Ofelia
Capítulo 15
D esde que había entrado al servicio de Gertrudis, los lazos que me unían a mi padre y a Laertes se habían ido aflojando por culpa de la ausencia y la negligencia. Ahora se habían roto por completo, al igual que una cuerda podrida. Desanclada, como un barco en alta mar, dirigiría mi propio rumbo a través de las olas. Volvería a ver a Hamlet las veces que yo quisiera.
Eso era lo que pensaba mientras volvía a mi habitación después de enfrentarme a mi padre. Allí encontré un mensaje de Hamlet que me instaba a que nos viéramos aquel mismo día. Ya era casi la hora, así que me puse enseguida el vestido de pastora. Me pregunté cómo Laertes se había enterado de que me disfrazaba y lamenté el cambio que había hecho mi hermano, que se preocupaba más por su reputación que por mí. Sentí que mi padre me trataba de una manera injusta, ya que consentía cariñosamente a Laertes, mientras que a mí me rechazaba con crueldad. Me temblaron los labios, pero reprimí las lágrimas. ¿Por qué debía preocuparme de haber perdido el amor de mi padre si tenía el de Hamlet? Me apresuré a encontrarme con él, como si cualquier demora supusiera la posibilidad de perderlo.
Mientras me alejaba de las tierras del castillo por un camino alternativo, miré hacia atrás esperando ver a algún espía contratado por mi padre. Pero no me seguía nadie. Pese al calor del mediodía, llevaba una capa sobre mi vestido de campesina, como si se tratara del peso de todos mis pensamientos. Anhelaba ver a Hamlet, a la vez que lo temía. Recordaba nuestras palabras de amor y nuestra unión en el murete. ¿Podía ser que aquella noche hubiera cambiado todo entre nosotros? ¿Me recibiría de una forma más dulce o acaso me había citado para acabar con nuestro amor? ¡Dios no lo quisiera! Pero ahí estaba yo ¡como una sirvienta a su entera disposición! Quizá debería hablar primero y revocar nuestras promesas. De esa manera, salvaría la pizca de honor que me quedaba. Las diversas voces se enfrentaban en mi interior, y a ellas se les unían las voces desdeñosas de Laertes y de mi padre. Al final, empecé a creer que, en efecto, era una estúpida que había desperdiciado su virtud.
Inundada de dudas, aminoré el paso y llegué a la glorieta sombreada que había entre la pradera y el bosque. Se trataba de un lugar desierto, y para Hamlet y para mí era uno de nuestros sitios favoritos de encuentro. Allí me dejé el pelo suelto y libre, como le gustaba a él. El aire frío me calmó el acalorado corazón. Las mariposas volaban veloces entre las margaritas, y los pájaros burlones cantaban en sus nidos ocultos. Vi que Hamlet y Horacio estaban reclinados a la sombra de un gran arbusto mientras sus caballos pastaban en la dulce hierba que había cerca. Horacio, al verme, se levantó y se despidió. Mientras se alejaba al galope, Hamlet le gritó:
—¡Apresúrate en tu cometido! ¡Recuerda que hoy me confesaré!
Me percaté de sus palabras, y estas alimentaron mis pensamientos atormentados. ¿De qué pecado se arrepentía Hamlet? ¿Quizá del pecado de amarme?
—Ofelia, mi amor, ¿qué es lo que os aflige en este bonito día? —me preguntó al darse cuenta de mi inquietud.
Esquivé su beso mientras él me quitaba la capa de los hombros y la extendía para mí sobre la hierba.
Me senté y me mantuve rígida y recta. Miré al sonriente Hamlet, que estaba cómodamente tumbado en el suelo. No se comportaba como un amante que pretendiera rechazarme. De todas las palabras que podrían haber salido de mi boca, escogí algunas con mucho cuidado:
—He discutido con mi padre y con Laertes. Sospechan que somos amantes y dudan de vuestras buenas intenciones. Me han estado vigilando. ¡Me siento como un ciervo rodeado de sabuesos!
Hamlet extendió los brazos hacia mí y cantó:
—Venid a mí, Rosalinda, soy un venado sin cierva. —Pero me aparté.
—No estoy de humor para tal júbilo, Hamlet. Tan solo deseo ser libre. Esté donde esté, siempre hay alguien intentando atarme —dije esforzándome para describir mis temores sin parecer demasiado quejica—. Tu abrazo es como la trampa en la que a mi padre le encantaría capturarme.
