Olga
Capítulo 24
Siguió dando clases en su pueblo hasta que en 1923 Lituania se anexionó los territorios al norte del Memel, que, en virtud del Tratado de Versalles, se habían segregado de Alemania y habían pasado a ser administrados por Francia. Entonces empezó a dar clases en un pueblo situado al sur del Memel.
Las únicas alegrías durante aquellos años se las daba Eik, un niño inteligente, mañoso e imaginativo que se había construido un barco con una caja de jabón, y, al mismo tiempo, un soñador que nunca se cansaba de oír historias sobre mares y países lejanos. Después de descubrirle a Jonathan Swift y Daniel Defoe, Olga empezó a hablarle de los viajes de Herbert al África del Sudoeste Alemana, a Argentina, a Carelia, a la península de Kola y a Siberia. En cambio, prefería no hablar de Spitsbergen ni tampoco de la desaparición de Herbert.
El Herbert que le presentó a Eik era un personaje heroico: no el joven de Pomerania que no había sabido medir sus fuerzas y había terminado congelándose, sino el aventurero deseoso de descubrir paisajes inmensos, interminables, que no se había rendido jamás, que había soportado fatigas varias y sobrevivido a todos los peligros imaginables. Era como si, confrontada con el recuerdo de aquel Herbert que había fracasado ante el mundo, Olga optara por recordarlo tal como él se había visto siempre a sí mismo y había querido que lo vieran. Como si se le hubieran olvidado ya todas las cosas que se había reprochado a sí misma. Más tarde le entró el temor a que Eik pudiera extraviarse, tal como Herbert se había extraviado para terminar arruinando no solo su vida, sino también la de otras personas. Pero para entonces Olga ya no tenía ninguna influencia sobre él.
Gracias a su inteligencia, Eik logró dejar el pueblo y trasladarse a vivir a la ciudad, pasó de la escuela elemental al instituto y de Tilsit a Berlín. Estudiaba arquitectura en la Universidad Politécnica y cada vez que Olga iba a visitarlo quedaba maravillada ante aquel chico alto, rubio, de rostro límpido y ojos azules, deportista y seguro de sí mismo. Más tarde ganó varios premios, construyó un mercado en Halle, un hotel en Múnich y un consulado en Génova, y pasó cuatro años en Italia. En una ocasión Olga fue a visitarlo allí y él le mostró Roma y le presentó a una joven colega, una chica judía todavía más segura de sí misma y más lista que él, algo de lo que Eik parecía no haberse dado cuenta. A Olga le gustó mucho aquella muchacha y se dijo que ojalá Eik supiera llevar bien el hecho de que ella lo aventajara. También pensó que le encantaría verlos casados. Pero un día su nombre dejó de aparecer en las cartas que él le mandaba.
En el verano de 1936, Eik regresó de Italia y se hizo miembro del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán y de las SS. Fantaseaba con un
Lebensraum[3] alemán entre el Memel y los Urales, con la tierra negra y el pasto de las estepas, con trigales ondeantes hasta donde alcanzaba la vista y con rebaños de vacas interminables. En el país de sus fantasías había aldeas alemanas fortificadas, pero por lo demás estaba desierto: los trabajadores y trabajadoras que iban a hacer falta, así como los bueyes y los caballos de tiro, llegaban por la mañana procedentes de ningún lado y desaparecían por la noche de forma igualmente misteriosa. Estaba decidido a capitanear a caballo la conversión de la miseria eslava en esplendor germano.
