Ofelia

Lisa Klein · Capítulo 46 de 50

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Ofelia

Capítulo 45

 

N o podemos reconfortarnos ni darnos seguridad con palabras puesto que la madre Ermentrude ha ordenado silencio y oración solitaria. «Líbranos del mal, ahora y en la hora de nuestra muerte.» Mi mente pronuncia constantemente esta súplica, como si pudiera evitar que vinieran el conde y el obispo. Cuando me duermo, mis sueños son una mezcla de todos mis temores. Edmund me persigue con una daga en la mano. Noto su cálido aliento en el cuello y sus manos en los pechos, pero tengo los pies encadenados a unas pesadas rocas y no me puedo mover. Un frasco de cristal se hace añicos en el suelo y esparce abundante sangre que forma la imagen de una calavera sonriente. Un tapiz que cuelga de una pared se infla como si un fuerte viento lo moviera, y desde detrás se escurre una criatura con el rostro de mi padre. La voz de Hamlet grita: «¿Qué es eso, una rata?», y su risa hace eco en una gran habitación. Entonces, las campanas de la capilla me despiertan, pero estar en Saint-Émilion no me proporciona ningún alivio. Este refugio se ha convertido de golpe en una prisión donde espero el juicio que quizá no me condene solo a mí, sino también a la madre Ermentrude y a todas las hermanas.

Cuando el pálido pero desafiante sol ha dispersado la neblina gris de la mañana, llegan el conde Durufle y el obispo. Oigo el repiqueteo de los cascos de los caballos, pero no tengo la fuerza ni la voluntad suficientes para mirar por la ventana. No se harán las habituales ceremonias de una visita episcopal, ya que no se trata de una ocasión para festejar. El convento está sumergido en un silencio pesado, más temeroso que piadoso.

Me duele pensar que he traído la vergüenza al lugar que me ha dado protección y que quizá Saint-Émilion esté acabado por culpa de mis inconscientes actos. Yo misma me someteré a la misericordia del obispo e insistiré en que estoy libre de pecado. ¿Me obligarán a revelar mi historia? ¿Adónde iré si el obispo le ordena a la madre Ermentrude que me eche? En mi estado y con este frío, seguro que mi destino sería la muerte. El cuchillo violento, las aguas y el ahogamiento, el veneno, la fiebre… Lo desafié todo al escapar de Elsinor. ¿Acaso la muerte vengativa me quitará la vida y también la de mi hijo?

Isabel interrumpe mis oscuros pensamientos para acompañarme a la sala capitular, donde el obispo me interrogará. Me invade un gran pesar al pensar que puedo perder a esta amiga.

—Querida Isabel, siento todo este asunto. Intentaré…

—¡Chisss! No temas. El obispo es un buen hombre, solo tienes que comportarte con humildad. Pero ten cuidado con Durufle porque es quien tiene el poder. Recuerda el salmo: «Nuestro Señor levanta a los heridos. Recibirá a los desconocidos, los huérfanos y las viudas». ¿Acaso hay alguna promesa más cierta que esa? —me dice, e impaciente por consolarme, me agarra la mano.

Incluso Margarita tiene la amabilidad de inclinar ligeramente la cabeza para mostrarme un poco de compasión cuando entro en la habitación donde la madre Ermentrude dirige los asuntos del convento desde una mesa llena de montones de libros y de pulcros manojos de papeles. Los paneles que me rodean están tallados con figuras de ángeles y de apóstoles. ¡Ojalá esas representaciones de madera cobraran vida e intercedieran en mi favor!

Margarita me sigue al interior de la habitación y toma asiento en un atril inclinado que hay cerca de la ventana. Evidentemente, como es la secretaria, debe anotar los procedimientos. ¡Cuánto desearía que ella no fuera testigo de mi vergüenza!

El obispo está sentado en una silla de roble con reposabrazos que parece un trono. La madre Ermentrude, de pie, se sitúa a su izquierda, y el conde Durufle, a su derecha. El conde tiene unos rasgos afilados, y su nariz parece el pico de un halcón. Sus ojos negros me abordan como si yo fuera el mismísimo diablo. Viste un severo jubón de satén negro y unos calzones. La pluma que lleva en el sombrero es la única cosa de él que no es rígida y tiembla con cada uno de sus movimientos. Tiene las piernas cortas y encorvadas y no es mucho más alto que yo.

