Olga
Capítulo 6
Durante el último año de instituto, si pasaba una tarde en casa y la señorita Rinke estaba también ahí cosiendo, preparaba café para los dos y me sentaba a su lado. Ella me hablaba del seminario para maestras, de su primera plaza en Pomerania y de la siguiente, en un pueblo junto al Memel, de la diferencia en el trato que se les dispensaba a las maestras durante la época del káiser y durante la república y de su participación en la unión de maestras. También me hablaba de los viajes de Herbert y de los días y semanas que habían pasado juntos.
—Éramos más pacientes que vosotros. En aquella época muchas parejas pasaban meses, incluso años, separadas, y solo se veían durante breves periodos. Tuvimos que aprender a esperar. Hoy todos vais en coche y en avión y habláis por teléfono y pensáis que el otro está siempre disponible. Pero, en el amor, el otro nunca está disponible.
A pesar de la resignación con la que la señorita Rinke rememoraba las ausencias de Herbert, el anhelo que la inmensidad interminable provocaba en él seguía contrariándola. Si pensaba en Herbert de joven, aquel anhelo le parecía conmovedor; pero cuando lo imaginaba convertido ya en un hombre, le resultaba absurdo.
—El desierto… Quería excavar fuentes y construir fábricas en el desierto de arena, y explorar un pasaje y conquistar el Polo en el desierto de hielo, pero era demasiado ambicioso, y además era todo hablar por hablar. No quería hacer nada en el desierto, más allá de perderse. Quería perderse en la distancia. Pero la distancia no es nada. Quería perderse en la nada.
—¿Le preguntó usted por qué…?
—Ay, hijo —me espetó, pues así era como me llamaba—, no hablábamos de asuntos espinosos. Cuando estábamos juntos, cuando finalmente podíamos estar juntos, a él lo consumía la inquietud. La inquietud, omnipresente, lo poseía por completo. Yo solo podía tratar de seguirle el ritmo, y, cuando quería decirle algo, hablaba siempre atropelladamente, casi sin respirar — explicó, meneando la cabeza.
Para entonces ya no se callaba que Herbert había perdido la vida durante una expedición ártica tan mal planificada como ejecutada. Tampoco pasaba por alto la guerra contra los herero, y hablaba tanto de la primera guerra mundial, en la que Herbert habría buscado la muerte de no haberla encontrado ya en el hielo, como de la segunda. Según ella, la perdición había empezado con Bismarck: este había puesto Alemania a lomos de un caballo demasiado grande, que de todos modos no podía montar, y desde entonces a los alemanes los podía una ambición exagerada. Aunque Bismarck no había mostrado ningún interés por las colonias, la señorita Rinke lo responsabilizaba de los sueños coloniales que se le habían metido en la cabeza a Herbert, de sus patrañas árticas, de las fantasías de Eik sobre el Lebensraum y de las dos guerras mundiales. Incluso la reconstrucción y el milagro económico le parecían una exageración.
En clase de historia no nos habían explicado así la fundación del imperio alemán, y tampoco había oído nunca que en Alemania todo terminara adquiriendo dimensiones exageradas. En cuanto a aquello de que Herbert se había querido perder en la nada, tampoco sabía qué pensar. Conocía la sensación de que no hay nada que ambicionar, nada por lo que trabajar y en lo que creer, nada verdaderamente digno de ser amado. Aquella sensación convertida en filosofía era lo que yo imaginaba cuando hablaban de nihilismo. Pero el anhelo que Herbert sentía por la nada tenía que ser otra cosa.