Olga
Tercera parte
29 de agosto de 1913
¿Cómo pudiste engañarme así? Volverás antes del invierno, te pregunté, y tú me dijiste que sí. Era nuestra última noche juntos, habíamos hecho el amor, estábamos más cerca que nunca… Si en ese momento la verdad no era algo sagrado para ti, ¿cuándo lo será? ¿Siempre me has mentido así? ¿Acaso no soy para ti más que una niña a la que contentas con cualquier historia? ¿O es que me crees demasiado tonta como mujer para tus grandes pensamientos de hombre? ¿Querías protegerme de la verdad? Porque solo te has protegido a ti, no a mí: si hubieras sido sincero conmigo, yo lo habría sido contigo. ¿Crees que porque en Carelia te salió bien eres omnipotente? En Carelia tuviste suerte, nada más. Ha sido así toda tu vida, hasta que la suerte se te ha subido a la cabeza y te ha nublado la razón.
Dos miembros de tu expedición han abandonado ya. También a ellos les mentiste. ¿Querías hacer como Amundsen y anunciar la destinación final cuando ya no hubiera vuelta atrás, cuando ya solo quedara decidir entre victoria o muerte? Amundsen quería adelantarse a Scott; ¿a quién querías adelantarte tú? Dime, aparte de ti, ¿quién más tiene interés alguno por el Polo, la Tierra y el Pasaje del Nordeste? Amantes arrebatados en la flor de la vida… Me dijiste que el poema no tenía relación alguna con la expedición. Otra mentira. Quieres que tu perdición te convierta en un héroe. Pues vete. No, no quiero hacerme la ofendida, pero no creas que morirás como un héroe. Los héroes mueren por alguna causa importante. Tú, en cambio, morirás por nada. Sin ningún halo de intrepidez, sin utilidad alguna para la Humanidad. Te congelarás, nada más.
¿Cómo puedes hacerlo? ¿Renunciar a mí, a nuestro amor y a nuestra vida por un gesto vacío? Sé que no sirves para una vida burguesa que, por otro lado, yo nunca te he exigido. Pero teníamos una vida juntos, una vida de interrupciones, como la que deben afrontar tantos hombres y mujeres cuando ella se queda en casa y él tiene que marcharse a hacer de soldado, de investigador o de capitán. Era nuestra vida. Y aunque, cuando tú estabas lejos y sentías nostalgia, nos echáramos de menos, cuando finalmente te encontrabas a mi lado éramos felices. Era una felicidad accidentada, pero auténtica. Nuestra felicidad. ¿Es menos importante que el gesto con el que quieres dejarte arrebatar en la flor de la vida? Qué poema tan banal, por cierto: arrebatado en la flor de la vida. No hay arrebato alguno, nadie te empuja, con un halo de intrepidez, a serle útil a la Humanidad. La Humanidad empieza en el ser humano, en ti y en mí.
Cuántas veces me he dejado arrastrar por tu fascinación, por el brillo de tus ojos cuando hacías planes o me contabas cosas, cada vez que te marchabas y regresabas. Eras como un niño subyugado por el mundo y por la vida. Pero los niños no arriesgan sus vidas en el juego. Van hasta el límite, pero no más allá. Es parte de su encanto. Tu encanto, ahora lo veo, es un encanto corrompido.
Me has mentido, mentido doblemente. Si me hubieras contado lo que realmente te proponías me habría opuesto, te habría gritado y suplicado, habría llorado, lo habría intentado todo para quitártelo de la cabeza. Y si, aun así, hubieras seguido adelante, por lo menos sabríamos qué pensaba el otro. A lo mejor incluso te habría entendido y habría logrado ver, detrás de los gestos estériles y las palabras vacías, una verdad.
Al principio estaba furiosa. Ahora ya solo estoy triste. Has hecho pedazos todo lo que era nuestro. Y ¿para qué? Se me ocurren varias respuestas, a cuál peor: eras demasiado cobarde para la verdad, te habías acomodado demasiado o ni siquiera te paraste a pensar en lo que desencadenarías con tus mentiras. No sé cómo podremos seguir adelante.
31 de agosto de 1913
Mi querido Herbert:
¿Es esta la primera carta que te cae en las manos? ¡No leas la otra! Cuando me enteré de que ibas a pasar el invierno en el hielo me volví loca de preocupación. Te hice todo tipo de reproches. Me ha dolido que arriesgues tu vida y nuestra felicidad, pero no quiero reprocharte nada. Quieres ponerte a prueba, probar a tus hombres y el equipaje, estar preparado para cuando llegue el gran momento. ¿O acaso el momento ha llegado ya? Quiero creer en ti. Espero lo mejor para ti y rezo por ello. Espero que te llevaras la ropa y las provisiones adecuadas, que te entiendas con tus hombres y que no pierdas la confianza. En el periódico dicen que partiste demasiado tarde, que pronto llegará el invierno. Ahora sé que para ti no fue demasiado tarde. Tú no huyes del invierno, sino que lo buscas.
Todos mis reproches son para mí, no para ti. Desde que te conozco confías excesivamente en ti, y desde lo de Carelia crees que no tienes límites. Tu optimismo es cegador. Y a mí me fascina tu capacidad de entusiasmarte, de entregarte, de lanzar tu corazón por encima de todos los obstáculos, me fascina tu fulgor. Eres así, y no puedo amarte como te amo y, al mismo tiempo, esperar que seas razonable. Yo soy razonable. Soy yo quien debería haber hablado contigo, quien debería haber intentado disuadirte de pasar el invierno en el hielo. Y seguramente no lo habría logrado, pero a lo mejor sí.
Lo que te escribo no lo leerás hasta que todo haya terminado. Pero ¡cómo me gustaría poder acompañarte con mis cartas, que encontraras una nueva cada tanto! Cuando llegue el barco, cuando volváis a partir, cuando hagáis escala… Siento como si fueras a leer las cartas dentro de poco y fueras a inquietarte porque me preocupo, a sonreír porque me fascina tu esplendor, a fruncir el ceño porque habría querido disuadirte de pasar el invierno en el hielo. Tengo que hacer un esfuerzo y repetirme que escribo una carta que deberá aguardar mucho tiempo. Pero si la estás leyendo, quiere decir que has regresado a Tromsö, que acabas de mandarme un telegrama y que ya no tengo que seguir preocupándome. En cuanto lo sepas, mañana o pasado mañana, mándame otro telegrama y dime cuándo llega tu barco a Hamburgo. Estaré en el muelle, esperándote. Te echo de menos y seguiré echándote de menos cuando leas estas líneas. Hasta que vuelvas a estar conmigo.
Te acompaño con mis pensamientos y con mi amor. No sé cuánto tiempo más vas a pasar en el barco, ni cuándo llegarás a la Tierra del Nordeste. Ya me la imagino: nieve, hielo, montañas, rocas, glaciares, conchestas, témpanos, precipicios y, encima, un cielo nocturno donde el pálido sol asoma apenas unas horas tras el horizonte. Cada vez que me lo imagino me puede la inquietud. Rezo por ti, pero siento como si Dios no me oyera, como si estuviera tan lejos como tú, en algún lugar del norte, entre la nieve y el hielo. Aunque tal vez sea mejor que esté donde estés tú. Que Dios te proteja, amor mío.
Tuya, OLGA
21 de septiembre de 1913
Herbert, a quien dedico mi primer pensamiento al despertar y el último antes de dormirme:
Hoy es domingo, se ha terminado ya la misa, ya he tocado el órgano en la iglesia y, como no hay escuela, no puedo pensar en los niños en lugar de pensar en ti. Hemos tenido unos cuantos días soleados y cálidos, de verano, pero hoy el otoño se huele ya en el aire, y, si te fijas en los árboles, asoman ya las primeras hojas amarillentas. No puedo pensar en el clima sin pensar también en ti: que Dios te dé un clima benigno. Hace tres semanas volvió a empezar el curso. Como siempre, durante la primera semana los niños tenían el corazón todavía en las vacaciones, no podían estarse quietos y durante el recreo correteaban y se peleaban como cachorros. Muchos habrían preferido volver a la cosecha, donde los he visto matarse trabajando. Durante la segunda semana estuvieron silenciosos y taciturnos, como siempre también, como si se hubieran rendido. Durante la tercera han despertado por fin y desde entonces participan más. Cada vez, durante esa segunda semana, temo que el silencio de mis alumnos se prolongue durante el resto del curso, pero siempre llega la tercera semana salvadora.
Por suerte, la visita secreta del inspector de Educación ha tenido lugar durante la tercera semana. El tipo tenía un aspecto severo y al final de la clase insistió en dirigir el canto de los niños, pero no logró arrancarles ni una nota hasta que se quitó el monóculo y se unió a ellos, entonando con voz enérgica. Fue amable conmigo. Me contó que los responsables del departamento recibieron mi traslado a Gumbinnen con preocupación. Que habían oído rumores y que, aunque el departamento no se rige por rumores, tiene la obligación de detectar y prevenir riesgos. En cualquier caso, di una buena clase y el inspector dijo que se alegraba de poder contar conmigo entre los maestros y maestras del distrito. Le pregunté de qué rumores se trataba. «Dejémoslo estar —respondió él—. En su expediente no consta nada».
Por entonces solo sabía que Viktoria le había hablado mal de mí al cura. Debió de hablarles de mí también a todos los padres de sus amigas, que deben de ser nobles, militares o acaso directores provinciales. Sigo sin entender a Viktoria. No entiendo que haya renegado de mí. En su momento fui a verla, pero ella pasó de largo, se marchó calle abajo y se escondió tras la verja de la escuela. Yo sabía dónde estaba y le hablé, pero ella ni contestó ni salió de detrás de la verja. Y yo no quise arrancarla de un tirón, aunque a lo mejor debería haberlo hecho.
¿Por qué, Herbert? ¿Porque ya no soy la huerfanita pobre que se contenta con las migajas que caen de su mesa? ¿Porque he estudiado? Hay personas en el departamento —no el inspector, pero sí otros— que también me dicen que no me crea especial por haber estudiado. Que no soy más que una maestra. Un día, para rememorar tu charla, fui a otra charla organizada por la Sociedad Nacional de Tilsit, esta sobre los preparativos de las Olimpiadas de 1916 en Berlín. En un momento dado pedí la palabra para hacer una pregunta y me ignoraron, hasta que me levanté y entonces me dijeron que se había terminado el tiempo. ¿No es suficiente que no podamos votar? ¿Que ganemos menos que los maestros? ¿Que no podamos ser directoras de escuela? ¿No es suficiente con que nos arrinconen, también tienen que humillarnos?
