Olga

Bernhard Schlink · Capítulo 48 de 55

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Olga

Capítulo 22

 

 

Todavía no había logrado nada, pero el viaje, encontrar al anticuario y el ulterior regateo, además del hecho de haber puesto en marcha la búsqueda de las cartas a un precio razonable, me había infundido ánimos renovados. ¿Llevaba una vida demasiado prudente? ¿Debería ser más atrevido, en general?

Me acordé del zorro que había visto de niño en el zoológico de mi ciudad. Era un zoológico pequeño, como pequeña era también la jaula con techo de alambre por la que el zorro daba vueltas de izquierda a derecha, de izquierda a derecha, sin parar, poniendo en cada giro la misma pata sobre la misma mancha oscura y brillante, bruñida, de la base de hormigón sobre la que estaba montada la reja. ¿Era posible que también yo dejara apenas una mancha oscura y brillante? ¿O ni siquiera eso?

Lo cierto es que soy un hombre corriente con una vida corriente. Nunca he logrado nada de importancia. Tengo buen ojo para las cosas importantes y habría sido un buen cronista de algún amigo ambicioso o de algún otro que hubiera sabido encaramarse al árbol de la vida. Nunca conté con ningún amigo así, pero sí tuve a Olga. Seguía llevando en el corazón los recuerdos que conservaba de ella y me bastaba con ser su cronista.

Eso era justamente lo que me había empujado hasta Tromsö y también lo que me había deparado aquella cita con Adelheid Volkmann.

Nos llamamos un par de veces. ¿Debía venir en avión o en tren, alojarse en el hotel junto al río o en una pensión cerca de mi casa? Se decidió por el tren y la pensión, y yo me pregunté por qué. ¿Apreciaba el relajado trayecto en tren y los desplazamientos cortos una vez en la ciudad? ¿Tenía poco dinero? ¿Era moderada en sus gastos o directamente tacaña? El billete de tren con descuento era más barato que el de avión y la pensión era más barata que el hotel. Y ¿cómo sería, por lo demás? Por la voz parecía joven, pero hay mujeres mayores con voz de jóvenes. Y por su forma lenta de hablar podía ser una persona relajada, pero también apática o aburrida.

La recogí en la estación y como, a pesar de ser un día de febrero, la primavera se insinuaba ya en el aire y había gente en mangas de camisa sentada en las terrazas de cervecerías y cafés, la llevé a un restaurante con jardín junto al río. Todavía quedaba una hora de sol, suficiente para tomar un té.

Nos sentamos y la estudié: las patas de gallo y las arrugas alrededor de la boca, el pelo pajizo, los ojos verdes, la boca ancha… Tendría unos sesenta años y la piel apergaminada, como si fumara o lo hubiera dejado hacía poco, y no llevaba ni maquillaje ni lápiz de labios. Mientras caminábamos de la estación al coche y del coche al restaurante, yo un poco más alto que ella, ella un poco más gruesa que yo, me gustó su paso seguro y decidido. Y así, segura y decidida, fue como tomó asiento ante mí.

—¿Ha dejado de fumar hace poco? Después de sacar un pañuelo de papel me ha ofrecido el paquete, como hacen los fumadores con el paquete de cigarrillos.

Ella se rio.

—¿De verdad? Sí, he dejado de fumar. Temía no poder escribir sin tabaco, pero sí puedo. En el periódico nunca escribía sin un cigarrillo, aunque a veces me olvidara de él y se consumiera entero en el cenicero. Cuando sucedió lo que ha sucedido en todas partes, el descenso de las tiradas, la caída en picado de los ingresos por publicidad y los despidos, decidí dejar no solo el periódico, sino también el tabaco. De eso hace cinco semanas. Desde entonces escribo por libre y tengo la esperanza de poder vivir de ello.

Seguí haciéndole preguntas y, cuando nos separamos, además de saber que había dejado el tabaco, sabía también que escribía sobre jardinería, alimentación y salud, que tenía un pequeño jardín en las afueras de su ciudad, que estaba divorciada, que tenía una hija y una nieta que vivían en Estados Unidos, que traducía poesía del inglés al alemán y que le gustaba vivir sola. Ella también me hizo algunas preguntas y se formó una idea bastante clara de mis circunstancias vitales.

—¿Puedo invitarla a cenar a mi casa? Los buenos restaurantes están tan llenos y son tan ruidosos que resulta difícil conversar. Y cocinar no se me da nada mal.

Aceptó, la acompañé a la pensión y le expliqué cómo llegar hasta mi casa, aunque no tenía pérdida.

—¡Nos vemos a las ocho!