Ofelia
Capítulo 24
A l alba gris de la mañana siguiente, una ruidosa y desenfrenada pesadilla perturbó mi sueño. Abrí los ojos al oír un llanto y unas pisadas al otro lado de la puerta. Entonces Elnora irrumpió en mi habitación y me rodeó con sus brazos.
—No, no. ¡La pobre niña no debe oírlo! —murmuró tapándome las orejas.
Me liberé del sueño y del abrazo sofocante de Elnora.
—¿Qué ha pasado? ¡Decídmelo! —pedí reprimiendo el miedo que me invadía de que Hamlet estuviera muerto, asesinado por Claudio.
Gertrudis, desaliñada, apareció en la puerta, retorciéndose las manos y llorando mientras Cristiana intentaba confortarla. Cuando vi a Gertrudis, estuve segura:
—¡Le ha sucedido algo terrible al príncipe Hamlet! —dije deprisa olvidando toda discreción.
—Debo decírselo yo misma. ¡No ha sido más que un trágico accidente! —gritó Gertrudis, y apartó a Cristiana—. Hamlet ha apuñalado el tapiz de mi habitación porque pensaba que había un espía escondido. Por desgracia, era tu padre, y ahora… ¡Ay! Está muerto.
Yo todavía estaba aletargada por el sueño, así que me pregunté si se trataba de un juego, de una broma de Hamlet.
—¿Mi padre? ¿Muerto? ¿Es eso cierto? —pregunté ligeramente confundida.
—Hamlet solo quería protegerme. Mi querido hijo. ¡Ten piedad de su demencia! ¡Pobre Ofelia, perdónalo a él y perdóname a mí!
Gertrudis cayó ante mí, llorando a mares. Fue una escena terrible, como si representáramos una tragedia. La reina de Dinamarca, postrada a mis pies, me suplicaba. Hamlet, mi esposo, había asesinado a Polonio, mi padre. ¿Qué venganza equivocada era aquella? ¿Acaso todo el orden natural se había puesto patas arriba? Me encogí en los brazos de Elnora, temblando a causa de las horribles noticias, incapaz de hablar. Gertrudis, debilitada por la intensidad de tanta emoción, permitió que Cristiana se la llevara.
Nunca vi el cuerpo de mi padre. Claudio organizó un entierro rápido y secreto, y a mí no me dijeron nada. Laertes tampoco estuvo presente, ya que se encontraba en el extranjero. Cuando me enteré de que mi padre ya estaba en el frío suelo, lloré y sentí rabia contra el rey. Elnora intentó calmarme diciéndome que debía culpar a Hamlet, y no al rey, pero eso me hizo llorar aún más. Así que me preparó un brebaje de agua de cebada, jugo de lechuga y semillas de amapola, me lo sirvió y me prometió que me otorgaría el sueño y el olvido. Pero nada podía hacer que olvidara la terrible verdad: mi padre había muerto a manos de mi marido. Mis sueños fueron aterradores y estuvieron llenos de figuras fantasmales que se parecían a mi padre. En algún momento, la Muerte venía a visitarme, y yo luchaba contra ella con los puños y le suplicaba que se fuera. Así me desperté, y me encontré con los brazos de Elnora que me rodeaban. Seguramente la había magullado con tantos golpes, pero ella no se quejó.
Aunque no sentía mucha estima por mi padre, la tristeza me arrastraba como una marea constante y me dejaba sin fuerzas. La culpa se mezcló con la desesperación cuando pensé que yo había salido corriendo de la oscuridad aprovechando que él se encaraba al guardia de Claudio y me protegía. Me preguntaba si había juzgado mal su amor. Entonces me ponía furiosa de que se hubiera puesto a sí mismo en peligro. ¿Por qué estaba en la habitación de la reina, espiándola a ella y a Hamlet? ¿Acaso su ambición no tenía límites? En la muerte, como en la vida, mi padre seguía resultándome un misterio.
