Olga
Capítulo 14
Una enfermera me acompañó hasta la cama de Olga. Estaba en una habitación individual, el sol brillaba en el ventanal, a través del cual se veía un aparcamiento, un pequeño prado y una alameda. Le habían puesto un gotero y, tras asegurarse de que el líquido transparente pasaba regularmente a las venas de Olga, la enfermera se marchó.
Olga estaba dormida. Junto a la mesita de noche, sobre la que había un gran ramo de flores y una tarjeta en la que el alcalde le expresaba su consternación y su solidaridad y le deseaba una pronta recuperación, había una silla. La acerqué a la cama, me senté, tomé la mano de Olga y la miré.
Tenía algunos arañazos en la cara; producían un efecto extraño, pues se los habían pintado con mercromina, pero no parecían graves. Tenía la piel seca y macilenta, roncaba con la boca abierta y le temblaban las aletas de la nariz. Parecía alguien que hubiera pasado la noche en blanco o que estuviera extenuado tras un gran esfuerzo, pero desde luego no que acabara de sufrir un atentado criminal. Como si le hubieran bastado apenas un día al sol, una buena comida y un sueño reparador para volver a estar como nueva.
Sopesé su mano, tan ligera. Me fijé en las manchas de vejez, las venas marcadas, los dedos delgados y los nudillos huesudos, las uñas cortas y cuidadas. Era la mano derecha, con la que solía acariciarme el pelo. Se la cubrí con mi otra mano, como si así pudiera protegerla.
Entonces abrió los ojos. Su mirada vagó durante un instante, pero entonces encontró la mía y el rostro se le iluminó con tanto amor, tanta felicidad, que me puse a llorar. No podía comprender que aquella expresión reluciente se debiera a mi presencia, que me quisiera tanto y que se alegrara tanto de verme, que alguien pudiera quererme así, de hecho, y alegrarse así de verme.
—Ay, niño —dijo—. Ay.
Intercambiamos algunas frases.
—¿Te duele?
—No, no me duele.
—¿Te tratan bien?
—Me alegro de que estés aquí.
—Yo también me alegro de estar aquí.
—¿Te ha contado tu madre por qué estoy aquí?
—¿Qué pasó la noche del sábado al domingo?
—¿No da lo mismo?
—Pero tú no querías morir así…
—No me parece una mala forma de marcharme.
Entonces se le cerraron los ojos, y seguí sujetándole la mano y mirándola fijamente. También ella había llorado; tenía lágrimas en las mejillas.
Me quedé hasta que pasó el médico. Este le echó un vistazo a Olga, que seguía durmiendo, me saludó con la cabeza, le hizo un gesto a la enfermera y continuó con su ronda. La enfermera colocó una bolsa nueva en el gotero, me preguntó cuánto tiempo llevaba dormida y me aconsejó que regresara más tarde o a la mañana siguiente: si Olga no se había despertado durante la visita del médico, no iba a despertarse durante un buen rato.
Paseé por la ciudad, de puente a puente, recorriendo una orilla y de vuelta por la otra, tomé un camino y me adentré en los campos. Me senté junto al canal, a contemplar el agua y las barcas. Entonces mis pasos me guiaron hasta el parque y el monumento a Bismarck. Estaba cerrado, pero no había nadie hurgando en la gravilla ni en el césped, buscando pistas sobre los autores del atentado, y el busto de Bismarck descansaba con firmeza sobre el pedestal. Lo conocía desde pequeño, arenisca clara sobre granito oscuro, brillante; la calva y el bigote de la estatua idénticos a la calva y el bigote de mi abuelo. Pero, en realidad, nunca le había prestado atención al monumento. ¿Estaba un poco ladeado? ¿O me lo estaba imaginando? Y, en caso de que así fuera, ¿se debía al atentado? ¿O había sido así desde siempre?
A las ocho volvía a estar en el hospital. Olga dormía, como antes. Me senté junto a la cama y le cogí otra vez la mano. A veces abría un instante los ojos o negaba con la cabeza. Otras veces algún sonido escapaba de sus labios, como si quisiera decir algo, pero no eran palabras completas y yo no entendía nada. A veces le temblaba la mano dentro de la mía. Poco a poco, el líquido del gotero se fue acabando. Poco a poco, afuera fue oscureciendo.
En algún momento me dormí. Cuando desperté, la mano de Olga estaba fría dentro de la mía. Entonces me di cuenta de que la enfermera del turno de noche estaba también junto a la cama. Sí, Olga estaba muerta.