Olga

Bernhard Schlink · Capítulo 42 de 55

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Olga

Capítulo 16

 

Culminé mis estudios con un doctorado sobre la novela filosófica y pedagógica Émile, de Rousseau. La evaluación no incluía ninguna invitación a convertirme en profesor, algo que me habría gustado de verdad. Pero resultó que con la reforma los ministros de cultura no solo buscaban maestros y juristas para sus equipos, sino también outsiders, y así fue como empecé a trabajar en el ministerio. Allí conocí a mi mujer. Cuando finalmente accedí a una plaza de funcionario, nos casamos, y pronto llegaron los niños y construimos nuestra casa. Los momentos fáciles y difíciles de nuestro matrimonio, las alegrías y también las preocupaciones que dan los hijos… La vida fue siguiendo su curso. El destino nos había ahorrado sus azotes y nunca tuvimos que preocuparnos por lo que pudiera traer el día de mañana.

Seguí trabajando en el ministerio y, a lo largo de los años, fui responsable de estadística escolar, planificación de necesidades y tareas, planificación de personal y desarrollo, regulaciones, traslados y escuelas comunitarias, hasta que me jubilé siendo subsecretario ministerial. A veces he lamentado no haber sido nunca maestro y tratar de forma más directa a los niños, pero me consuela pensar que siempre trabajé indirectamente para ellos. Y siempre me gustó mi lugar de trabajo, al que llegaba feliz cada mañana, donde sabía en cada momento qué se esperaba de mí, y que abandonaba satisfecho cada noche. Tras la jubilación, nadie me necesitaba. En ese sentido, los médicos y abogados que, tras retirarse, todavía echan una mano a sus sucesores, y los gestores e ingenieros, a los que todavía consultan como asesores, lo tienen mejor.

Como mi mujer seguía trabajando, pasé a encargarme de cosas que nunca había tenido que hacer: la compra, cocinar y lavar los platos, la colada y el jardín. Al principio, ella celebraba visiblemente mis tardías dotes culinarias y el hecho de que la ropa conservara sus colores, los jerséis no encogieran y las blusas no salieran todas arrugadas. Pero cuando se acostumbró y empezó a sentarse a la mesa agotada y taciturna tras la jornada laboral y a dar por descontado que encontraría la ropa limpia en el armario, tal como yo había hecho durante décadas, perdí el interés. Seguí encargándome del jardín: ver cómo plantas y arbustos crecían, florecían y daban frutos era la única recompensa que necesitaba como jardinero, al que su agotada y taciturna mujer tampoco se acordaba de alabar. Pero esperaba con ansia el día en el que ella dejaría también de trabajar, nos repartiríamos el trabajo en casa y en el jardín y finalmente haríamos aquel viaje por el norte con el que tanto habíamos soñado: las islas Hébridas, Escocia, Escandinavia, Canadá y Alaska.

Pero no fue así. Un día, pocos meses antes de jubilarse —esa misma mañana, en el periódico, habíamos leído con espanto una noticia sobre el incendio de una residencia para refugiados—, mi esposa cogió el coche, tuvo un accidente por culpa del granizo y murió de camino al hospital. No pude despedirme de ella.

Desde entonces vivo solo. La casa es demasiado grande, pero le tengo apego y, además, aquí sé dónde está todo. Mi hijo es arquitecto, construye edificios en China y cuando viene a Alemania se instala aquí conmigo. Mi hija es maestra en la ciudad vecina, está casada y tiene tres hijos. Uno de ellos me visita siempre que tiene vacaciones. Me sobran motivos para estarle agradecido a la vida, a pesar del dolor por la pérdida de mi mujer. Les cojo cariño a personas y lugares, necesito estabilidad, detesto las rupturas y mi vida es monótona.

Y a todas horas me acuerdo de Olga.