Ofelia
Capítulo 9
H amlet y yo llevábamos a cabo nuestro cortejo furtivo como si ocultáramos algún asunto secreto de Estado. En compañía de los demás, solo intercambiábamos las cortesías formales, y fijábamos encuentros privados mirándonos y pasándonos cartas. Preferíamos vernos en espacios abiertos, ya que los recovecos oscuros de Elsinor podían esconder tanto espías como amantes. El sauce que colgaba sobre el arroyo nos protegía de todas las miradas, y el laberinto guardaba nuestros secretos. Nadie sabía nada de nuestros encuentros, excepto Horacio. Era nuestro mensajero y nuestro guardia a la vez. Su vigilancia nos salvó muchas veces de ser descubiertos.
Un día, sin embargo, incluso la vigilancia de Horacio fue insuficiente para protegernos. Hamlet y yo caminábamos por el huerto del rey, donde este solía pasear con sus consejeros. Creíamos que los caminos estarían desiertos, ya que el rey se encontraba de viaje. Cuando pasamos por un árbol nudoso y retorcido, Hamlet arrancó una manzana y me mostró la fruta, con vetas rojas y doradas como un atardecer.
—¿Cómo puede un árbol tan deforme producir un fruto tan perfecto? Eso raramente se ve en la naturaleza humana —reflexionó. Entonces me pasó la manzana.
—Aguardad —dije alzando la mano en señal de rechazo. Estaba aprendiendo a tomarle el pelo y eso me divertía—. ¿No sería mejor que yo os ofreciera la fruta y que vos la rechazarais? Entonces yo os hablaría de la serpiente legendaria que dijo que la manzana nos haría sabios, y vos, anhelando ser sabio, la morderíais con impaciencia.
—No, al contrario que vuestro padre, Adán, yo os retaría y os diría: «Mostradme la serpiente», y vos no seríais capaz de hacerlo. —Hamlet abrió mucho los brazos—. ¿Lo veis? Mirad, en este Edén no hay serpiente, no está Satanás arrastrándose.
En aquel momento, oímos el silbido de Horacio, que nos avisaba de que ya no estábamos solos. Sabía que Cristiana no estaría en el exterior, ya que guardaba cama porque tenía dolor de garganta. Pero se acercaba alguien a caballo cantando en voz alta. No había sitio para ocultarnos, así que tiré de la capucha de mi capa hasta taparme la cara y me di la vuelta.
—¡Es Claudio, mi tío! —dijo Hamlet con un bufido—. Simulad que recogéis manzanas con vuestra capa. Haré que se vaya. —Me entregué a mi trabajo y no vi su encuentro, tan solo lo escuché.
—¡Hola, Hamlet! Ven a cazar conmigo. Tu padre no echará de menos una cierva o dos.
—No, tío.
—¿Cómo que no? Ah, ya estás ocupado. Déjame ver a la moza. Vaya, así que se esconde. Ya descubriré quién es.
—Tío, estáis ebrio. Marchaos.
—Te voy a dar un consejo, chico. Dale también un pellizco y una paliza. Doy fe de que a las lujuriosas les encanta. ¡Je, je, je!
La risa de Claudio sonó fuerte y maliciosa a la vez. Yo, ardiendo con una vergüenza que no me merecía, quería azotarlo con mis palabras. Debido a mi agitación, la capucha me resbaló de la cabeza justo cuando Claudio espoleaba a su caballo y se sujetaba a la crin para evitar que su flácido cuerpo se cayera. Miré a Hamlet, que tenía el cuerpo tenso a causa de la rabia.
—Me insulta y me llama «chico». ¡Ese borracho no es digno hermano de mi padre! —dijo.
—¿Decíais que no había ninguna serpiente en este jardín? —dije con rencor. Parecía que la intrusión de Claudio había marchitado las delicias del huerto.
Horacio, lleno de remordimiento, vino hacia nosotros.
—Lo siento, no he podido detener a Claudio porque ha venido desde el parque de los ciervos.
—Donde el muy ladrón caza furtivamente las presas de mi padre en su ausencia —lo interrumpió Hamlet—. Pero, como siempre, está borracho y seguramente no se acordará de habernos visto.