Nunca he hablado de estas cosas contigo, ni tampoco sobre Viktoria. Siempre me ha podido el orgullo y además temía lo que pudieras decir. Ya sé que no estabas conforme con que fuera al seminario y me hiciera maestra, pero ¿qué otra cosa podría haber sido? Y ¿podría haber sido tu compañera si hubiera terminado siendo sirvienta o me hubiera metido a trabajar en la fábrica? ¡Qué hermoso fue el otoño, mientras tú escribías tu charla y tus cartas, y me las leías y hablábamos de ello! Tú estabas sentado en un extremo de la mesa mientras, en el otro, yo hacía punto, cosía o pegaba etiquetas en los botes de mermelada que habíamos preparado. ¿Te acuerdas?
¿Echas de menos nuestro cuartito silencioso? Cuando regreses del frío, ¿podrá resultarte tan familiar y amable que dejes de sufrir la nostalgia de la lejanía? Vuelve a casa, amor mío, vuelve a casa.
Tuya, OLGA
19 de octubre de 1913
Vuelvo a estar contigo, Herbert. Pero ¿cómo iba a ser de otro modo? Tú has pasado toda la tarde conmigo y me has ayudado a preparar mermelada.
Ayer fui en tren a Mehlauken y cogí siete libras de frambuesas en los montes altos. Podría haber cogido muchas más, pero se puso a llover y tuve que dejarlo. Una lluvia fría de otoño, que ha caído toda la noche y todo el día de hoy sobre el tejado del cobertizo. Ahora ha vuelto la calma. En la cocina hace calor, he abierto la puerta para que entre el aire frío.
¿Te acuerdas de cuando vertí el azúcar en el agua fría, con el puchero grande sobre el fuego bajo, y la fui calentando y despumando hasta que se volvió líquida? ¿De cómo luego añadí las frambuesas y las fui removiendo e hirviendo hasta obtener un almíbar espeso? Tú lo mirabas todo con los ojos muy abiertos. El año anterior la mermelada había salido demasiado dulce, por lo que esta vez usé menos azúcar. Siete libras de frambuesas por ocho de azúcar. ¡Al final llené veintidós tarros! ¡Cómo me gustaría que hubieras vuelto a sulfatarlos, tarros y tapas! ¿Te acuerdas? Sujetaste la mecha de azufre con las tenazas, volviste los tarros y los fuiste sulfatando uno tras otro, yo los rellené con el almíbar de frambuesa y los regué con una cucharadita de aguardiente francés, y finalmente colocamos las tapas sulfatadas encima de los tarros y las cubrimos con pergamino. Sin ti, he tenido que ser rápida y precisa como una máquina. Lo he conseguido, pero te he echado de menos. Te echo de menos siempre que hago algo que en su día hicimos juntos y que ahora tengo que hacer sola. Y también cuando hago sola algo que todavía no hemos podido hacer juntos, pero que sé que podríamos hacer.
Lo único bueno de nuestra separación es que puedo escribirte y contarte lo mucho que te echo de menos. Cuando estamos juntos y te digo lo mucho que te he echado o te echaré de menos, tú siempre frunces el ceño y prefieres no oírlo. Piensas que querría retenerte y prohibir que te marcharas. Pero yo no te retengo. Y ya sé que tienes que marcharte. Es solo que te echo de menos.
Estoy muy contenta con la mermelada que he hecho hoy. Los tarros se irán endulzando con el paso del invierno. Y cuando apure los últimos tarros untando el pan, tú estarás ya de vuelta.
Tuya, O
Primer domingo de Adviento de 1913
El noviembre ha sido espantoso. Eik tuvo difteria, pero de entrada el médico no supo diagnosticarla. Empezó con fatiga y dolor de garganta, luego Eik se quejó de dolor de barriga y finalmente vomitó. Nada serio, pensamos cuando le dio fiebre moderada: es mejor no dejar que los niños jueguen al aire libre en los días fríos y húmedos de otoño, como si todavía fuera verano. Pero la fiebre subió y el médico vino a visitarlo. Un señor mayor, callado y amable, que vive en Schmalleningken y se ocupa de los pueblos. Ha traído al mundo a todos los niños de la región y ha cerrado los ojos de todos los muertos. El hombre hace lo que puede y hasta hoy nadie se ha quejado de que sea duro de oído y le falle la vista. Tampoco va muy fino del olfato: no se percató del mal olor que desprendía la boca de Eik, y yo, que sí lo olí, no sabía que era un síntoma de difteria.
¡Cómo sufrió Eik! Tosía y chillaba, primero solo de noche, pero luego también durante el día. No podía tragar, apenas podía hablar y respirar. Su cuerpo candente, su dolor, el temor a contagiar a los demás… Los niños no deberían sufrir así, y yo me habría cambiado gustosa por él. Cada día, después de la escuela, volvía a casa corriendo y le aplicaba compresas frías en el cuello y en las piernas, le refrescaba la cara, le daba vino tinto con yema de huevo, infusiones de equinácea y de ajo, con una sensación de impotencia y desesperación absoluta. Era como si Dios no oyera mis plegarias, como si realmente se hubiera marchado muy lejos, como si yo misma le hubiera pedido que te acompañara a ti en lugar de acompañar a Eik, que protegiera al hombre al que quiero en lugar de proteger a aquel niño. Cuando no estaba cuidando a Eik, lloraba, y si me dormía, volvía a despertarme de inmediato.
La impresión de que aquel médico había pasado algo por alto me empujó hasta la biblioteca de Tilsit. Encontré un artículo sobre difteria y cuando fui a ver al médico y le señalé los síntomas, este no se ofendió, sino que se mostró muy razonable. Era tarde, dijo, Eik debería haber recibido la antitoxina antes de transcurridos tres días desde la aparición de los síntomas. Pero resultó no ser demasiado tarde, y, desde que recibió tratamiento, está remontando. Está débil y seguirá estándolo mucho tiempo, no puede cansarse, ni siquiera incorporarse. Pero ¡qué felicidad poder cuidarlo mientras se recupera en lugar de hacerlo con la preocupación de verlo enfermar cada vez más!
Hoy es el primer día en que lo he podido dejar a solas. El primer día en que puedo volver a pensar en el colegio, en que hay que reparar el tejado y en el carbón para el invierno, que todavía no ha llegado. También pienso en ti, pero eso lo he hecho cada día. Tendrías que haberme acompañado junto a la cama de Eik. Tú eso no lo entiendes y la prudencia me dice que no debo reprochártelo, pero siento el corazón lleno de quejas.
Te veo ante mí, tal como me mirarías si pudieras oírme: sin saber qué espero de ti, ofendido porque tú no has hecho nada que merezca mis quejas, culpable por no quererme tanto como yo te quiero a ti, pero con la esperanza de que todo se arregle pronto. Eres un niño, Herbert.
Tuya, OLGA
Segundo domingo de Adviento de 1913
Querido Herbert:
Tal vez si no hubieras arriesgado tu vida no te lo habría dicho nunca. Pero de pronto lo que era imposible se ha vuelto posible y lo que antes era innombrable de pronto puede decirse.
Eik es tu hijo. Pensé que te darías cuenta cuando lo viste por primera vez, y si no la siguiente vez, la tercera o por lo menos la cuarta. Creí que ibas a reconocer la carne de tu propia carne. ¡Se te parece en tantas cosas! En la estatura, en tenacidad e intrepidez, en su candoroso egoísmo, con el que causa dolor a los demás, aunque en realidad él no quiere causarles dolor: simplemente no lo ve. Cuando algo lo atrae, cuando algo le sale bien, brilla como tú.
Pocas semanas después de que partieras hacia el África del Sudoeste Alemana descubrí que estaba embarazada. Que mi cuerpo estaba bendecido, así es como lo viví en su momento, aunque no sabía cómo iba a resolver aquella situación. Hoy sigo sintiendo lo mismo: Eik es una bendición en mi vida.
Tuve suerte. Sanne es la hermana de una amiga del seminario. Ella me asistió durante el parto, notificó que había encontrado a Eik abandonado y lo adoptó, y las autoridades se alegraron de saber que las necesidades del niño estaban cubiertas. Yo la ayudo con todo lo que puedo. No se trata de dinero: nos hemos hecho amigas. No cría a Eik como su propio hijo, pues yo tampoco querría que lo hiciera. Le ha contado que lo encontró, le gustó y decidió quedárselo. Él sabe que lo quiere y que también lo quiero yo, una amiga de Sanne, una especie de tía.
Pasé mucho miedo, miedo a que alguien se percatara de que estaba embarazada. A que los dolores empezaran mientras me mudaba aquí. A dar a luz antes de que llegara Sanne. A gritar durante el parto. Pero todo salió bien. Me confeccioné todas las prendas necesarias, envié a la muchacha del vecino a por Sanne en el momento preciso y no grité. Eik llegó al mundo un día después de que yo llegara aquí.
¿Por qué no te dije nada? Habría estado encantada de hacerlo si lo hubieras reconocido. Si no como tu hijo, por lo menos como mi felicidad. Pero no supiste verlo, y por eso es mío y de nadie más. Solo quiero que, cuando regreses, sepas quién soy. Ya no soy tan solo la mujer a la que conoces y que te ama. También soy la madre de Eik.
A veces me despierto y siento que no volverás. A veces despierto y siento que volverás, pero que yo ya no estaré. ¡Cómo se burla de nosotros el miedo! Pero si así sucede, tienes que ayudar a Sanne. Sin exigencias, sin esperanzas y, a ser posible, sin palabras.
Tuya a las duras y a las maduras,
OLGA
Navidad de 1913
Todo está blanco. Ya lo estaba en mi última carta, pero mientras la escribía no tenía ojos para eso. Tampoco hacía un día tan hermoso como el de hoy. Ayer por la mañana empezó a nevar y no ha parado hasta esta mañana. Cuando ayer fui a la iglesia para ensayar por última vez con el coro antes de la Nochevieja todavía había luz, pero la nevada era tan intensa que trabajo me costó encontrar el camino. Durante el trayecto de vuelta estaba ya oscuro y me pasé de largo de mi casa. No tardé en encontrarla, tampoco es que haya tantas casas, pero por un momento me vi perdida en la oscuridad, la nieve y el frío. Como tú.
Ahora el cielo está azul, brilla el sol y la nieve resplandece. Después de la misa he pasado un rato con Eik, pero he tenido que regresar pronto. El vecino me había prestado su trineo y su caballo (de otro modo no habría podido ir a verlo) y los necesitaba los dos por la tarde. Me habría gustado quedarme un rato más y también pasar más tiempo viajando en trineo sobre la nieve. Ahora estoy sentada a la mesa, contemplando el campo en toda su amplitud. El blanco le ciega a uno los ojos. Un águila ratonera da vueltas en el cielo. De vez en cuando se lanza en picado y encuentra un ratón bajo la nieve, aunque para mí es un enigma cómo lo hace. ¿Será la misma que vimos durante nuestro último pícnic?