—Sois injusta conmigo, Ofelia, ya que yo no os entregaré a él ni a sus sabuesos —dijo Hamlet.
—¡Entonces me harán pedazos! Con mi honor mancillado, me echarán de la corte y me mandarán a cualquier convento. ¡No me casaré nunca!
—Eso no ocurrirá, ya que yo me casaré con vos.
—Hamlet, os he advertido que hoy no puedo resistir vuestras bromas. ¿Acaso vuestra alegría es un ardid para alejarme de vos? ¡Decidme claramente que os arrepentís de nuestra unión!
—No estoy bromeando —dijo herido—. Os prometí mi amor y ahora me casaré con vos. Entonces podremos tocarnos todo lo que queramos sin que sea un pecado, y nadie más podrá ponernos la mano encima.
Apenas podía creer sus palabras. Era cierto que casarme con Hamlet me liberaría del poder de mi padre. Era una idea tentadora. Pero ¿cómo podía estar segura de que era sincero?
—Sabéis que no sois libre de casaros conmigo. Vos mismo lo dijisteis.
Hamlet empezó a hablar con una pasión repentina:
—¿Que no soy libre de casarme? ¿Quién me detendrá? ¿Mi padre? Está muerto. ¿Mi madre, que se ha vuelto a casar poco después de que el cuerpo de su esposo estuviera frío? ¡No! ¿Acaso Claudio me dará órdenes sobre este asunto? ¡Jamás! Él no es mi padre ni mi rey legítimo.
—Pero mi padre no permitirá que me case con quien yo quiera —me lamenté.
—Al contrario, que vos os casarais conmigo sería lo mejor para las ambiciones de Polonio —dijo Hamlet con frialdad.
—¡Al diablo con sus ambiciones! No quiero que me dé su permiso. ¡No voy a complacerlo! —exclamé confundida y frustrada.
—¡Entonces casaos conmigo y arruinad sus planes para siempre! — replicó Hamlet con rapidez, como si diera la estocada ganadora en un combate de esgrima.
Cogí mi capa y salí corriendo de la glorieta como si huyera. Hamlet me siguió de rodillas hasta ponerse bajo el sol, que brillaba de lleno encima de él. Llevaba la túnica abierta por el cuello, las mangas recogidas hasta los codos y el pelo enmarañado. Su gorro y sus toscos zapatos de piel estaban tirados por el suelo, no muy lejos de allí. Sonrió, y le brillaron los ojos azules. Sentí que el amor me debilitaba y supe que haría cualquier cosa que me pidiera.
—Casaos conmigo, Ofelia —dijo alargando los brazos para cogerme las manos con las que me sujetaba la capa.
Yo tenía la respiración entrecortada porque él había leído mis pensamientos más profundos.
—Os prometo que no ambiciono nada más que vuestro corazón —dijo con sentimiento. Su cabeza me quedaba a la altura de los senos, y resistí el impulso de sumergirle los dedos en el pelo—. Si estuvierais a mi lado, escogería este asiento cubierto de hierba en lugar del trono dorado de Dinamarca.
Abrí los ojos de par en par al oírle renunciar a cualquier deseo de poseer el trono que Claudio había ocupado injustamente.
—Mi fe me hace creer que habláis con sinceridad —dije despacio—. ¿No me haréis daño, verdad, amor mío?
—¡Lo juro por el cielo! Aunque ahora debo confesarme para poder hacerlo. Por lo tanto, venid. Vayamos y dejemos atrás juntos nuestros pecados.
Dejé que me cogiera el brazo. Me llevó hacia su caballo y me subió a la silla. Montó detrás de mí, y el caballo, con su doble carga, nos llevó sin dificultad por el bosque sin caminos, como si supiera cuál era su destino. A nuestro paso, las hojas se sacudían suavemente, y los pájaros volaban delante de nosotros y nos atraían con sus llamadas. Los árboles crecían rectos y se doblaban en la copa. Eran como los nervios abovedados de una gran iglesia, y sus vitrales eran las verdes hojas, veteadas por la dorada luz del sol. No hablábamos, pero respirábamos como si fuéramos una sola persona.