También me desesperaba que Hamlet no hubiera venido a verme. Estaba segura de que el miedo y la vergüenza lo mantenían alejado. Me sentía como alguien que morara en soledad en las antípodas de la Tierra, donde el calor y la luz del sol no pueden dispersar el frío ni las tinieblas.
Un día, oí que Cristiana y Elnora susurraban fuera de mi habitación, y me acerqué sigilosamente a la puerta para escucharlas.
—Dicen que Hamlet exclamó «¡He visto una rata!» antes de atravesar a Polonio con su espada —dijo Elnora—. ¡En Elsinor las ratas no son tan grandes! Seguro que el príncipe está loco.
—¿Y eso de esconder el cuerpo cuando aún sangraba y estaba caliente? No les revelaba a Rosencrantz ni a Guildenstern dónde estaba, lo único que decía es que se lo habían comido los gusanos —dijo Cristiana con voz temblorosa.
¿Era cierto ese rumor? No quería creer que las acciones de Hamlet fueran tan frías y crueles. Volví a la cama, enterré la cabeza en la colcha y lloré.
Al fin, le pregunté a Elnora:
—¿Creéis que el príncipe Hamlet se arrepiente de su acto impulsivo? Al menos tendría que mostrarse apenado por mi pérdida.
—Debería pediros perdón de rodillas por lo que hizo —dijo con vehemencia, y añadió—: No debo decir estas cosas, ya que sigue siendo el hijo de mi reina. —Se sentó a mi lado y me cogió la mano—. El príncipe intentó verte el día siguiente a la muerte de tu padre. Pero por tu seguridad, no lo dejé pasar —dijo—. Cuando insistió, le dije que la puerta estaba cerrada y que solo el rey tenía la llave. Sí, mentí, pero seguro que es una mentira excusable.
—¿Por qué se lo impedisteis? ¡Hubiera oído de su boca por qué mató a mi padre!
—Escúchame, Ofelia. Cuando le pedí que se fuera, el príncipe estaba tan desesperado y desquiciado que le dije que llamaría al guardia o que yo misma le pondría las manos encima si intentaba llegar a ti.
Suspiré y enterré la cabeza en mis manos. No podía culpar a Elnora por tratar de ayudarme. ¿Quién podía adivinar las intenciones de Hamlet? ¿Suplicarme perdón o hacerme daño? ¿Declararme que me amaba o dar rienda suelta a su odio? ¿Qué importaba eso ahora?
—Después mandó a su hombre, Horacio, que llevaba un mensaje para entregarte en mano. No me fiaba de su propósito, así que lo traté del mismo modo.
—Pero Horacio es inofensivo como un cordero y es muy honorable — lamenté con pesar. Seguro que llevaba información real sobre Hamlet, pero nunca sabría de qué se trataba.
—¡Así que favorecéis al amigo de Hamlet! Quizá intente verte de nuevo —dijo Elnora con una sonrisa optimista.
Pero Horacio no volvió.
Gertrudis tampoco me visitó. Al igual que su hijo, permaneció silenciosa y fría. Pensé con amargura que ella ya tenía suficientes penas como para compartir las mías. Aun así, el hecho de que me abandonara todavía me causó más dolor. Incluso anhelaba ver a mi hermano, a pesar de haber sido grosero conmigo la última vez que partió.
A veces Cristiana relevaba a Elnora y me traía comida que no me sabía a nada. Un bol de higos dulces, que normalmente saboreaba con deleite, desprendía un olor tan empalagoso que me revolvió el estómago, así que lo aparté. Era evidente que nunca me había sentido tan extraña.
—No están envenenados, si es lo que temes —dijo ella mientras se comía los higos.
No me importaba la presencia de Cristiana, ya que, al menos, quizá por respeto a mi pérdida, se mordía la lengua. Yo también lo hacía porque no quería darle motivos para que cotilleara. Pero un día apareció llorando y no hizo falta que la alentara para que me contara sus penas.
—Gertrudis está disgustada, ya que ha discutido con Claudio por el príncipe. Así que para animarse ha contratado a su nueva dama favorita, la sobrina de un embajador. Ahora no me deja atenderla.
