Ofelia
Capítulo 14
A los pocos días de la boda, los invitados que habían viajado a Elsinor se fueron y volvió la calma, pero poca paz. Mis propios pensamientos estaban en guerra cuando reflexionaba sobre lo que Hamlet y yo habíamos hecho. Le había entregado mi obsequio más valioso, uno que jamás me devolverían.
«No pasa nada, es bastante habitual que una chica entregue su virginidad a un hombre», dijo una voz mundana en mi cabeza. Parecía Gertrudis comentando un relato de amor.
«No se trata de una delicia cualquiera, sino de un amor verdadero y duradero», argumentó una voz propia de un libro de ideales cortesanos.
«¡Este pecado te ha arruinado, estás perdida!», me regañaba una voz puritana. Me vino el rostro de Elnora a la mente, lamentando que la educación que me había dado no hubiera servido para nada.
«No, el amor te ha creado de nuevo. Ya no eres una doncella, sino que has renacido como mujer», dijo una voz más sabia y generosa.
«Lo hecho hecho está y no se puede deshacer», indicó una voz severa como la de mi padre.
—¡Ay! ¿Qué voy a hacer? —me pregunté en voz alta.
«Reza para que este secreto no salga a la luz», me aconsejó la voz mundana, y yo, arrepentida, estuve de acuerdo.
Mientras debatía conmigo misma, mi padre me citó. Me pregunté qué querría decir eso, ya que me había estado ignorando durante muchos meses. Cuando llegué a sus dependencias, me lo encontré afanoso, yendo arriba y abajo mientras cerraba cajas y paquetes para el regreso de mi hermano a Francia. Por la forma en que se tiraba de la barba y se aclaraba la garganta, supe que estaba pensando en otras cosas. Tendría que haberme arrodillado en su presencia, pero estaba poco dispuesta a mostrarle tal respeto. Al fin y al cabo, había incumplido los deberes que tenía para conmigo. Así que me quedé de pie delante de la mesa esperando a que hablara.
Frente a mí, mi padre se inclinó sobre la mesa y me preguntó en voz baja:
—¿Qué has advertido últimamente con relación a la reina y Claudio?
—Nada, mi señor. —Era la verdad.
—¡No te hagas la inocente, niña! ¿Acaso no te he enseñado a observar detenidamente todo aquello que te rodea? —me preguntó con voz aguda.
—Sí, padre, mis ojos son cautos —dije fingiendo humildad.
Me agarró la barbilla y la levantó para obligarme a mirarlo a los ojos.
—Es muy extraño que Claudio haya desposado a la viuda de su hermano con tanta prisa. Dime qué os contáis las damas en secreto —me ordenó.
Desconfié de mi padre. ¿Qué información buscaba y en nombre de quién? De hecho, yo no sabía nada, ya que las damas hablaban con precaución sobre los temas que concernían a nuestra ama. Juzgué que era más seguro defender a Gertrudis.
—¿Por qué no podía ella escoger a su marido? Está acostumbrada a ser la esposa de un rey y no se iba a conformar con menos —le contesté, haciéndome eco de lo que le había oído decir a Elnora con anterioridad.
Mi padre estaba pendiente de otros asuntos más profundos, así que no se dio cuenta de mi tono desafiante.
—Hay gente que dice que le fue infiel al rey Hamlet —susurró inclinándose más.
La idea me horrorizó.
—¡No he visto nada! —dije. Entonces repliqué con audacia—: ¿Por qué? ¿Qué es lo que sabéis?
Mi padre retrocedió sorprendido y frunció los labios. En lugar de volver a hablar, me amenazó con el dedo, se dio la vuelta y salió de la habitación justo en el momento en que entraba mi hermano. Laertes se cayó sobre un montón de cajas para evitar chocar con él.
Reprimí la risa, pero estaba contenta de ver a mi hermano y esperaba que fuera amable conmigo. Encima del jubón bordado, llevaba una capa de viaje rojiza y estaba elegante. Sus calzones de seda le resaltaban las fuertes piernas. Tenía los andares de un hombre intenso y combativo, más aún que cuando era un muchacho.
Salí de detrás de la mesa y alargué el brazo con timidez, invitándolo a que nos abrazáramos. Laertes me apretó brevemente las manos manteniéndose a distancia.
—Querida hermana, antes de que me vaya, deberíais hacer caso a mi consejo —dijo como si estuviera hablando de negocios. Dolida, me aparté —. Es en relación con el príncipe Hamlet. Me he enterado de que soléis veros en secreto, disfrazados de campesinos. Dudo que vuestros juegos tontos sean solo inocentes —dijo.
Me quedé sin palabras y miré hacia abajo para ocultar mi rubor. ¿Cómo había descubierto Laertes nuestro amor?
—Hamlet tiene la sangre caliente, y vos sois bonita. Puede ser que ahora os diga que os quiere, pero no lo creáis. No puede elegiros, ya que está sujeto a obrar según su nacimiento. Vuestra voluntad tampoco os pertenece a vos.
Yo no deseaba escuchar ese discurso tan fastidioso.
—¿Por qué no puedo escoger a quién querer? ¿Quién me lo impedirá? —pregunté, impulsando la barbilla hacia arriba como hacía cuando discutíamos de pequeños.
—Sabéis que es una pregunta ridícula. Nuestro padre decidirá con quién y cuándo os casaréis. O lo haré yo cuando él ya esté débil.
No me atrevía a discutir más con Laertes por miedo a que me tendiera una trampa y yo acabara confesando mi amor por Hamlet. Pero no pensaba ceder ante tal argumento.
