Olga

Bernhard Schlink · Capítulo 43 de 55

Páginas del PDF

Olga

Capítulo 17

 

No solo porque en la pared, junto a mi escritorio, tenga colgadas fotografías de mis seres queridos, incluida la que se mandó sacar Olga al final de la huida. La encontré junto con las fotografías donde aparecen Viktoria, Herbert y ella misma la víspera de la confirmación, entre sus papeles: un diploma del seminario de enseñanza, otro de la escuela para sordos, un esbozo firmado por Eik de la vista y la planta de una escuela y un hatillo de cartas que Herbert le había enviado desde el África del Sudoeste Alemana.

Siempre que regreso a mi ciudad natal —algo que desde la muerte de mis padres ya no hago de forma regular, pero sí para reunirme con antiguos compañeros de clase y amigos—, paso por delante del monumento a Bismarck. Tras estudiarlo en numerosas ocasiones y con detenimiento, finalmente me he convencido de que sí, está ligeramente ladeado. Sigue siendo el monumento a Bismarck, pero para mí, con aquella inclinación, es un monumento a Olga.

Cada vez que salgo a pasear o a caminar con alguien y nos mantenemos en silencio o si voy con alguien al cine y nos damos un tiempo antes de empezar a hablar sobre la película, pienso en Olga. También pienso en ella si alguien explica con felicidad que ha encontrado a una persona con quien puede estar en silencio. Es agradable sentirse unido a otra persona sin necesidad de mostrarse cortés ni deferente, ni de darle conversación. Aunque en el fondo no es algo que unos posean y otros no, que una a determinadas personas y separe a otras. El silencio es algo que se puede aprender y, con él, la paciencia que acompaña el no decir nada.

De Olga me ha quedado también la afición por pasear por los cementerios, y si alguna vez me encuentro en un cementerio especial, especialmente antiguo o especialmente bonito, encantado o inquietante, ella siempre está presente en mi pensamiento. La vez que más próxima la sentí fue en un cementerio que me gustó particularmente y que visité durante unas vacaciones en una zona rural de Estados Unidos. Estaba en medio de un bosque solitario: una pradera y varias colinas cubiertas de hierba y arbolitos donde primero los indios nativos y luego los pobladores de los siglos XVIII y XIX habían enterrado a sus muertos, antes de pasar a enterrarlos en la pradera. No había parcelas, tan solo lápidas, grandes para los adultos y pequeñas para los niños. Muchas llevaban los mismos nombres: ingleses, holandeses, alemanes… Algunas incluían también las profesiones y las mejores cualidades de los muertos; en una, la de un esclavo que había huido del sur al norte, constaba el año de su libertad, y en muchas otras ondeaban banderitas americanas, que indicaban la presencia de veteranos de guerra. Todos descansaban juntos, desde los indios nativos del pasado hasta los que habían muerto hacía nada. Era un lugar de igualdad, donde la muerte no daba ningún miedo.

Tampoco puedo ver una película en DVD o descargada de internet sin pensar en lo feliz que habría sido Olga de poder ponerle subtítulos a todas las películas. A pesar de lo bien que se le daba leer los labios y, a partir de ahí, deducir lo que sucedía en la pantalla, lo que más le gustaba eran las películas extranjeras con subtítulos en alemán. No puedo contemplar un cuadro de Feuerbach, de Böcklin o El fusilamiento del káiser Maximiliano, ni ver una pluma estilográfica o una máquina de coser, en especial si es antigua, sin pensar en ella.

Me viene asimismo a la mente siempre que sucede algo que sé que le habría parecido el fruto de una ambición exagerada. Los estudiantes le parecíamos presuntuosos, con nuestro discurso moralizante. Hoy se burlaría de los medios, que olvidan la investigación y la sustituyen por escándalos moralizantes. La Cancillería Federal, el edificio del Bundestag y el monumento del Holocausto le parecerían demasiado grandes. Se alegraría de la reunificación, pero esta Europa cada vez más grande le parecería también un exceso, lo mismo que el mundo globalizado.