¿Dónde estás, amor mío? ¿En el barco, atrapado en la banquisa? ¿En tu refugio? He leído que pescadores, cazadores y exploradores han construido refugios en las islas del archipiélago de Spitsbergen. ¿O tal vez estás en un iglú? He leído también acerca de las agradables viviendas que los esquimales construyen con apenas nieve y hielo, y solo espero que sepáis tanto como ellos. Este año tampoco tenemos árbol de Navidad: si tú no tienes uno, yo tampoco lo quiero. Pero sí tendrás alguna luz, una vela o un candil. He encendido la vela roja y gruesa que compramos el año pasado y que todavía aguantará un tiempo. La próxima Navidad volveremos a encenderla juntos.
Justo hoy hace tres años me preguntaste si quería casarme contigo y no comprendiste que yo te dijera que no. No se trataba solo del puesto que acababa de perder, ni de qué haría sin él mientras tú te marcharas de viaje, algo a lo que no ibas a renunciar. Tampoco era el miedo a que, cuando tus padres rompieran contigo y te desheredaran, terminaras cogiéndome ojeriza. Ni tampoco el miedo de pensar de qué vamos a vivir cuando la herencia de tu tía se agote. Fue por Eik. No podríamos haber confesado nuestra paternidad sin provocar con ello un escándalo, y vernos sujetos a juicio y prisión. Ni siquiera podríamos haberlo acogido: no se traslada a un niño de un hogar de acogida a otro si no existe una necesidad concreta. Así pues, no nos habría quedado más remedio que vivir tú y yo como marido y mujer, mientras él, nuestro hijo, vivía lejos de nosotros. A mi parecer, eso habría sido inconcebible.
Y todavía hay algo más. Sabes cuánto me habría gustado de niña contar con una familia que me quisiera, me respaldara y me ayudara. Pero no la tuve y no me quedó más remedio que hacerlo todo yo sola. Eso mismo hice con Eik: di a luz y me ocupé de él sola. He conseguido muchas cosas y me siento orgullosa de ello. Para mí ya es demasiado tarde para aprender a vivir como queréis los hombres. Nunca me amoldaré ni me subordinaré. ¿Podrías tú aprender a vivir conmigo en esas condiciones? ¿Lo querrías?
A veces sueño con ello. Sueño que regresas y me preguntas todas las cosas que no me has preguntado nunca: cómo me gustaría vivir, o si preferiría hacer otra cosa que dar clases a niños que no quieren aprender, qué me gustaría ver del mundo, adónde querría viajar y dónde querría vivir, y cómo podrías ayudarme. En Prusia las mujeres pueden incluso estudiar en la universidad. Ni siquiera tendría que mudarme a Zúrich o Berlín.
Te saludo desde mis sueños.
Tuya, OLGA
Año Nuevo de 1914
Amor mío:
Pasé la Nochevieja en casa de Sanne, he dormido allí, y hoy me he levantado pronto y he vuelto a casa a pie. De repente, entre Navidad y Nochevieja el tiempo se volvió más cálido, la nieve empezó a derretirse, pero entonces llegó el frío de nuevo, la nieve se congeló y esta mañana los cristales de hielo brillaban bajo el sol con tanta fuerza y tan hermosos como no los había visto nunca. ¡Ojalá hubieras estado ahí conmigo!
Ayer por la noche Eik volvía a estar tan alegre y lleno de vida como antes de la enfermedad. Los hijos mayores de Sanne podían quedarse despiertos hasta la medianoche, pero a Eik lo mandaron a la cama con los pequeños
después de fundir el plomo en agua fría[7] y protestó amargamente. Eso sí, fue acostarse y dormirse al instante. Quiero preguntarle al médico si todavía requiere cuidados especiales. Si es así, velaré porque no se canse, aunque a veces no sea nada fácil convencerlo.
Me he propuesto muchas cosas para el año nuevo. Quiero un piano y tocar todas las sonatas de Beethoven. Quiero una bicicleta para poder ir a visitar a Eik más fácilmente y también para poder ir a conciertos y conferencias en Tilsit sin tener que estar pendiente de si podré volver en tren. Para ambas cosas, aunque las compre usadas, necesitaré dinero. Sanne y yo queremos hacer mermelada y venderla en el mercado de Tilsit. Yo quiero criar gallinas y tener una cabra. La leche de cabra siempre me había horrorizado, no sé por qué, pero hace poco la probé por primera vez y me pareció deliciosa. También quiero leer la Divina Comedia de Dante.
Y quiero hablar mucho contigo. A lo mejor estoy equivocada. A lo mejor un abogado nos revelaría la forma de reconocer a Eik como hijo y llevárnoslo a vivir con nosotros sin terminar en la cárcel por no sé cuántos delitos. A lo mejor podemos casarnos. Si pierdo mi puesto puedo escribir un libro sobre tu expedición: solo tienes que contármelo todo. El éxito del libro nos permitirá sobrevivir cuando se termine la herencia de tu tía. O a lo mejor tus padres se apiadan de ti. ¿Qué van a hacer con la finca si no te la dejan en herencia?
Ay, Herbert: ayer acabé el año viejo junto a un Eik alegre y lleno de vida, hoy empiezo el año nuevo con esta mañana radiante… ¡Estoy muy esperanzada! ¡A lo mejor 1914 será nuestro año!
Tuya, OLGA
2 de enero de 1914
Hoy el Tilsiter Zeitung informa de que vuestro barco está atrapado en la banquisa. Que tú y tres de tus hombres desembarcasteis, pero que no pudieron recogeros en el lugar convenido. El capitán ha abandonado el barco y, con grandes esfuerzos y un enorme sufrimiento, ha logrado llegar a un asentamiento humano.
¿Dónde estás, amor mío? ¿Has decidido pasar el invierno en un refugio? ¿O has regresado al barco y pasarás el invierno allí? ¿O has partido hacia algún asentamiento y, como con el capitán, pronto tendré noticias tuyas a través del periódico? Él llegó totalmente agotado y medio congelado. He leído que primero se te congelan los dedos de los pies, pero que sin dedos uno todavía puede caminar, correr y bailar. Aunque si corres un poco menos y pasas más tiempo conmigo tampoco me parecerá mal, y por muy agotado que estés, no te preocupes que yo te mimaré. Por lo demás, no es que bailáramos juntos demasiado a menudo; de hecho, tan solo bailamos una vez, cuando en Nidden hubo verbena y al principio tú no querías, pero luego bailaste conmigo con total alborozo. Más alborozo no existe. Fue un baile tirolés. Me encantaría bailar un vals contigo y, como yo no sé y seguramente tú tampoco, tomar clases con un profesor de baile.
¡Me gustaría hacer tantas cosas contigo! Bailar, patinar sobre hielo, esquiar, ir a buscar setas y arándanos, leerte y que me leyeras, dormirme y despertar contigo, viajar en tren y en coche de punto y alojarnos en un hotel, como la gente rica. La idea de acompañarte al Ártico no me atrae, pero ahora me encantaría estar contigo, aunque en el barco, en el refugio, en nuestra tienda de campaña o en nuestra cueva hiciera un frío helador. Nos daríamos calor mutuamente.
Tuya, OLGA
17 de febrero de 1914
Amor mío:
Ayer un equipo de salvamento alemán partió para buscaros. En enero, justo después de la aparición del capitán, se movilizó un equipo de salvamento noruego, pero debido al clima adverso tuvo que abortar la misión y emprender el camino de regreso. El equipo alemán es optimista. Pero tú también eras optimista, los alemanes siempre son optimistas y los noruegos conocen mejor el territorio. La preocupación no me deja dormir.
Y la visita de tu padre todavía ha empeorado más las cosas. Sí, lo has leído bien: tu padre ha venido a verme. Hoy me estaba esperando a la salida de la escuela. Lo he reconocido de inmediato, incluso después de tantos años. Ha envejecido y ahora lleva bastón, tiene el pelo blanco y la cara llena de manchas. Pero iba vestido con abrigo de pieles y calzaba borceguíes, y aguardaba muy erguido entre la nieve sucia acumulada ante la escuela. Camina muy tieso, aunque se nota que no le resulta fácil, conserva la voz recia y lleva una empuñadura de plata en el bastón.
Quería averiguar qué sabía yo sobre tus planes. Tu madre y él esperaban tu regreso antes del invierno, lo mismo que yo, y ahora se preguntan si les mentiste y desde el principio tenías intención de pasar el invierno en la Tierra del Nordeste o si tienes otros objetivos, como el Pasaje del Nordeste o el Polo Norte, de los que ellos no sepan nada. Tu padre quiere organizar otra expedición de salvamento en marzo, cuando el clima mejore y el éxito esté asegurado. ¿Dónde deben buscarte?, quería saber.
Hemos paseado por las calles cubiertas de barro y hemos tomado la calle que va de la escuela a mi casa. El coche de tu padre nos ha seguido, aunque se trata de un trayecto de apenas unos centenares de metros. Ya en el apartamento, tu padre ha echado un vistazo alrededor, como si esperara una miseria espantosa y lo sorprendiera constatar lo acogedor que era todo. No se ha quitado el abrigo, pero se ha sentado. Yo he preparado un té y le he contado las pocas cosas que sé. Él me ha escuchado y al final se ha quedado sentado sin decir nada y ha asentido un par de veces con la cabeza.
Entonces se ha levantado. A diferencia de tu madre y, sobre todo, de Viktoria, tu padre nunca fue condescendiente conmigo, sino que tan solo mantenía las distancias. Del mismo modo que exigía amabilidad y respeto, a mí, por joven que fuera, siempre me trató con respetuosa amabilidad. A veces, si la familiaridad de nuestra relación lo incomodaba, se mostraba lejano, pero nunca perdía la cortesía. No es posible salvar el abismo existente entre terrateniente y pequeñoburguesa, o como quieras llamarme, con más elegancia.
Se ha detenido ante mí, ha levantado la cabeza y entonces me he dado cuenta de que estaba llorando. Las lágrimas le rodaban por las mejillas, ha cerrado los ojos y ha apretado los labios, le temblaban los hombros. «Lo siento —ha repetido una y otra vez—. Lo siento». Me he acercado a él y quería abrazarlo, como suelo hacer con mis alumnos y alumnas, y a veces incluso con personas mayores, pero él ha negado con la cabeza y ha dado media vuelta. Lo he seguido hasta la esquina y lo he visto subirse a su coche y marcharse.
