Olga
Capítulo 10
Por Navidades, la fiesta principal de los alrededores se celebró en la finca Schröder. Acudieron incluso los vecinos de rancio abolengo, y el viejo Schröder lució la Cruz de Hierro con la esperanza renovada de recibir algún título nobiliario. No se celebraba solo el inicio del Año Nuevo, sino también los éxitos del anterior: el nuevo Código Civil, el inicio de las comunicaciones telegráficas entre Alemania y América, la banda azul del MS Deutschland, la bandera alemana recién izada en la nueva colonia de Samoa y el hecho de que ningún chino se atreviera ya a sostener la mirada ante un alemán. Alemania ocupaba finalmente el lugar que le correspondía en el mundo. A medianoche se lanzaron unos espectaculares fuegos artificiales: un experto en pirotecnia de Königsberg hizo estallar bombas, cohetes y surtidores rojos y blancos sobre el negro del cielo, y también algunos azules, en honor a Inglaterra y Francia. ¿Acaso la Exposición Universal de París no había puesto de manifiesto que el siglo que apenas empezaba auguraba un futuro esplendoroso para todas las potencias europeas? Además, el viejo Schröder había especulado exitosamente con acciones de varias empresas químicas y eléctricas, y podía permitirse aquel derroche pirotécnico.
Herbert había querido invitar a Olga, pero Viktoria había convencido a sus padres de que la presencia de la muchacha sería perjudicial para su prestigio a ojos de los hijos de los viejos nobles. Entonces Herbert había anunciado que tampoco él tomaría parte en la fiesta, y se había mantenido firme en su determinación a pesar de las lágrimas de su hermana, los ruegos de su madre y la autoritaria reacción de su padre, si bien al final Olga lo había convencido de que no predispusiera a sus padres en su contra innecesariamente. ¿Y si le prohibían verla?
Pero el pueblo entero acudió a la finca para los fuegos artificiales, y la multitud no permaneció en la alameda, ni en la rotonda que había ante la casa, sino que accedió a la gran terraza desde donde los invitados contemplaban el parque, donde los surtidores soltaban chispas y los cohetes y las bombas se alzaban hacia el cielo. Al principio mantenían cierta distancia respecto a la fiesta, pero poco a poco, presos del entusiasmo ante el espectáculo luminoso, los aldeanos fueron avanzando hasta confundirse con los invitados. Estos fingieron no reparar en su presencia, del mismo modo que los padres de Herbert fingieron no ver cómo su hijo y Olga, uno junto a otro, se cogían de las manos y susurraban: «¡Feliz Año Nuevo!».
Aquel nuevo año trajo cosas buenas. Olga aprobó el examen de acceso al seminario nacional para maestras de Posen. Aprobó con mención honorífica, lo que le valió una plaza gratuita en la residencia para maestras del seminario. Herbert estaba orgulloso de Olga, celoso de la importancia que esta otorgaba al aprendizaje y el saber, e incómodo ante aquella independencia recién adquirida, libre de su familia y de las opiniones ajenas, pero también de él. A lo mejor tenía razón y no se casarían nunca, aunque él no quería admitir sus razones y solo podía pensar que lo que sucedía en realidad era que no lo necesitaba. Únicamente la entrada en el regimiento de infantería tras aprobar a duras penas el bachillerato le permitió olvidar sus celos y su malestar, y sentirse tan orgulloso de sí mismo como de Olga.
Herbert le mandó una fotografía coloreada en la que aparecía vestido con chaqueta azul y pantalón blanco, cuello rojo, solapas rojas y boina azul bermejo con visera negra, parecida a la gorra que llevaban los estudiantes. Le mandó otra con uniforme gris y casco de punta dorado. A Olga le gustaba en las dos: fuerte y robusto y lo bastante corpulento como para no ser un hombre pequeño, con una expresión de alegre tenacidad en el rostro anguloso. La fascinaban sus ojos, azules y claros, como si para él no existiera la duda, si bien a veces los atravesaba una mirada lánguida y perdida que la enternecía.
Con las fotografías llegó también la estilográfica. Era negra y sobre el cuerpo ponía «F. Soennecken». El plumín se desenroscaba y el depósito se llenaba con una pipeta. ¡Y cómo escribía! El trazo horizontal era fino y el vertical grueso, de modo que incluso cuando Olga tenía que modificar o tachar algo quedaba bien, y muy pronto empezó a mandarle a Herbert las cartas directamente, sin necesidad de pasarlas a limpio. Este, tal como le había prometido, le había comprado la pluma con la primera soldada.
También ella le mandó una fotografía. Llevaba una falda ancha, negra, y una blusa blanca ribeteada, con el cuello y los brazos desnudos. Era un vestido estilo reforma que Olga se había hecho ella misma. Llevaba el pelo medio recogido en un moño e iba casi sin maquillar, apenas se había empolvado un poco las mejillas porque cuando estaba agitada le salían unas manchitas rojas en la cara. Su aspecto era orgulloso y, de hecho, es posible que se enorgulleciera de sí misma por ser distinta a las otras chicas de su edad, que solo pensaban en la moda y los hombres.