La madre Ermentrude tiene las manos unidas, y su rostro no revela qué está pensando. ¿Seguirá siendo mi mentora en este asunto, o el deber y la obediencia harán que se ponga del lado del obispo? Decido que es mejor que me muerda la lengua antes que decir alguna mentira.

Echo una rápida ojeada al obispo Garamond. Sostiene su mitra en el regazo y tiene descubierta la cabeza, llena de pelo fino y plateado. Su báculo está apoyado en el sillón. Lleva una capa pluvial de color escarlata con las mangas forradas de piel. Me acuerdo de mí misma y me arrodillo para besarle el pesado anillo con pedrería que le aprieta el carnoso dedo. No me atrevo a mirarlo a la cara.

—¿Cómo te llamas, hija?

—Me llaman Ofelia.

—Por su vestido, podéis ver que no ha profesado ningún voto — remarca la Madre. Luego me toca la cabeza para señalar que llevo una simple cofia. Las monjas llevan velos largos.

Pero el obispo Garamond no me mira a la cara.

—Por su figura, puedo ver que, sin duda, su parto es inminente —dice frunciendo el ceño con aire pensativo—. ¿Cuándo llegó aquí?

Sé lo que está pensando: hay conventos donde se admite como invitados a los hombres —incluso a monjes y sacerdotes—, y las monjas no son castas.

Sin dudar, la madre Ermentrude contesta:

—A finales de octubre. En la festividad de san Simón y san Judas. — Me parece oír una nota de indignación en su voz.

Estamos a finales de marzo. Así que el obispo debe saber que la concepción de mi hijo no ocurrió en Saint-Émilion.

—¡Ha estado con las monjas durante meses, mostrando la evidencia de su vil prostitución! —dice Durufle con un disgusto evidente.

La furia reprimida hace que me arda la cara. Aunque me lo haya propuesto, no puedo permanecer callada.

—No soy una prostituta, señoría, sino una mujer honesta. Mi marido está muerto.

Miro a la madre Ermentrude para ver si me cree. Pero ella se limita a fruncir ligeramente el ceño como advertencia, ya que conoce mi tendencia a hablar apasionadamente. No volveré a decepcionarla.

—¡Ja! ¿Qué iba a decir, si no? —vocifera Durufle con burlona incredulidad—. Entonces ¿quién era tu marido, muchacha?

¡No le contaría mi historia de amor a este demonio sin corazón aunque me presionara los pulgares y me amenazara con arrancarme las extremidades en una gran rueda!

—No os lo diré.

—¿Lo veis? Sin duda está mintiendo —exclama Durufle.

La madre Ermentrude fulmina al conde con la mirada, mostrando una gran aversión, y el obispo Garamond levanta la mano para silenciarlo.

—¿Ha confesado sus pecados y se arrepiente de ellos? —pregunta.

—Eso, su excelencia, es cosa de su conciencia —le contesta la Madre.

No le he confesado mis pecados al padre Alphonse, y la madre Ermentrude lo sabe. Ella conoce mi corazón y sus luchas. La Madre tendría que ser mi confesora, no el sacerdote. ¿Por qué no se lo conté todo cuando ella me quería escuchar abiertamente y con indulgencia?

El obispo me mira dándose golpecitos en la mejilla con un dedo.

—¿Cuál es su rutina de vida aquí? —pregunta.

—Ofelia reza y comulga con nosotras y vive según las normas de la vida en comunidad. Es caritativa con todas, es humilde y siente amor por su trabajo —dice la Madre.

—¿Cómo podéis estar segura de que no os miente? —interrumpe Durufle. Su expresión severa hace juego con su firme figura—. Seguro que se escapó de otro convento. Por eso no os cuenta de dónde viene ni cómo llegó a ese estado. Y tampoco os dice el nombre de su supuesto marido — escupe las palabras con sorna.