«Lo siento…». La frase resuena todavía en mis oídos, espantosa, como si se refiriera a tu muerte, un doliente hablando a otra doliente. Aunque no puede tratarse de eso: todavía cree que es posible salvarte, va a organizar una expedición… Pero, entonces, ¿qué es lo que siente? ¿Y por qué ha venido? Le podría haber contado lo que sé por escrito, no tenía más que mandarme una carta.
Estoy confundida y la confusión exacerba mi preocupación. Si estás de camino a un asentamiento, resiste. Y si tienes que refugiarte en una cabaña, resiste hasta que puedas seguir adelante o vengan a salvarte.
Yo te sostendré con mi amor.
Tuya, OLGA
8 de marzo de 1914
¡Es primavera! He dormido en casa de Sanne y a primera hora he salido a los campos. Si te fijas en los arbustos y los árboles de cerca, los brotes verdes apenas se ven. Pero cuando ha salido el sol, el cielo tenía una claridad reluciente, los pájaros cantaban y sobre los bosques flotaba un hálito verde. Las campanitas chinas que crecen junto a la entrada de la iglesia tienen ya capullos amarillos.
La primavera me infunde ánimos. Mientras aquí era invierno, te imaginaba a ti también en invierno. Ahora siento que también allí tiene que ser primavera, que la nieve y el hielo estarán ya derritiéndose y que asomarán las rocas y correrán los riachuelos. ¿Te acuerdas de cuando me preguntaste qué crece en el desierto de hielo? En el desierto de hielo no crece nada, pero en la Tierra del Nordeste crece la tundra, y en primavera, aquí y allá, asoma el verde bajo la nieve y a lo mejor brotan también algunas florecillas. Ya sé que donde estás tú todo va más tarde que aquí, pero cuando llegue el momento y veas las primeras flores, ¿pensarás en mí? Sí, lo harás, estoy segura.
¿Qué es la añoranza? A veces es como un objeto que no puedo pasar por alto, que no se puede mover, que a menudo obstruye el camino, pero que forma parte de la habitación y al que ya me he acostumbrado. Y entonces, de repente, me cae encima como un rayo y me falta poco para gritar.
No te quiero presionar, ¿cómo podría hacerlo? Vuelve cuando tengas que volver. Pero no pienso dejar que te marches otra vez.
Tuya, OLGA
15 de marzo de 1914
Mi esposo:
Porque eso es lo que eres, nos hayamos casado ante el Estado y la Iglesia o no. Eres el padre de mi hijo. Eres mi esposo.
Fui con Eik a Tilsit y al pasar por delante del estudio de fotografía de Wilhelm Nagelhort no pude resistirme. Entré y pedí que nos sacaran una foto, que incluyo en esta carta. Habríamos podido fotografiarnos ante un decorado: había un lienzo con unas dunas, uno con un bosque de encinas y otro con una muralla medieval. Pero no he querido. Prefiero que en la foto salgamos solamente nosotros dos: yo sentada en el taburete y Eik a mi lado. A él le resultó todo un poco inquietante: los lienzos, los accesorios (entre otros una piel de león con cabeza y todo, un pequeño cañón y un caballo de madera con arreos de cuero), el enorme aparato fotográfico sobre el trípode de delgadas patas y Wilhelm Nagelhort debajo del paño negro. ¡Y la luz de magnesio! Lo avisamos de que el destello iba a deslumbrarlo, pero aun así se asustó, se levantó y se quedó petrificado. Antes de eso se había apoyado en mí, un gesto que me había gustado mucho.
Aunque la verdad es que no es nada dado a apoyarse ni a acurrucarse. Se está convirtiendo en todo un jovencito. Me recuerda a ti. Tiene los ojos tan azules y claros como los tuyos. Será más alto que tú, pero igual de robusto y fornido. No corre, pero también él quiere estar siempre en otro lugar, aunque no sabe dónde.
¿Alguien más va a reconocerte en él? Yo lo hago. Me hace feliz. Me entristece. Si estuvieras aquí y pudiera decirte: «Mira con qué terquedad patalea Eik, igual que tú», te reirías y dirías: «Yo escondo la terquedad en la barbilla. Eik tiene la misma barbilla que yo». Discutiríamos sobre quién es más terco, si tú o yo, y Eik, que no se daría cuenta de que la discusión no va en serio, se preocuparía e intentaría reconciliarnos, y entonces nos abrazaríamos los tres.
Ha salido otra expedición a la Tierra del Nordeste. Dicen que la financia el conde Zeppelin. ¿Se supone que todas estas expediciones deberían alentarme? Porque en realidad me dan miedo.
Tuya, como tú eres mío, OLGA
5 de abril de 1914
Queridísimo Herbert:
Hoy es Domingo de Ramos y hemos cantado el motete coral de Rey del cielo, bienvenido seas. Yo habría querido hacerlo con un coro y una orquesta más grandes, pero sea como sea mi coro tiene voces potentes y el órgano ha sustituido la orquesta. Yo me he encargado de la dirección, he tocado y he cantado, y el cura, que por lo general no dice nada, me ha felicitado.
Vuelve a hacer frío. Dice el periódico que desde 1848, cuando empezaron los registros meteorológicos, no teníamos unos días de abril tan fríos. La floración de los árboles ha quedado truncada y las familias pobres no saben de dónde sacar dinero para el carbón. Yo tengo la estufa prendida, té caliente y mala conciencia, porque me va bien. Espero que este clima anómalo sea más benévolo contigo.
Acabo de levantarme, he ido hasta el armario de la cocina y, detrás de las reservas de azúcar y miel, he encontrado tus apuntes. Como si hubieras querido escondérmelos. ¿O querías encontrarles un lugar donde no me molestaran? ¡Tus apuntes no me molestan!
No, eso no es verdad. Los he leído y me he enfadado. La magia de la lejanía, la infinitud del desierto y el Ártico, tus ganas de marcharte adonde sea, tus fantasías coloniales… ¡menuda sarta de sandeces! Y ya sé que no son solo cosa tuya. No pasa una sola semana sin que lea algo sobre el futuro de Alemania en los océanos, en África y en Asia, el valor de nuestras colonias, la potencia de nuestra flota y nuestros ejércitos y la grandeza de Alemania, como si nuestro país fuera un traje que se nos hubiera quedado pequeño y de repente necesitáramos uno más ancho.
Es cierto que tú sueñas desde hace mucho más tiempo que los demás. Has amado desde siempre el vacío, la soledad del desierto y del Ártico; todavía no los conocías y ya te atraían. Más tarde empezaste a hablar de plantaciones, fábricas y minas en el desierto y del Pasaje del Nordeste. Así encubrías tu amor por el vacío, tal como políticos y periódicos encubren su amor por el vacío apelando a objetivos económicos y militares. Porque los objetivos no importan, son chiquilladas rimbombantes, como lo es también la grandeza de Alemania. A veces leo y oigo que pronto estallará la guerra. De las colonias en una guerra no quedará nada de nada y nadie le va a prestar a Alemania ese traje grande que no necesita.
Los franceses, ingleses y rusos hace ya tiempo que tienen una patria, desde cuando la de los alemanes no era más que fantasía, no en la tierra, sino en el cielo. Heine ha escrito sobre ello. En la tierra estaban divididos y desunidos. Y cuando Bismarck les trajo finalmente la patria, se habían acostumbrado tanto a fantasear que ya no pudieron parar. Y en ello siguen, obcecados ahora con la grandeza de Alemania, con sus triunfos en océanos y continentes lejanos y con prodigios económicos y militares. Esas fantasías se pierden en el vacío, un vacío que es precisamente lo que amáis y perseguís. Tú escribes sobre entregarte a algo superior, pero en realidad piensas en perderte en el vacío, en la nada. Yo le tengo miedo a esa nada donde tú quieres perderte, y un miedo mayor todavía a que te pase alguna desgracia. En su día no me tomé en serio lo que escribías. Me resultaba totalmente ajeno y, sin embargo, no me importaba porque te tenía cerca. Pero ahora estás tan lejos. Leyendo tus apuntes te me apareces como un extraño y me doy cuenta de que ya entonces eras un extraño para mí.
Pero me aferro desesperadamente a ti.
Tuya, OLGA
6 de abril de 1914
Amor mío:
Todo lo que escribí ayer es verdad, y sin embargo…
Me fascinan tu resplandor, tu tenacidad, tu perseverancia. Cuando te sobreviene algún infortunio, te lo sacas de encima como el perro que, al salir del agua, se sacude y lo llena todo de gotas. Nunca supiste consolarme cuando estaba triste, te quedabas junto a mi dolor como un niño desvalido. Pero al rato, ya desde pequeños, siempre se te ocurría arrancarme de la tristeza con una locura o una tontería. ¿Te acuerdas de mi desesperación cuando mi abuela me escondió los libros, y cómo tú te teñiste el pelo y te pintaste unos bigotes con betún para entrar como un ladrón en casa de mi abuela y recuperarlos? ¿Y cuando estábamos sentados junto al Memel y yo estaba triste porque no podía llevar a mi alumno preferido al instituto de Tilsit y tú te encaramaste al álamo, hasta una altura vertiginosa, para demostrarme que cuando alguien quiere llegar alto puede hacerlo? Tienes una fantasía y unos anhelos desbordantes y por eso merecías unos objetivos mejores que los que te ha brindado la época que nos ha tocado vivir.
Acaso todavía logres encontrarlos.
Y junto a ese lado desbordante tienes otra cara que no me fascina menos. De hecho, a lo mejor incluso me fascina más. Tu fidelidad. Nunca te lo he preguntado y no ha hecho falta que tú me lo aseguraras, porque simplemente lo sé: nunca has tenido a otra mujer, ni en los burdeles de Berlín, como otros oficiales, ni tampoco durante tus viajes. Cada vez que, después de una temporada corta o larga, volvías junto a mí, me preguntabas si todavía te amaba, si todavía te quería junto a mí, no porque hubieras hecho algo que pudiera haberte costado mi amor, sino porque mi amor hacia ti te parecía un milagro que te costaba creer. Cuando te marchabas, te despedías siempre con un: «No me olvides», como si yo pudiera olvidarte. Tardé bastante en comprender que tú simplemente querías un lugar tan estable en mi corazón como el que yo ocupo en el tuyo. Eres un poco miedoso, aunque nunca lo hayas querido admitir, pero no eres ningún pusilánime: siempre has sido un amante apasionado y, al mismo tiempo, dulce y delicado. Te has ido formando tus propias expectativas vitales, del mismo modo que yo me he formado las mías. Pero el espacio destinado al amor lo hemos construido juntos, y ahí nunca hubo nada que tú te quedaras solo para ti, ni yo para mí. Ahí siempre te entregaste a mí como yo me he entregado a ti. Ay, amor mío. Cuando estás conmigo, no me cuesta nada conciliar tus dos caras. Como cuando cantas La canción de los alemanes junto a mí, y primero entonas el «Deutschland über alles», y luego te entusiasmas con las mujeres alemanas y la lealtad alemana, me sonríes y me coges de la mano.