Hamlet perdonó a su amigo, y prometimos que a partir de entonces seríamos más cuidadosos. Fue idea mía que nos disfrazáramos de campesino y pastora, ya que es lo que solían hacer los amantes de las novelas de Gertrudis. Así que me puse un blusón de lino y una enagua, y por encima, un corpiño sin mangas que me ataba bajo los pechos. A diferencia de mi vestido de la corte, rígido y elegante, ese conjunto era sencillo y cómodo y me daba una libertad de movimientos que me encantaba. Hamlet encontró unos calzones y una túnica casera y se cubría los rizos con un gorro de cuero. Me gustaba aún más por ese atuendo simple y la facilidad con la que se lo ponía. Cuando llevábamos nuestros sencillos disfraces, casi nadie nos miraba dos veces, y cogidos de la mano, paseábamos abiertamente por las calles de la ciudad. Entonces, como si fuéramos gente de campo sin ninguna preocupación, nos tumbábamos en la pradera, y la alta hierba nos rodeaba y tejíamos coronas de guirnaldas de margaritas blancas y de aguileñas moradas.
—Inventémonos una canción —le dije un día—. He leído que a los pastores les gusta hacer competiciones de canto.
—Ofelia, leéis muchas tonterías. ¿Qué muchacho cubierto de estiércol puede pensar en estrofas ABC, por no hablar de hacer rimar un soneto y contar todos sus pies? —dijo Hamlet—. Él silba a sus ovejas, hace sonar una campana o grita «¡Ey!». No he oído cantar a ninguno de ellos.
—Entonces seremos los primeros y nos convertiremos en un modelo para todos los pastores de ovejas de estas colinas.
Así que Hamlet pensó durante un momento y a continuación cantó:
Como la abeja bajo el sol,
mi lengua saboreará
las flores con descontrol
hasta que la muerte aparezca.
Aunque su canción era lujuriosa, me besó muy cortésmente. A mi vez, canté:
Aquí, bajo el árbol frondoso, fa, la,
ven, amor, a buscar reposo, fa, la.
Hamlet tomó mi canción como una invitación y posó la cabeza en mi regazo. Lo aparté con delicadeza.
—Sois demasiado atrevido, mi señor —dije, y se retiró de inmediato.
—No pretendía ofenderos, Ofelia —dijo, y en su lugar me tomó de la mano.
Me levanté a coger flores frescas para reemplazar las que estaban marchitas. Al pasar por un campo, me encontré con un pajarito marrón que había caído de un nido situado en una rama elevada. Lo recogí y lo sostuve en la palma de la mano. Su corazón, visible a través de una piel más fina que el pedazo más diminuto de vitela, había dejado de latir. Cuando Hamlet llegó a mi lado, yo estaba llorando, y eso me avergonzó aún más que su cabeza en mi regazo.
—Lo siento. No tengo práctica en el amor. ¿Cuándo me perdonaréis? — me rogó.
—No es eso —dije, conmovida por su humildad—. No me habéis ofendido. —Le mostré el pájaro—. Esto es lo que me hace llorar, aunque no sepa por qué.
—Quizá sea porque esta criatura tenía un alma que ahora se ha ido volando —sugirió Hamlet. Tenía el ceño fruncido, como si estuviera confundido y preocupado por mi tristeza.
—¿Dónde está su madre? —murmuré—. ¿Por qué no lo ha salvado? — Miré a mi alrededor y vi docenas de pájaros que revoloteaban y cantaban sin preocuparse de aquel que yo tenía muerto en la mano.
—En ningún sitio. La naturaleza es hermosa, pero puede ser cruel. Justo igual que una mujer —bromeó Hamlet—. Pero vos no, claro. Cruel, quiero decir. Es decir, sois hermosa, pero no cruel.
Hamlet se ruborizó y tartamudeó. Y no pude evitar sonreír.
—¿No dice la Biblia que la Providencia está incluso en la caída de un gorrión? —pregunté.
