Olga
Capítulo 5
Cuando empecé a interesarme por las chicas mi madre también se mostró preocupada. Por el amor de Dios, no podía cometer el error de enamorarme y atarme demasiado pronto. Al ver las cosas que leía, comprendió que dormía en las camas de incontables mujeres con Felix Krull, que seducía a Madame de Rênal y Mathilde de la Mole con Julien Sorel y que junto al príncipe Nejliúdov convertía a la joven campesina Katiusha en prostituta, y se llevó otra decepción.
A la señorita Rinke, en cambio, le gustaba que le contara qué chica me gustaba y por qué y qué hacía yo para gustarle a ella. Entonces me hablaba de cómo ella y Herbert se habían cortejado y se habían terminado encontrando. El cortejo requería tiempo. Para que dos personas pudieran acostarse no era necesario que estuvieran casadas, pero sí que se hubieran seducido y explorado mutuamente.
Me fijé en la señorita Rinke e intenté imaginarla cuando tenía la edad de Emilie, la chica de la que estaba enamorado. Me había contado que no se maquillaba, lo mismo que Emilie, que tampoco se maquillaba nunca. Se vestía con ropa sencilla, como Emilie. Tenía una figura más firme que la de Emilie, el rostro más plano, el cabello más claro… Ese era todo el vínculo que fui capaz de encontrar entre ambas, pero seguía sin formarme una imagen clara de Olga. La fotografía en la que aparecen ella, Herbert y Viktoria el día de la confirmación no la vi hasta más tarde.
Me gustaba que Olga y Herbert hubieran pasado tiempo rondándose. Emilie era una muchacha reservada y tuve que insistir mucho antes de que me dejara siquiera invitarla al cine. Al cabo de un año me dio el primer beso en la mejilla, rápido y discreto, antes de montar en el tranvía. Cuando volvimos a vernos, al salir del cine, la cogí por la cintura y ella apoyó la cabeza en mi hombro y estuvimos besándonos en la parada hasta que llegó el tranvía. Seguimos yendo al cine, a algún concierto y al teatro, pero lo más importante eran los besuqueos de después, en el patio vacío y oscuro de la escuela, en el parque junto a la iglesia o a orillas del río. Nos besábamos hasta que nos dolía la lengua.
Mantuvimos nuestro amor en secreto ante nuestras familias, amigos y amigas: queríamos que fuera nuestro y de nadie más. Pero entonces Olga me habló de la celebración de Navidad a la que Herbert no la había invitado y de cómo ella había terminado renunciando a asistir, y de repente el secretismo que Emilie y yo nos traíamos entre manos me pareció una traición. Heidi Brühl cantaba: «Wir wollen niemals auseinander geh’n, wir wollen immer
zueinander steh’n[5],» y yo la cantaba también, en voz baja, mientras regresaba a casa después de haber pasado la noche con Emilie. Presenté a Emilie a mi familia, ante la renuencia de mis padres y la curiosidad de mis hermanos, y también a mis amigos y a la señorita Rinke. Cuando dos años más tarde Emilie me dejó por un estudiante, encontré consuelo en todos ellos: era una buena chica, pero… Cada uno tenía sus motivos acerca de por qué no era la persona adecuada para mí. La señorita Rinke fue la única que no adujo razones, limitándose a decir que la vida era una cadena de pérdidas y que debía aprender cuanto antes a aceptarlo.