Ofelia
Capítulo 41
H emos cambiado de año, y como el dios Jano de dos caras, miro hacia delante y hacia atrás al mismo tiempo. Cuando echo la vista atrás, recuerdo a Hamlet regalándome la miniatura, la presión que sus dedos me hacían en la palma de la mano, nuestra breve alegría y la larga desesperación que la siguió. Cuando miro al futuro, tan solo veo una página en blanco en la que no sé qué escribir.
Me siento al lado de Isabel en la sala capitular y escucho la lectura diaria sobre las reglas monásticas.
—Obedece al Señor y sus leyes, y a la priora y sus normas: así se satisfarán todas tus necesidades, y todos tus miedos se aplacarán —entona la voz de la madre Ermentrude—. La obediencia proporciona la libertad perfecta.
Isabel asiente con la cabeza, con expresión feliz. Pero, por alguna razón, la lección me aflige. Así que me escabullo, y a pesar del frío, me dirijo al cementerio, donde sé que estaré sola con mis pensamientos. Mientras la noche húmeda desciende, pienso en cómo desobedecí y engañé a mi padre.
—¿Es este mi castigo? —susurro tocándome el vientre. El bebé lleva más de cinco meses en mi útero, y la carga crece día a día. Mis secretos también me oprimen. El dolor por mis pérdidas me llena el corazón, y temo estar sola—. ¿Es este el fruto amargo de mi desobediencia? —grito, y una bandada de pájaros asustados se levanta del suelo nevado y se funde en el cielo negro.
Sintiendo que el frío se me agarra a los huesos, continúo andando, debatiendo conmigo misma esa cuestión de la desobediencia y el castigo. Descubro que mis pensamientos y mis pasos errantes me han llevado a los aposentos de la madre Ermentrude. Isabel me dice que sus oídos siempre están abiertos a nuestras necesidades. Así que llamo, y la madre Ermentrude en persona abre la puerta, sin mostrarse sorprendida de verme aunque sea tan tarde. Me envuelvo rápidamente con la capa para esconder el vientre.
—Siento molestaros tan tarde, madre Ermentrude, pero estoy preocupada y necesito de vuestra sabiduría. —Me abre la puerta, y empiezo a arrodillarme frente a ella, pero me indica que me siente. Entonces se sienta a mi lado como si fuéramos iguales—. He estado meditando sobre la lección de hoy relacionada con la obediencia —digo—. Ayudadme a entenderlo: ¿qué virtud hay en negar los deseos personales para satisfacer la voluntad de otros?
La madre Ermentrude respira profundamente mientras construye su respuesta.
—Has visto una vid y cómo el jardinero la doma y la sujeta a una rama o a un poste. Si la vid obedece a la mano, crecerá en dirección al sol. Del mismo modo, obedecer la voluntad de Dios libera el alma para que esta llegue al cielo.
La comparación no me satisface ya que mi padre no era Dios. Pero si hubiera sido más obediente, ¿me habría convertido con el tiempo en honesta y virtuosa? Pienso en Hamlet, que desobedeció el mandato del fantasma de su padre. Si lo hubiera obedecido a la primera, quizá solo Claudio habría muerto, y Hamlet y yo seguiríamos estando juntos. Pero ¿habría estado el cielo conforme con el acto de Hamlet o habría sido el infierno quien se hubiera regocijado?
—¿Qué ocurre si la intención del jardinero es buena, pero con las manos daña la planta que está cultivando? —le pregunto pensando en mi padre, que habría sacrificado mi felicidad para conseguir que estuviera segura—. ¿O qué pasa si la voluntad del jardinero es malvada? —Reflexiono sobre cómo me resistí a la venganza de Hamlet al repeler el acto violento que había jurado cometer.
La madre Ermentrude no intenta indagar en el significado profundo de mis preguntas. En sus respuestas no hay ninguna artimaña, solo sinceridad y verdad.
—Cada acto e intención requieren un discernimiento cuidadoso. Una voluntad malvada nunca podrá ser voluntad de Dios —dice sencillamente —. Debemos resistirnos a ella.
Mi mente se aferra a esas palabras como un prisionero intenta desesperadamente obtener el perdón. No me había equivocado al condenar la venganza de Hamlet, ya que el asesinato no es un acto divino. Tampoco estaba equivocada al desafiar a mi padre cuando él deseaba que yo traicionara a mi reina. Decido que mi voluntad fue justa y correcta.
La madre Ermentrude, como si me leyera los pensamientos, prosigue con su lección diciendo:
—Sin embargo, nuestra voluntad está corrompida y suele llevarnos por mal camino. Pero someterse a la voluntad sagrada es motivo de júbilo.