—Sí, y también que cada pelo de nuestras cabezas está contado, ya que somos más valiosos que un gorrión. Así que no os inquietéis —dijo Hamlet, y dejé que me consolara con un beso.
Otro día, cuando el sol huía del cielo, deambulábamos por el bosque que había entre Elsinor y el pueblo. Horacio nos seguía en silencio. Al anochecer, llegamos a una cabaña de piedra medio derruida y desierta; parecía la morada de un ermitaño. Encendimos un pequeño fuego en el hogar para combatir el frío. Horacio rechazó unirse a nosotros mientras nos comíamos el pan y el queso.
—¿Por qué Horacio está tan serio hoy? —pregunté.
—No lo está —negó Hamlet—. Él es así, está como siempre. No penséis más en ello. —Compartió conmigo su petaca de cerveza y luego bebió. Pero yo insistí preocupada.
—¿Acaso no aprueba nuestro noviazgo?
Hamlet escupió el líquido que tenía en la boca, y con él, amargas palabras:
—¡Todo el mundo desaprobaría nuestro noviazgo, Ofelia! —exclamó dibujando un amplio arco con la petaca—. Horacio teme que solo esté jugando con vos. Se equivoca, por supuesto. ¡Y vuestro padre! El honor de vuestra familia exigiría que vuestro hermano me retara en duelo.
—Ellos no saben que nos vemos ni pueden impedirlo —dije con más certeza de la que sentía. Mi padre llevaba meses fuera trabajando en los negocios del rey, y Laertes estaba estudiando en Francia. No quería pensar en las consecuencias de ser descubiertos por ellos.
—Ya sabéis que soy el heredero de Dinamarca… —empezó a decir Hamlet, como si yo lo hubiera olvidado.
—Sí, y yo no soy nadie —murmuré.
—No, vos sois mi amor. Pero mi padre, el rey, ha hecho alianzas para asegurar mi matrimonio con alguna princesa de Francia o de Alemania. Él nos lo impedirá —dijo en un tono categórico. Se quedó callado y alimentó el pequeño fuego con ramas.
Me puse en pie con torpeza y tropecé con la puerta de la cabaña. Más allá de aquella estructura destrozada, los árboles de corteza negra se alzaban directamente hacia el cielo y desdeñaban el suelo del bosque, donde los brezos y los matorrales enmarañados escondían el camino que conducía a aquel lugar solitario.
¡Qué tonta había sido al pensar que era tan libre como cualquier campesina y tan respetable como la hija de un rey! Contemplé el bosque.
—Este noviazgo está condenado. No puede aportarnos nada bueno — dije amargamente.
Oí suspirar a Hamlet. ¿O estaba soplando al vacilante fuego? Noté que se me acercaba por detrás y me tocaba el hombro.
—Cuando venimos al bosque con esta ropa humilde, no soy un príncipe, sino un hombre que puede tener lo que desea —dijo con unas palabras colmadas de anhelo—. Aquí soy simplemente vuestro Jack y os he escogido a vos para que seáis mi Jill.
Me dio la vuelta para que lo mirara y me besó con ternura.
El roce de sus labios desterró un poco mis temores. Me di cuenta de que para Hamlet, Elsinor era, como para mí, una jaula cubierta de oro.
—En estos bosques y cabañas no hay ojos envidiosos, lenguas criticonas, cotilleos ni mentiras —murmuré—. Así que quedémonos aquí para siempre y seamos sinceros el uno con el otro. —Apoyé la mejilla en el tejido rugoso de su chaqueta, sabiendo que aquel era un deseo vano.
En cuanto regresé al castillo, me vi obligada a mentir, a engañar a la propia reina.
—¿Qué te aflige, Ofelia? Hoy estás lánguida y distraída.
—Estudié hasta tarde —dije— y no he dormido profundamente.
Estaba realmente cansada, ya que había robado muchas horas de sueño para estar con Hamlet. Mis ausencias empezaban a contrariar a Gertrudis, y estaba irritable conmigo.
—No me gusta cuando te llamo y no te encuentro.
—Estaba cogiendo hierbas para Elnora en el jardín —mentí de nuevo.