Tuya, OLGA
11 de abril de 1914
Herbert, amor mío:
El periódico vuelve a ir lleno de noticias sobre vosotros. Hace unos días, cuatro noruegos que partieron con vuestra expedición llegaron al mismo asentamiento al que llegó el capitán del barco a finales del año pasado. No sabían nada de ti: han pasado el invierno en el barco, atrapados en la banquisa, y lo han abandonado en primavera.
Pero han sobrevivido al invierno, y el periódico dice que, si es posible hacerlo en un barco, también lo es en una cabaña o incluso en una tienda bien ubicada y asegurada. A lo mejor tú y tus hombres habéis logrado regresar al barco. Durante el próximo mes todavía hay esperanzas de que un día aparezcáis en el asentamiento, o de que alguna de las expediciones que andan buscándoos os encuentre.
El 12 de mayo se cumplirán cuatro años desde que presentaste tu charla sobre la misión de Alemania en el Ártico ante la Sociedad Nacional de Geografía e Historia de Tilsit. La sociedad tiene previsto conmemorar la fecha con un acto de recuerdo de tu charla. Más que de rendirte honores, tienen la esperanza de poder saludarte, pues aseguran que ahora mismo los auspicios para tu rescate son favorables.
No, no empezaré otra vez con tu nostalgia por la lejanía, pero hay un pensamiento que no consigo sacarme de la cabeza. Casi nunca salgo de Tilsit. El viaje a Posen para celebrar la finalización del seminario es el viaje más largo que he hecho en muchos años. Nunca te conté nada sobre la celebración porque sé que no te interesa y tampoco ahora voy a hablarte de ello. Tuvo lugar justo al inicio de las vacaciones escolares, de modo que después de la fiesta pude pasar un día entero en Posen. A última hora de la tarde, mientras paseaba sola por la ciudad, que me gustó mucho, tocaron las campanas y en las ventanas de las casas empezaron a encenderse las luces, y me entró la añoranza de mi miserable pueblecito y de mi casa desvencijada detrás de la escuela. Es ridículo, ya lo sé, pero atiende: no era que estando en mi miserable pueblecito y en mi casa desvencijada detrás de la escuela me sintiera satisfecha. Muchas veces quiero marcharme, conocer mundo, ver París, Roma, Londres, los Alpes y el océano. La lejanía me llama. Y cuando eso sucede la sensación es la misma que cuando siento nostalgia de mi hogar: un pinchazo en el vientre, una opresión en el pecho y un nudo en el cuello que no se va con lágrimas, pero que tampoco me deja respirar.
A lo mejor, entrelazado con tu anhelo de la lejanía y de la nada, existe también el deseo de llegar finalmente a un destino, tal como los alemanes anhelan a un tiempo el vacío y el bienestar. Nunca insistí para que me revelaras tus pensamientos y sentimientos, pero, si un día vuelves, quiero que dejes de esconderte tras eso de que no eres capaz de explicar lo que te ocurre por dentro.
¡Vuelve pronto!
Tuya, OLGA
13 de mayo de 1914
Amor mío:
Ha pasado un mes desde que te escribí por última vez. Había perdido la esperanza. Durante mucho tiempo fue como si mis cartas te mantuvieran en el mundo, te guardaran y protegieran, pero durante las últimas semanas me resultaba imposible creerlo. Si me sentaba a la mesa para escribirte, mis palabras dejaban en la carta un rastro que no era ni de valor ni de energía, sino tan solo de tinta. Hoy ya estoy mejor. Ayer se celebró en Tilsit el acto en tu honor y un día de estos parte otra expedición a rescatarte. Los discursos durante el acto fueron optimistas, lo mismo que el artículo que publicó el periódico. La noticia no esconde la crítica por tu partida tardía al Ártico, pero alaba tu fuerza de voluntad y energía, y cita a un explorador según el cual el éxito de una expedición depende un cinco por cien del equipo y las provisiones, otro cinco por cien del momento de la partida y el noventa por cien restante del liderazgo. A mí no termina de cuadrarme y tampoco había oído hablar nunca del explorador en cuestión. Pero sí sé que tú, como líder, lo tienes todo.
Al final del acto cantaron una vez más «Deutschland, Deutschland über alles», como en su día. Como si Alemania fuera a devolverte a mi lado. A lo mejor lo harán un grupo de hábiles y valerosos noruegos. Me pareció todo demasiado exagerado. Pensé en ti, y en mi pensamiento todo a tu alrededor era silencio, la nieve caía sin hacer ruido y lo cubría todo con un manto blanco. Ese silencio y ese manto me asustan.
Un día antes del acto, la junta escolar convocó una reunión de claustro en Tilsit. También allí hablaron de ti y hubo opiniones para todos los gustos, desde los elogios hasta las críticas más acérrimas. Yo te defendí, y me sentó bien hacerlo. El inspector de Educación que me visitó en septiembre se puso de mi lado. Luego me tomó del brazo y me agasajó con paternal amabilidad, como si estuviera al corriente de lo nuestro y quisiera mostrarme su simpatía. ¿Es posible que sepa lo nuestro?
Fue mi primera reunión de claustro. Descubrí que los maestros reaccionan de formas muy distintas ante el deseo de los padres de poner a sus hijos a trabajar en el campo en lugar de mandarlos a la escuela. Yo siempre me he opuesto a ello. Pero, en cambio, en la reunión nos exhortaron, a partir de ahora, a acceder generosamente a ello. «Entonces es que sí», dijo un colega que se sentaba a mi lado. Habíamos hablado con anterioridad y, como nos habíamos entendido, le pregunté a qué se refería con eso. «Que habrá guerra», respondió, y que teníamos que preparar a los niños para que sustituyeran a sus padres.
He conocido a unos cuantos maestros y maestras jóvenes. Somos más de los que creíamos y queremos volver a reunirnos en privado. Por mi parte, tengo intención de dedicar más tiempo a la agrupación de alumnas de la escuela. Quiero que a partir de ahora los confines de mi vida sean más anchos que los límites de mi pueblo.
He estado ahorrando y pronto tendré suficiente dinero para comprarme una bicicleta o un piano, ambos usados. Tengo que decidirme. Aunque será la bicicleta: quiero salir del pueblo y, mientras no tenga piano, todavía me quedará el órgano.
Así es mi vida estos días. Pienso en ti, no pasan cinco minutos sin que me acuerde de ti, no hay una sola noche ni una sola mañana en la que mi último y mi primer pensamiento del día no sean para ti. ¡Que mis pensamientos te lleven!
Tuya, OLGA
16 de junio de 1914
Ay, Herbert, amor mío:
Mayo no fue un buen mes. En mayo una expedición germano-noruega encontró vuestro barco y rescató a los dos alemanes que habían permanecido allí. Tú y tus acompañantes no os encontrabais a bordo, y los dos alemanes no sabían nada sobre vosotros. Todavía hay una expedición en marcha. Os buscan en la costa este de la Tierra del Nordeste, aunque el periódico dice que tendrían que estar buscándoos por la costa oeste. El periódico también afirma que deberíais haber llegado ya al asentamiento. Las lesiones o la congelación pueden demorar a un grupo, pero si un miembro puede seguir adelante lo hace. Y si nadie estaba en condiciones de hacerlo y os habéis quedado en una cabaña o una tienda de campaña, buscaros es como buscar una aguja en un pajar. El periódico menciona una expedición danesa que logró sobrevivir dos inviernos en Groenlandia, pero explica que los esquimales ayudaron a los daneses y que en la Tierra del Nordeste no hay ni esquimales ni lapones.
Cuando en mis cartas te contaba algo acerca de mi vida, era como si pudieras observarme, acompañarme. Lo hacías desde la distancia, aunque yo no la sentía. Pero ahora ya sí. ¿Te llega algo de lo que te escribo? Cuando te hablo de ti, de tu barco, de tus hombres y de las expediciones que han salido a vuestro rescate, todavía siento que estamos muy cerca el uno del otro. Pero todo lo que te cuento sobre mi día a día cae en el agujero que se ha abierto entre nosotros.
Y yo no quiero ese agujero. Quiero que te quedes a mi lado. A Eik le interesan las expediciones. En casa de Sanne no hay periódicos, pero los lee en mi casa. Ha leído sobre ti y me ha preguntado por los esquimales y los lapones. Me he reunido con varios colegas, un maestro y siete maestras, que conocí en la reunión. El resto de maestros preferían reunirse sin maestras, y el resto de maestras tenían miedo de que el encuentro pudiera molestar a la junta escolar. Nos hemos comprometido a no hablar nunca sobre nosotros, sino siempre sobre las clases y los niños y, en esta ocasión, sobre cómo podemos convencer a padres y curas para que mantengan a un estudiante en el instituto o en la escuela superior para chicas. Pues resulta que durante estos últimos años yo he tenido más éxito que los demás. O sea que al final sí hemos hablado sobre nosotros: una quiere casarse, pero con lo que gana su prometido no les llega, y con lo que ganan ambos les llegaría, pero en caso de casarse ella tendría que abandonar la carrera docente. El maestro acaba de heredar ni más ni menos que una bicicleta, pero no la usa porque es de mujer y me la quiere dejar por un buen precio. Sanne y yo hemos preparado mermelada y queremos venderla el domingo que viene en el mercado de Tilsit, tal como nos propusimos en la víspera de Año Nuevo. El marido de Sanne me ha construido un corral para gallinas, la semana que viene empiezo a criar pollitos y pronto tendré gallinas, tal como también me había propuesto.
¿Recuerdas cómo hace cuatro años, después de tu charla, oímos el canto del ruiseñor? Pues este verano lo oigo cada noche. Me fascinan sus trinos y gorjeos, pero lo que me gusta de verdad son las notas largas, que me parten el alma. El verano es cálido, y me gustaría echarme contigo junto al Memel o junto al mar y que nos despidiéramos del día y diéramos la bienvenida a la noche mientras contemplábamos el cielo, primero todavía claro y luego cada vez más oscuro, de modo que nuestras miradas encontrasen estrellas y más estrellas y se perdieran en el abismo del firmamento. El ruiseñor canta sobre el amor y la muerte, sobre nuestro amor y nuestra muerte.
En su día no encontraste respuesta a mi pregunta de qué es lo que te atrae del Ártico. ¿La has encontrado ya? O el Ártico o la guerra, dijiste, añadiendo que no sé qué amigos tuyos afirman que pronto habrá guerra. La vieja mina también lo cree, y asegura haber visto a los cuatro jinetes.
