Olga

Bernhard Schlink · Capítulo 4 de 55

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Olga

Capítulo 3

 

En cuanto pudo ponerse en pie, el niño quiso caminar. Como paso a paso no avanzaba lo bastante rápido, levantaba un pie antes incluso de plantar el otro en el suelo y se caía. Se levantaba, daba un paso, daba otro, sentía una vez más que iba demasiado despacio, levantaba de nuevo un pie antes de plantar el otro y volvía a caerse. Levantarse, caerse, levantarse… El niño seguía adelante, impaciente, infatigable. «Caminar no le interesa, él lo que quiere es correr», pensaba su madre observándolo, y sacudía la cabeza.

Incluso después de aprender que solo podía levantar un pie del suelo después de haber plantado el otro, seguía sin querer andar. Avanzaba a trompicones, con pasitos cortos, y cuando los padres le ponían el arnés y lo sacaban a pasear atado con la correa, como estaba de moda en aquellos tiempos, no podían evitar reírse, pues el pequeño trotaba como un poni. Al mismo tiempo, sin embargo, estaban un poco preocupados: los otros niños andaban mejor con la correa.

Con tres años ya corría. Corría a sus anchas por toda la casa, amplia como era: corría por sus tres plantas y dos buhardillas, por los largos pasillos, escaleras arriba y escaleras abajo, por las habitaciones interconectadas y por la terraza hasta salir al parque, a los campos y al bosque. Cuando empezó el colegió, iba corriendo al colegio. No porque se hubiera dormido o se hubiera entretenido cepillándose los dientes y temiera llegar tarde, simplemente prefería correr a caminar.

Al principio, los otros niños corrían con él. Su padre era el hombre más rico del pueblo y su finca daba trabajo y sustento a numerosas familias; se encargaba de zanjar disputas, velaba por la iglesia y la escuela, y se aseguraba de que la gente votara como era debido. Los demás niños admiraban a su hijo y durante un tiempo trataron de imitarlo, pero al final terminaron distanciándose de él debido tanto al respeto con el que lo trataban los maestros como a sus modales, su forma de hablar y de vestirse. Y a lo mejor habrían estado encantados de convertirse en su séquito si a su vez él hubiera querido ser el líder, pero el niño no tenía ningún interés en ello. No por arrogancia, sino por obstinación. Que los demás jugaran a lo que quisieran, que él ya tenía sus propios juegos. No los necesitaba para nada. Desde luego, no los necesitaba para correr.

A los siete años, sus padres le regalaron un perro. Como admiraban Inglaterra y adoraban a Victoria, la viuda del káiser Federico, optaron por un border collie, un pastor inglés que debía acompañar y proteger a su hijo en sus correrías. El perro, que iba siempre un trecho delante del niño, se volvía a menudo a mirar a su joven dueño y pronto desarrolló una notable intuición para adivinar adónde quería dirigirse. Juntos recorrían senderos y lindes de los bosques, veredas boscosas y cortafuegos, y a menudo también corrían a bosque y campo traviesa. Al niño le encantaba el campo abierto y el bosque claro, pero cuando el trigo estaba alto, corría entre las espigas para sentirlas contra las piernas y los brazos desnudos, y corría entre el monte bajo para que las zarzas lo arañaran y tiraran de él, y para poder soltarse cuando estas querían retenerlo. Si los castores construían una presa que convertía el arroyo en un pantano, él lo atravesaba corriendo. Nada podía detenerlo, nada.

Sabía perfectamente a qué hora llegaba el tren al pueblo y a qué hora partía; entonces, iba corriendo a la estación y lo seguía corriendo junto a las vías, hasta que el último vagón lo había adelantado. Cuanto más mayor se hacía, más rato era capaz de seguir el convoy, aunque superarlo no fuera en sí su objetivo. El tren lo empujaba hasta el punto en el que el corazón no podía latirle más rápido y él no podía respirar más deprisa. Era capaz de alcanzar ese punto solo, desde luego, pero prefería que fuera el tren quien lo llevara hasta allí.

Oía sus propios jadeos y el palpitar de su corazón. Oía el batir de sus zancadas sobre el suelo, regulares, seguras, ligeras, y cada pisada contenía ya el impulso para levantarse de nuevo, y cada vez que se levantaba sentía como si flotara. A veces tenía la sensación de estar volando.