Las preocupaciones de Cristiana me parecían insignificantes, pero no tenía voluntad para ser seca con ella.
—Nosotras somos como laúdes para los reyes y las reinas —dije—. Nos tocan para obtener nuestras aduladoras melodías, pero cuando estamos desafinadas o ellos están inquietos, nos desechan.
Cristiana me miró con el ceño fruncido, sopesando las posibilidades de que yo hubiera perdido la razón.
—Era una manera de hablar, algo que un poeta escribiría —le expliqué con poca energía agitando la mano.
Al día siguiente, vino con la noticia de que Rosencrantz y Guildenstern se habían ido de Elsinor.
—Se han ido, y es un misterio hacia dónde se dirigen —dijo con su manera habitual de otorgarle importancia a las cosas frívolas—. Se trata de algún mandato secreto del rey. Si lo hacen bien… —se detuvo y esperó a que yo levantara la mirada. Tenía los ojos brillantes de alegría—… ¡Rosencrantz podrá casarse conmigo! —Se percató de mi sorpresa—. Es cierto. El rey nos lo ha prometido, y la reina también nos da su consentimiento.
Estuve a punto de decir que Rosencrantz y Guildenstern no eran hombres, sino simples marionetas, pero decidí callarme. Dejaría que Cristiana fuera feliz.
Más tarde, vino Elnora a informarme de que Hamlet había zarpado hacia Inglaterra.
—¿Por qué? —exclamé, atónita con la idea de que me hubiera abandonado.
—Son órdenes del rey. Lo más probable es que sea por la seguridad del propio Hamlet. —Me miró cuidadosamente—. Es para evitar que lo acusen de haber asesinado a Polonio.
—¡Asesinato! ¿Quién se atreve a llamarlo asesino? —grité horrorizada.
Elnora dijo «chisss» y alargó el brazo para calmarme.
—¿Horacio se ha ido con él? —le pregunté aparentando tranquilidad.
—No. El rey quería que se fuera solo —dijo.
Que Hamlet hubiera partido de una manera tan repentina era extraño y desagradable. Se atenuaron mis esperanzas de reconciliarnos, y me invadieron nuevos pesares. Quizá si Hamlet hubiera sabido lo que yo sospechaba, se habría olvidado de su odio e incluso me habría llevado a Inglaterra con él. Últimamente me dolían los pechos y el vientre, aunque mi sangrado no había comenzado aún. Se me revolvía el estómago con facilidad. Quizá el malestar se debía a la pena. Pero ¿podía ser que llevara al hijo de Hamlet? ¡Por desgracia, él nunca lo sabría! Las dudas y la confusión me invadían, así que decidí alejar esa incertidumbre de mi cabeza.
—¡Sé agradecida! —Elnora interrumpió mis pensamientos—. Aunque su pobre madre esté consternada porque se haya ido, tú dejarás de tener miedo de ese loco.
Ella creía que me estaba consolando, por eso frunció el ceño al ver que yo empezaba a llorar.
Le di muchas vueltas al hecho de que Hamlet se hubiera ido justo en aquel momento y al significado que eso tenía. Si simplemente hubiéramos hablado después de la muerte de mi padre, él habría sabido que yo había visto una prueba —el frasquito de veneno— que podía condenar a Claudio. Eso supondría una venganza justa que dejaría las manos de Hamlet limpias de sangre. Dudaba de que Claudio hubiera mandado lejos a Hamlet solo para protegerlo de la Justicia. ¿Quién, aparte del rey, podía condenar al príncipe por el crimen? Claudio jamás se atrevería a llevar a juicio al hijo de Gertrudis. Tenía otro motivo más oscuro para mandarlo lejos. ¿Acaso ahora le quitaría la vida a mi esposo?
