Olga
Capítulo 4
Sus padres lo bautizaron con el nombre de Herbert, pues su padre había sido soldado en cuerpo y alma, había recibido la Cruz de Hierro en la batalla de Gravelotte y había decidido que si tenía un hijo le pondría Herbert, el ilustre guerrero. Le explicó a su hijo el significado de su nombre y Herbert se sintió orgulloso de él.
Estaba orgulloso de Alemania, de aquel joven Reich y su joven káiser, de su padre, de su madre, de su hermana y de la finca familiar, con sus distinguidas propiedades y aquella casa tan majestuosa. Lo único que le molestaba era la asimetría de la fachada. La puerta de entrada estaba corrida a la derecha y, debajo de cinco ventanas simétricas en las plantas superiores y bajo el tejado, tenía tres ventanas a la izquierda y una a la derecha. Nadie sabía explicar el porqué de aquella falta de equilibrio: la casa tenía ya más de doscientos años y había pasado a ser propiedad de la familia hacía tan solo una generación.
El abuelo había adquirido la finca a un noble venido a menos con la esperanza de que un día lo aceptaran entre la nobleza, y si no a él, por lo menos a su hijo, el héroe de Gravelotte. También el padre albergaba esperanzas de poder añadir un título nobiliario a su finca señorial y a la Cruz de Hierro. Pero se quedó para siempre en Schröder, motivo por el cual más adelante Herbert, que no se conformaba con ser un Schröder más, decidió incorporar el nombre del señorío a su apellido.
A pesar de sus sueños de grandeza, tanto el abuelo como el padre eran hombres sensatos y capaces. Hicieron prosperar la finca, construyeron una refinería de azúcar y una fábrica de cerveza, y ganaron suficiente dinero para especular con acciones. A la familia no le faltó nunca de nada, y los hermanos, Herbert y Viktoria, vieron cumplidos todos sus deseos, siempre y cuando fueran razonables: se les negó la autorización para dejar de acudir al colegio y a la iglesia, pero se les concedió ir de viaje a Berlín; no se les permitió leer novelas, pero sí libros de historia nacional; nunca pudieron tener una maqueta de tren inglesa, con locomotora a vapor y todo, pero sí un bote y un fusil. Después de pasar cuatro años yendo a la escuela con los niños del pueblo, los hermanos empezaron a recibir lecciones particulares con un preceptor de matemáticas y ciencias naturales, y una preceptora de cultura y lenguas. Herbert tomaba clases de violín, y Viktoria de piano y canto. Además, Herbert echaba una mano en la finca para así aprender qué podía esperarse de los capataces, los mozos y las sirvientas.
Cuando llegó el momento de que Herbert empezara a tomar clases de catequesis, y aunque tenía un año menos que él y era todavía demasiado joven, Viktoria lo acompañó. Los padres querían que, como ya habían hecho en el colegio, los hermanos compartieran la instrucción de catecúmenos con los niños del pueblo, pero preferían no exponer a la niña a su rudeza sin la protección de su hermano. No es que Viktoria tuviera miedo a los demás niños: los dos hermanos poseían la osadía propia de quienes no han tenido que sufrir ni temer ninguna desgracia en la vida. Pero a Viktoria no le haría ningún daño practicar las gracias de la mujer débil, ni a Herbert la nobleza del hombre fuerte. Ambos encontraban motivos de placer en sus papeles. A veces Herbert intentaba provocar las impertinencias de los otros niños para así poder proteger a Viktoria. Pero no se dejaban provocar: no querían tener nada que ver con ellos.
Hasta que llegó Olga. Para Herbert y Viktoria, la curiosidad y admiración con la que Olga se interesaba por su mundo resultaba irresistible. Lo poco que tardaron en hacerse amigos de ella fue una demostración de lo solos que estaban, aunque no lo supieran.