Olga no lo entendía. Había seguido paso a paso la evolución de los intereses de Eik, sus lecturas, sus pasiones, había hablado con él sobre todo y lo había alentado en todo. ¿Y de pronto le salía con eso? ¿Cómo podía romper de aquella manera con todas las cosas en las que ella creía y por las que vivía? Olga nunca se había afiliado al Partido Socialdemócrata, pero lo había votado siempre. Le había gustado la república, donde las maestras valían más, podían más y ganaban más que bajo el káiser. Había formado parte del comité de la Unión General de Maestras de Alemania hasta que se protegió de la nazificación mediante la autodisolución. Olga había rechazado el nacionalsocialismo desde buen principio: Alemania iba a crecer más de la cuenta una vez más, después de que Bismarck ya hubiera tenido y llevado a la práctica esa misma idea. Y a la primera guerra mundial le seguiría la segunda.
Intentó hablar con Eik y quitarle aquellas fantasías de la cabeza. ¿Agricultura y ganadería? ¿No había preferido siempre las manualidades, leer y ayudar en casa? ¡Pero si de estudiante siempre se le morían los geranios y se le escapaban los gatos! ¿A qué venían aquellos sueños de horizontes lejanos y paisajes vacíos desde el alba hasta el anochecer? En todos aquellos lugares vivían personas y, además, los alemanes tenían ya trigo y carne suficientes. Pero no lograba que él la escuchara. Eik la trataba con la condescendencia afectuosa que se reserva para quienes están ya demasiado mayores para comprender los nuevos tiempos.
Aquel verano, durante las vacaciones, a Olga le subió la fiebre. Se dijo que se trataba de una gripe, se acostó y a la mañana siguiente, al despertar, se dio cuenta de que no oía nada. El médico probó varias cosas, aunque más tarde Olga se preguntó si realmente tenía esperanzas de curarla o simplemente quería darle tiempo para que pudiera asumir su sordera.
Tenía cincuenta y tres años y la pusieron en la calle. La junta escolar quería librarse de ella de todos modos: no encajaba en los nuevos tiempos. Nunca habría dejado de enseñar si no se hubiera visto forzada a ello, pero hacía ya tiempo que contaba con que los nazis la dejarían sin empleo y desde entonces la escuela le resultaba cada vez más y más ajena. Por otro lado, hacía ya más de treinta años que enseñaba. Quizá ya bastaba con aquello.
La fama de la escuela para sordos de Breslau la empujó a irse a vivir a aquella ciudad, donde, gracias a su facilidad para la lengua y su vocabulario, pronto dominó la lectura de labios a la perfección. Al terminar los estudios le habría gustado mucho quedarse en la ciudad: llevaba ya mucho tiempo viviendo en el campo. Pero finalmente se mudó a un pueblo, donde la vida era más barata. Era una costurera hábil y capaz, desde su paso por el seminario para maestras se confeccionaba ella misma los vestidos y encontró varias clientas en Breslau. Para algunas de ellas trabajaba desde casa, aunque a veces recogía los encargos y los devolvía al cabo de unos días. Tenía una hora en tren hasta la ciudad.
Se dedicó a vivir su vida. Cocinaba, leía, se ocupaba del jardín, salía a pasear y, de vez en cuando, recibía la visita de algún antiguo alumno o alumna, de sus amigas de la región del Memel y de sus hijos, también de Eik. Echaba de menos la música a diario. Antes solía cantar con los niños en el colegio, dirigía el coro de la iglesia y tocaba el órgano y siempre disfrutaba de los conciertos que ocasionalmente se celebraban en Tilsit. Ahora leía partituras y tocaba la música para sus adentros, pero aquello dejaba bastante que desear. Antaño solía deleitarse también en los sonidos de la naturaleza: los pájaros, el susurro del viento, el vaivén de las olas. Le gustaba despertarse con el gallo en verano y con las campanas de la iglesia en invierno. Ahora, en cambio, se alegraba de no tener que oír los altavoces. El mundo se había convertido en un lugar ruidoso con los nazis, que habían instalado por todas partes altavoces por los que a todas horas se oían discursos, marchas y proclamas que lo perseguían a uno fuera donde fuera. Aunque no hay nada tan malo que, con tal de no oírlo, uno prefiera dejar de oír también lo bueno.