Olga

Bernhard Schlink · Capítulo 10 de 55

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Olga

Capítulo 9

 

Hasta el otoño, Olga y Herbert podían estar solos en la linde del bosque o en el refugio de cazadores. Allí era donde ella estudiaba y donde él iba a encontrarla. Pero en octubre empezó a hacer frío y en noviembre cayeron las primeras nevadas. El organista le había dado a Olga la llave de la iglesia para que pudiera ensayar con el órgano y, a veces, sustituirlo los domingos. Así pues, Olga empezó a estudiar en la fría iglesia, donde solo se prendía la estufa durante las misas, aunque sí hacía menos frío que fuera. De hecho, a Olga le parecía que también hacía menos frío que en casa de su abuela, cuya gélida insensibilidad le helaba el ánimo a pesar del cálido hornillo. Ni Olga ni siquiera la propia abuela eran conscientes de que su inminente separación hacía que esta se mostrara más gélida e insensible de lo que era ya de por sí.

La iglesia, una construcción seudoclásica en arco de medio punto de 1830, tenía un palco para patronos que, con el amparo de la iglesia, había pasado de los aristócratas propietarios de la finca a la familia de Herbert. Este detestaba su butaca en aquel palco, donde cada domingo debía soportar las miradas de los parroquianos. Por eso tardó un tiempo en recordar que disponía de su propia estufa, construida bajo el suelo y que se encendía desde la escalera. Cuando hacía frío de verdad, incluso allí Olga y Herbert veían el vapor de su respiración, pero el suelo estaba relativamente caliente, el techo y el parapeto también los protegían un poco del frío de la nave y las sillas estaban tapizadas. Mientras estudiaba, Olga tejió un grueso jersey para Herbert y otro para ella. Con aquel jersey fantaseaba Herbert, podría pasar varios días en el refugio de cazadores y cobrarse el magnífico ciervo que su padre había visto pero no había logrado cazar.

Pero no estudiaba, aunque Olga habría estado encantada de que se sentara junto a ella. Cuando leía se impacientaba enseguida, pues le parecía que la acción podía desarrollarse con mayor rapidez hasta su objetivo, o el pensamiento de forma más directa hasta su conclusión. Su preceptor había mencionado a Nietzsche, la muerte de Dios, el superhombre y el eterno retorno, y Herbert esperaba encontrar respuestas a sus preguntas en Nietzsche. ¿Acaso Dios no estaba muerto también para él? ¿No quería también superarse a sí mismo? ¿No conocía a la perfección la armonía de la vida en el campo? Pero pronto también Nietzsche le resultó fatigoso, y se conformó con reunir unas cuantas expresiones suyas para dejarlas caer luego en alguna conversación. Nietzsche se refería a las dos castas sin las cuales es imposible toda cultura, una superior y otra inferior, a la fuerza y la belleza de las razas puras, a la fecundidad de la soledad, al hombre ideal, el hombre virtuoso y el superhombre, que se vuelve a un tiempo más poderoso, más profundo y más temible. Por todo ello, decide convertirse en superhombre y renunciar a todo descanso y reposo para hacer más grande Alemania y para crecer junto a esta, aunque eso le exija actuar con crueldad contra sí mismo y contra los demás. A Olga, aquellas palabras grandilocuentes le sonaban vacías, pero a Herbert se le encendían las mejillas y le brillaban los ojos, y ella no podía sino contemplarlo, prendada.

En todo el año no se acostaron. Nadie habría reprochado al hijo del terrateniente un galanteo con una muchacha del pueblo, y los habitantes del lugar habrían hecho la vista gorda si una de sus hijas hubiera tenido un escarceo con él. Pero Olga no veía a Herbert como el hijo del terrateniente, ni él la veía a ella como una muchacha del pueblo. Tampoco se relacionaban como dos hijos de terratenientes, ni como dos niños de familia burguesa. Se habían conocido al margen de las clases sociales y, por consiguiente, no se sentían atados por sus convenciones. Habían pasado la primavera y el verano en la linde del bosque, y el invierno en el palco de la iglesia; habrían podido acostarse, pero prefirieron no hacerlo y darse tiempo.

Se besuqueaban, se descubrían mutuamente, buscaban el calor mutuo, no podían estar separados. Hasta que Olga se desasía de sus abrazos, pues quería estudiar. Si Herbert no se había podido contener y se había corrido, se apartaba aliviado, desfallecido, el ceño fruncido, y al tiempo que su sexo se iba volviendo fláccido dentro de los pantalones mojados, se levantaba de un salto para salir a correr o, si había nieve, a dar una vuelta con los esquís.