Con esas palabras, vuelvo a sumergirme en un mar de dudas. Seguí mi voluntad al casarme con Hamlet, pero eso me conllevó solo breves alegrías y largas tristezas. Seguro que cometí un pecado, y desde entonces, llevo esa pena conmigo. ¿Puedo expiar mi pecado y deshacerme de mi sufrimiento?
—Por favor, enseñadme cómo debo entregarme para encontrar esa alegría de la que me habláis. ¡Os obedeceré!
Estoy a punto de confesárselo todo, de dejar que sea ella quien juzgue todos mis actos. Junto las manos y me pellizco los labios con los dedos para refrenar mis palabras.
—Entonces vuelve a tu celda y lee los salmos. Deja que hagan el trabajo de buscar tu corazón, escalar sus montañas y descender sus oscuros valles. Encomiéndales tu memoria.
Me quejo para mis adentros. ¡Qué estudio más doloroso y qué manera de perder el tiempo! ¿En qué me va a ayudar eso? Pero supongo que si deseo estar contenta, debo aprender a obedecer. Así que leo los salmos, especialmente los desalentadores, hasta que sus palabras se me fijan en la mente, pero eso no me hace encontrar la paz. Una semana más tarde, vuelvo a visitar a la madre Ermentrude.
—Tal como me pedisteis, he estudiado los salmos. Sin embargo, sigo teniendo algunas preguntas. ¿Cómo puedo creerme que, tal como dice David, el Señor abra su mano y satisfaga nuestros deseos si me lo han arrebatado todo?
La Madre se mantiene imperturbable ante el tono desafiante de mi voz. Toquetea la cruz que lleva al cuello como si se tratara del regalo de un amante.
—Siempre tienes el amor de Dios.
—No lo siento —digo sin convicción—. Más bien me siento como Job clamando contra Dios porque Este se lo ha quitado todo. No estoy libre de pecado como Job, ¡pero no entiendo qué pecado he cometido! —grito confundida. ¿Cómo podía ser un pecado haber amado a Hamlet en la verdad y en la fe?
—Dios acabó devolviéndoselo todo a su sirviente Job.
—Es demasiado tarde —digo con amargura—, a no ser que resucite a los muertos que he perdido.
—No desesperes, Ofelia. Los caminos de Dios son un misterio —dice —, y nuestro sufrimiento a menudo nos ciega y no nos deja encontrar la alegría.
De hecho, voy a trompicones, sin ver nada, por caminos sinuosos de pérdida y pena. El amor de Hamlet me llevó a este laberinto, donde él me abandonó. ¿Acaso no hay un camino que me conduzca fuera de este oscuro embrollo?
A pesar de la desolación que hay en mi mente, todavía parpadea en ella la luz de la razón.
Se me ocurre que quizá debería, como hacen las monjas, poner a Cristo en el lugar de un esposo para así escapar de este laberinto de amor mundano. Cristo no morirá ni me abandonará ni me será infiel. Él perdonará mi desobediencia. Si me someto a Él, quizá encuentre la felicidad. Empiezo a visualizar el doloroso remedio. Cuando haya dado a luz, le daré mi hijo a alguna dama más preparada que yo y que se merezca ser madre. Ese sacrificio eliminará mi pecado. Entonces tomaré un nuevo camino, me uniré al convento como monja y seré pura de nuevo. Pero antes de que le confiese a la madre Ermentrude en qué apuro me encuentro, debo recibir su aprobación. Se lo pido de rodillas, la imagen misma de la humildad.
—Creo que solo Cristo puede rescatarme de mi desesperación y limpiar mi pecado —digo. Las lágrimas me brotan de los ojos aunque intente detenerlas—. Por favor, permitid que me una a esta sagrada hermandad. Dejad que empiece a prepararme para tomar los hábitos. Os obedeceré en todo.
He oído que entrar al convento no resulta fácil. La norma hace que se ponga a prueba el alma suplicante de las monjas para comprobar que esta provenga de Dios. Que duden de mí o que me rechacen. Llamaré sin descanso, ya que la Biblia dice que la puerta no permanecerá cerrada para aquellos que perseveran. Además, creo que la madre Ermentrude me favorece y que ha estado rezando para que le haga tal petición.
La priora me pide que me levante y busca mi cara. Me atrevo a mirarla a los ojos. ¿Por qué no sonríe?
—No dudo de que desees amar sinceramente a Dios, Ofelia. Pero no viniste aquí libremente, sino por una obligación espiritual.
—La obediencia me concederá la libertad, así que dejad que tome los hábitos. ¡Si dejáis que me quede con vosotras para siempre, revelaré mi historia y confesaré mis pecados!
La madre Ermentrude sacude la cabeza con lentitud.
—No negociaré contigo ni tampoco con Dios. Debes ir hacia Él libremente, mirando hacia delante y sin cargar con tus penas pasadas.
