Ofelia
Capítulo 16
S eguí tumbada como una efigie en una tumba, en la oscuridad de la habitación de Hamlet, mientras por la cabeza me rondaban muchas preguntas. ¿Qué terrible suceso había llevado a Horacio a interrumpir nuestra noche de bodas? ¿Había sido descubierto nuestro matrimonio secreto? ¿Qué significaban su mirada aterrorizada y sus palabras: «Ya viene»? ¿Acaso estaban atacando Elsinor? Agucé el oído, pero no detecté ningún alboroto en el castillo. Solo se me oía el corazón, que me martilleaba con tal fuerza que lo confundí con unos pasos. No había nadie moviéndose ni gritando. El silencio cubría Elsinor como un pesado manto.
Consideré que no era seguro quedarme en la cama de Hamlet. Así que me vestí y, envuelta en una oscuridad profunda y desconocida, me deslicé lentamente hasta mi habitación y me tumbé en mi catre de doncella. Oí las tristes llamadas de las palomas que estaban en las grietas de las paredes de piedra de Elsinor y envidié a aquellos humildes pájaros que anidaban libremente y sin miedo.
Cuando se hizo de día, me levanté de la cama y me puse mi vestido de damasco amarillo. Cogí un bordado cualquiera, pero mis dedos apenas podían sostener la aguja. Me quedé con la vista clavada en aquel trozo de tela, con sus claveles y sus pensamientos de seda azul y púrpura, mientras murmuraba para mí misma:
—Soy la esposa de Hamlet.
Aquellas palabras sonaban extrañas e imposibles. Empecé a dudar de los acontecimientos del día anterior, del mismo modo que alguien se cuestionaría la visión del cielo abriéndose al considerarlo producto de su imaginación. ¿Había simplemente soñado nuestra boda?
Me apoyé en el borde de la ventana y observé cómo el sol de la mañana se enfrentaba a la niebla. Los débiles rayos brillaban sobre el césped cubierto de rocío y hacían que las plantas del jardín brillaran como si estuvieran encantadas.
—¿Hamlet es mi… esposo? —me dije a mí misma.
La afirmación se había acabado convirtiendo en una pregunta al recordar que él había abandonado nuestra cama de forma repentina. ¿Por qué se había levantado de golpe y se había esfumado sin una explicación, un beso o una promesa de volver? Aquello no era un buen presagio para nuestro matrimonio.
Así, me aferré a las preocupaciones que me zumbaban en la cabeza hasta que oí un suspiro profundo. Levanté la mirada y me sorprendí al ver que Hamlet estaba en la puerta, enmarcado por el arco de piedra. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí de pie? ¿Por qué no me había saludado?
—Querido, amor mío —dije—. Os añoraba y no he podido dormir. — Me expresé con moderación, ya que, aunque creyera que su comportamiento lo justificaba, no quería regañar a mi marido el día después de nuestra boda—. ¿Qué ha pasado…?
Me interrumpí al darme cuenta de su aspecto descuidado. Llevaba los calzones rasgados y sucios y el jubón desabrochado. Tenía el semblante pálido y, aunque estábamos en julio, tiritaba como si tuviera frío.
—Mi señor, ¿por qué parece que os haya visitado un fantasma?
Se sobresaltó como si fuera culpable de algo.
—¿Vos también lo habéis visto? —susurró.
—¿Si lo he visto? ¿A qué os referís? Hamlet, me estáis asustando. — Me levanté para ir hacia él.
—No os acerquéis más, Ofelia. —Retrocedió y me mantuvo a un brazo de distancia.
—Esa no es manera de saludar a vuestra nueva esposa —me quejé.
—Shhh. No habléis de eso ahora, guardad el secreto.
—¿Por qué? ¿Quién nos oirá en esta habitación? Mi señor, parecéis consternado. ¿Qué es lo que os preocupa?
—No puedo decíroslo.
—Confiad en mí. Soy vuestra…
—¡No! Deberías permanecer inocente frente a mis actos —dijo de repente.
—¿Qué habéis hecho? —pregunté alzando la voz asustada.
Me contestó con palabras graves y absoluta determinación:
—Aún nada. Pero lo que estoy obligado a hacer abrirá una brecha entre nosotros.
—No lo entiendo, mi señor. Os ruego que me lo expliquéis —le supliqué. ¿Se refería a que iba a divorciarse de mí?
Me incliné hacia él para que pudiera olerme el pelo perfumado de romero y le puse la mano en la mejilla. La sostuvo ahí durante un momento. Entonces la empujó lejos de él y sacudió la cabeza una, dos y tres veces.
—No me apartéis —dije con la voz ahogada por las lágrimas—. Estoy unida a vuestro destino, y vos, al mío.
Veía que se debatía contra alguna fuerza interior.
—Hablad conmigo —susurré.
—Prometedme que no le contaréis ni a un alma lo que os voy a revelar. —Me apretó los hombros con las manos.
—No se lo diré a nadie. —Aunque estuviera confundida, también esperaba emocionada su revelación.
