Olga
Capítulo 25
Siempre que conozco a una persona segura y decidida como ella y me doy cuenta de lo poco que le cuesta formar y romper vínculos, de entrada me resisto a trabar amistad, pues sé que tarde o temprano me dejará atrás. Pero durante el viaje a la Selva Negra seguimos intimando y hablamos cada uno de sí mismo, como si quisiéramos mostrarnos abiertamente ante el otro; nos tuteábamos, y cuando callábamos no echábamos de menos las palabras.
En una ciudad que, después de haber visto épocas mejores, había perdido su industria y a muchos de sus habitantes más ricos, el alcalde aprovechó la feria de jardinería para darle un brillo renovado, con un parque alrededor de los restos del viejo castillo, un nuevo cauce para el arroyo, que llevaba tiempo remansado tras una presa, y un nuevo paseo que bordeaba la orilla. Los ciudadanos también participaron y decoraron las ventanas con unas jardineras que prometían una magnífica floración en verano, y el sol iluminaba no pocas fachadas recién revocadas. En las esquinas oscuras languidecían los últimos restos de nieve. Adelheid llevaba una cámara consigo e iba sacando fotos.
«Una mirada al invierno posterior a la feria de jardinería» era el título del artículo que estaba escribiendo para Park und Garten. Había concertado varias entrevistas, con el alcalde, el director de la feria y el redactor jefe del periódico local. Acompañándola me di cuenta de lo buena que era haciendo su trabajo. Estaba bien informada, era amable y, al mismo tiempo, insistente y tenaz cada vez que alguien eludía sus preguntas sobre los costes y las deudas que se contraerían tras el acontecimiento. El alcalde insistió en invitarnos a cenar al Goldenen Schwan. El restaurante, nos dijo, contaba con un nuevo gerente y un nuevo cocinero de cara a la feria, que serviría para impulsar la ciudad también en el ámbito culinario.
Nos retiramos más tarde de lo previsto. El día había empezado cálido, igual que el anterior, pero a mediodía el tiempo había dado un giro, las temperaturas habían bajado y el cielo azul se había vuelto gris. Por la noche, cuando salimos del Goldenen Schwan y subimos al coche, caían copos aislados.
Me puse en marcha de inmediato. Me dije que, con nieve, sería mucho mejor conducir por la autopista y quería tomarla antes de que la nevada empeorase. Pero al cabo de unos pocos kilómetros la nieve caía con tanto ímpetu que los limpiaparabrisas se movían pesadamente y también yo me veía obligado a conducir despacio. Apenas veía nada. La carretera blanca, los arcenes blancos y los taludes blancos se confundían, la luz de los faros se reflejaba en los copos de nieve y no distinguía los coches que circulaban en dirección contraria hasta el último instante. A veces las ruedas resbalaban y derrapaban un momento antes de recuperar el agarre. Pasamos junto a un coche atascado en la cuneta, pero el conductor nos indicó por señas que siguiéramos adelante. La carretera ascendía y, ciertamente, si nos hubiéramos detenido no habríamos podido volver a arrancar.
Adelheid y yo no hablábamos. Yo estaba tenso, tenía la vista fija en la ventisca y agarraba el volante con más fuerza de la necesaria. Entonces Adelheid me puso una mano sobre el hombro.
—Me gusta —dijo—. El frío exterior, el calor interior, la lentitud… Si no llegamos hasta pasada la medianoche, no pasa nada.
Yo asentí con la cabeza, pero todavía tardé un rato en relajarme lo suficiente como para preguntarle:
—¿Qué te contó Eik sobre Olga? ¿Cómo era? ¿Severa? ¿Paciente? ¿Intentó educarlo o dejó la tarea en manos de sus padres?
—Durante años se lo perdoné todo a mi padre. Pensaba que, después de quince años de guerra y prisión, uno sencillamente quería vivir y que si su mujer lo rechazaba, necesitaba una amante. Solo mucho más tarde, cuando mi madre sufría ya de demencia, confesó que la había engañado incluso de recién casados, cuando ella estaba embarazada, y que ni siquiera se había tomado la molestia de ocultárselo —dijo, y soltó un suspiro—. Aunque mamá, con su demencia, me resultaba tan ajena que le perdoné incluso eso. Solo después de su muerte fui capaz de empatizar con aquella chica, comprender lo mal que se había portado él y cuánto la había hecho sufrir. —Volvió a suspirar—. Pero tú me has preguntado por Olga. A partir de las historias de mi padre, siempre me la he imaginado como una mujer decidida y cariñosa, con una capacidad extraordinaria para contar unas historias que siempre encerraban una moraleja. La historia de Herbert y los indios giraba en torno a las heridas y la confianza, o algo así. En la de Herbert y los herero, este no había prestado toda la atención que hay que prestar a los demás, que es mayor cuanto más diferentes son. Herbert en el Ártico: las grandes empresas hay que planearlas y prepararlas bien. No sé si la moraleja la ponía siempre Olga o si a veces era cosa de mi padre.
Llegamos muy pasada la medianoche. Esa mañana a Adelheid no se le había ocurrido pedir la llave de la pensión, y como esta no contaba con portero de noche le ofrecí mi habitación de invitados. Ella aceptó. Tenía hambre, de modo que recalenté el lomo Strogonoff, preparé una ensalada y cenamos casi en silencio.
—Muchas gracias por todo —dijo. Nos levantamos, se acercó a mí, me rodeó el cuello con un brazo y apoyó la cabeza en mi pecho. Yo la abracé—. Mañana tengo que salir a las seis. Será una noche corta. ¿Quieres dormir conmigo?
Levantó la cabeza y me miró, pero al ver que no respondía de inmediato volvió a apoyarla en mi pecho.
—Es que… si es bonito, no soportaré que te marches por la mañana. Y si no es bonito, prefiero ahorrármelo.
—Lo entiendo —dijo, y se rio en voz baja—. A lo mejor vuelvo otro día y me quedo más tiempo. O vienes tú a Berlín —añadió, y se apartó delicadamente—. Que duermas bien —dijo, y se marchó a su habitación.