Ofelia

Lisa Klein · Capítulo 39 de 50

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Ofelia

Capítulo 38

 

 

E spero que Isabel me visite, igual que hace tiempo ansiaba leer con Gertrudis en su habitación. Me trae libros de la biblioteca del convento: una historia de las guerras de Francia y un volumen del poeta inglés Chaucer, que contiene La leyenda de las buenas mujeres y Troilo y Crésida traducidos al francés. Me reservo estos dos para cuando esté sola.

A Isabel le gusta hablar, quizá más que rezar. Su voz llena mi habitación como la música de un laúd, y ella es como un trovador con sus historias, aunque ninguna es mala ni obscena. A veces, las llamadas a la oración o al trabajo interrumpen sus relatos, pero al día siguiente coge el hilo de nuevo sin problemas.

—¿No crees que la madre Ermentrude es hermosa? —me pregunta, ansiosa por iniciar una historia.

—Sí —digo, pues he visto, incluso desde la distancia, que tiene una nariz fina y una piel más blanca que el alabastro—. ¿Por qué no se casó nunca?

—Ah —empieza Isabel, como si tocara una nota en su instrumento—. Era la más pequeña de las cinco hijas de un rico barón y su esposa. Él gastó toda su fortuna en las dotes de sus hermanas y no pudo arreglar un buen matrimonio para ella, así que la dejó en el convento cuando era joven.

—Pero ¿su madre estuvo de acuerdo con la decisión del barón? ¿No luchó para quedarse con su hija? —pregunto.

—Quizá sí, pero ¿qué puede hacer una madre? Una hija es propiedad del padre —dice Isabel sin amargura. No digo que ninguna madre, mientras viva, se separaría voluntariamente de su hija—. Ahora ya lleva unos treinta años viviendo aquí y hace diez que es priora —continúa Isabel—. La influencia del barón la ayudó a conseguir esa posición. Pero ahora su padre está muerto, y su hermano es enemigo del conde Durufle, el mecenas de nuestro convento. Es la madre de todas nosotras, por la gracia de Dios… — En este punto, Isabel se santigua y añade—: Por la buena voluntad del conde y la dispensa del obispo. Siempre rezamos por ella.

Suspiro al pensar en el estado de inseguridad de las mujeres, que siempre debemos acatar la autoridad terrenal de los hombres.

—La historia de la hermana Marie es aún mejor. Su padre la comprometió con un comerciante anciano, pero su madre desafió al marido y usó su propia dote para traer a Marie al convento.

—Así que la madre defendió a su hija —remarco.

—Sí. Su marido la maltrató cruelmente porque ella no le decía dónde había llevado a Marie. Además, él era un borracho, y un día, cayó en una charca y se ahogó. Ella vendió todos los productos y materiales de su negocio, y con el dinero regresó aquí y suplicó que la aceptáramos como oblato.

—¿Por qué tuvo que suplicar?

—No era una mujer noble. Su marido fabricaba velas, y su padre era tan solo un pobre herrero. ¡Pero su bolsa abultaba mucho, así que con eso bastó!

—¿Está Marie aún con vosotras?

—No. Se puso enferma un invierno y murió antes de cumplir los veinte.

Isabel se pasa la punta del dedo suavemente por el ojo, conmovida por ese triste recuerdo.

Pienso que, por desgracia, ni el coraje de una madre puede proteger a su hijo de todos los peligros.

—¿Qué fue de su madre? —pregunto.

—Bueno, es la hermana Angelina, ¡nuestra querida cocinera! Despotrica contra los hombres, pero no se lo tenemos en cuenta porque es un ángel en la cocina. Ella alimenta nuestros cuerpos, y la madre Ermentrude alimenta nuestras almas.

Pienso en el sacrificio que Angelina hizo por su hija, en su pérdida final y en su dolor. Antes de que se ponga el sol, paseo por el pequeño cementerio que está al abrigo de la cara norte de la capilla. En la puerta, leo las palabras de un salmo: «También mi carne reposará segura». Encuentro la piedra que señala la tumba de Marie, donde nace un rosal con las hojas debilitadas por la escarcha. La visión no me entristece porque sé que el arbusto florecerá de nuevo el año que viene. A estas horas, en este mes gris, la naturaleza no emite ningún sonido. En este lugar de descanso, incluso mi corazón está en silencio.

Al día siguiente, cuando viene Isabel, siento curiosidad por conocer otra historia.

—Háblame de la hermana Margarita, cuya belleza es como la de las doradas flores que le dan nombre.