Entonces escuché asombrada a Hamlet mientras me contaba que esa noche había ido con Horacio al muro, al lugar exacto de nuestra unión. Últimamente los guardias habían visto allí la aparición de un fantasma. La piel me hormigueaba mientras Hamlet me contaba que él también había contemplado el fantasma de su padre, armado de pies a cabeza. Había seguido la visión que lo atraía hacia la oscuridad, a pesar de que Horacio le advirtiera que aquello podía llevarlo a la locura. Se le habían congelado hasta los huesos cuando el espíritu perturbado le había revelado que él, el rey Hamlet, había sido asesinado.
—¿Asesinado? —repetí—. Pero ¿cómo? ¿Por qué?
—Sí, asesinado. Claudio fue la serpiente que picó a mi padre —dijo Hamlet con la mirada agónica—. El espíritu me contó que mi tío le vertió jugo de beleño negro en los oídos coagulándole la sangre y quitándole la vida.
Recordé la cabaña de Mechtild con su despliegue de venenos, que suponían un medio sencillo para que un villano con corazón de zorro cometiera cualquier perversidad. Pensé en el resentimiento que había entre el rey Hamlet y su hermano, en los rumores que circularon después de la muerte del rey y en mi padre preguntándome qué era lo que había visto.
—Es el crimen de Caín, el asesinato de un hermano —dije.
—Este Caín ha robado a la esposa de su hermano y se la ha llevado a su incestuosa cama. También ha robado la corona de su hermano… ¡La corona de mi padre y la mía por derecho! —dijo Hamlet con los dientes apretados.
—¡Pensé que no queríais la corona! Justamente ayer, antes de que nos casáramos, dijisteis que renunciaríais al trono de Dinamarca. —Mi protesta fue poco convincente, y Hamlet la ignoró.
—Pero tened cuidado, Claudio, ya que he jurado por la espada de mi padre que vengaré su asesinato infame y antinatural. —Cada palabra era deliberada e indicaba su firme intención.
Me estremecí al escuchar la promesa de Hamlet. Me esforcé en comprender el horror que describía: un asesinato incentivado por la envidia.
—Parece una fantasía extraña. —Agité incrédula la cabeza—. ¿Cómo podéis creer en las palabras de un fantasma?
—Yo no dudo de lo que he visto. ¿Por qué dudáis de mí? —Las palabras de Hamlet eran cortantes.
—Quizá Horacio tenga razón y el fantasma sea un demonio enviado a plagaros la mente de dolor —dije intentando razonar con él—. ¿Cómo podéis estar seguro de que no os ha engañado?
—Era la imagen exacta de mi difunto padre y hablaba con su voz. ¡Seguro que no era un demonio!
—¿Por qué tenéis que ser vos quien busque justicia? ¡Asesinar a un rey! ¡No lo penséis, dejad que el cielo se encargue de ello!
—He hecho una promesa sagrada, la venganza me pertenece —dijo inflexible.
—¿La petición de un fantasma prevalece sobre la súplica de una esposa? ¿Cómo pueden vuestras promesas de venganza usurpar nuestros votos de matrimonio? —le reclamé.
—Vos misma lo habéis dicho, Ofelia: estamos unidos uno al destino del otro. Este es mi destino.
Hamlet se arrodilló ante mí como si estuviera parodiando su proposición de matrimonio.
—Prometedme que guardaréis silencio y que no le contaréis a nadie lo que sabéis.
—¿Por qué me lo habéis contado? —grité tapándome los oídos con las manos—. ¡No quiero saber nada de este plan funesto!
Hamlet me cogió las manos con firmeza.
—Una vez me dijisteis: «Ponedme a prueba, Hamlet. No os fallaré». Ahora os pongo a prueba. No me falléis, amor mío.
Agité la cabeza lentamente, más por derrota que por negación.
—¡Jurádmelo!
Me sentí obligada a jurar, tal como me ordenaba, que no revelaría su plan de venganza. Mi corazón parecía un saco cargado de piedras cayendo al mar más profundo.
—Si me ayudáis, no fallaré. Ofelia, ¡prometedme que me ayudaréis!
—¿Qué otra opción tengo? —dije desesperada—. Estoy comprometida con vos, y vos lo estáis con la venganza.
Las lágrimas me empezaron a brotar, y Hamlet fue de nuevo la imagen exacta de un marido cariñoso. Alzó las manos para secarme las mejillas y me besó en la frente.
—Cuando haya cumplido la promesa que le he hecho a mi padre —dijo —, os honraré. Todo el mundo sabrá que somos marido y mujer, y vos, Ofelia, seréis mi reina.
Tendría que haberme sentido feliz al oír esas palabras y al verme a mí misma como una reina. Pero, por desgracia, habría intercambiado mi alto estatus para convertirme en la simple Jill de Hamlet, mi Jack.
—Haré lo que me mandáis, mi señor —dije, pero mi corazón era sumamente reacio.
—Encontraos esta noche conmigo en la capilla.
—Luego se fue sin hacer ningún ruido sobre las piedras que sus pies dejaban atrás.
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