—¡Ja! ¡No tengo ningún interés en Hamlet! —grité. Quizá protesté demasiado fuerte—. Eres tú quien tiende una trampa con esas dos bellezas de las que estás tan orgullosa.

—Eres muy desagradable —dijo como una niña quisquillosa—. Te has pasado de la raya. Gertrudis se enterará de ello —me amenazó.

Reí despreocupadamente subestimando su rencor. Debería haber hecho caso a Elnora y haberme mordido la lengua. Pero la humildad se encontraba lejos de mi cabeza, que estaba repleta de los elogios que me había hecho Hamlet. Lo único que pensaba era que debía encontrar la manera de volver a verlo.

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