Ofelia

Lisa Klein · Capítulo 7 de 50

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Ofelia

Capítulo 6

 

 

D espués de pasar cuatro años en casa de la reina, había aprendido a ser una dama. A los quince años, ya tenía la figura de una mujer. Casi igualaba en estatura a mi querida reina Gertrudis e imitaba su actitud, incluso la manera de inclinar la cabeza.

—La naturaleza te hizo, pero la educación te ha perfeccionado —solía decir Gertrudis orgullosa, como si yo fuera su creación, esculpida en un insólito trozo de madera.

De algún modo, sus palabras atemperaban las críticas hirientes de Cristiana y la frialdad de las otras damas. Al contrario que ellas, yo no era hija de un conde o un duque, ni prima de un príncipe europeo. Sabía que me consideraban indigna de mi posición. No tenía amigas verdaderas en la corte, excepto Elnora.

Me tomé en serio algunos consejos de mi padre, ya que tampoco era estúpido. Era cauta y observadora, y mi reputación de honestidad y discreción empezó a hacer que el favor de la reina aumentara. Cuando el rey iba a cenar a los aposentos de Gertrudis, yo tenía el honor de servirlos. Al principio me aterrorizaba estar tan cerca del rey, pero pronto me di cuenta de que era un mortal como cualquier otro. Le llenaba el vaso, oía cómo eructaba y le retiraba el plato, en el que quedaban huesos con carne medio roída.

Gertrudis se comportaba amorosamente con su esposo. Le acariciaba el pelo canoso y le decía, para pincharlo, que ya no lo tenía negro como el de su hijo. Por su parte, el rey le hablaba dulcemente a Gertrudis, la llamaba «palomita» y la miraba de una manera que me hacía suspirar. Cuando hablaban sobre temas de Estado, siempre lo hacían en tono bajo, ya que el rey nunca perdía la discreción. Sin embargo, una noche oí que discutían acerca de Claudio, el hermano menor del rey. Su lujuria era tema de cotilleo en la corte, así como sus apariciones en el gran salón, de juerga y borracho. El rey estaba furioso por una de sus últimas transgresiones, cuya naturaleza no pude desentrañar.

—Me desafía a propósito y me vuelve loco —se quejaba el rey, mientras Gertrudis intentaba mitigar su cólera.

—Ten piedad de tu hermano. Es un hombre con grandes deseos y decepciones.

—¡Bah! Eres demasiado blanda. Solo necesita dos cosas: una mujer que lo controle y su propio maldito reino para gobernar —replicó el rey con un gruñido.

Era la primera vez que oía disentir al rey y la reina.

Cuando estaban a punto de irse a la cama, les llevaba vino dulce y sábanas limpias, cortaba las mechas de las velas y me retiraba, cerrando las puertas detrás de mí. Por la mañana, el rey ya se había ido, y yo asistía a Gertrudis mientras se lavaba y se vestía. La observaba con curiosidad y buscaba señales que me mostraran si el amor la había cambiado de alguna manera, pero tan solo me parecía que estaba somnolienta y cansada. Su yo interior permanecía oculto.

Creía que el rey Hamlet y la reina Gertrudis se querían de verdad. También estaba convencida de que los ministros del rey eran leales, y las damas de la reina, honestas. Pero con el tiempo me di cuenta de que la corte de Elsinor era un jardín encantador donde las serpientes se escondían entre la hierba. Muchos de los que parecían auténticos eran falsos. La fiebre de la ambición impulsaba a hombres y mujeres por igual a intentar progresar, aunque fuera engañando y traicionando. Ascendían rápidamente en la rueda de la fortuna e igual de rápido caían en desgracia. Una de las damas de Gertrudis perdió su puesto cuando se supo que estaba encinta de uno de los primeros ministros del rey. Ella, deshonrada, huyó a casa de un primo que vivía en el campo, mientras que el ministro conservó su cargo y fue considerado un hombre generoso por reconocer a su hijo. Incluso yo pude ver que la dama había sido tratada injustamente.