A menudo siento que ya no aguanto más, que todo es demasiado: el amor, el miedo, la esperanza, el desespero, la proximidad, la extrañeza… A veces siento tanta rabia hacia ti que casi me parte en dos, y entonces me consume la mala conciencia. Vuelve, te llamo una y otra vez, vuelve, pero tú no me escuchas. ¡Escúchame y vuelve!
Tuya, OLGA
1 de julio de 1914
Mi querido Herbert:
Junio también fue un mal mes. La última expedición que todavía te buscaba ha regresado. No ha encontrado ni rastro de ti, ningún mensaje bajo un montón de piedras, como los que suelen dejar las expediciones al partir, ninguna tienda de campaña vacía, ningún resto de equipaje abandonado. Vuestro barco vuelve a estar en Spitsbergen: el hielo lo ha liberado y varios miembros de la expedición lo han guiado de vuelta.
No habrá más expediciones de salvamento. El 28 de junio, en Sarajevo, un serbio asesinó al heredero al trono de Austria, Francisco Fernando, y a su mujer. Muchos dicen que Austria declarará la guerra a Serbia y temen que Rusia se ponga de parte de Serbia. Pase lo que pase, ya nadie podrá reunir ni el dinero ni los hombres para una expedición al Ártico. Ya solo cuentas contigo mismo.
El mismo periódico que informó sobre el regreso de la expedición aventuró varias conjeturas acerca de las posibilidades que tenéis tú y tus acompañantes. Con vuestras provisiones, las provisiones de expediciones anteriores y de los pescadores y cazadores que utilizan las cabañas podrías resistir todavía mucho tiempo. Añade, eso sí, que parece poco verosímil que los cuatro sufrierais heridas al mismo tiempo y que durante el verano os hubierais curado y fuerais a aparecer pronto. Pero que nunca hay que perder la fe y la esperanza, que a veces el ser humano se supera a sí mismo y que otras una fuerza increíble lo guía más allá de sus límites. Pero que también hay que dedicar un pensamiento amoroso a todos aquellos junto a quienes no habéis regresado ni acaso regresaréis ya.
No, yo no abandono ni la fe ni la esperanza, ni tampoco dedico pensamientos amorosos a nadie que no seas tú. Sí, a veces durante estos meses te he sentido muy lejos. Pero no estás hoy más lejos de mí que antes de que regresara la última expedición, ni tampoco más lejos que antes de que partiera. Lo que escriban sobre ti no me interesa. Sigo llevándote en mi corazón y mantengo intactas todas mis esperanzas en ti, creo en ti y te quiero.
Tuya, OLGA
8 de agosto de 1914
Amor mío:
Alemania ha declarado la guerra primero a Rusia y luego a Francia, y entonces Inglaterra ha declarado la guerra a Alemania.
El batallón 41 abandonó el cuartel justo mientras yo estaba con los chicos en Tilsit. Había música y flores, los hombres agitaban el sombrero, las chicas dejaban que los soldados las tomaran del brazo y los acompañaban hasta el tren. En los vagones había carteles donde podía leerse «De excursión a París» o «Con cada golpe de bayoneta, un francés a la cuneta».
Pero en el pueblo el entusiasmo brilla por su ausencia. Cada llamada a filas es un duro golpe para la granja y la familia. Los pocos voluntarios son jóvenes a quienes sus padres tratan peor que a los criados. Uno vino a despedirse de mí: le da miedo la guerra, pero su padre le da todavía más.
La guerra es para la gente de ciudad, no de pueblo. Y para los niños, claro. En los juegos, los más pequeños y débiles deben conformarse con ser serbios e ingleses y los demás se lanzan contra ellos gritando: «¡Fiambres en conserbia!» y «¡Dios malve a la Reina!». El miedo a una irrupción por parte de las tropas rusas también es mayor entre el campesinado, temeroso de perder sus provisiones, que en las ciudades, donde todavía guardan buenos recuerdos de los oficiales del cuartel ruso de Tauragė como clientes del «Hotel de Russie».
Pienso en lo que harías tú y sé que no dudarías en alistarte a tu regimiento. Durante un momento de descuido me alegré de que estés a salvo en la Tierra del Nordeste.
Tuya, OLGA
13 de septiembre de 1914
Amor mío:
Ayer los nuestros golpearon a los rusos. Estos tenían Tilsit ocupado desde el 26 de agosto, infantería y cosacos, aunque no habíamos tenido problemas con ellos. En una ocasión, una tropa de cosacos se presentó en nuestro pueblo y, después de dejar que los niños los contemplaran con asombro y que el alcalde los invitara a unas cervezas, volvieron a marcharse. Los campesinos habían escondido a mujeres, hijas y criadas en sótanos y graneros, pero los cosacos no preguntaron por ellas.
Ya sé que no hay ninguna esperanza de que vuelvas. Pero hace ya un año que te escribo y hoy, de nuevo, no vas a contestar, tal como no has contestado antes. Nada ha cambiado. Eres inalcanzable, pero lo fuiste siempre. Te veo ante mí: abrigadísimo, la cara enmarcada por el forro de piel del abrigo y por la capucha, los esquís en los pies, las manos (protegidas con mitones) agarrando los palos y correas atravesándote los hombros sobre los que cargas un trineo. Te has convertido en esta figura, entre la nieve y el hielo, lejos, muy lejos, blanco y frío, y yo no sé si, de tenerte ante mí, podría darte calor. Te has alejado de mí, pero para mí no estás muerto.
A veces le hablo a Eik de tus viajes. Le leo las cartas que me escribiste y embellezco un poco tu historia, de modo que a ojos de Eik eres ya un gran aventurero. Se acuerda de ti, y, cuando le digo que es tan valiente y fuerte como tú, se muestra de lo más orgulloso. Tendría que advertirlo, no quiero que se pierda como tú, pero no tengo estómago para hacerlo. Nos sentamos juntos, le hablo de ti, sus ojos brillan, y si dejo la historia en un punto emocionante no quiere esperar la continuación al día siguiente o al cabo de dos días, me coge de las manos, me suplica y me ruega que siga hablando. Momentos de intimidad.
Mantente a salvo, Herbert, donde y como sea. Te quiero.
Tuya, OLGA
11 de noviembre de 1914
Amor mío:
Día sí y día también nos llegan partes de guerra: si son partes victoriosos, suenan las campanas y ondean las banderas. Dos hombres del pueblo han caído, y con cada nuevo parte yo no puedo pensar más que en las víctimas que se cobran cada día de guerra y cada victoria.
Hoy el periódico trae información sobre los jóvenes regimientos que ayer marcharon contra los franceses en Langemarck. Con «La canción de los alemanes» en los labios, ajenos al fuego enemigo, asaltaron la colina y tomaron una posición francesa. Al parecer, la sangre de nuestros jóvenes se derramó con abundancia, pero se ve que el orgullo por nuestros jóvenes consagra el dolor que nos causa su muerte.
Te veo entre ellos. Te veo corriendo, con uniforme gris de campaña, con el ridículo casco de punta con funda también gris sobre la cabeza, la mochila a la espalda y el arma con la bayoneta calada en la mano. La mochila marrón también es gris, lo mismo que tu cara y tus manos, y la hierba y los árboles, y también el cielo, todo es gris. Subes corriendo por una pendiente, de pronto caes, pero te levantas y sigues corriendo, y no sé si has caído porque has tropezado o porque te han alcanzado, ni si sigues corriendo porque no te ha pasado nada o a pesar de que estás muerto. A tu alrededor hay otros, también ellos corren, también ellos caen, pero ellos no se levantan y siguen corriendo como tú. Tú eres el único que se levanta y sigue corriendo, aunque nunca alcanzas la cumbre de la colina, nunca abandonas la pendiente. Corres y corres, pero nunca llegas ni a la posición de los franceses ni a los brazos de la muerte.
Te veo como en un sueño y sé que es un sueño que se repetirá durante muchas noches, hasta que regreses, hasta que se termine la guerra. Nunca he soñado contigo en el Ártico. He intentado imaginarte entre el hielo y la nieve, pero no lo he logrado, ni despierta ni durmiendo. A veces he soñado que te marchas en coche, en tren o en barco: estás en el andén o en la cubierta, te vuelves hacia mí, pero no me dices adiós, tan solo me miras, y cada vez estás más lejos, cada vez eres más pequeño. Son sueños de despedida de los que me despierto triste y colmada de ternura por aquel hombrecillo que se va encogiendo cada vez más.
Cuando, por la noche, en mis sueños, corres pendiente arriba, no cantas. Nadie canta. Tanta muerte y destrucción y, sin embargo, reina el silencio.
Tuya, OLGA
Navidad de 1914
Amor mío:
El año pasado tú querías volver antes de Navidad, este año querían regresar los soldados. Los hombres no sois de fiar.
Han sido unas Navidades de lluvia y barro, sin nieve ni cielos azules. Pero
la iglesia estaba muy bonita y yo he cantado el [8] Quempas con el coro. Nunca había visto la iglesia tan llena: incluso ancianos y enfermos, que en otro momento se habrían quedado en casa, no quisieron perder la ocasión de compartir estas Navidades bélicas con los demás. Como las ovejas se juntan unas con otras cuando fuera aúlla el lobo. De momento ya son cuatro las familias que van de luto. Cuando el cura pidió la bendición divina para nuestras almas, todos contuvieron el aliento, espantados.
A veces dejo volar la fantasía e imagino que no te has quedado en la Tierra del Nordeste, sino que lograste atravesar el Pasaje del Nordeste para explorar, con los esquís y el trineo, por dónde pasar en barco en verano. Que llegaste hasta el norte de Siberia, que los nativos te acogieron durante el invierno y la primavera, y que ya en verano, cuando decidiste regresar a Berlín pasando por Moscú, en el primer contacto con los funcionarios rusos descubriste que se había declarado la guerra, que lograste huir antes de que te metieran en un campo y regresaste al norte, con los nativos, a quienes les da lo mismo la guerra que la paz. Y que ahí sigues y por eso no puedes escribirme. Pero que estás vivo, y que volverás junto a mí en cuanto termine la guerra.
¡La de cosas que me había propuesto para este año! Sanne y yo ganamos dinero con la mermelada y pude comprarme la bicicleta. Pero el zorro se comió mis gallinas, y eso me quitó las ganas de tener una cabra. Para el piano tendré que esperar por lo menos dos años más, y la Divina Comedia de Dante empieza con el Infierno y no me apetecía leer sobre torturas, dolor y muerte. Aunque la verdad es que no me apetece leer nada: los libros alegres me entristecen tanto como los tristes.