Llegamos a la cabaña de piedra en ruinas donde ya nos habíamos encontrado con anterioridad. Allí nos esperaba una figura vestida con una capa marrón con capucha. Se trataba del sacerdote del pueblo. Horacio lo había llevado hasta allí para que perdonara, tal como le había dicho, a una pobre alma cercana a la muerte.
—Soy yo quien morirá —dijo Hamlet— si esta dama no me acepta.
Entonces instruyó al sacerdote. Le cogió la Biblia y le enseñó los pasajes que debía leer.
—Lo haremos con El Cantar de los Cantares, el elogio al amor —dijo Hamlet. Luego me dijo aparte—: Dudo que la educación de las doncellas permita leer esta escritura.
El sacerdote le cogió la Biblia a Hamlet y consideró el pasaje mientras se acariciaba el barbudo mentón. Entonces, antes de hablar, se aclaró la garganta durante mucho tiempo. Pensé que debería tratarse con un apósito de mostaza picante, pero ahuyenté esa idea porque era inadecuada para el solemne momento en que nos encontrábamos.
—Sin duda este libro es el más adecuado para la ocasión —empezó a decir el sacerdote—, ya que trata sobre el matrimonio de Cristo con su Iglesia, con el que promete ser fiel a su Señor.
Hamlet lo interrumpió haciendo un gesto de impaciencia con la mano.
—Ahorraos el sermón, padre. Apuraos a esposarnos, y Dios os lo recompensará.
Horacio hizo tintinear las monedas que llevaba en una bolsa, y el sacerdote casi dejó caer la Biblia por las ansias de obedecer. Empezó a desempeñar su papel con el entusiasmo propio de alguien que disfruta casando a amantes secretos. Si sospechaba que quien tenía enfrente era el príncipe de Dinamarca, no lo demostró.
—«Ya han brotado flores en el campo, ya ha llegado el tiempo de cantar, ya se oye en nuestra tierra el arrullo de las tórtolas» —leyó. Qué acertados eran los versos para aquella escena en el bosque, pensé—. «Mi amado es como una gacela o un cervatillo. ¡Mirad! Viene saltando por las montañas, brincando por las colinas.»
Pensé que ese sería Hamlet, mi amante salvaje. El sacerdote sujetaba el libro con una mano y con la otra gesticulaba en dirección al bosque que nos rodeaba como si estuviera convocando a la gacela, que era sin duda una criatura extraordinaria, una maravilla muy apropiada para un relato romántico. En aquel momento, yo sentía tal regocijo que tuve que cerrar los ojos para contener las lágrimas de felicidad.
—«Ah, si me besaras con los besos de tu boca… ¡Grato en verdad es tu amor, más que el vino!» —entonó el sacerdote mientras Hamlet me besaba con gran ternura.
Aunque estuviéramos en los bosques de Dinamarca, flotaban como una brisa los perfumes imaginados de las lejanas tierras bíblicas: mirra, áloe, alheña y canela. Pero el contacto con Hamlet me dijo que no estaba soñando.
—Sí, quiero casarme —susurré, dándome el consentimiento a mí misma antes de otorgárselo a Hamlet.
—«Mi amado es mío, y yo soy suya. Ponme como un sello en tu corazón, porque el amor es fuerte como la muerte.»
Con esas palabras, se fijó un sello sagrado en nuestros deseos. Hamlet me había demostrado que su amor era verdadero. Me sujetó la mano firmemente contra su pecho, y mi propio corazón latía con una alegría inusual.
Así que Hamlet y yo nos casamos con nuestra ropa de campesinos, con flores del bosque para adornarnos. Pronuncié mis votos creyendo que lo amaría hasta el día de mi muerte. Él también recitó sus votos con una fe evidente, y Horacio fue nuestro testigo.
Aquella noche, no hubo un banquete real que celebrara la boda del príncipe. Pero Hamlet y yo la festejamos mirándonos y tocándonos, y nos atrevimos a dormir en su cama. Cuando el reloj daba las doce de la noche, unos fuertes golpes hicieron que me despertara aterrada. La cerradura cedió, y la puerta se abrió de golpe. Horacio entró atropelladamente en la habitación.
—A las murallas, Hamlet. ¡Ya viene! ¡Llega enseguida!
Hamlet salió corriendo de la cama sin decir ni una palabra. Cogió su ropa y desapareció en la oscuridad con Horacio.
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