Olga
Capítulo 11
Tras dos años de formación se convirtió en maestra y en otoño obtuvo su primera plaza docente, ni más ni menos que en su antigua escuela. La situación no era ideal ni para la junta escolar ni para la propia Olga, pero en el pueblo (a cuya escuela la habían asignado) había estallado un brote de viruela y el viejo maestro había muerto de un día para otro. Por lo menos Olga ya no tenía que vivir en casa de su abuela y se mudó a la residencia para profesores, en el edificio del propio colegio.
Echaba de menos a Herbert. La escuela, la iglesia, las casas, los caminos, el bosque… Todo estaba plagado de recuerdos. Muchos de esos recuerdos remitían a incidentes tristes, castigos físicos por parte de su abuela, humillaciones a manos de niños del pueblo, sus infructuosas súplicas al cura y a su profesor para que la apoyaran en su intento de ingresar en la escuela de enseñanza media para muchachas… Los recuerdos de los tiempos felices que había pasado junto a Herbert y Viktoria se habían echado a perder cuando esta última había tomado la lamentable decisión de darle la espalda. Los recuerdos más hermosos correspondían a las horas que Herbert y ella habían pasado juntos en la linde del bosque, en el refugio para cazadores y en el palco de la iglesia; precisamente por eso Olga lo echaba tan dolorosamente de menos. Desde que ella había ingresado en el seminario para maestras y él en el regimiento de infantería se veían solo muy de vez en cuando. Varias veces él había pasado por Posen de camino a casa y la había esperado ante el seminario; en un par de ocasiones, el padre de una amiga que Olga había hecho en el seminario había invitado a las dos muchachas a acompañarlo a Berlín, donde Olga se había apostado ante el cuartel de Herbert. Ninguno de los dos sabía nunca cuándo podría estar cerca del otro; sus encuentros eran siempre inesperados, sus abrazos, apresurados, sus promesas de amor, cargadas de angustia.
En octubre, Herbert pasó tres semanas en la finca familiar. Se había alistado como voluntario en las tropas coloniales del África del Sudoeste Alemana, y le habían concedido permiso hasta el momento de la partida. Olga daba clases y al principio quería hacerlo todo bien: entregarse a su trabajo y brindar a sus alumnos y alumnas toda la ayuda que a ella le había faltado. Deseaba encontrar a una buena alumna y ayudarla a ingresar en la escuela de enseñanza media, alentarla y conseguirle una plaza subvencionada. Pero durante esas tres semanas todo eso pasó a un segundo plano; lo único que le importaba entonces era cuándo y dónde, durante cuánto tiempo y cuán resguardados podían verse ella y Herbert. Durante las primeras dos semanas se encontraban al aire libre, bajo el agradable sol otoñal, pero ya en la última se veían en el apartamento de Olga. Él se dirigía furtivamente a su casa y ella le abría la puerta con gran sigilo, procurando que no les viera nadie, aunque en realidad estaban demasiado felices para preocuparse por lo que dijeran en el pueblo.
Habían pasado tres años cortejándose y esperándose mutuamente; poder acostarse finalmente supuso una satisfacción imposible de comprender para quienes están acostumbrados a ver sus deseos satisfechos de forma inmediata. Asimismo, el temor a un embarazo es algo que quienes disponen de formas de protegerse no pueden ni imaginarse. Herbert y Olga estaban tan felices de volver a tenerse mutuamente tras la larga separación, de no tener que disimular ni reprimirse más, que no desperdiciaron ni un solo segundo en temores. Para Olga, aquellas semanas fueron como un baile en el que danzaron el uno alrededor del otro para más tarde detenerse y reposar juntos.
No aprobaba que Herbert se hubiera alistado en las tropas coloniales. Aceptaba que los soldados debían luchar y acaso morir por la patria, pero la patria no estaba en África. ¿Qué se le había perdido allí? ¿Qué le habían hecho a él los herero?
Pero cuando el barco zarpó del puerto de Hamburgo, Olga acudió al muelle de Petersen, desde donde se despidió con gritos y señas, sumó su voz a los tres hurras por el káiser, cantó el Heil dir im Siegerkranz y escuchó las sirenas de vapor con las que barcos grandes y pequeños se despidieron del buque militar, y que durante unos minutos acallaron cualquier otro sonido. Finalmente, el estruendo cesó, se hizo el silencio, y cuando los ruidos del puerto y de la ciudad regresaron, Olga ya había perdido de vista el barco. Arrugado dentro del puño descubrió el pañuelo de cuello que pretendía agitar.