Silueta de mi fantasía siberiana, sueño de amor y pesadilla mía, mi hombre, loco, extraviado, congelado, caído, padre incapaz de mi hijo, mi esperanza contra toda razón, amante mío, ni puedo ni quiero dejarte. Sigue siendo mío, tal como yo sigo siendo tuya.
OLGA
11 de julio de 1915
Herbert:
Las batallas de este verano han sido más atroces que todo lo que sabíamos sobre la guerra. Nadie da cifras de fallecidos, pero una colega que tiene un contacto en Suecia asegura que son cientos de miles. Cada vez vemos a más mujeres de luto. También vemos cada vez a más heridos. Para muchos la guerra ha terminado, y Sanne está feliz porque su marido vuelve a estar en casa. Ha perdido un brazo, pero Sanne repite una y otra vez: «¿Para qué necesitamos un brazo?». No quiere reconocer que ha perdido mucho más que eso: él nunca cuenta nada sobre los horrores de la guerra, pero los lleva escritos en la cara.
La guerra ha acabado con los hombres de mi generación. También el joven colega que se reunió con las demás maestras, que había heredado una bicicleta de mujer y me la vendió, ha muerto. A veces me dio por pensar que, si no volvías, a lo mejor podría llegar a ser feliz con él. No nos prometimos nada, tan solo nos miramos, y a lo mejor quise ver más en sus ojos de lo que él realmente expresó. Pero me bastó para hacerme pensar que mi vida todavía no se había terminado. Naturalmente, el trabajo sigue: la escuela y la iglesia, donde año tras año llegan nuevos alumnos y alumnas. No soy solo tu viuda y su viuda, sino la viuda de toda una generación.
También tú perteneces a esta generación acabada, y yo empiezo a hacerme a la idea de que estás muerto. No es que estés lejos, inalcanzable. Estás realmente muerto y, aunque a veces te sienta presente, no eres más que un producto de mi recuerdo y de mi añoranza. Te siento presente en todo momento, como siempre, y por eso tengo que decirme una y otra vez que estás muerto. Debo aprender a vivir con esta realidad.
Aprender a no hablarte del verano, de junio y el calor, y del mes de julio, que fue demasiado frío; de los prisioneros rusos que trabajan en las granjas y que a veces sustituyen a los campesinos, no solo en los corrales y en los establos. De los niños, que se dan cuenta de que el mundo está desquiciado,
de que las victorias no traen paz alguna, de que la Madrina Muerte[9] se ha instalado entre nuestras familias como un padrino en casa, y que patria, muerte heroica, honor y lealtad no son más que palabras. Tengo que aprender a no hablarte de mi vida. Aunque cada vez lo hago menos. Yo no, pero algo dentro de mí sí hace ya tiempo que empezó a comprender que estás muerto.
OLGA
9 de octubre de 1915
Hace unos días murió mi abuela. Estaba enferma y le había dicho que viniera a vivir aquí para que pudiera cuidarla. Pero prefirió morir en su cama. O acaso no quería tenerme cerca. Fue ella quien me crio, pero nunca me hizo un lugar en su corazón. Como si yo fuera una decepción o le recordara algo desagradable.
Cuando llegué ya había muerto. Estaba dentro de un ataúd abierto, en la fría iglesia. Cogí una manta de lana y un taburete y me senté a su lado. Cuando empezó a oscurecer encendí una vela.
No le habían cerrado los ojos y la boca. Aunque no era simplemente que tuviera los ojos entreabiertos: había visto el rostro de la muerte y los tenía abiertos de par en par, abiertos de espanto y pavor, y los labios crispados revelaban las encías sin dientes, como en un grito. En la iglesia reinaba un silencio absoluto, y no dejé de oír aquel grito hasta que por fin cerré la tapa del ataúd.
Pero mi abuela seguía junto a mí, y yo percibía su repudio, como lo he percibido siempre. A veces me pegaba y a veces me trataba con brusquedad. Pero incluso cuando no hacía nada de eso y ni siquiera me hablaba con aspereza, su repudio flotaba en el aire, como un aroma. Sentada en la iglesia, me embargó de nuevo aquel aroma tan familiar como odioso.
En su día me preguntaba de dónde vendría su repudio, me esforzaba por contentarla en todo, me dolía no ser capaz de hacer nada bien y me indignaba cuando ella me castigaba a pesar de no haber hecho nada para merecerlo. Ahora, en cambio, lo único que sentía era tristeza. Pensé en Eik. Qué bonito podría haber sido para mi abuela criarme y verme crecer desde niña, qué bonito podría haber sido para mí que una anciana me acompañara en ese recorrido. Me habría encantado quererla, si se hubiera dejado querer. ¡Y qué felicidad, ser querida!
«Y amar, dioses, qué felicidad», escribió Goethe, que pone el amar por encima de la felicidad de ser amado. Eso solo lo puede escribir alguien que está seguro de ser querido. Yo no tuve esa seguridad, nunca.
A veces me compadecí de mí misma, por haber crecido sin cariño y porque, contigo, solo pude experimentar un amor interrumpido. Ahora pienso en los miles de soldados caídos y en sus vidas y sus amores no vividos, y eso eclipsa mi autocompasión. Pero la tristeza pervive.
Sentada junto al ataúd, empecé a llorar y ya no pude parar. De todas las cosas que podrían haber sido, no había sido ninguna: ni entre mi abuela y yo, ni entre tú y yo, ni entre los soldados y sus mujeres e hijos… ¿Cómo voy a soportarlo? ¿De qué voy a alegrarme? Aquella noche volviste a morir, no sé cuántas veces van ya. Pero nunca antes ante la idea de tu muerte me había parecido todo tan vacío.
Al cabo de un rato me levanté y di una vuelta por la iglesia. Me senté ante el órgano, con el que tanto he practicado y tocado, y en el palco, donde estudié e hice punto, y donde nos amamos tú y yo. Me senté y lloré, me dolía recordar y sin embargo no podía parar. Fui evocando recuerdo tras recuerdo y te sentí junto a mí y eché de menos tenerte junto a mí.
Cuando fuera empezó a clarear me marché. Atravesando los campos, llegué a nuestro lugar de encuentro en la linde del bosque. Nada ha cambiado allí. Miré a mi alrededor, esperando algo, sin saber qué, y vi salir el sol, que iluminó primero las altas cimas, luego los árboles y finalmente los campos. Fue un espectáculo maravilloso.
Aún tuya, no me preguntes cómo, OLGA
31 de diciembre de 1915
Amor mío, esta es la última carta que te escribo. Me despido de ti. Empiezo el año nuevo sin ti. No quiero que me rondes más, no quiero llevarte en mi interior. Estás muerto, llevas muerto mucho tiempo y yo sigo hablando contigo, y, cuando lo hago, te veo ante mí y te oigo. Tú nunca me contestas, pero te ríes, frunces el ceño o murmuras afirmativamente. Estás ahí. He oído hablar de los dolores fantasma que sienten los soldados que han perdido un brazo o una pierna. El brazo o la pierna ya no están, pero duelen como si siguieran ahí. Tú estás lejos, pero me dueles como si siguieras ahí. Y si ahora que estás muerto puedo amarte igual que te amaba cuando estabas vivo… ¿significa que fuiste siempre un fantasma? ¿Es posible que durante todo este tiempo no haya amado más que a una imagen que yo misma conjuraba ante mí? ¿Una imagen para la que no importa que estés vivo o no lo estés?
No quiero desterrarte de mi vida. Siempre tendrás un lugar en mi corazón, un cofrecillo tuyo y de nadie más ante el que de vez en cuando me detendré para pensar en ti. Pero ahora tengo que cerrar el cofrecillo para poder atender a otras cosas. De otro modo duele demasiado.
¿Te acuerdas de la primera vez que nos amamos? Queríamos ir a dar un paseo, pero solo llegamos hasta nuestro lugar en la linde del bosque, donde siempre nos encontrábamos, hablábamos y estudiábamos, y donde supimos que estábamos hechos el uno para el otro. Nos miramos, nos abrazamos y nos echamos sobre la hierba, y todo fue natural y, al mismo tiempo, inesperado. Sentimos una felicidad inconcebible. Luego cayó la tarde, un amigo de tu padre venía a cenar y tenías que marcharte. Te seguí con la mirada, tú te volviste un momento hacia mí, y entonces te marchaste.
Vete, amor mío, vuélvete un momento para mirarme, pero vete.
OLGA
27 de julio de 1936
Eik. Me escribió para decirme que quería ver los Juegos Olímpicos y que a lo mejor había pasado ya suficiente tiempo trabajando en Italia y había llegado el momento de volver a vivir en Alemania. Ha pasado toda la semana en casa de Sanne, el fin de semana vino a verme y hoy se ha marchado a Berlín. Verá los Juegos Olímpicos. Se quedará a vivir en Alemania. En el momento de la despedida, en la estación de tren de Tislit, me dijo que se ha afiliado al Partido Nacionalsocialista y que va a ingresar en las SS. Se asomó por la ventana del tren e hizo como si acabara de venirle a la mente y quisiera mencionarlo de pasada.
¡Qué cobardes sois los hombres! Tú no tuviste el valor de anunciarme tu estupidez invernal, y él no lo ha tenido para hablar conmigo de sus desvaríos políticos. Los dos sabíais que iba a plantaros cara y os faltó el valor para discutir conmigo. Os creéis lo bastante maduros para afrontar la nieve y el hielo, las armas y la guerra, pero os amilanáis ante lo que pueda deciros una mujer.
Durante los últimos años me he preguntado a menudo qué pensarías tú de todo esto. No me da la impresión de que los nazis tengan muchos sueños coloniales o árticos, y a lo mejor eso te habría salvado de caer en sus manos. Pero tienen ambiciones exageradas, y allí donde hay ambiciones exageradas, las sandeces no pueden andar lejos. A lo mejor te habrías empeñado en enseñarles a tener sueños coloniales y árticos.
Estoy furiosa, con Eik y contigo. Es hueso de tus huesos y carne de tu carne. Es tan tonto y tan cobarde como tú. También puede ser tan encantador como tú. Pero el encanto no puede nada contra la tontería y la cobardía.
OLGA
29 de julio de 1936
Justo después de la primera carta, una segunda. Eso ya sucedió otra vez, lo sé. Pero esta carta no invalida lo que escribí en la primera, y tú no debes leer solo esta, sino las dos. El aviso de Eik me dolió tanto que tuve que escribir para contártelo. Escribirle a mi marido, a su padre. Eik es hijo tuyo lo mismo que mío, pero es más hijo mío que tuyo, tal como su carta, humillantemente, me recordó. Me escribió desde el tren mismo para justificarse. Me dijo que yo le había inculcado el placer por la aventura y los viajes lejanos, por una vida de anchos horizontes. Y que él había buscado precisamente eso y lo había encontrado. Que Alemania no necesitaba colonias: su espacio vital estaba entre el Memel y los Urales, allí era donde esperaban las aventuras para su generación, y allí era adonde él quería ir, donde quería establecerse.
