Ofelia

Lisa Klein · Capítulo 47 de 50

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Ofelia

Capítulo 46

 

 

L a oscuridad se arremolina sobre mí como si fuera agua. El dolor me atenaza el vientre y hace que me quede sin respiración. Cuando el dolor afloja, trago aire, ávida de vivir. Entonces el peso de todos mis sufrimientos hunde de nuevo mi cuerpo, y el agua me cubre la cara y se filtra dentro de mí. Doy débiles patadas a mi ropa, que es como una resistente mortaja.

Algunos fragmentos de salmos flotan en la superficie de mi mente. «Sálvame, oh, Dios, porque he llegado a lo profundo de las aguas, y la corriente me anega.» Los dolores me invaden una y otra vez, aumentan como pecados y me perforan como espadas. El olvido se abre ante mí como un oscuro abismo, y yo estoy demasiado débil para dar un paso atrás desde su borde.

«No permitas que me trague el abismo ni que el foso cierre sus fauces sobre mí.»

Veo un fuego encendido que me calienta la piel. ¡Que no me reclamen ahora la muerte y el pecado! Me agarro con firmeza a la vida, aunque se me doble el cuerpo, se me retuerza y se me arquee como si fuera a romperse. Estoy sangrando. Unas voces me llaman y me susurran con suavidad. Los muertos, como en una procesión de máscaras, me hacen señas para que me una a ellos.

Entonces unas manos fuertes me sacan del agua. Me levantan de una tumba de tierra. Como Lázaro, he vuelto a nacer. Extraen de las garras de mi cuerpo a un bebé empapado y resbaladizo, que renuncia a mi oscuridad y escoge la luz.

«También mi carne reposará segura, ya que no me abandonarás en la tumba.»

Se han disipado los fantasmas. La muerte ha sido vencida de nuevo. La riada ha retrocedido, y ahora es solo el sudor salado lo que me gotea por la cara y me entra en la boca. Isabel me deja en los brazos a un niño muy pequeño, que da sus propias bocanadas de aire con vigoroso llanto. Está envuelto en ropa limpia y huele a pureza.

Ella y Angelina se inclinan sobre mí como si fueran ángeles cubiertos de alegría humana.

—Las criaturas son una herencia del Señor, y el fruto del útero es un regalo —dice Angelina. Tiene el rostro bañado en sudor, pero su sonrisa me dice que todo está bien.

He dado a luz al bebé en un jergón situado en la panadería ya que es el sitio más cálido del convento. Han avivado los fuegos y han abierto los hornos para que el calor se dispersara.

—Angelina, tráeme mi pequeño botiquín y mi bolsa de hierbas. Ponerme una cataplasma caliente en el vientre me ayudará a contraer el útero, y el perejil expulsará la placenta.

—¿No dije que pronto volvería a hablar de su trabajo? —dice Angelina riendo mientras se dispone a hacer lo que le he pedido.

La madre Ermentrude entra en la habitación y se arrodilla frente a mi jergón; ese es un gesto de humildad que contradice su autoridad. Parece cansada. Margarita está de pie detrás de ella.

—Hemos rezado durante estos dos días y ahora agradecemos a Dios que hayas tenido un parto seguro —dice la Madre, y me coge la mano.

Veo que las lágrimas asoman a sus ojos. El contacto con ella me mueve a decir la verdad por fin.

—Siento haberos engañado con esto. Quería decíroslo, pero temía que me echarais. ¿Me perdonáis?

—Chisss. No pasa nada, Ofelia —murmura, me arregla el pelo húmedo que se me pega a la cara y toca la frente de mi bebé.

—Nunca he conocido los cuidados de una madre —susurro—. No sé cómo ser madre. —Justo cuando digo eso, me doy cuenta de que ya no es verdad.

—No temas —dice la madre Ermentrude—. Piensa en Nuestra Señora, la madre del bello amor, del conocimiento y de la santa esperanza.

—No, pensaré en vos —le digo a la mujer que está arrodillada a mi lado como lo haría mi propia madre—. Sois una madre cariñosa para muchas hijas. Mirad lo mucho que os quieren, igual que yo.

Al oír eso, la madre Ermentrude esboza una sonrisa tan amplia que casi le desaparecen los ojos entre los pliegues y las arrugas de la cara.

Miro al bebé acunado en mis brazos. Su boca es una O perfecta, como la de un pequeño corista cantándole alabanzas a Dios. Sé que lo amaré de forma irracional. Seguro que eso es lo que sintió Gertrudis al ver a Hamlet recién nacido y lo que sintió mi madre al sostenerme en brazos antes de morir. Me viene el siguiente pensamiento a la cabeza: «Así, esto es el fruto de todo. No se trata del castigo de la muerte, sino del regalo de la vida».

La fuerza y el coraje me recorren el cuerpo como si fuera sangre renovada. Ahora, la pesada carga que he llevado durante tanto tiempo se eleva desde mi alma. Ya no tengo miedo cuando abro la boca y confieso:

—Mi hijo se llama Hamlet, como su padre, y es príncipe de Dinamarca.

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