Entonces pensé en la muerte de mi padre y aumentó en mí la certeza de que se trataba de un juego sucio. Me parecía muy probable que la espada de Hamlet hubiera confundido su objetivo con Claudio. Suponía que Claudio había enviado a mi padre al dormitorio para que espiara a Gertrudis y a su hijo, sabiendo que el salvaje Hamlet esperaría que fuera el rey —y no mi pobre padre— quien estuviera al acecho. ¿Cómo podía el noble Polonio rehusar la orden del rey? Pensé en lo angustiado que estaría después de mi escena con Hamlet en el recibidor. Él sabía que había sobrepasado el límite de sus ambiciones al dejar al descubierto la locura de Hamlet y hacer que Claudio sospechara. Temía por él y por mí. ¿Era mi padre, agachado detrás del tapiz, otro actor reticente en el drama que Claudio había ideado? ¿Sospechó alguna vez cuál iba a ser su destino? ¿Acaso Hamlet también era un actor en el malvado argumento de Claudio? ¿Había sido obligado a desempeñar el papel de villano en el escenario de la habitación de su madre?
Sacudí la cabeza, reacia a creer que tales maquinaciones fueran posibles. ¿Eran mis ideas tan salvajes como las fantasmales fantasías de venganza de Hamlet? ¿Por qué desearía el rey matar a mi ingenuo e insignificante padre?
Sabía que la respuesta se encontraba en el descubrimiento del frasco de veneno. El conocimiento de su existencia era lo que había puesto en peligro a mi padre. ¿Había encontrado la prueba del crimen por sí mismo, o Claudio lo había enviado allí para que destruyera las evidencias del infame asesinato? Con lástima, pensé que las verdades que yo buscaba habían muerto con él y que la única persona que podía arrojar luz sobre esas preguntas, Hamlet, era un completo misterio. Lloré al recordar el modo en que me había desdeñado y había abusado de mi amor. Me reprendí por haber confiado en él. Me invadió la amargura al pensar en su acto precipitado de apuñalar ciegamente una cortina con la mera esperanza de que ocultara al rey. Di puñetazos sobre la cama porque, sin poder evitarlo, estaba furiosa por no entender el comportamiento de Hamlet.
Una vez hube consumido esa rabia, consideré cómo había cambiado mi posición en la corte. La fortuna, que me había estado favoreciendo de tal manera que incluso me había llevado a casarme con un príncipe, había girado su rueda y me había pulverizado. No tenía la protección de un padre ni el favor de Gertrudis. Laertes no estaba allí y parecía que no sabía nada sobre la muerte de nuestro padre. Mi esposo me había abandonado en la incertidumbre y el dolor. Estaba sola en el mundo.
Aquella noche dormí a trompicones, incapaz de separar el sueño de la vigilia. Imaginé la voz de mi padre llorando en sus últimos estertores. En mi mente, una hilera de figuras fantasmales revoloteaba por los pasillos de Elsinor; la figura de Claudio iba detrás de ellas, cruelmente empeñada en su malvada carrera. Oí que unos pasos se acercaban y se detenían ante mi puerta. El pestillo de hierro hizo ruido, y las bisagras chirriaron. Me levanté de un salto gritando y me abalancé sobre la puerta. Los fuertes pasos se retiraron.
Cuando abrí la puerta, el corredor estaba oscuro y parecía vacío, pero un olor familiar a cebollas y cerveza flotaba en el aire. No lo había soñado. Me había visitado el borracho de Edmund. Pero ¿por qué? ¿Su antiguo resentimiento se había convertido en una celosa pasión que quería satisfacer o Claudio lo había enviado a hacerme daño? Seguro que Edmund me había visto huir del dormitorio del rey la noche en la que mi padre fue asesinado. Se lo habría contado a Claudio, que entonces sabría que yo estaba presente cuando mi padre encontró el frasco de veneno. ¿Creía que ahora lo tenía yo?
Sabía que me encontraba en grave peligro. Temblando y sudando a la vez, me esforcé en controlar el temeroso frenesí que me invadía. Deseé no estar sola, sin un padre o un esposo que me ayudara. Quería huir, pero no sabía adónde. Deseé ser cualquier persona excepto Ofelia, víctima de las desgracias y la maldad.
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