Olga
Capítulo 2
De niño, incluso después de superar la otitis media, enfermaba a menudo. Constantemente sufría de bronquitis aguda febril, que me tenía en cama durante varias semanas.
Todavía recuerdo el silencio de mi habitación de enfermo y los sonidos sordos procedentes del resto de la casa y del exterior, retales de melodías del violín de mi hermana o del violoncelo de mi hermano, gritos de niños que jugaban en el jardín, el silbido de un camión en la calle. Recuerdo los juegos de sombras y luces que las ramas de los árboles hacían en el techo, y la luz amarillenta que los faros de los coches al pasar proyectaban en mi habitación oscura. Y recuerdo la soledad que sentía cuando estaba enfermo. Leía mucho y con gusto, y mi madre siempre encontraba algo con que entretenerme, desde
aprender la escritura Sütterlin[4] hasta deshilvanar viejos vestidos para coser prendas nuevas, e insistía en que revisara lo que más tarde estudiaría en el colegio. Pero lo que yo quería eran visitas, compañía y conversación.
No digo que mi madre y mis hermanos no se ocuparan de mí, pero mi madre estaba muy atareada con la casa y, además, como mujer del pastor protestante, colaboraba en varios círculos de mujeres y jóvenes. Mis hermanos, por su parte, tenían el colegio y clases de música y la orquesta y el coro y sus deportes respectivos. Venían, se sentaban un rato junto a mi cama y se marchaban. A veces incluso venía mi padre y, si no me apartaba a tiempo, se me sentaba encima de la pierna con todo su peso. Después de intercambiar unas palabras se perdía en sus pensamientos, sobre todo si era sábado y me visitaba a medio preparar su sermón. Quienes mejor satisfacían mi necesidad de conversación eran las diversas mujeres que entraban y salían de nuestra casa y que siempre estaban encantadas de sentarse a charlar conmigo.
Una de ellas era la asistenta, que repetía una y otra vez que cuanto más conocía a los seres humanos más le gustaban los perros, pero que me llevó a la fiesta de consagración de la iglesia, montaba conmigo en el tren de la bruja y en las sillas voladoras y, cuando estaba enfermo, me leía los Cuentos de Grimm, poniendo especial énfasis en las historias más monstruosas y crueles. Otra era la mujer del sacristán, que se encargaba del trabajo de su marido alcohólico y así le salvaba el empleo; nos visitaba a menudo para hablar de cuestiones eclesiásticas y relacionadas con la misa, no tenía hijos y, como yo le había caído en gracia, no perdía ocasión de sermonearme sobre la maldición que era el alcohol. La más misteriosa de todas era la pediatra, a quien llamaban o iban a buscar a menudo para que acudiera a mi cama de enfermo, la única judía a la que yo conocía, y que mantenía con su enfermera, a la que había escondido durante el Tercer Reich, una relación tan íntima como yo no había visto jamás entre dos mujeres. Un amigo de mi padre, un emigrado ruso, solía instalarse también en nuestra casa durante días y semanas, con la ligereza con la que los rusos ofrecen y disfrutan la hospitalidad, junto con su mujer y su hija, una chica mentalmente discapacitada pero bondadosa. La mujer se sentaba junto a mi cama de enfermo y me hablaba de la vida en San Petersburgo, de la revolución y del confuso viaje en el que, por encargo de su padre, unos cosacos la habían llevado de San Petersburgo a Odessa y, desde allí, en barco hasta Francia. A menudo venía también la hermana de la primera mujer de mi padre, que habría estado encantada de apoderarse de la herencia de su hermana fallecida y casarse con mi padre, y que durante sus visitas me martirizaba con sus historias sobre lavativas y ventosas de cristal, para luego aplacarme con su tierno relato de cómo Schumann había puesto música al romance de Heine sobre los soldados de infantería de Napoleón.