—Vino a nosotras débil y enferma en cuerpo y mente. Nos pidió protección. Nos trajo una generosa bolsa. Ahora trabaja entre nosotras como doctora y sanadora —dice la Madre como si le estuviera repitiendo un mensaje a un niño.

—Brujería, de eso podéis estar segura. Está claro que ella y la otra sirvienta, aquella vulgar lavandera, conspiran con alguna fuerza maligna — gruñe Durufle.

Debo hablar de nuevo, aunque mis palabras puedan ponerme en peligro.

—Thérèse ama a nuestro Señor de todo corazón. Sin embargo, está afectada por una enfermedad que la debilita y que yo trato con las plantas que nos proporciona nuestro Creador. Llamar brujería a eso es una ofensa al Señor —digo, y me tiembla todo el cuerpo por al esfuerzo de hablar. La madre Ermentrude me presiona el hombro, ya sea para calmarme o para pedirme que me calle.

—Ya veo que es apasionada por naturaleza. Sin duda sigue mintiendo —insiste Durufle—. Como mujer malvada que es, debe ser expulsada.

—Tanto la ley de Cristo como la regla de san Benito nos exigen que le demos cobijo —dice el obispo Garamond—. Pero no nos permiten condonar la inmoralidad…

—Más bien debe condenarla, su excelencia —lo interrumpe Durufle. Su rabia hace temblar la pluma que lleva en el sombrero—. La maldad es contagiosa y se propaga con el contacto. ¡Erradicadla de raíz, desde su origen! —Da un golpe con el pie para enfatizar sus palabras y después añade en voz baja y melosa—: Este repugnante asunto pone en entredicho el buen nombre de mi familia. Ya os digo que es un mal presagio para este convento.

El obispo permanece en silencio, quizá esté reflexionando sobre esa amenaza. Me atrevo a mirarlo a la cara, incluso a los ojos. Son grises y turbulentos, como el oscuro cielo en un día nublado, pero en absoluto crueles. En medio del silencio, oigo cómo la pluma de Margarita rasca el papel.

—Dime de dónde vienes y cuál es la identidad del padre de tu hijo — me ordena con suavidad.

Todos esperan mi respuesta. Cesa el sonido de la pluma de Margarita. Ella también aguarda.

Isabel me ha dicho que el obispo es un buen hombre. Cuando ella tomó los hábitos, él presidió la ceremonia, y como un padre cariñoso, la entregó a su matrimonio con Cristo. Si no puedo confiar en ese obispo aparentemente amable, ¿en qué hombre puedo hacerlo?

—No os pasará nada malo ni a ti ni a tu hijo. Habla —me insta de nuevo.

¿Cómo me promete tal cosa? Nadie en la Tierra puede garantizarnos seguridad. Aunque Claudio ya no pueda hacerme nada, quizá Edmund esté todavía vivo. Además, es imposible que el rey Fortimbrás sea un aliado para mí ni para mi hijo. Pero, sobre todo, no confío en el poderoso y vengativo Durufle.

Le ofrezco al obispo una respuesta de un salmo que seguro conoce:

—Ya no pondré mi confianza en los príncipes —me limito a decir.

Me invade una extraña sensación, y lo veo todo negro. Me tambaleo y caigo de rodillas sin poder evitarlo. ¿Acaso Dios me está atormentando por haber desafiado a su representante?

El obispo Garamond suspira con fuerza. Durufle produce un sonido como el rechinar de dientes. La Madre se acerca a mí y sus fuertes brazos evitan que caiga de bruces.

Al cabo de un momento, el obispo Garamond anuncia:

—Se quedará con vosotras hasta que haya dado a luz. Mientras tanto, investigaremos y descubriremos la verdad. —Parece cansado.

—Debo protestar, ilustrísimo… —sisea Durufle, pero el obispo lo corta golpeando su báculo para dar por terminada su sentencia.

Lo golpea una, dos y tres veces. El sonido resuena con fuerza en las paredes de paneles de madera. Entonces noto en la cabeza la mano del obispo, que murmura una plegaria en latín. Con la ayuda de la madre Ermentrude, me levanto para irme, pero un fuerte dolor se me aferra al vientre, y grito pidiendo ayuda.

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