Ofelia
Capítulo 27
E n el polvoriento guardarropa donde planeé mi huida, el rayo de luz que dejaba entrar la estrecha ventana brillaba igual que el haz de luz de la razón en un mundo caótico. Le pedí a Horacio que memorizara cada detalle de mi plan. Silencié sus dudas y alenté su fe. Pronto él supo cuál era su papel, mis señales y el lugar donde nos encontraríamos al final. No fue necesario que nos juráramos el secreto, ya que confiábamos profundamente el uno en el otro. Cuando nos separamos, me dio su daga y me hizo prometerle que la llevaría siempre conmigo.
Aunque le confiara mi vida a Horacio, no le dije que quizá estaba embarazada. Quería sangrar, que mi cuerpo desmintiera esa sospecha. Sola en mi habitación, deslicé la daga de Horacio fuera de su vaina y toqué su afilada punta. Una burbuja carmesí de sangre se hinchó de golpe y fluyó por la hoja. Sequé las gotas con un sentimiento de pánico. Con una sola asestada de un cuchillo así, mi vida se desvanecería. Acabaría con cosas peores que la simple pérdida de la virginidad. Si había un bebé, este también se perdería.
No tenía noción alguna de lo que significaba dar a luz a un niño. Solo sabía que la carga cada vez me haría estar más pesada, y que un día, unos dolores mortales se apoderarían de mí hasta que la criatura me naciera de las entrañas y llorara para que la cuidara. ¿Qué haría entonces? No tenía ni el instinto maternal de una gata. Quería huir tanto de Elsinor como del incierto destino de la maternidad, aunque escaparme de esto parecía imposible, excepto a través de mi propia muerte.
El temor a la muerte me tentó constantemente a apartarme del curso que habían tomado los acontecimientos aquel día. A cada hora que pasaba, me ponía en marcha para buscar a Horacio y decirle que iría con Hamlet. Entonces las preguntas ahogaban mis pasos. Aunque recuperara su amor, ¿qué seguridad tendría junto a Hamlet mientras él deseara la muerte de Claudio, y Claudio, la suya? Mientras los relámpagos se enfrentaran en el cielo, sería mejor para mí permanecer en la cima.
Entonces me tumbé en la cama y pensé que sería más prudente retrasar mi plan. Mientras tanto, podría apartar el peligro con mi daga. Al fin y al cabo, había sido yo quien le había aconsejado a Hamlet que no actuara de forma impulsiva. Pero la pasividad abarcaba otros peligros. Si estaba embarazada, pronto sería muy evidente, y Claudio sospecharía que Hamlet era el padre. Claudio, al igual que el malvado rey Herodes, buscaría la destrucción del inocente bebé, ya que si resultaba ser un niño, este sería el heredero de Hamlet, y mientras estuviera vivo, supondría una amenaza para Claudio. No podía limitarme a esperar, a tener esperanza y rezar para que mi dolorido cuerpo volviera a su curso natural. Decidí no perder más tiempo persiguiendo caminos de meras posibilidades, todos inútiles. Actuaría de una vez por todas.
Aquella noche, fingí que dormía. Me levanté cerca de medianoche, amontoné toda mi ropa en la cama y la cubrí con la manta. Si Elnora miraba, creería que estaba durmiendo. Con la capa de mi padre puesta y mi cesta en la mano, salí lentamente de la habitación, con pasos silenciosos y precavidos. En los tiempos en los que no había tanta vigilancia, había mucho movimiento en los salones y las galerías de Elsinor, que estaban llenos de amantes furtivos y de centinelas que los dejaban pasar con un guiño. Ahora nadie osaba salir de sus aposentos por la noche, y los hombres del rey Claudio vigilaban como halcones cuando no estaban bebiendo o durmiendo. Descendí las escaleras de la torre hasta la cocina, donde puse dos patas de venado a medio comer en mi cesta. Descorrí el cerrojo de una puerta cercana a la despensa y me escabullí hacia el exterior del castillo.
Salí al jardín, donde los agonizantes tallos de las plantas se apoyaban unos contra otros y crujían como huesos delgados y secos. Las nubes se movían con rapidez a través de la luna y proyectaban sombras con patrones impredecibles. Rodeé los establos del castillo, y siguiendo los setos, pasé de largo los campos y el pueblo. De cuando en cuando, me detenía y me agachaba a la sombra de un muro o de un árbol para estar segura de que nadie me seguía. A pesar de la oscuridad del bosque, recorrí un sendero poco transitado hasta llegar a la cabaña de la sabia Mechtild. Recé para que estuviera dormida, ya que no deseaba hacerle frente.
La cabaña no tenía ninguna luz encendida, incluso la luna había desaparecido. Entonces, oí emerger de la oscuridad el gruñido profundo de una bestia. Un mastín blanco como un fantasma me embistió, con la gran mandíbula llena de espumarajo. Con un movimiento rápido, lancé los trozos de venado al suelo, y el perro se abalanzó sobre la carne. Tal como esperaba, ahora Mechtild tenía un perro feroz para que la protegiera de los ladrones.
En el huerto, a la luz de la luna, encontré de inmediato la planta que buscaba. Sus apestosas hojas, de un verde oscuro, se abrían sobre el suelo como un dosel, y sus frutos, como manzanitas que acaban de madurar, se escondían debajo. Sin perder ni un minuto, agrieté la tierra con la daga de Horacio. Desenterré una raíz delgada y blanquecina que se bifurcaba como si se tratara de las piernas de una persona. Era la mandrágora. Los ingenuos dicen que expele los demonios y que hace que las mujeres sean fecundas, pero que grita cuando la sacas de la tierra. Sabía que se trataba de un cuento antiguo, de un mito. La verdad era que el zumo de mandrágora producía un sueño profundo. Conocía el lugar en el que Elnora guardaba la llave de la botica del castillo, donde estaban los otros ingredientes e instrumentos que necesitaba para elaborar la poción que me haría pasar por muerta.
Aun así, mientras arañaba la tierra, me acordé de la leyenda. Temí oír un chillido proveniente del suelo que me fulminara, un chillido que despertaría a Mechtild. Pero no me atreví a demorarme, no fuera que el mastín acabara de comer los huesos de venado y empezara a ladrar. Así que tiré bruscamente de la aterradora raíz para sacarla de la tierra. El único sonido que se oyó fue un autillo, tan cercano que me sobresalté. Cubrí precipitadamente el agujero con tierra y puse la raíz, las hojas y los frutos de la planta en mi cesta. Me apresuré a volver al castillo, agradecida de que la negra cortina de la noche me hubiera ocultado.
La oscuridad había cubierto unas intenciones más viles que las mías.
Al abrir la puerta de mi habitación, vi que mi manta estaba cortada y rasgada, y que la ropa que había amontonado debajo estaba esparcida por toda la habitación. Me encontré el baúl abierto con el cerrojo roto, y lo que contenía, desperdigado. Estaba segura de que quien me había visitado era el villano Edmund y me estremecí al pensar en su furia al no encontrarme.
Mi vida entera dependía de lo que yo había robado aquella noche.
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