Olga
Capítulo 28
Con las cartas de Olga decidí tomármelo con calma. El cordón que las sujetaba estaba atado con un nudo corredizo, y cuando fui a aflojarlo, sin querer, lo apreté todavía más. Pero tardé un rato en darme cuenta, de modo que lo fui apretando más y más. No usé ni cuchillo ni tijeras: con paciencia fui deshaciendo el lío, solté nudos y cabos hasta que, finalmente, logré aflojar el nudo corredizo, liberar el hatillo y apartar el cordón, largo, delgado y azul.
Dejé las cartas encima de la gran mesa del comedor, cinco filas de cinco cartas cada una. Los sobres eran blancos y la letra, escrita con la tinta azul de la estilográfica Soennecken, presentaba trazos finos en los movimientos descendentes y gruesos en los ascendentes. En los sellos aparecía el busto de Germania en colores: uno rojo de diez pfennigs, o una combinación de sellos grises y marrones de tres y cincopfennigs. En la parte superior izquierda podía leerse «poste restante» hasta julio de 1914, momento en el que el galicismo dejaba paso al término «lista de correos». La primera carta era del 29 de agosto de 1913, la última del 31 de diciembre de 1915. En la segunda carta, del 31 de agosto de 1913, ponía «¡Leer primero!». En una sexta hilera coloqué las cartas de los años treinta hasta los años setenta.
Fui a la cocina y cogí un cuchillo con la hoja afilada y puntiaguda, para poder abrir las cartas sin deteriorarlas. Empecé por la última: corté el sobre, saqué la carta y la alisé, y, después de abrir las primeras, coloqué las páginas escritas encima de los sobres abiertos, en dos montones ordenados.
En una carta encontré una fotografía. Olga estaba sentada en una silla, con una sonrisa en la cara y las manos en el regazo. Junto a ella había un niño de unos diez años, con los ojos muy abiertos y asustados. La había visto de niña, en el jardín, y ya de mujer mayor, después de la huida; era la primera vez que la veía de joven. No era guapa, no había nada encantador ni seductor en su rostro, que, sin embargo, desprendía transparencia y franqueza. Y Viktoria tenía razón: los pómulos prominentes le daban un aire eslavo. En la imagen llevaba el pelo recogido en un moño.
No quería empezar a leer todavía. Era como si tuviera una cita con Olga, como si esta estuviera a punto de llegar, pero se hiciera de rogar. Así pues, la esperé y pensé en aquella chica y aquella joven a las que no había conocido, y en la señorita Rinke, entre cuyos pies solía yo jugar, que me visitaba en mi cama de enfermo y me entendía en una época en la que me sentía incomprendido por mis padres; pensé en Olga y en nuestros encuentros y salidas durante los años posteriores, y en la intimidad que se forjó entre nosotros. Me acordé de su postura, del sonido de su voz, de su mirada clara y sus ojos verdes.
Fui otra vez a la cocina, preparé té, llené el termo y me lo llevé a la mesa. Caía la tarde, fuera brillaba el sol y cantaban los pájaros.
Cogí la primera carta y empecé a leer.