—No podéis controlarme —dije, y me crucé de brazos decidida a permanecer callada.
Entonces mi hermano cambió de actitud y empezó a suplicarme:
—Querida Ofelia, mi reputación también está en juego. Tened en cuenta la pérdida que supondría para vuestro honor y para nuestro apellido si os creyerais las canciones de amor de Hamlet y le abrierais vuestro casto tesoro.
¿Acaso los espíritus y los espías fueron testigos de que Hamlet y yo habíamos hecho el amor en el muro? No, puesto que si nos hubieran visto, Laertes sabría que su advertencia llegaba demasiado tarde. Lo golpeé en el pecho con el dedo.
—Vos, querido hermano, escuchad mi consejo. Preocupaos de vuestro propio honor, y yo me preocuparé del mío. No me mostréis el camino escarpado y espinoso de la virtud mientras vos cogéis el caminito de rosas de los placeres.
Se rio en tono de burla. Yo quería abalanzarme encima de él y arañarle la cara. ¿Por qué a los hombres se les permitían unas libertades que se consideraban pecaminosas para las mujeres?
En aquel momento, nuestro padre entró trastabillando en la habitación. Agitaba los brazos metiéndole prisa a Laertes para que se fuera. Lanzó al aire todas sus máximas favoritas como si cubriera a mi hermano con flores.
—Sobre todo, sé sincero contigo mismo, así no serás falso con nadie — exclamó a la espalda de Laertes, que ya se iba.
¡Qué palabras tan vacías salían de la boca de mi padre, un hombre que solía amoldarse al poder y que no tenía una forma propia! Por primera vez, me di cuenta de que tenía la espalda doblada por la edad y el pelo ralo. Cuando Laertes desapareció al fin, se frotó suavemente los ojos y suspiró como un padre cariñoso. ¿Había querido a mi madre y había llorado cuando ella murió? ¿Habría sido una persona diferente si ella hubiera vivido? Deseaba hacerle estas preguntas, pero no tenía el coraje suficiente.
—Ofelia, ¿qué te ha dicho Laertes?
—Algo en relación a lord Hamlet —respondí con delicadeza—. Nada importante.
—He oído que le has dedicado tu tiempo privado de una manera muy libre y generosa. ¿Qué es lo que hay entre vosotros? —Tenía el ceño fruncido, las cejas unidas en una sola línea, y me miraba a la cara con intensidad.
¿Acaso mi padre y Laertes habían conspirado contra mí? Seguro que mi padre sabía lo mismo que mi hermano. Diría la verdad y no lo provocaría más.
—El príncipe Hamlet me ha ofrecido algunas muestras de amor —dije escogiendo cuidadosamente las palabras. Me atreví a pensar que si había amado a mi madre, quizá podría entender mi amor.
—¿Qué muestras? Dímelo ahora mismo —dijo como si me estuviera obligado a que le entregara unas golosinas.
—Cartas, detalles y promesas verdaderas —dije llevándome las manos al corazón con la esperanza de que mi evidente alegría lo conmovería.
—¿Y crees en sus ofrecimientos de afecto? —se burló.
En su presencia, yo me sentía pequeña e insegura. Empecé a dudar de la sinceridad de Hamlet.
—Yo, mi señor, ignoro lo que debo creer —respondí. La voz me temblaba a causa del esfuerzo que hacía para controlarla. Sentí que rebrotaba en mí la habitual ira que sentía hacia mi padre.
—Escúchame bien. Ponte un precio más alto. En resumen, ¡estímate en más a ti misma o me harás quedar en ridículo! —Se sujetó los antebrazos para imitar a una madre acunando a un bebé.
Di un grito ahogado, horrorizada de que mi padre se hubiera burlado de mi virtud de un modo tan grosero.
—Me ha prometido su amor de la manera más honesta —dije cubriéndome con mi dignidad como si se tratara de una capa rasgada. Los ojos me empezaron a escocer por las lágrimas.
—¡No te creas sus palabras! ¡Son trampas para atrapar a una perdiz! — me gritó con fuerza.
Mis esfuerzos por mantenerme afable fallaron por completo. Fui incapaz de contener mi enfado y mi dolor, sentimientos que se derramaron sin control.
—¡Confío en Hamlet! —grité—. ¿Por qué vos no confiáis en mí? No soy la niña inmadura que creéis que soy. ¡Miradme! —Me arrojé sobre él y le golpeé el pecho violentamente. A continuación, le mostré las palmas de las manos para llamar su atención—. Tengo casi la misma edad que tenía mi madre cuando me tuvo. ¿Me veis? ¿Os acordáis de ella? —No cuidaba mis palabras porque quería herirlo, si es que aún quedaba algo de ternura en él.
Me sujetó las muñecas y las inmovilizó. No me agarraba con fuerza, pero su fría mirada me ocultaba cualquier sentimiento afectivo que pudiera albergar.
—A partir de ahora, no quiero que pierdas el tiempo conversando con lord Hamlet —me dijo con una voz fría y dura que me prohibía desafiarlo de nuevo.
Bajé la mirada para esconder mi tristeza y mi furia. Decidí que a partir de aquel momento, ya no sería la hija de mi padre. Aun así, dejaría que creyera que todavía me controlaba.
—Si me desafías, lo sabré, niña —me advirtió.
—Os obedeceré, mi señor.
La mentira que le dije a mi padre fue, en realidad, la promesa que le había hecho a Hamlet. Se lo había dado todo a Hamlet. Ahora él, y no mi padre, era mi señor.
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