Olga
Capítulo 20
Cuando desperté por la mañana en Tromsö todavía estaba oscuro y comprendí que en enero no podía esperar más que un atisbo de luz mate al mediodía. Me acerqué a la ventana y me topé con una vista de un puerto con las farolas encendidas, barcos grandes y pequeños, otros hoteles con tejados planos y fachadas lisas y una plaza cubierta de nieve sucia. La noche anterior, un autobús me había llevado del aeropuerto a la ciudad atravesando un paisaje nevado, un largo túnel y una avenida iluminada con tiendas y restaurantes, hasta mi hotel situado en una calle lateral. La avenida iluminada debía de ser la calle principal. Allí iba a encontrar alguna librería donde comprarme un plano de la ciudad e informarme sobre el anticuario en cuestión.
Si todavía existía, se encontraba en una de las calles que subían hacia la montaña. Las recorrí y vi una iglesia, el campus de una universidad, bloques de oficinas, viviendas, la floristería de un centro de jardinería y una tienda tras cuyo escaparate, en lugar de productos, había varias mujeres y hombres trabajando con ordenadores. Al mediodía comí en un restaurante de la calle principal y a continuación volví a recorrer las calles de la cuesta. Nevaba y yo caminaba con paso precavido por la acera helada.
Encontré el anticuario cuando la luz grisácea del mediodía se tornaba de nuevo en oscuridad. Estaba situado en el sótano de una casa, unos escalones conducían hasta la puerta y las ventanas quedaban a la altura de la acera. En la puerta, escrito con letras impresas sobre folios blancos, podía leerse «ANTIKVARISKE», y entre las letras atisbé al propietario, que ordenaba los libros de una estantería. Al entrar lo saludé y me devolvió el saludo, nada más. El anticuario no tenía ningún otro cliente, pero no se volvió hacia mí ni me preguntó si buscaba algo en concreto o si podía ayudarme. Me dirigió una mirada interrogante, con expresión entre reservada y desconfiada, y volvió a concentrarse en los libros.
Me dediqué a recorrer los estantes. De vez en cuando reconocía el nombre de algún autor y entonces intentaba adivinar el título. Comprendía palabras como geografisk e historisk, pero por lo demás tuve que rendirme ante aquella lengua desconocida. Encima de una mesa encontré varias cajas con postales viejas de todo el mundo, ordenadas por países. Saqué una y leí la dirección: «Tromsö, poste restante».
No sabía cómo proceder. ¿Debía preguntarle directamente de dónde había sacado tantas postales enviadas a la oficina de correos de Tromsö? ¿Preguntar si además de postales tenía también cartas remitidas de la misma forma? ¿Preguntar si podía echarles un vistazo a las postales? ¿O cuánto me cobraría por cada postal? ¿Íbamos siquiera a entendernos?
Le pregunté al anticuario en inglés si tenía libros en alemán y en inglés, me indicó que en la sala contigua había una estantería con literatura alemana. Encontré libros especializados en geografía, geología y biología, y novelas de los años treinta y cuarenta; era posible que los libros hubieran quedado ahí tras la ocupación. En medio de la sala había una mesa con dos sillas y encima de la mesa había más cajas. En esta ocasión no se trataba de viejas postales, sino de viejas cartas, y en la dirección aparecía de nuevo aquel «Tromsö, poste restante».
Volví donde el anticuario.
—Tiene muchas cosas interesantes.
—Me alegro de que se lo parezcan. Ojalá dispusiera de más surtido, pero acabo de empezar.
—Veo que dispone de un gran número de cartas y postales antiguas.
—Sí. A menudo me visitan clientes tan solo por las cartas. No sé qué haría sin el placer voyeurista que alguna gente parece experimentar al leer cartas del pasado y descubrir a personas desconocidas.
—¿De dónde las saca?
El tipo se rio.
—Ese es mi secreto.
—¿Y tiene más?
—Suficientes para llenar varias cajas durante años.
La conversación se iba acercando a las cartas de Olga, pero el hombre había hablado de su secreto y yo quería antes darle un par de vueltas a todo aquello. En cualquier caso, ya había averiguado que tenía cartas y que podíamos entendernos en inglés.
—Volveré más tarde —le dije, y me marché. «APNINGSTIDER 14.00-20.00», ponía en la puerta.