Olga
Capítulo 26
No tuve noticias de Tromsö en todo el mes de marzo. Me planteé llamar y preguntar, pero finalmente no lo hice. Si la perspectiva de cobrar no motivaba al anticuario a buscar, una llamada tampoco lo haría.
Adelheid y yo nos escribíamos y nos llamábamos por teléfono. Ella me envió un borrador de su artículo y yo respondí con un esbozo de la reforma que quería hacer en mi jardín. Ella me envió fotografías de Eik y de su madre y también de ella de niña y de joven. Nos recomendamos mutuamente libros, música y películas y descubrimos que ella prefería pasar las vacaciones en el sur y yo en el norte y que ella habría querido volver a tener un perro y yo un gato.
También de niña y de joven, Adelheid me recordaba a alguien. ¿A mi hermana? ¿A Emilie? ¿A mi mujer, a la que no había conocido ni de niña ni de joven, pero de quien había visto fotografías? ¿A alguna de las niñas o chicas con las que había jugado o bailado o de las que me había enamorado? En el sótano tenía una caja llena de fotografías y me planteé la posibilidad de recuperarlas y comparar, pero nunca encontré el momento de hacerlo.
A mediados de abril recibí una carta de Tromsö. El anticuario había encontrado treinta y una cartas y una postal dirigidas a Herbert Schröder. Tras deducir el anticipo, me requería el pago de siete mil seiscientos euros, que debía transferir a su cuenta de un banco londinense. Recibido el dinero, pondría en marcha el asunto. Si prefería que pusiera el envío en manos de un servicio de mensajería, debía transferirle ciento veinte euros más.
En aquel momento no disponía de ese dinero. Pensando de dónde podía sacar esa cantidad me acordé de la libreta de ahorros de Olga. La llevé al banco y resultó que los doce mil marcos se habían convertido en algo más de dieciséis mil euros, más que suficiente para la transferencia.
Pasaron aún dos semanas hasta que, un miércoles a las once de la mañana, un mensajero me entregó un sobre de grandes dimensiones. Dentro había más sobres y una carta del anticuario, eso sí, sin fecha, ni encabezamiento, ni saludo, apenas con una firma al pie:
Siento haberlo hecho esperar. No es solo que tuviera mucho trabajo. Al principio, no podía examinar la montaña de cartas sin abrir alguna de vez en cuando y leerla. Al poco se convirtió en una obsesión. Encontré una que relataba una historia de celos y otra sobre una desavenencia entre hermanos. Yo estaba fascinado y quería más. Una carta de la época de la ocupación describía un drama de infamias y traiciones, y en otra del tiempo de la liberación el autor, un colaboracionista, anunciaba su suicidio. Tiene que saber que en su día estudié Historia y que de pronto tenía la sensación de estar siendo testigo de la historia tal como había sucedido realmente. Pero treinta o cuarenta cartas más tarde, mi ávida invasión de aquellas vidas ajenas empezó a repugnarme. La historia no es el pasado tal como fue realmente, sino la forma que le damos. Espero que disfrute de sus cartas más de lo que yo he disfrutado de las mías.
AKSEL HELLAND