Ofelia

Lisa Klein · Capítulo 45 de 50

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Ofelia

Capítulo 44

 

 

E nterradas bajo el blanco manto invernal, las pequeñas campanillas de invierno despliegan sus resistentes hojas verdes. En las zonas donde la nieve se ha derretido, impulsan hacia el sol sus flores en forma de campana. Pronto, los brotes puntiagudos de los alegres narcisos perforarán el suelo helado. Cuando sea Pascua, sus trompetas amarillas con volantes proclamarán el triunfo anual de la primavera sobre el invierno.

No siento el frío porque estoy envuelta en la capa de mi padre, y me invade una calidez interior que proviene del calor del bebé. A pesar de mi gran barriga, camino con pasos ligeros, sustentados con nuevas esperanzas. Ahora todas las monjas conocen mi secreto. Han votado en la sala capitular y han decidido que permanezca con ellas. No hay motivo para que oculte mi incómoda figura.

La madre Ermentrude me llama y me informa con brevedad de la decisión.

—Te queda poco para dar a luz y necesitarás mucha ayuda, así que te la daremos. Isabel ha testificado a favor de tu virtud, aunque ahora no importa si estás casada o no.

Su tono no es afable como siempre. No me invita a hacerle confesiones.

—Solo puedo agradecéroslo humilmente y pediros perdón por no haber sido sincera. Un día sabréis el porqué de todo.

—¿Cuál es la verdad, Ofelia? —Tan solo levanto los hombros porque no sé qué quiere que le diga—. La verdad te hará libre —responde a su propia pregunta. Luego asiente con la cabeza y da por finalizada nuestra tensa reunión.

Noto intensamente que la he decepcionado. Cuando le pregunto a Isabel si la madre Ermentrude me considera una pecadora, ella me contesta de manera indirecta:

—Quizá tendrías que haberle revelado tu secreto antes y haber confiado en su misericordia.

Sé que Isabel tiene razón, y por eso sus palabras me duelen aún más. Entonces Angelina me pregunta por qué estoy tan abatida.

—La madre Ermentrude está enfadada porque la engañé. Temo que no quiera tenerme aquí —digo reprimiendo las lágrimas.

—¡Ay, las mujeres embarazadas suelen ser temperamentales por el simple hecho de estar embarazadas! Lo sé porque fui una de ellas —me dice dándome palmaditas en la mano. A continuación, añade con más energía—: Sé sensata, Ofelia. La madre Ermentrude no te echará. ¿Quién se encargaría entonces de nuestros dolores y enfermedades?

Sus palabras me tranquilizan, como también lo hacen las hermanas que me sonríen cuando paso por su lado. Margarita es la única que me evita. No me mira a los ojos, sino que se santigua cuando nos cruzamos, como si se protegiera de algo contagioso. Isabel se ocupa de mí como si fuera una hermana que está a punto de ser tía. Cuando no hay nadie a nuestro alrededor, me pone las manos en el vientre y ríe complacida al notar que la criatura se mueve.

Nunca hablamos de lo que pasará una vez el bebé haya nacido.

Mientras todavía pueda hacerlo, seguiré con mi trabajo de sanadora: machaco hojas de ruda para frotarlas en articulaciones doloridas y aplico cataplasmas para limpiar los pulmones. Con mi trabajo recuperaré la confianza de la madre Ermentrude.

—¡Que Dios te bendiga, Ofelia! —dice exultante Angelina un día—. Se me han curado los forúnculos. Pero ahora que estamos en Cuaresma, debo encontrar algún otro sufrimiento. —Me pellizca la mejilla y se va.

La Cuaresma es la época de penitencia, el tiempo de dolor que uno debe pasar antes de que llegue la alegría de la Pascua. Aunque yo siga las normas y las rutinas de la vida del convento, Angelina no me deja abstenerme de comer carne, que es lo que hacen las hermanas. Insiste en que necesito alimentarme. Así que como con mucho gusto y no paso hambre. Aun así, me siento culpable cuando estoy llena, ya que Thérèse se niega a comer de nuevo. Está demasiado débil para hacer la colada. Ahora soy yo quien calienta el agua y la carga en pesados cubos, quien revuelve la mezcla jabonosa, quien levanta la ropa empapada para que se enjuague y quien la extiende para que se seque. Thérèse dobla las sábanas y se detiene a menudo para descansar los brazos.

—¿Por qué Jesús ya no me favorece con su sangre? —dice mirándose desesperada las palmas abiertas. Las manos que una vez sangraban por el duro trabajo ahora están curadas.

No le digo nada porque no tengo palabras para consolarla.

El siguiente día de colada, veo que el camisón de Thérèse está manchado de sangre. Le llevo uno nuevo y la ayudo a cambiarse. Descubro que tiene abrasiones y verdugones sangrientos en la espalda. Tal como sospechaba, se ha azotado a sí misma con una cuerda para intentar purgar sus pecados. A la madre Ermentrude no le gusta esa antigua penitencia, aunque algunas de las monjas más veteranas la siguen practicando. Me pregunto de dónde saca Thérèse la fuerza para darse latigazos. La compasión y la ira se remueven en mi interior.

