Olga
Capítulo 12
Pasados unos semestres, me mudé de ciudad y me cambié de universidad. También cambié de carrera: después de estudiar Teología y Medicina, me decidí por Filosofía.
A mis padres les preocupaba la falta de perspectivas profesionales, pero me apoyaron de todos modos. Sin embargo, con cuatro hijos su ayuda tampoco daba para mucho, de modo que encontré trabajo como camarero en un bar del barrio donde vivía. Me gustaban los clientes, que agasajaban a los estudiantes que les servían con afable admiración y generosas propinas, y me fascinaba mi capacidad de mantener cada vez más platos y vasos en equilibrio. A veces alguien intentaba largarse sin pagar, estallaba alguna pelea o nos visitaba la policía. Lo más excitante que presencié como camarero fue cómo un hombre se abalanzaba, cuchillo en mano, contra el amante de su mujer. Corrió la sangre y el bar tuvo que cerrar un día entero. Unas semanas más tarde, agresor y agredido estaban sentados ante sendas cervezas: la mujer no había querido saber nada más de ninguno de los dos. Trabajaba allí tres noches a la semana, y con eso, la carrera y la orquesta no me quedaba tiempo para mucho más.
Además de para su cumpleaños, visitaba a Olga cada dos o tres meses. El viaje en tren entre la ciudad donde estudiaba y mi ciudad natal era largo, y una vez allí eran muchas las personas que requerían mi tiempo: padres, viejos amigos y amigas, los del cuarteto donde había tocado la flauta durante años… Aun así, siempre procuraba que Olga y yo dispusiéramos de una tarde entera para nosotros. A veces salíamos a hacer algo juntos. Olga seguía conservando toda su energía y curiosidad. Otras veces pasábamos la tarde en su casa y al caer la noche la llevaba a un restaurante. En invierno nos instalábamos en la sala comedor, en la esquina del sofá, bajo una acuarela con unos pinos, un cañaveral y el mar que había encontrado en un mercadillo y que le recordaba Pomerania. En verano nos sentábamos en el balcón, donde cabían dos sillas justas. En la estación de mercancías traqueteaban los vagones de tren y silbaban las locomotoras, el jardín oloroso atraía a las abejas. A mí me parecía idílico, pero en mi última visita Olga mostró su descontento con la vista: habían derribado el depósito de aguas.
Siempre que me despedía me daba algo para el camino, una torta marmolada cubierta de chocolate que había hecho ella misma, mermelada de elaboración propia o trozos de manzana que había deshidratado en casa. Aquel gesto siempre me conmovía, pero cada despedida se me hacía más difícil. A pesar de su energía y vitalidad, Olga rondaba ya los noventa años; cualquier día podía caerse o podían fallarle el corazón o el cerebro. Cada despedida podía ser la última. No nos abrazábamos ni al reencontrarnos ni al despedirnos: esa no era nuestra costumbre. Ella me pasaba la mano por el pelo, tal como solía hacer cuando yo era niño. Y así seguía llamándome: niño.