Mis reproches no son para él, sino para mí. Después de la guerra, mientras estudiaba en el instituto, pasó bastante tiempo viviendo conmigo. Habría podido educarlo mejor. Tendría que haberle contado otras cosas sobre ti, presentarte no como un héroe, sino como un caballero de la triste figura al que no hay que emular, pues emularlo equivale a echar a perder la vida. Tú preferiste ser Amundsen, y, si no Amundsen, por lo menos Scott, en lugar de vivir tu vida. Ahora Eik quiere vivir una vida que no significa nada para él. Y que no lo conducirá al hielo y la nieve, sino a la guerra.
Es extraño. Te siento exactamente igual que hace veinte años. Desde entonces no has envejecido nada, pero yo sí, y con eso podría bastar, pero no es así. A lo mejor te he escrito también porque me siento sola. Alemania se me ha vuelto extraña y mucha gente que antes me era próxima, en el pueblo, en la iglesia, en el coro, ya no lo es. El viejo inspector de Educación sacudió la cabeza con preocupación cuando me negué a impartir la asignatura sobre racismo y el nuevo quiere expulsarme del colegio.
Ya no me gusta ir a la iglesia. Voy por el órgano y por el coro. El cura es
miembro de los Cristianos Alemanes[10] y le hace perder a uno el gozo por la fe. De todos modos, no creo en el cielo y el infierno, ni en la vida después de la muerte. Por eso tú vives solo en mi corazón, y allí te mando saludos.
Tuya, OLGA
15 de octubre de 1939
Herbert, amor mío:
Te escribí hace tres años. Poco después me puse enferma, y desde entonces soy sorda. La junta escolar me despachó y fui a la escuela para sordos de Breslau, donde me gané el sustento trabajando como costurera. Pero no te escribo por eso. Te escribo para hablarte de Eik.
Me visita cada tantos meses y es cariñoso y atento. Si yo no fuera tan orgullosa, me daría dinero suficiente como para no tener que seguir cosiendo. Nunca me ha contado a qué se dedica y yo tampoco se lo he preguntado. Hasta su última visita, cuando el orgullo le impidió seguir callando: trabaja en la oficina central de seguridad del Reich, empezó hace dos años en la policía, ha hecho carrera y lo ascendieron una vez el año pasado y otra este año.
En el sótano de la oficina central de seguridad del Reich torturan a prisioneros. Eso lo sé yo y lo sabe todo el mundo. Él me dijo que no podía ser de otro modo y que yo no lo entendía porque no entiendo esta nueva época. Pero la entiendo perfectamente. Es igual que la antigua, solo que ahora Alemania tiene que hacerse todavía más grande, tiene más enemigos y debe apuntarse aún más victorias. Y el griterío es todavía más atronador, lo oigo incluso yo, que estoy sorda.
Soporté los interminables discursos de Eik sobre la sangre, la tierra y el destino. Lo que no soporto es que él trabaje tranquilamente en un escritorio en la planta noble mientras en el sótano torturan a gente. ¿Bajará él también al sótano? Le escribí y le comuniqué que no quería verle más. Vino igualmente y le dije de todo, y él se quedó sentado ante mí, con actitud obstinada. Me acordé de mis alumnos, cuando los acuciaba para que admitieran alguna maldad, y ellos sabían que tenía razón pero ni así soltaban prenda. Si no se tratara de algo tan grave, su obstinación me habría conmovido.
He aprendido a vivir sin ti y ahora aprenderé también a vivir sin Eik. Pero me duele.
OLGA
1 de abril de 1956
Herbert:
Quiero que sepas que Eik está vivo. Lo soltaron el año pasado de una prisión rusa, fue uno de los últimos diez mil en salir.
Me escribió y vino a verme. Su carta tenía un tono quejumbroso, pero durante su visita me pareció un hombre autoritario. Al verlo, con su figura descarnada, el rostro enflaquecido y el pelo blanco, me dio pena y lo abracé. Entonces hablamos y él no hizo más que referirse a la injusticia de la que habían sido víctimas él y Alemania. Tuve la sensación de que no lo conocía de nada, más incluso que antes de la guerra. Tiene un hijo y pronto volverá a ser padre, su mujer está embarazada y me encantaría conocerla, pero solo me lo permitirá si no me entrometo en la crianza de los niños y los asuntos de la familia. Él puede apañarse sin mí, añadió, lleva quince años haciéndolo. Por mucho que en su día se pudiera hablar con él, ahora no atiende a razones.
No tiene ningún interés por volver a verme. Y yo tampoco a él. En su día me quedé sola y ya me he acostumbrado a ello. En una familia para la que coso he trabado un poco de amistad con el pequeño de la casa. Se llama Ferdinand y me recuerda a ti y al joven Eik. También le hablo de tus peripecias, pero me guardo bien de que se lleve la idea de que la vida es una aventura.
El ser humano sociable vive en el presente, y el solitario, en el pasado. Pienso a menudo en ti, y el tiempo que pasamos juntos no me resultaría más presente si tú y yo hubiéramos envejecido de la mano. Pero sería bonito poder recordar juntos, tú y yo sentados en un banco, delante de la casa: a ti se te ocurre algo, yo añado algún detalle, entonces se me ocurre algo a mí y tú sigues la historia.
A menudo, ocupada con mis quehaceres diarios, pienso en ti. Entonces hablo contigo un rato; mejor eso que hablar siempre conmigo misma.
Eres mi compañero, lo fuiste desde muy pronto y nunca has dejado de serlo. Me enfado y discuto contigo, pero para eso eres mi compañero de toda una vida, y me alegra que así sea.
Tuya, OLGA
4 de julio de 1971
Herbert, amor mío, compañero fiel:
He estado leyendo sobre artistas que crean algo que no lleva su nombre, que nadie reconoce como obra suya y que tal vez nadie llegue incluso a ver ni a oír. Encuentran el lecho vacío de un torrente sobre la roca y decoran el fondo con guijarros. En una peña por la que sopla el viento hallan una grieta donde cabe una pequeña flauta, dos o tres, y dejan al viento tocando una nota o un acorde. Aprovechando la marea baja hacen un dibujo sobre la arena que la marea alta destruirá horas más tarde. ¿O acaso no lo destruye, sino que se lo lleva consigo? Hace unas pocas semanas derribaron el depósito de aguas que había ante mi balcón. Era tan alto como un edificio, se elevaba esbelto hasta llegar a la protuberancia del tanque en sí y estaba tapiado con ladrillo. El tanque tenía un tejado abovedado y, encima de este, una torrecilla con otro tejadito, ambos de pizarra. Era bonito. Ya no estaba en uso.
Leí en el periódico acerca de los preparativos para la voladura y, en cuanto empezaron, fui hasta el lugar y charlé con el maestro de demoliciones. A una viejecita nadie le dice que no, de modo que me explicó cómo tenía previsto derribar la torre. No caería de lado, sino que se hundiría sobre sí misma, entre una nube de polvo, pero sin provocar daño alguno. Al día siguiente fui otra vez e hice acto de presencia también el día de la voladura. El maestro de demoliciones y los trabajadores me conocían y estaban encantados con mi interés, de modo que nadie sospechó nada cuando pasé junto a las cajas ya abiertas con los cartuchos de dinamita.
Y así es cómo hoy dispongo de tres cartuchos de dinamita. Para la mecha solo tengo que coger un hilo de lana y empaparlo con gasolina para encendedores. Tengo todo lo que necesito.
Voy a hacer saltar a Bismarck por los aires. Todo empezó con él. Tú crees que fue algo positivo, pero fue un error. A lo mejor, en cuanto haya volado por los aires, la gente reflexiona un poco. Aunque también es posible que nadie se dé cuenta de que donde estaba su busto de pronto hay solo un montón de escombros y cascotes, del mismo modo que nadie se fija en el ornamento del lecho del torrente, ni en el acorde que suena en la montaña, ni en el dibujo sobre la arena. No hace falta que nadie se fije en un objeto para que este sea hermoso y auténtico. Y lo mismo pasa con los hechos. ¿Con quién voy a compartir todo esto sino contigo? Ferdinand es un buen chico y le tengo mucho cariño, pero es un poco aburrido. Todos lo son.
Tienen siempre preparado algún argumento moral sobre el pasado y el presente, y aunque llevan vidas de lo más cómodas y no les cuesta nada comportarse de forma moral, lo consideran una hazaña y se sienten la mar de orgullosos por ello. Quería que Ferdinand hiciera las cosas mejor que tú y que Eik, pero también su generación tiene ambiciones excesivas.
¿No me creías capaz de robar dinamita y hacer volar monumentos? ¿Crees que todo esto es una locura? ¿Te alegras de que yo también cometa locuras porque así ya no estás solo? Todavía no sé cuándo lo voy a hacer. Pero desde que sé que lo haré, me siento mejor.
Y estoy cerca de ti.
Tuya, OLGA
Me quedé sentado con la carta en la mano y vi ante mí su figura erguida a pesar de su edad, avanzando lentamente por las calles bajo el cielo oscuro y la luz de las farolas, con la bolsa de dinamita, la mecha y las cerillas colgando del brazo, dirigiéndose hacia el monumento. Percibí el silencio que la rodeaba y oí su monólogo, sus susurros quedos. Oí la detonación.
Me sentí orgulloso de ella. ¡Menuda suerte cuando la vida que uno ha vivido y la insensatez que comete encajan como melodía y contrapunto! ¡Y también cuando no encajan, sino que es uno quien las hace encajar!
La melodía de la vida de Olga fue su amor por Herbert y su resistencia a él, como realización y como decepción. Tras su resistencia contra todas las insensateces de Herbert, el gesto insensato. Tras una vida de silencio, un ruidoso estrépito: Olga había puesto el contrapunto a la melodía de su vida.
No negaré que, de entrada, la última carta de Olga me ofendió. ¿De verdad soy aburrido? Pero no escribió que se hubiera aburrido conmigo. Se refería a lo cómoda que había sido mi vida, y sé que es cierto, que tuve una vida cómoda. Quizá demasiado cómoda, pero de nada me sirve ya pensar en ello.
Estas son las últimas líneas, aunque con ellas no me despido de Olga. Nunca me despediré de ella. Cuando Adelheid venga, iremos en coche a mi ciudad natal y visitaremos su tumba, en el cementerio de la montaña. Desde luego, ahora ya sé por qué la nieta me recordaba a su abuela. ¡Qué bonito que en el rostro de Adelheid me acompañe también el rostro de Olga!
Terminaste Olga
Bernhard Schlink
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