Olga
Capítulo 8
A veces cogíamos el coche y nos íbamos a caminar por Odenwald o Hardtwald. La señorita Rinke tenía sus mapas y era la que decidía dónde dejábamos el coche y qué caminos cogíamos.
Para mí las caminatas habían sido siempre la oportunidad ideal para conversar. De niños, mi padre solía llevarnos a caminar dos domingos al año para preguntarnos qué hacíamos, qué estudiábamos, qué leíamos y qué pensábamos. Mi madre, para quien solo existían las cosas que eran objeto de alguna conversación y que con su monosilábico marido no tenía ocasión de hablar tanto como habría querido, aprovechaba cada vez que alguno de sus hijos la acompañábamos a comprar, a alguna visita o a la iglesia para charlar con nosotros. Pero las conversaciones durante las caminatas también tenían como protagonistas a amigos y amigas. La señorita Rinke y yo no podíamos hablar mientras caminábamos. Para entender lo que yo le decía, tenía que tenerme enfrente, mirarme a la cara y leerme los labios.
Así pues, avanzábamos en silencio, aunque a veces ella canturreaba a media voz. Me llevó un tiempo acostumbrarme, pero entonces descubrí que me gustaba. ¡La de cosas que se podían ver y oír sin la distracción que suponía conversar! La hierba y las flores, las hojas de los árboles, algunas verdes y otras rojas, los escarabajos, el canto de los pájaros, el viento entre las ramas… El olor de la madera resinosa y recién cortada y el de los troncos mohosos, caídos hacía tiempo; a finales de verano, el olor a setas y en otoño el de hojas descompuestas. También había muchas cosas en las que pensar, ya que, a pesar de todo, la señorita Rinke y yo conversábamos a nuestra manera. Nos sentábamos en los bancos, no para descansar ni para hacer un pícnic, sino porque queríamos decirnos algo, y a veces no nos saltábamos ni uno. La señorita Rinke se sentaba de costado, más o menos como solían montar a caballo las señoras de antaño, yo a horcajadas frente a ella, y retomábamos nuestra conversación en el punto en el que la habíamos dejado en el banco anterior.
Cuando estaba cansada y no le apetecía andar, subíamos en coche al Königstuhl, la montaña que señorea la ciudad, llena de caminos llanos y espléndidas vistas al oeste. Desde allí veíamos las ciudades vecinas a ambos lados del Rin, las chimeneas humeantes y las torres refrigerantes de la fábrica de sosa y anilina de Baden, hasta las montañas del lado opuesto del llano. En aquella época, la llanura todavía contaba con numerosos frutales que en primavera teñían el paisaje de blanco y rosa. En otoño, el colorido de las hojas era un verdadero espectáculo y en invierno quedaba todo blanco. Una tarde, la niebla lo envolvió todo, las ciudades y la fábrica, y cubrió la llanura entera, desde la montaña donde nos encontrábamos hasta las montañas más lejanas, tras las cuales se ponía el sol rojizo, tiñendo lentamente de rojo las nubes. Hacía frío, estaríamos a finales de otoño o a principios de invierno, y nos helábamos, pero no pudimos separarnos de aquella imagen hasta que se extinguió.