El favor era como una rosa, que florece de manera espléndida pero fugaz y cuya flor esconde las espinas. A menudo, eran los malvados quienes obtenían el favor, no los virtuosos ni los humildes. Quizá Elnora era una excepción, pero Cristiana confirmaba la regla, al igual que sus pretendientes: Rosencrantz y Guildenstern. A estos hombres los habían echado por deshonra del ejército del rey noruego Fortimbrás a causa de una traición desconocida. Ahora, empleados por el rey Hamlet, alardeaban de sus ricas vestimentas y de sus alegres modales, que eran los frutos de su traición. Eran como gemelos en su deseo de ganarse el favor del rey y de las damas. Creo que Cristiana, cortejada por los dos hombres, prefería a Rosencrantz, pero los recibía a ambos con la misma risa de falsa modestia e idéntica visión generosa de sus pechos, presionados bajo un corpiño astutamente aflojado.

Me preguntaba qué era lo que sabía Cristiana de las pasiones del amor. A mi alrededor veía cómo se desarrollaban los amoríos, como en las obscenas historias francesas que leía con Gertrudis. Las damas y los caballeros bebían en el gran salón hasta que su charla se volvía procaz. Si pasaba por una escalera oscura, podía tropezarme con amantes que se agarraban de las manos, se tocaban los labios e incluso más. Les pedía perdón, pero ellos tan solo se reían de mi turbación. Elnora lamentaba enérgicamente que hubiera disminuido el honor de los hombres y la virtud de las mujeres.

—Hay demasiados cantos y demasiados bailes. Tanta ligereza afloja las ataduras de la virtud —se quejaba agitando sus blancos rizos—. Cuando era joven, nos ceñíamos a las formas refinadas, pero ahora el mundo entero se va a la ruina.

Entendía por qué Gertrudis la llamaba puritana. Aunque dudaba bastante que el comportamiento de los amantes hubiera cambiado mucho en los últimos cuarenta años, no contradije a Elnora.

—Modera tus deseos, Ofelia. Frena tu lengua y cierra a cal y canto tu casto tesoro —me advirtió. Me miró de cerca como si buscara mis culpas —. Confío en que no le darás a nadie motivos para cotillear sobre ti. Eres una chica honorable.

A pesar de que Elnora me elogiara, yo me sentía más precavida que virtuosa. Hablaba poco, no porque creyera que el silencio era una cualidad superior, sino porque satisfacía mi curiosidad escuchando, observando y leyendo. A veces deseaba haber nacido hombre para haberme convertido en un erudito. Por lo menos, Gertrudis aprobaba mi hábito de lectura y me permitía leer todo lo que deseaba. Cuando ya había devorado el vasto Herbario, tuve sed de algo más que no fueran las cosas comunes que crecían a mi alrededor. Leí sobre los países lejanos de las Indias y sobre criaturas fantásticas que los viajeros habían descubierto en tierras y mares. Laertes estaba entonces estudiando en Francia, y yo examinaba los mapas de Europa donde marcaba las ciudades que describía en las cartas que a veces mandaba. Con dedos envidiosos, trazaba las rutas que mi hermano y Hamlet habían recorrido en Francia, Alemania y los Países Bajos.

Anhelaba descubrir lugares lejanos y desconocidos, pero deseaba incluso más saber sobre el amor. Guardaba algunos libros ocultos en mi baúl cerrado con llave y los leía bien entrada la noche bajo la luz de una vela. Devoré en secreto El arte de amar, ya que todos los moralistas lo condenaban por ser un libro peligroso. Imaginé que visitaba Italia, ese escandaloso país donde los hombres se adueñan de las vírgenes y donde las mujeres gozan de muchas libertades. Al leer al poeta Ovidio, aprendí que nadie se puede resistir al amor, ya que el agua alisa hasta la piedra más afilada, e incluso el suelo más duro se acaba desmenuzando antes de ser arado.

Gracias a los libros que leía, tenía un amplio conocimiento del amor, pero mi experiencia era nula. Por la noche, tumbada en mi cama estrecha y solitaria, reflexionaba sobre esa paradoja. ¿Cuándo encontraría el amor?

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