Olga

Bernhard Schlink · Capítulo 44 de 55

Páginas del PDF

Olga

Capítulo 18

 

A veces me acordaba también de Herbert.

Un domingo, hace ya tiempo, mi mujer y yo llevamos a los niños, que eran aún pequeños, a un mercadillo, y entre platos y cubiertos, candelabros de latón y plumas estilográficas de baquelita, bolsos y toallas, encontré una caja con viejas postales de la serie Soldados de caballería alemanes en el Sudoeste, con imágenes coloreadas de miembros de las tropas coloniales a caballo y a pie, algunos apostados en una colina, mirando en lontananza, otros protegiéndose bajo la cresta de una duna, otros empuñando un cañón o una metralleta, a menudo cargando con el sable levantado o empuñando la bayoneta y, finalmente, cantando villancicos con la boca abierta, bajo un árbol africano cubierto de adornos de metal. En dos de las estampas aparecen en plena acción de combate. En una, están echados en un altiplano pedregoso, disparando, con penachos de humo que salen de los cañones de sus armas; en la otra cabalgan hacia un grupo de herero, que huyen entre caídas y tropezones. Los soldados alemanes del Sudoeste son de lo más apuestos, con sus uniformes marrón grisáceo y la piel oscura, el ala derecha con cucarda roja y negra audazmente levantada, los bigotes ensortijados y puntiagudos. Comprendí de inmediato que no pocos corazones alemanes debían de haber latido desbocados al verlos.

Pensé también en Herbert cuando leí sobre la lucha de liberación de los ovambo y la independencia de Namibia, cuando los submarinos estadounidenses y soviéticos atravesaron el hielo del Polo Norte o cuando un rompehielos soviético realizó el viaje a través del Pasaje del Nordeste en apenas dieciocho días. ¿Se habría enfadado Herbert (y se habría alegrado Olga) al constatar que la historia confirmaba la inutilidad de su expedición?

Entonces leí en el periódico que una expedición había partido hacia la Tierra del Nordeste para descubrir qué había sucedido con Herbert en su día. Fue la oportunidad perfecta para rememorar la vida de Herbert, sus años de soldado en África y sus ambiciones árticas, la locura de aquella expedición a la Tierra del Nordeste, que aparte de estar mal planificada empezó demasiado tarde, su ulterior fracaso y los intentos fallidos de varias expediciones de rescate, que pretendían encontrar a Herbert y a sus tres camaradas, desaparecidos mientras intentaban atravesar la isla. Los medios sacaron también a colación varios instrumentos aparecidos a lo largo de los años: un cazo de aluminio que un cazador de focas noruego había encontrado en 1937 y unos platos de aluminio con los que unos soldados alemanes se habían topado en 1945.

La expedición no encontró rastro alguno de Herbert. Como aquel que ha perdido las llaves pero tan solo puede buscarlas debajo del farol, pues es el único lugar donde hay suficiente luz, la expedición pudo buscar tan solo allí donde el terreno se lo permitía, pero no así en el casquete polar ni en los glaciares, donde es posible que Herbert se extraviara. El informe de la expedición hablaba de módulos solares eficientes, de encuentros con renos y osos polares y de paseos en trineo, pero sobre todo de tortuosas travesías por masas de hielo y marismas de fango helado, a menudo con desigual fortuna. Las imágenes mostraban básicamente nieve blanca y cielos azules, tiendas rojas, trineos cargados con bultos rojos, huskies con la lengua roja y unos expedicionarios alegres y abrigadísimos.

Yo siempre me había imaginado el Ártico de otra forma, como un abismo de oscuridad, como un agujero por donde se habían despeñado los anhelos de Herbert. En la biblioteca de la universidad encontré varios libros sobre la expedición de Herbert y, en ellos, fotografías en blanco y negro en las que todo tiene un aspecto sombrío: la nieve y el cielo grises, hombres y perros como espectros oscuros, paisajes inhóspitos, abruptos, confusos. Uno de los miembros de la expedición que había logrado regresar terminaba su narración lamentándose por los oscuros designios de aquella naturaleza inhumana, ante la que se postraba con silenciosa y consternada veneración.