Isabel frunce el ceño y se encoge de hombros.

—No sé casi nada de Margarita. Es la secretaria de la madre Ermentrude y está al tanto de todos sus asuntos. Es muy reservada y destaca en piedad sobre todas nosotras —dice—. Aunque ya habrás visto que es bastante orgullosa. —Entonces se inclina hacia mí y me habla con confianza—: ¡Confieso que no la amo como lo prescribe la caridad!

—Entiendo —digo pensando en Cristiana.

—Pero basta, no está bien que hable mal de ella. —Sacude la cabeza y continúa con brío—: No nos podemos quedar aquí sentadas charlando, pues la madre Ermentrude ha pedido que vayas a verla hoy.

Este anuncio me deja aterrorizada.

—No estoy preparada para conocerla. Dile que vuelvo a tener fiebre — le ruego—. O que la melancolía todavía me aflige.

—Estás mucho mejor, cualquiera puede verlo —dice regañándome un poco. Me coge del brazo—. No temas, es una mujer amable.

Isabel me conduce a través de los pasillos y escaleras abajo. Avanzo con pasitos lentos, ya que soy reacia a obedecer esta orden; la madre Ermentrude no es una reina a la que haya jurado servir. Isabel nota que dudo y me urge con suavidad a cruzar los pasajes del claustro. Sus arcos redondeados enmarcan un patio cuadrado y un jardín marrón y consumido por la escarcha. El aire de noviembre me muerde la piel.

Entramos en la sala capitular. En las paredes hay paneles de madera pintados al óleo que me recuerdan a la habitación de Elsinor en la que el rey recibía sus visitas. Un corredor lleva a los aposentos de la madre Ermentrude. Allí nos espera Margarita, una centinela silenciosa. Isabel me aprieta la mano y se va.

Sin hablar, Margarita me acompaña dentro de la sala y se retira cuando la madre Ermentrude asiente con la cabeza. Me hago pequeña dentro de mi ropa de lino. Me arrodillo frente a la priora de Saint-Émilion, de manera que solo veo la ancha franja de su sencillo hábito, bordeado con terciopelo verde. Cruzo los brazos encima del pecho y evito su mirada.

—Ofelia, hija, viniste a nosotras para que te ayudáramos. ¿Qué problema tienes? —me pregunta.

Así que Isabel le ha dicho mi nombre a la madre Ermentrude. Hice bien al no contárselo todo. Nadie debe saber aún mis secretos.

—Temía por mi vida, ilustrísima. Por ahora no os puedo decir más.

—Sufres más de lo que es natural, y el cuerpo se te debilita y se consume —dice con suavidad—. Nuestro deber, y la preocupación personal de Isabel, es restituirte la salud de cuerpo y mente.

—Soporto una gran pérdida. Os agradezco muchísimo vuestra ayuda — digo fijando los ojos en la sencilla cruz que lleva en el pecho. En el centro tiene una sola joya brillante y amarilla, el color de la alegría.

—¿Qué es lo que deseas? —me pregunta.

—Deseo rezar y estar sola. —Esa no es toda la verdad, pero tiene que valer, ya que las palabras no pueden trazar el vasto mapa de mis anhelos.

—Tu generosa bolsa y las circunstancias de tu llegada me sugieren que eres una dama con recursos. ¿Huyes de un padre cruel o de un matrimonio forzado?

—No. —Lucho para no alterar la voz y controlar las lágrimas.

—¿Deseas vivir enclaustrada y tomar los votos de pobreza, castidad y obediencia?

Ya soy pobre, he perdido todo lo que amaba, y ya no soy pura. Jamás he sido obediente, pero no es esto lo que digo.

—No lo sé —contesto con honradez.

—¿Has cometido alguna equivocación de la que te arrepientes?

—Sí… ¡No! Por favor, os lo revelaré todo a su debido tiempo. ¡No me echéis! —le suplico inclinándome casi hasta el suelo. Ahora solo le veo el dobladillo del vestido y los pies calzados con cuero. Se los besaría si hacerlo sirviera para convencerla de que me dejara quedarme.

—Puedes quedarte aquí —dice—. Pero tienes que trabajar, rezar con nosotras y estudiar el propósito que Dios tiene para ti. La hermana Isabel será tu guía. —Como si fuera el ángel de la anunciación, la madre Ermentrude abre los brazos y me pone las manos en la cabeza—. Ahora levántate, y que la paz de Cristo sea contigo.

Muy en el fondo, siento algo parecido a la punta de un dedo que me toca el alma y me reaviva la esperanza.

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