Gertrudis sospechó pronto que tenía un amante. Me citó e intentó agarrarme desprevenida.
—Tráeme agua de lavanda, Ofelia. Dime, ¿cómo se llama?
—No sé a qué se refiere, mi señora.
—Está claro como el agua que estás enamorada. —Sujetó una joya y me tentó con ella—. ¿No te gustaría llevar esta peineta de cuentas?
—No, a vos os sienta mejor —dije, y se la abroché en el pelo evitando su mirada.
—¿Él también te quiere? Quizá una palabra mía ayude a allanar el camino del amor verdadero.
Así que Gertrudis me sondeó, y yo seguí negando que quisiera a alguien. ¿Cómo podía decirle a la reina que era a su hijo a quien yo deseaba? ¿Que hablábamos y reíamos juntos durante horas? ¿Que fingíamos ser campesinos no regidos por las costumbres, sino libres de escoger nuestro amor?
Quería contárselo a Elnora, pero sabía con certeza que su lealtad a Gertrudis prevalecería sobre nuestra amistad. No podía confiar en nadie más. Aunque no dije nada, todos sospechaban que tenía un pretendiente. ¿Acaso mis miradas, aunque fuera cautelosa, me habían traicionado? ¿Había murmurado para mí misma? Seguro que no, pero las damas seguían echándome ojeadas con picardía e intentaban adivinar quién era el objeto de mi deseo. Fue retorcido por mi parte, pero dejé que creyeran que me gustaba Horacio, ya que su buena reputación lo alejaba de cualquier reproche.
Gertrudis sabía que la estaba engañando y, a su vez, empezó a mantenerme a distancia. Ya no me pedía que la sirviera ni que le leyera relatos. Cristiana aprovechó que yo ya no tenía el favor de la reina para quedarse con mi posición e influyó maliciosamente en la mente de la reina.
Cuando Gertrudis volvió a hablarme, lo hizo en un tono frío.
—Me han dicho que pasas los días en el campo con un chico cualquiera y que además te vistes como si fueras la hija de un granjero.
Su malentendido habría sido cómico si lo hubiéramos leído en una novela romántica. Ella y yo nos habríamos reído de la ceguera de la madre y habríamos compadecido a los desiguales amantes que se encontraban en tal apuro. Pero no se trataba de una historia ficticia. Simplemente agaché la cabeza mientras ella vertía sobre mí toda su decepción.
—¿Así me devuelves mi bondad, deshonrándote a ti misma? —me preguntó—. Seguro que hay algún caballero en la corte a quien podrías favorecer.
Yo estaba consternada de que su estima por mí hubiera decaído tanto.
—¡Mi corazón está tan confuso! —Lloré, incapaz de reprimir las lágrimas—. Tenéis razón: amo indignamente. —Al menos eso era cierto—. Me esforzaré en oponerme a ello —prometí mintiendo de nuevo.
—Espero que recuperes el entendimiento, Ofelia. Esta locura no es propia de ti.
Estaba segura de que había sido Cristiana quien me había espiado y le había contado a la reina lo que había visto. Un día, poco después de que la reina me sermoneara, encontré a Cristiana en mi habitación. Temía que hubiera registrado mi baúl, donde escondía las muestras de amor y las cartas de Hamlet. Pero vi aliviada que todavía estaba cerrado con llave. Agarré el vestido de campesina de debajo del colchón y se lo lancé.
—Toma. ¿Es esta la prueba que buscabas?
—¿Por qué querrías deshonrarte así poniéndote estos harapos? —dijo toqueteando el vestido con incredulidad antes de dejarlo caer—. Aunque pensándolo bien, no sé por qué me sorprende que ames a alguien inferior.
Era un milagro que Cristiana no hubiera descubierto que era Hamlet a quien yo amaba. Tenía que agradecer que fuera tan ignorante. En vez de eso, aborrecí su orgullo, sus mentiras y su desdén cuando en realidad tendría que haberme despreciado a mí misma por mentir a Gertrudis. Pero estaba cegada y no pensaba con claridad. Lo único que deseaba hacer era vengarme de Cristiana por ser tan cruel conmigo.
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