—¿Por qué te hieres de esta manera? —le pregunto, e intento que la piel desgarrada y supurante no me haga retroceder.

—Si me mortifico el cuerpo, Cristo y yo somos uno. Él también, mediante su sufrimiento y su muerte, se unió a la humanidad —responde.

—No creo que Dios desee que sus criaturas sufran.

Intento debatir con Thérèse, pero mi razón no conseguirá persuadir a su fe.

Con la espalda despellejada y llena de llagas, se queda dormida de rodillas, con la cabeza apoyada en el catre. Le trato la piel desgarrada con aceite. Llamo a Angelina y a la madre Ermentrude para que me ayuden a levantar su cuerpo exangüe, y mientras ellas le sujetan la cabeza, yo hago que un chorrito de caldo le baje por la garganta.

—Se quiere morir. ¿Qué demencia la mantiene en tal esclavitud? ¿Qué pena hace que desee acabar con su vida? —le imploro a la madre Ermentrude. Pienso en la desesperación de Hamlet, más allá de mi remedio. No debo dejar que Thérèse también destruya su vida—. Intento curarla, ¡pero se me resiste constantemente!

—Tranquilízate, Ofelia. Debemos rezar para que recupere la salud — dice la madre Ermentrude con expresión triste.

En la misa semanal, el sacerdote levanta una fina lámina de pan y pronuncia las palabras: «Este es el cuerpo de Cristo». Pienso en Thérèse, tan ligera como el pan ácimo, y me miro el cuerpo embarazado, con dos vidas. Tengo miedo de que el dolor, el tormento e incluso la muerte me asalten durante el parto. Por eso voy a la capilla; por eso recibo la comunión. La madre Ermentrude me lo permite aunque conozca mis dudas. Tengo el vientre muy grande y subo con cuidado los escalones del altar. Cuando el padre Alphonse me ve, se pone rojo hasta la mismísima raíz de la coronilla casi calva. Extiendo las manos ahuecadas, pero él no me da el pan. Aguardo, no pienso irme.

—Cuando santa Isabel estaba embarazada, visitó a su parienta, María, que llevaba a Cristo en el útero. A ella no la apartaron del Señor —digo en voz baja y con modestia. Isabel me leyó justo ayer esa historia del Evangelio.

—En realidad, tú no eres santa Isabel, ¡y aún menos, la Santísima Virgen! —susurra el sacerdote, y el siseo de su voz recorre toda la capilla.

—Dios es compasivo, aunque vos no lo seáis —le digo mirándolo directamente a sus legañosos ojos—. ¿Quién sois vos para negarme su bendición? —Me sorprendo incluso a mí misma por atreverme a discutir con un sacerdote durante la misa. En cierto modo, los cinco meses en el convento han fomentado mi educación, pero no mi humildad.

El sacerdote está demasiado asombrado para responderme. Mira hacia otro lado, me pone el pan en la mano y se aparta de mí como si hubiera tocado fuego. Lo he asustado, como asusta una demente a los que se creen cuerdos.

Después del servicio, cuando el padre Alphonse se apresura a salir de la capilla, me pongo en su camino.

—Por favor, os ruego que le deis la comunión a nuestra sierva Thérèse. Tiene fiebre y está demasiado débil para venir a la capilla.

—Debo proseguir mi camino —dice sin querer detenerse.

—Vuestro camino debe consistir en llevarle a Dios —digo levantando indignada la voz.

Incapaz de rebatir mi argumento, me sigue hasta la habitación de Thérèse. Lo observo mientras le pone la delgada oblea entre los labios secos y le administra el líquido de la copa murmurando en latín. Me maravilla ver que Thérèse se llena de alegría al notar el trozo de pan en la lengua. Las gotas del tinto sangriento en su boca le dan vigor a ese frágil cuerpo y parecen aliviarle el dolor. Cuando la toco, ya no tiene la frente caliente y respira sin dificultad. Tengo la esperanza de que se recupere pronto.

Empiezo a sentarme muchas horas al día al lado de Thérèse, ya que mi propia carga se hace cada vez más grande y no puedo llevarla con facilidad. Cuando está despierta, le leo; cuando duerme, yo también descanso. En esta mañana invernal, un rumor se expande por todo el convento. De la misma manera que un pájaro asustado y atrapado en una casa sobresalta una a una a las personas que habitan en ella, la noticia altera por igual a monjas y sirvientes. Se transmite en susurros entre las que se apresuran hacia la capilla y circula con el pan y el queso que se comparte en la comida.

La reunión nocturna en la sala capitular lo confirma. La Madre nos informa de que el conde Durufle se dirige al convento. Se ha enterado de que una de nosotras está embarazada. ¿Ha sido el administrador o el sacerdote quien ha transmitido esa información? ¿Acaso ha sido Margarita? No, ya que incluso a ella se la ve pálida y temerosa. Se dice que Durufle se ha puesto furioso porque la reputación del convento está en juego. Amenaza con retirar su mecenazgo y, así, obligar a que cierren las puertas del convento.

De todas formas, la peor noticia es que no viene solo. Lo acompaña el obispo Garamond, que tiene autoridad para ejecutar la voluntad de Durufle, sea cual sea.

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