Olga

Bernhard Schlink · Capítulo 39 de 55

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Olga

Capítulo 13

 

Un lunes de primavera me llamó mi madre. Olga estaba en el hospital, a punto de morir, tenía que ir enseguida. Mi madre mencionó una explosión y heridas graves, pero dijo que en aquel momento no podía entretenerse con detalles y que me comprara el periódico en la estación.

Era el titular de primera página. La noche del sábado al domingo había habido un atentado con bomba en un parque de mi ciudad. La explosión no había causado daños en el objetivo, un monumento dedicado a Bismarck, pero había herido de gravedad a una transeúnte, que, probablemente sin saberlo, había interferido en la colocación del artefacto y había desencadenado su precipitada explosión. Tras sendos ataques contra el monumento a las víctimas de la guerra en Hamburgo y el monumento al káiser Guillermo II en Ems, se trataba del tercer atentado de las mismas características. En cambio, era la primera vez en que alguien resultaba herido. El editorial afirmaba que los estudiantes habían tomado la vía de la radicalidad y el terrorismo: cuando se perdía el respeto por el ser humano y por la vida había que estar preparado para lo peor, y la única forma de responder era con toda la severidad y la fuerza del Estado de Derecho.

Mi primer pensamiento fue para Olga y Bismarck. Precisamente Bismarck, al que Olga responsabilizaba de tantas cosas, iba a ser ahora responsable también de su muerte. Había algo cómico, irónico, absurdo en aquel asunto, y me pregunté si, de haber podido, Olga se habría reído. Entonces me pregunté qué haría en la calle a esas horas de la noche. Me pregunté si su sordera le habría impedido oír y evitar a los autores del atentado. Me pregunté qué tipo de heridas tendría, si sentiría dolor, si le estarían dando morfina y si íbamos a poder hablar. Solo entonces recordé lo que mi madre había dicho por teléfono: Olga iba a morir.

El tren atravesaba un paisaje primaveral bajo el cielo azul: bosques verdes, frutales con flores rosadas, el entorno perfecto para salir de paseo o de excursión. Olga deseaba que llegara la primavera. Tenía pensado ir a visitarla tres semanas más tarde.

Sabía que Olga no temía a la muerte. Y sabía también que, de todos modos, tarde o temprano iba a perderla. Estaba ya muy mayor. Pero la comprensión, la curiosidad y la paciencia con la que me trataba, el amor con el que me agasajaba, sin necesitarme ni exigirme nunca nada, era algo que conocía acaso de mis abuelos, pero que no había experimentado con nadie más, ni con mis padres, ni con mis amigos, ni con mis amantes. Acababa de perder algo que no iba a encontrar nunca más. Acababa de perder también las conversaciones con ella, su rostro y su figura, sus manos cálidas y su olor a lavanda. Tras su muerte ya nunca viajaría del mismo modo a mi ciudad natal, mis llegadas ya nunca serían iguales.

Mi madre me recogió en la estación y me llevó directamente al hospital. Me preparó para lo que me esperaba: la explosión le había desgarrado el costado y el vientre y le había provocado tales daños en los órganos vitales que ya solo cabía mitigar el dolor y esperar la muerte. Se encontraba bajo los efectos de la morfina, estaba dormida y aletargada, muy de vez en cuando respondía a lo que le decían, sabía que iba a morir pronto y parecía tranquila. Esperaba ansiosa mi visita, pero seguramente la encontraría dormida y debía prepararme para la posibilidad de que ya no despertara.