—¿Acaso importa cómo encontramos a Dios? —pregunto, intentando sonar dócil mientras mi frustración crece—. ¿No estáis contenta de recibirme?
—Hay muchos caminos que llevan a Dios —admite la madre Ermentrude. Entonces fija en mí su mirada tranquila y astuta y dice con suavidad—: No creo que Dios te llame a seguir esta vida.
—¡Creo que conozco mi voluntad y mi camino! —Me asombra y me avergüenza que me rechace. En esta escena, nada transcurre como había planeado.
—Eres joven. Demasiado a menudo, los jóvenes preferirían que el mundo se doblegara a su voluntad antes que tener que escuchar y esperar a ser llamados.
—No puedo esperar —gimo, pensando en lo rápido que llegará mi bebé. Debo conseguir que me prometa protección—. ¿Por qué no puedo hacer lo que deseo? No soy tan joven como pensáis. —La desesperación me rompe la voz—. ¡Soy libre de tomar esta decisión y de aceptar a Dios como mi amor verdadero!
—Que sea hecha la voluntad de Dios, no la mía ni la tuya —dice la Madre con tranquilidad.
—¡La voluntad de Dios! ¿Cómo sabéis cuál es la voluntad de Dios? ¿Acaso os habla de mí y os dice que no os dignéis a responder a mis plegarias? —Me avergüenza perder así el control, pero la Madre me deja soltar la rabia. Ella permanece impasible, como si fuera una roca salpicada por simples gotas de lluvia—. ¿Cuál es la voluntad de Dios respecto a Thérèse? —le pregunto. Mi mente salta de forma repentina de una pasión a otra—. ¿Que ella también sufra? ¿Acaso la observáis? Cada día está más débil por seguir la voluntad de Dios. ¡No creo que Dios quiera que ella muera!
—Yo tampoco —admite la Madre con expresión triste—. Pero nuestra voluntad es libre, incluso para frustrar las intenciones de Dios.
—No puedo quedarme de brazos cruzados mientras ella sufre. Tengo conocimientos sobre plantas y pociones. Dejad que le administre una medicina que quizá le reequilibre la mente —le suplico.
—Dios es quien sana y quien aflige —dice sin rehusar ni aceptar mi oferta.
—Sí, pero vos misma decís que Dios nos da libertad. ¿Acaso no nos da también los recursos naturales para que sanemos o enfermemos?
—Estudiar te ha hecho inteligente, Ofelia. —La Madre sonríe levemente, como si estuviera complacida.
Me viene a la cabeza una imagen repentina del jardín que hay cerca del claustro, inhóspito a causa de la furia del invierno. Lo veo verdecer de nuevo en la primavera. ¿Qué plantas debe de haber allí en la tierra? ¿Habrá ruibarbo purgante o tomillo que cure las largas apatías? En los bosques que rodean el convento tiene que haber toda clase de raíces, bayas salvajes y plantas desconocidas en Dinamarca. No, el oscuro jardincito del claustro no bastará. Seguro que hay un campo donde el sol brille sin obstáculos. ¿Por qué no lo había pensado antes? ¿Por qué tenía la mente tan apagada por la pena?
Escojo cuidadosamente las palabras para expresar la idea que por ahora solo es un germen desplegándose en mi cabeza. Me dirijo a las ventanas arqueadas de la habitación de la madre Ermentrude y miro el exterior nocturno. Más allá de los muros del convento, las montañas boscosas, iluminadas por la luna, se inclinan gradualmente. Seguro que en algún lugar hay una tierra adecuada para hacer un huerto.
—¿Es cierto —digo— que las monjas son reacias a que el médico del pueblo las examine cuando están enfermas?
—Sí. —Suspira—. Algunas de las monjas temen que el contacto con cualquier hombre ponga en peligro su castidad. Debido a eso, Angelina sufre mucho por un forúnculo, pues rechaza el tratamiento. Además, lamentablemente, cualquier queja relacionada con el útero es ignorada.
—Yo no soy un hombre, sino una mujer como ellas —digo. Construiré esta casa con cuidado, piedra a piedra.
—Tu discreta presencia te ha hecho ganar su confianza, es cierto — admite.
—Durante años he estudiado las cualidades de toda clase de plantas y hierbas. Los libros y la experiencia han sido mis profesores. He ayudado a mucha gente a sanar y aliviar los dolores. Dejad que use aquí mis conocimientos y os sirva con mis habilidades.
Me doy cuenta de que, por primera vez desde que llegué a Saint-Émilion, no resido en el pasado, sino que estoy anticipándome sin temor al futuro. He puesto la pluma sobre la página en blanco que tengo delante de mí.
La madre Ermentrude sonríe y levanta las manos, con las palmas mirando al cielo.
—Ofelia, querida, estás escuchando la llamada de Dios.
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